CAPÍTULO 15
Camino con paso firme por el garaje del edificio, directa hacia el Porsche rojo. Scott quiere llevarme a un lugar especial, uno al que solía ir de niño con su madre.
Me detengo frente a la puerta del copiloto, esperando a que abra ese cochazo.
—¿Adónde vas tan deprisa? —se ríe Scott, pasándome de largo—. Sígueme, bombón.
Le sigo, intrigada, hasta una puerta metálica, de esas que se elevan con un zumbido eléctrico.
—¿Y esto? —pregunto, frunciendo el ceño.
—Un pequeño secreto —responde con su sonrisa traviesa mientras pulsa un mando.
La puerta sube lentamente, revelando un espacio privado que parece sacado de una película de acción.
¡Por Dios bendito! ¿Pero qué… qué es esto?
Una Ducati Panigale V4 roja reluce junto a un Aston Martin DBS Superleggera negro. El suelo impecable, las luces bañando los vehículos como si fueran obras de arte… todo desprende un aire casi irreal.
Parpadeo, atónita.
—¡Pero, Scott…! —musito, sin poder apartar la mirada.
—Te dije que tenía un capricho de milloneti —sonríe, encantado.
—Esto no es un capricho de milloneti, Scott. Esto es nivel Bruce Wayne.
Él se encoge de hombros, divertido, como si todo aquello —la moto, el Aston Martin, el garaje secreto— no fuera más que una travesura sin importancia. Da un par de pasos hacia la Ducati y pasa la mano por el depósito rojo, casi con cariño.
—Ven, iremos en la moto —dice, mirándome divertido.
Cuando gira la llave, el rugido de la Panigale rompe el silencio. Me acerco; él me tiende el casco y me lo coloco, intentando procesar que ese santuario mecánico existe… y que estoy a punto de subirme a esa bestia roja.
Me ha prometido ser prudente; sabe que las motos me imponen.
—¿Lista?
Asiento, me subo con cuidado y me agarro a él con fuerza.
Salimos a toda velocidad, deslizándonos entre el tráfico como si fuéramos parte del viento.
¡Ay, madre! Parece que volamos. El aire me revuelve el pelo que escapa por debajo del casco y el corazón me late como si quisiera competir con la moto.
Y entonces… me sale un grito que ni yo sabía que tenía dentro:
—¡¡¡Aaaah!!! —Pero del bueno.
No sé si es emoción, miedo o una mezcla explosiva de ambas, pero él gira la cabeza un segundo, sonríe… y acelera un poquito más, el muy bribón.
Y yo, contra todo pronóstico, acabo riéndome a carcajadas, pegada a su espalda, sintiendo que el mundo entero vibra con nosotros.
Cruzamos Manhattan en un santiamén, rumbo al norte, dejando atrás el caos urbano. Scott aparca la moto cerca de un sendero arropado por árboles y estructuras de acero.
—¿Dónde estamos? —pregunto al bajarme con cuidado, aún con el pulso acelerado.
—Enseguida lo verás —dice, tomándome de la mano.
Caminamos en silencio durante unos minutos. El recorrido es tranquilo, casi íntimo. No hay turistas, ni ruido, ni prisas. Solo nosotros y el murmullo de las hojas. Estamos prácticamente solos.
De repente, aparece ante nosotros un pequeño faro rojo, encajado bajo un puente gigantesco. Scott se detiene y lo observa.
—Mi cuento favorito de pequeño hablaba de este lugar. Ella me traía aquí y lo leíamos juntos. Un faro que, aunque pequeño, era valiente. No necesitaba ser grande para ser importante.
Lo miro en silencio, con ternura.
—Es uno de los pocos recuerdos bonitos que me quedan de ella —susurra.
Sus palabras me atra viesan. No quiero emocionarme… pero ya es tarde.
—Hoy no está abierto, pero se puede subir en ocasiones especiales. ¿Quizá podríamos venir? —pregunta mientras nos sentamos en un banco que hay frente al faro.
—Me encantaría, Scott —respondo.
Apoyo la cabeza en su hombro y contemplo el paisaje.
El coqueto faro se alza junto a las aguas del río Hudson, asentado sobre un promontorio rocoso.
Su silueta cilíndrica, coronada por una pequeña linterna de cristal, conserva la pintura bastante bien, aunque las huellas del tiempo se insinúan en los bordes.
Unas rejas negras lo rodean, lo enmarcan y lo hacen aún más especial.
—¿Vas a contárselo a Emma? —pregunto con cuidado.
Scott asiente sin apartar la mirada del faro.
—Sí. Tiene que saber la verdad. Odio las mentiras. He vivido toda mi vida con una enorme, y creo que ya basta. Además, también debe hacerse las pruebas. No podemos vivir con esa sombra sin saber si realmente nos amenaza.
—¿Y tu padre? —pregunto—. ¿Cómo está?
Suspira y baja la vista.
—Decaído. Se siente culpable por ocultarnos todo. Pero no le reprocho nada, Sofía. —Me mira—. Respetó la voluntad de mi madre y, francamente, no tuvo que ser nada fácil para él.
Lo abrazo. Lo abrazo con fuerza.
—Me alegra que me hayas traído a un lugar tan especial para ti.
—Bombón, no podría estar aquí con nadie más.
Me vuelvo hacia él y lo miro a los ojos.
—Te quiero mucho, Scott.
—Yo también te quiero, cariño. Eres mi persona, como dices tú. Mi universo. Mi todo.
Alzo la mano para tocar su rostro perfecto y lo beso con dulzura. Durante un rato no decimos nada más. Solo estamos. Juntos.
El viento trae olor a agua y a pino. Me gusta. Finalmente se separa un poco y me susurra:
—¿Volvemos?
Sonrío y asiento despacio. Caminamos de la mano por el sendero, sin prisa, alargando este momento todo lo posible.
—¿Dónde vamos ahora? —pregunto ya junto a la moto.
Scott se da golpecitos en un lado de la nariz y me guiña un ojo.
—A por un helado —responde, inclinándose para darme un beso.
Sonrío. Estoy feliz. Lo miro embobada, y él lo hace también, divertido al ver mi expresión.
Está a punto de ponerse el casco cuando su teléfono suena. Mira la pantalla.
—Es mi padre. Un segundo.
Lo observo mientras se aleja unos pasos. No tarda nada; la conversación dura apenas un minuto.
—Tengo que pasar por la oficina. Hay un cliente que solo quiere hablar conmigo. Es urgente. ¿Me acompañas? —dice, acariciándome la cara—. Y luego nos tomamos ese helado. ¿Te parece?
—Claro —murmuro.
Aunque no me hace mucha gracia. ¿Y si me encuentro con…? Scott me mira y parece leerme los pensamientos.
—No va a pasar nada, Sofía. No voy a dejar que se acerque a ti y puede que ni nos la crucemos —asegura.
Me quedo en silencio. Él se acerca un poco más.
—Confía en mí.
Asiento.
—Vamos —dice, sonriendo.
Me subo a la moto y salimos de allí.