EPÍLOGO
Nueva York, diciembre
Estoy tumbada en la camilla, con la barriga al aire y las manos entrelazadas con las de Scott. El gel frío me hace tensar el abdomen, pero la voz cálida de la doctora Foster me tranquiliza.
Sí, Daniel. Llegamos a un acuerdo sin drama. Scott me cedió el privilegio de decidir. Después de proponer Hunter y Simon —mejor no recordarlo—, entendió que lo más sensato era rendirse con dignidad.
Así que elegí yo. Y elegí Daniel. Porque me gusta, porque suena bien cuando lo dice Scott. Y porque, al igual que Olivia, se pronuncia igual en inglés y en español.
La pantalla parpadea. La doctora mueve el ecógrafo con suavidad sobre mi piel.
—Aquí está —dice, sonriendo—. Todo en orden. Y… sí, ya se deja ver.
Scott aprieta mi mano. Yo contengo el aire.
—¿Os lo digo ahora o preferís que lo escriba en una tarjeta para que lo abráis mañana como regalo de Navidad? —bromea la doctora.
—Ahora —respondemos los dos a la vez.
Ella asiente con una sonrisa al notar nuestra ansiedad por saber el sexo del bebé.
—Pues felicidades. Es una niña.
Scott se ríe. Yo lloro. Él me besa en la frente.
—Olivia —susurra, mi bollicao.
La doctora sonríe de nuevo al vernos. Nos regala unos minutos de intimidad antes de darnos la siguiente cita y luego nos acompaña hasta la puerta.
—Feliz Navidad —dice con una sonrisa cálida—. Y felicidades por Olivia.
—Gracias —respondo, con la voz aún temblorosa.
Scott me abre la puerta. El aire frío nos recibe. Paseamos despacio, abrazados y saboreando la alegría del momento. En unos meses, nuestra gordita estará con nosotros.
Nos dirigimos a Los Hamptons. La Navidad la pasamos allí, todos juntos. Mis padres y mi tía llevan en Nueva York desde comienzos de noviembre y se quedarán hasta que nazca el bebé, previsto para principios de abril.
Rocío y Pedro vendrán a pasar el fin de año y se quedarán con nosotros en el ático.
Álex y mi amiga han viajado a España para pasar estos días con la familia de Alba, pero también se unirán a la fiesta de Nochevieja.
Pablo ha regresado a ver a sus padres, aprovechando que el restaurante cierra por vacaciones cuatro días, pero en nada estará de vuelta con su dulce Emma.
En el Porsche suena Christmas (Baby, Please Come Home) , la versión de U2. Mi bollicao me ha preparado una playlist de canciones navideñas de los ochenta. Para comérselo.
Conduce con una mano en el volante y la otra sobre mi vientre. Los dos sentimos cómo se mueve Olivia. Nos miramos. Sonreímos.
Fuera, el paisaje cambia poco a poco. Dejamos atrás Manhattan y nos adentramos en carreteras más abiertas, bordeadas de árboles desnudos y campos cubiertos por una capa fina de nieve.
La casa nos recibe con olor a las galletas de jengibre que mi tía Clara hornea cada diciembre, con su receta secreta y ese toque de naranja confitada que las hace únicas.
El salón de los Hamptons deslumbra como una estampa de revista.
Las cortinas se visten de fiesta con guirnaldas de abeto natural y lazos de terciopelo burdeos.
Hay música suave de fondo, una versión instrumental de Have Yourself a Merry Little Christmas , y el fuego chisporrotea en la chimenea de mármol, donde cuelgan nuestras botas bordadas con hilo dorado.
—Ya era hora —dice Elliot desde el sofá.
Sonrío a mi renacuajo.
—¿Qué os ha dicho la doctora Foster? ¿Se ha dejado ver? —pregunta mi madre, con la emoción asomando en la voz.
Emma baja las escaleras al oír nuestras voces.
—Nada nuevo —dice Scott, encogiéndose de hombros.
