CAPÍTULO 14 #2
—Sí, un capricho de milloneti —digo con retintín.
—Bueno, tengo otros caprichos más de milloneti que este.
—¿Como por ejemplo?
—Luego lo verás.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es? —le pregunto, curiosa.
—No seas impaciente. Come. —Besa mis labios con sabor a pizza.
—Está bien… —respondo, zampándome otro buen trozo.
—¿Estás segura de que quieres ver lo que yo elija?
—Quiero ver lo que a mi caprichoso novio le apetezca —sonrío.
—Sofía, me dijiste en Zahara que algún día verías una de mis series favoritas. Ha llegado el momento, bombón. ¿Preparada para Juego de tronos ?
Asiento tímida. Me acomodo en el sofá, me abrazo a un cojín contra el pecho y observo la pantalla mientras sigo comiendo. Scott se sienta a mi lado y me mira de reojo mientras los primeros acordes de la intro resuenan en esa magnífica televisión.
Me inclino hacia adelante, intrigada por el despliegue de mapas que dan vida a los reinos. Al principio me muestro curiosa, pero mis ojos se abren cada vez más con cada revelación de la historia. Entre bocado y bocado de pizza, quedo atrapada. Scott se divierte con mis reacciones.
El juego del poder entre las casas, los dragones sobrevolando los paisajes épicos, las lealtades quebrantadas…
—¿Cómo es posible que haya tardado tanto en ver esto? —murmuro, con la mirada fija en la pantalla.
—Lo sabía, bombón. Sabía que te iba a gustar —dice, satisfecho.
—Scott, voy a necesitar más contexto, pero creo que aquí hay algo —digo masticando, pensativa—. Daenerys se enamora de Drogo, estoy segura.
—¿Ya estás atrapada en tu historia romántica? —sonríe.
—Sí —le respondo, lanzándole una mirada divertida y levantando los hombros.
Empachada de pizza, me recuesto sobre él. Siento el calor de su cuerpo bajo el mío, su respiración serena y su mano acariciándome con ternura.
El capítulo termina.
—¿Otro? —pregunto, con ganas de más.
Me observa con esa expresión peligrosa que anuncia planes fuera de guion.
—Tengo algo mejor en mente —susurra.
—¿Mejor que tu serie? —Arqueo una ceja.
No me responde con palabras. Sus dedos recorren mi cuello con lentitud, y sus labios rozan los míos.
—Ven conmigo.
Nos levantamos. Me extiende la mano y la acepto sin titubeos. Me dejo guiar hasta el elegante baño de su dormitorio.
Desde el umbral de la puerta, sonrío al ver la escena. Empieza a llenar la enorme bañera blanca de curvas seductoras y la perfuma con jabón y aceites esenciales.
Disfruto de la vista. Está descalzo y con tan solo el pantalón de pijama. Viene hacia mí. Me coge de la barbilla y me da un beso. Me baja lentamente sus calzoncillos —que ya son míos—, después la camiseta, y me deja desnuda.
—La verdad es que la idea de darnos un baño no suena nada mal —le digo, con el pulso acelerado y una sonrisa que no consigo disimular.
—Se me acaba de ocurrir otra cosa que podemos hacer antes —responde, mientras se quita el pantalón con naturalidad.
Me agarra de la cintura con sus brazos y se pega a mí. El agua burbujea detrás de nosotros.
—Scott… tu pichulín está entusiasmado —digo, divertida, sin evitar reírme.
—Sofía… —murmura, resignado, al escuchar la palabra que no le gusta.
—Perdón —susurro en su oído con una sonrisa—. Cierra el grifo de esa bañera ahora mismo y vamos al dormitorio. Tu Daenerys quiere que su Drogo le haga el amor.
Sonríe. Asiente sin decir nada y posponemos el baño para más tarde.
Ya en la bañera, se sienta detrás de mí, me rodea con sus brazos y su rostro roza mi cuello.
—Me encanta tenerte aquí. No la uso mucho —murmura.
—Habrás metido a muchas chicas.
—No. Otra vez no, Sofía. Deja eso ya —su tono se endurece.
—Lo siento —me disculpo, aunque…, ¿qué hago? No puedo evitar pensarlo.
Me hace girar levemente el rostro y sus labios se funden con los míos.
—Bombón, me he acostado con bastantes mujeres, pero solo me he metido en una bañera contigo… y dos veces. —Hace una pausa y añade en voz baja—. Te quiero.
—Yo también te quiero —sonrío, apoyándome en su pecho.
—No me apetece que hablemos más de otras mujeres. —Me rodea con sus brazos—. Estoy feliz a tu lado, vamos a solucionar lo de esa loca, y mis mierdas están desapareciendo poco a poco con la terapia y… al saber la verdad sobre mi madre.
—¿Y de eso… tampoco quieres que hablemos? No me has contado nada, aunque no tienes por qué hacerlo si no quieres.
—Cariño, claro que quiero. No he tenido oportunidad. Han pasado muchas cosas desde que te fui a buscar a la galería —me susurra.
—Es verdad. Tienes razón.
