Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Estoy tumbada a su lado, arropada por sus brazos. Mis dedos se divierten siguiendo la línea de sus pectorales. Me besa el pelo con suavidad y su respiración es tranquila, acompasada.

—Scott… —susurro, mientras hago dibujitos en su pecho.

—¿Mmm?

—Del uno al diez…, ¿cuánto?

Le escucho reírse y alzo la mirada hacia él.

—Dime la verdad, no me voy a enfadar.

Me ruborizo. Él sonríe y desliza su dedo índice por mis labios.

—Cien.

—Venga, no seas bobo. En serio —le digo, divertida.

—En serio. Eres alucinante en la cama, bombón.

—¿Ah, sí…? —respondo, encantada conmigo misma—. Bueno, tú tampoco lo haces nada mal.

—¿Nada mal…? ¿Solo «nada mal»? ¿Te doy un cien y yo solo recibo un… «nada mal»? —Finge estar herido, aunque no puede ocultar la sonrisa.

Me echo a reír y él se coloca encima de mí, preparado para el ataque. Me mordisquea el cuello y me hace cosquillas.

—¡Vale, vale! Para, por favor. Te diré la verdad, pero no te vengas arriba.

Se aparta y se tumba de lado, apoyando el codo en la cama, esperando mi veredicto. Me giro hacia él y sonrío al ver su cara de niño ansioso.

—Te doy… un mil.

—¿Mil? —Abre sus ojos azul oscuro, más presumido que nunca.

—Sí. Eres fabuloso, cariño. Mi pequeño dios bollicao del sexo.

Me observa encantado, pero de pronto una tristeza inesperada me atraviesa. Bajo la mirada.

—No me extraña que esa loca no quiera dejarte escapar. Y si estuviste tanto con ella…, es que te hacía disfrutar. Seguro que era buena en la cama. Incluso más que yo.

—Sofía, por favor. —Me levanta la cara, sujetándome la barbilla—. Ella no tiene nada que ver contigo. No hay comparación posible. A ti te quiero.

—Lo sé. Yo también te quiero —susurro, aunque mi cabeza no deja de pensar en ello—. ¿Alice también estuvo aquí? ¿En este dormitorio?

—No le des vueltas a eso, Sofía. No significa nada para mí. Es historia —me mira, preocupado.

—Pues para ella sí que significas algo —suspiro.

Sé que me quiere, sé que esa mujer no le importa. Pero se me hiela el corazón al imaginármela aquí, en esta cama. Me da escalofríos pensar que la ha tocado, que han hecho el amor. Me imagino sus manos recorriéndola, su boca besándola… Dios. No puedo.

Me aparto de Scott como si me quemara. Actúo por impulso, sin pensar. Mierda, tengo ganas de vomitar.

—¿Qué haces? ¿Por qué te apartas así? —Me rodea con sus brazos.

—No lo sé. Pero suéltame. No me toques —le pido, angustiada.

—No. No te voy a soltar. ¿Qué pasa, Sofía? —su voz suena asustada.

—Déjame, Scott —me revuelvo entre sus brazos.

—Que no, joder. Si te suelto, te irás. Cálmate, por favor.

Y lo hago. Me calmo. Dejo de luchar. Mi respiración se normaliza, aunque sigo sintiéndome fatal.

—No me voy, de verdad. Pero tengo ganas de vomitar.

Me deja ir. Corro al baño. Madre mía, pensar en ella me revuelve el estómago. Por segundo día consecutivo vomito el desayuno por su culpa. Me abrazo al inodoro, agotada.

—¿Te preparo una manzanilla?

Lo veo de pie en el umbral de la puerta, serio. Se ha puesto un pantalón de pijama.

—No, da igual. Estoy bien.

Otra arcada. No, por favor. Se acerca, se sienta a mi lado y me recoge el pelo, como aquella noche en Zahara. Vuelvo a vomitar.

—Lo siento —le digo, con el estómago más calmado.

—¿Por qué?