Las miradas se cruzan, pero mi cara le delata. Me brillan los ojos.
—Scott… —le susurro, como si no hiciera falta más.
Él se rinde.
—Está bien. Sí, se ha dejado ver. Es una niña.
Un murmullo alegre recorre la sala. Elliot se pone en pie, levanta su copa como si fuera el maestro de ceremonias y le planta un beso a mi madre.
—Lo siento, mamá Carmen, pero lo sabía. Es una pitufa.
Mi madre sonríe, derrotada y feliz.
—¿Y el nombre? ¿Cuándo nos lo vais a decir? —pregunta Emma, acercándose con los ojos muy abiertos.
Scott me mira. Yo asiento.
—Olivia —anuncia.
Un silencio suave se instala. Henry se emociona y Emma nos abraza a los dos a la vez.
—Mi pequeña Olivia —dice mi padre al venir hacia nosotros.
—Es un nombre precioso —dice mi tía, regalándole una dulce mirada al padre de Scott.
—Es perfecto —añade mi madre.
Grace asiente. Todos lo hacen.
Horas después, la casa está en silencio. La música se ha apagado y las copas están vacías. Ya no quedan risas ni brindis, solo el eco de una bonita noche.
Estoy tumbada de lado, con la sábana recogida en la cintura. Scott está detrás de mí, su cuerpo pegado al mío: cálido, firme, familiar. Su mano descansa sobre mi vientre, como si lo protegiera. Lo acaricia despacio, con la yema de los dedos.
—Se ha movido —susurra y noto cómo sonríe contra mi espalda.
Yo también lo he sentido. Es un aleteo suave, como si Olivia nos respondiera desde dentro.
—La próxima Navidad, nuestro pequeño bombón, estará con nosotros —me susurra al oído, como si fuera un secreto.
—¿Bombón? —repito, girando apenas la cabeza hacia él.
Scott sonríe. Me besa el hombro, como si intentara distraerme. Pero yo no me dejo.
—Ese es mi nombre —susurro, fingiendo indignación—. Elliot la llama pitufa, mi padre ya la llama «mi pequeña Olivia» y tú ahora… bombón. Se está apoderando de todo y aún no ha llegado.
Scott se ríe. Una risa baja, contagiosa.
—Es que me la imagino como tú. Con tus gestos, tus ojos, tus mejillas vergonzosas, sonrojadas… ¿Cómo no la voy a llamar así?
—Ajá… —digo, entrecerrando los ojos—. Así empieza. Primero me roba el apodo, luego… solo la querréis a ella. Abandonada por los tres hombres de mi vida.
Scott se ríe más fuerte, pero sin romper la intimidad del momento y me gira hacia él. Lo hace con cuidado, como si mi cuerpo fuera de cristal. Nuestros ojos se encuentran.
—Imposible —dice, rozándome la frente con los labios—. Tu eres mi universo, Sofía. Olivia será una estrella nueva, pero tú eres el cielo donde todo ocurre.
Me muerdo el labio. Olivia se mueve otra vez, como si respondiera que está de acuerdo con papá. Me río bajito, con la frente apoyada en la suya.
—Vale —cedo—. Puedes llamarla bombón. Tu baby bombón.
Sonríe, aunque no por mucho tiempo. Su mirada se vuelve seria. Algo le pesa por dentro.
—Sofía… —susurra, sin apartar sus ojos de los míos—. Cuando nazca, tendrán que hacerle algunas pruebas. Solo para descartar… lo de mi madre.
Lo miro. Le acaricio la mejilla con suavidad.
—Cariño, queda mucho para eso. Haremos las pruebas que quieras, y todas saldrán bien.
Él asiente, pero no dice nada. Su mirada se pierde un segundo en el techo.
—Emma se las hizo —continúo—. ¿Recuerdas? Salieron perfectas. Como las tuyas. Y Olivia estará bien. Hay menos posibilidades. Muchísimas menos.