—¿Quieres que te lo cuente ahora? —me pregunta, besándome el pelo.
—Cuéntamelo cuando estés listo —le susurro, sin mirarlo.
Noto que inhala profundo, preparándose para abrirse a mí.
—Mi madre se llamaba Olivia Clayton —comienza.
Me giro y fijo mis ojos en los suyos.
—¿Se llamaba? —pregunto, queriendo confirmar lo evidente.
Asiente con un leve gesto.
—Sí. Falleció dos años después de verla por última vez.
Quizá hubiera sido mejor que el accidente de coche que inventó mi padre hubiese sido real.
No nos abandonó, Sofía. —Respira hondo antes de continuar—.
Mi madre sufría una demencia rara que la consumió poco a poco.
La mujer dulce que todos recuerdan dejó de existir y se transformó en alguien con arrebatos violentos, palabras hirientes y comportamientos crueles hacia las personas que más quería: su marido y sus hijos.
Escucho en silencio, con el pecho comprimido.
—No tenía hermanos y mis abuelos murieron antes de que yo naciera. Mi padre tuvo que tomar la decisión más dolorosa de su vida: separarnos de ella e internarla. Estuvo viviendo en una bonita casa no muy lejos de aquí, con una excelente atención médica hasta el final.
Sus palabras me dejan desolada. Las lágrimas aparecen en mi rostro sin poder evitarlo. Pobre Henry, pobres hijos y pobre mujer… acabar su vida de una forma tan triste.
Me acurruco y me abrazo a él dentro de esa inmensa bañera. Me besa en el hombro antes de continuar.
—El día que mi padre se la llevó fue porque…, porque me estaba pegando. Atacaba a Emma, la zarandeaba de una forma agresiva. Cuando llegué del colegio, la vi. La aparté de mi hermana y ella me golpeó en repetidas ocasiones, gritándome cosas horribles. Mi padre hablaba por teléfono en su despacho.
—¿Has recordado todo eso?
—Sí, bueno…, algunas cosas. Otras me las contó mi padre. Cuando me llamaste y te dije que no podía hablar es porque estaba en la consulta del doctor Anderson con él. Allí salió todo.
—Pero… ¿y cuándo viste a tu padre hablar con ella?
Scott inspira profundo y traza con sus dedos círculos suaves sobre mi brazo.
—Fue una de sus muchas visitas. Me llevó porque pensó que…
Le dijeron que ese día estaba lúcida, tranquila e, intentó convencerla para que me viera y contarme la verdad.
Pero se negó. Mi padre insistió, notaba que yo estaba raro…
, pero no hubo manera. Al final, aceptó la decisión de mi madre.
Cuando le diagnosticaron la enfermedad, le hizo prometer a mi padre que nos alejaría de ella.
—¿Y ahora cómo estás?
—Aliviado —susurra—, porque ya no me atormenta la culpa de pensar que nos abandonó por mí. Triste, porque ahora sé la verdad sobre su final. Y preocupado por si esa enfermedad que ella sufría la heredamos Emma o yo.
Le miro fijamente, con los ojos muy abiertos. Mi corazón da un vuelco al escuchar esa última frase.
—¿Por qué dices eso? —pregunto, seria y alarmada—. No digas eso.
—Sofía, en muchos tipos de demencia, existe un porcentaje hereditario. Lo he investigado. Además… ¿y si esos comportamientos míos no son solo celos? —me intenta explicar con voz pausada.
—Scott, que no. Calla. —Me tapo los oídos con ambas manos—. No quiero escucharte.
—Sofía… —Me las quita con ternura—. Cariño, hay que ser realistas.
—¡Que no, joder! —grito, saliendo de la bañera sin importarme el agua que empapa el suelo—. No puedes decir algo así.
Me dejo caer sobre la cama y rompo a llorar. No puede ser, no puede ser, me repito una y otra vez. Sus palabras me han golpeado en el pecho.
Se acerca y se acuesta junto a mí, envolviéndonos con la sábana. Su piel está pegada a la mía, dándome calor.
—Bombón —susurra—. Solo es un porcentaje, no una realidad. Me haré unas pruebas y saldremos de dudas.
—Y saldrán bien, lo sé —le digo, limpiándome las lágrimas.
—Claro que sí —sonríe y me da un beso suave en los labios.
Nos quedamos abrazados en silencio. Le acaricio el pelo; él me mira, me roza la mejilla y sonrío. Recorre el contorno de mis labios con el dedo índice; los frunzo y le doy un beso.
—Te quiero, bombón —murmura—. Nos conocemos desde hace poco tiempo y todo parece una locura, pero sé que no habrá otra persona en mi vida como tú.
—Scott, yo lo supe desde el primer día y te lo dije en París. Eres mi persona. Solo tú, eres para mí. Me asusta pensar que pueda aparecer otra mujer en tu vida a la que quieras más que a mí. Eres tan perfecto que…
—Sofía, nunca querré a nadie más. Yo también lo supe el primer día, aunque no quisiera admitirlo. Siempre estaremos juntos.
—Prométemelo, Scott.
—Te lo prometo —me sonríe—. Siempre.