—Por vomitar, por asustarme, por apartarme de ti así —le digo con los ojos húmedos.

Nos incorporamos y lo abrazo. Estoy desnuda y temblando.

—Sofía, estás helada.

Me envuelve con su albornoz gris de Armani y me arropa contra su pecho. Me invade una sensación de confort absoluto.

—Oh, Scott. Perdóname. Te imaginé con ella y…

Me acaricia el pelo, me besa la frente, intenta calmarme. Pero no puedo parar de llorar.

—Tranquilízate. Todo está bien.

—Lo siento, de verdad.

—Olvídalo.

—¿Me dejas una camiseta? ¿Y un cepillo de dientes? ¿Y quizá esa manzanilla? —le pido atropelladamente, entre sollozos.

—Todo lo que quieras —responde con una sonrisa tierna—. Pero para de llorar.

Me limpia las lágrimas, abre un cajón y me da un cepillo nuevo. Mientras me los lavo, sale del baño y regresa enseguida con la camiseta negra y los calzoncillos que usé en los Hamptons.

—Toma. Los guardé para ti. Voy a prepararte la manzanilla. Ahora vuelvo.

Scott sale del baño y me deja con la ropa entre las manos. Me visto, regreso al dormitorio, me acuesto en la cama y cierro los ojos.

Los abro cuando su mano acaricia mi mejilla. Estoy algo aturdida. Veo a mi bollicao dedicándome una mirada dulce. Lo observo, incapaz de decir nada al recordar el numerito de hace unos minutos.

—Te has dormido. Incorpórate despacio y bebe un poco, te vendrá bien.

Obedezco. Noto el aroma dulce de la infusión. Está caliente, pero me gusta así. Sus ojos brillan, atentos a cada sorbo que doy. Mi estómago por fin se relaja. Parece que estoy mejor.

Suena mi móvil, pero no lo veo. Scott se levanta, va hacia la butaca y lo localiza debajo de su americana. Lo coge. Mira la pantalla.

— Shit —murmura, visiblemente molesto.

—¿Quién es? —pregunto, preocupada.

— Hi … —contesta, tenso.

Silencio.

— Hi … —repite, más seco.

No le contestan. Es ella.

—No vuelvas a llamar a este número, por favor. Te lo pido por las buenas. Déjala en paz. Si continúas, será por las malas… y perderás —dice en inglés, con voz firme.

Cuelga. Me mira, se acerca a la cama, pero solo para coger su teléfono de la mesilla.

—Ahora vuelvo. Tengo que hacer una llamada.

—Scott, por favor… —suplico, inquieta.

—No tardo nada. Tengo que hablar con mi padre.

Sale del dormitorio. Me muero por saber qué hablan, pero no quiero espiarle como la otra vez. Termino la manzanilla y me tumbo, abrazada a la almohada, mirando a la puerta, esperando su regreso.

Quince minutos después, aparece. Se coloca detrás de mí y me abraza. Apoya su cabeza en el hueco de mi cuello y siento su cálida respiración.

—¿Qué tal el estómago?

—Mejor —susurro.

—¿Te preparo algo más? Dime qué quieres. —Me besa el hombro.

—Quiero que me cuentes de qué has hablado con tu padre —le pido en voz baja.

—Sofía, ya lo sabes.

—Cuéntamelo, por favor.

—Todo va a ir bien, no te preocupes. —Me vuelve a besar.

—Por favor —insisto, bajito.

—Está bien.

Suspira hondo.

—Todos tenemos claro quién te está haciendo todo esto.

Hace una pausa antes de continuar.

—Le he pedido a mi padre que hable hoy con Oliver sobre las medidas legales que podemos tomar. Elliot me llamó camino de la galería. Te lo pensaba contar luego…

Se toma un segundo, antes de hablar.

—No han encontrado ni una huella en la caja.

Resoplo, angustiada. Él continúa:

—Después de acusarla por teléfono, no creo que pueda despedirla así sin más.

—¿Por qué no?

—Podría acusarme de despido improcedente…, o incluso demandarme por calumnias o difamación.

—Scott, está enamorada de ti. No va a demandarte. Su obsesión es que yo desaparezca de tu vida. ¿Todavía no lo entiendes? —le digo, firme.

—¿Y qué quieres que haga? No puedo permitir que te haga daño —responde, agobiado.

Me quedo callada. ¿Ni una puñetera huella? ¿Nada que la incrimine? Esto es una pesadilla.

—Sofía —me llama, al ver que no digo nada.

—No me va a hacer daño. Se cansará, se encaprichará de otro… y nos dejará en paz. Pero dejémoslo, por favor.

—Está bien —dice, suavizando el tono.

—¿Qué quieres que hagamos hoy? —pregunto, buscando cambiar de tema.

—Quiero que me acompañes esta tarde a un lugar especial. Pero antes, comeremos en algún restaurante bonito.

Me giro hacia él.

—Aunque si no te encuentras bien, lo dejamos para otro día. No hay problema —me sonríe.

—Estoy bien. Y con bastante hambre.

—¿De…? —pregunta, con tono travieso.

—Scott… —sonrío, pero sin ganas de jugar.

—Perdón, no lo puedo evitar. —Me acaricia la mejilla—. ¿Dónde comemos?

—Vamos donde quieras. Aunque… preferiría quedarme aquí.

—Perfecto. En casa entonces. Seguro que Nana dejó algo rico en la nevera.

—Seguro que está delicioso, pero… me apetece pizza.

—Acabas de vomitar, ¿seguro que quieres comer eso?

Asiento con mirada infantil. Él me sonríe, entrañable, como si fuera una niña pequeña a la que se le va a consentir un capricho.

—Pues no se hable más. Voy a pedir ahora mismo la mejor pizza de Nueva York para mi bombón.

La media hora de espera se me ha hecho eterna, pero por fin está aquí. Scott la trae entre las manos.

¡Dios bendito! Pero qué pinta. Mmmm… y cómo huele. Olfateo en cuanto abre la caja blanca con el logo rojo de Joe’s. Un aroma apetitoso a masa recién horneada y queso fundido me invade por completo.

Me lanzo hacia la pizza, pero antes de atrapar una porción, mi gracioso novio, riéndose, cierra la caja de golpe, desvaneciendo por completo mi ilusión por probar ese trocito de cielo.

—Qué poca gracia tienes, niño. —Le pongo los ojos en blanco. Él se ríe todavía más.

—Me lo has puesto muy fácil, con tu cara de glotona.

Levanta la tapa de nuevo y me la ofrece con una sonrisa.

—Coge, bombón.

Lo miro recelosa y no me arriesgo: cojo rápido una porción. La masa está crujiente por fuera y suave por dentro. Se deshace en la boca y el queso derretido forma hilos al pegarle un mordisco.

—¡Por todos los santos, Scott! Está…, está…

—¿De rechupete? —dice, observándome disfrutar.

Lo miro con la boca llena y nos reímos sin parar, sentados cómodos en el sofá. Cada bocado es inolvidable. Él también la saborea con placer.

Me cuenta que las pizzas de ese restaurante son espectaculares, que la Supreme es su preferida y que nunca defrauda.

Desde luego, no lo ha hecho: el pepperoni está jugoso, las salchichas en su punto, los champiñones y las aceitunas negras…

todo se funde con esa salsa roja que parece el alma de la receta.

Y mira que mi favorita es la barbacoa, pero esta me ha conquistado.

—¿Quieres ver algo en la tele? —pregunta.

—Lo que tú quieras, pero… —miro alrededor con mi trozo de pizza en la mano— no veo ninguna televisión.

De repente, pulsa el botón de un mando y, ante mi mirada expectante, el techo se abre: una enorme pantalla desciende frente a nosotros.

—¡La leche! Esto es de locos —digo, impactada.

—Lo sé. Reconozco que es un capricho —sonríe como un niño con juguete nuevo.