Scott baja la mirada. Me acaricia el pelo, como si necesitara tocarme para volver a la tierra. Luego me aprieta contra él.
—Necesito que me digan que mi hija ha nacido sana. No quiero vivir con el miedo de que pueda heredar algo así —dice.
—Lo será —respondo, firme—. Va a vivir una vida feliz. Sana. Muy sana. Rodeada de amor. Con mucha música de los ochenta que le pondré yo, con árboles de Navidad gigantes, con donuts y Cola Cao y… con un padre que se derretirá por ella cada día.
Scott sonríe, me besa y una tercera patada de su hija, confirma que mamá tiene toda la razón.
Zahara de los Atunes, verano
El cielo está limpio. El mar, en calma. La villa huele a flores.
El vestido blanco de lino cae sobre mi cuerpo con suavidad. Es sencillo, sin adornos. Llevo el pelo recogido en un moño bajo, sujeto con un pasador antiguo que perteneció a la madre de Scott. En la muñeca, la goma azul. En el corazón… nervios.
La puerta del dormitorio se abre despacio. Camino sola por el pasillo. Desde lo alto de la escalera, lo veo.
Mi padre, el señor Francisco, me espera abajo. Está impecable, con un traje claro y una corbata burdeos. En brazos sostiene a Olivia. Lleva un vestidito de lino como el mío, con un lazo de terciopelo dorado. Tiene cinco meses y los ojos muy abiertos. Me observa como si supiera que hoy es especial.
Mi padre me sonríe. Me tiende a Olivia con cuidado, como si me entregara el mundo.
—Aquí tienes a tu compañera de ceremonia —susurra, emocionado.
La tomo en brazos. Su cuerpecito se acomoda sobre el mío. Su manita se aferra a mi vestido. Me inclino y beso la frente de mi padre. Él me acaricia la mejilla, como cuando era niña.
—Estás preciosa, pequeña —dice, con la voz temblorosa.
—Gracias, papá —respondo, con los ojos brillantes.
Cruzamos juntos el salón. Olivia balbucea algo que parece un canto. El jardín nos espera.
Está vestido de verano, de boda, de fiesta. Las sillas se disponen en dos hileras, adornadas con lazos de lino y magnolias. Sobre el césped, una alfombra de pétalos de rosas blancas marca el camino.
Suena la música. La canción Eternal Flame de The Bangles flota suave en el aire.
El hijo de Diego y Pierre, con un trajecito de lino y pajarita azul noche, nos precede llevando la cajita con los anillos.
Camina con paso firme, concentrado, consciente de que tiene una misión importante.
La abuela Nana lo observa con ternura. Todos lo hacen.
Al fondo, Scott me espera con un traje de lino beige y camisa blanca.
Está increíblemente guapo. A su lado, Elliot, Álex y Pedro, también con trajes claros.
Elliot se limpia una lágrima con disimulo.
Álex le da un codazo. Pedro, sonríe tranquilo.
Al otro lado, mis niñas: Emily, Alba y Rocío con vestidos vaporosos, se emocionan.
Scott no se mueve. Solo me mira y sonríe. Con esa misma sonrisa que me ofreció la primera vez que lo vi.
Camino despacio, con Olivia en brazos. Mi padre me acompaña, con paso firme, y mirada emocionada. El sol nos acaricia.
Todos se levantan. Emma llora. Pablo le ofrece un pañuelo. Oliver no deja de hacer fotos. Mi madre y Grace se llevan la mano al corazón a la vez. Mi tía Clara le aprieta la mano a Henry. El pequeño portador de los anillos se detiene justo antes del altar y se gira, orgulloso.
Scott me tiende la mano. Olivia se acomoda entre nosotros, como si supiera que este momento es suyo también.
—Estáis preciosas —dice, dándome un beso en la mejilla y otro en la frente a Olivia.
—Tú tampoco estás nada mal. —Le guiño.
—¿Preparada para casarte conmigo por segunda vez? —susurra.
—Siempre.
Cinco veranos después…
Estamos en Zahara, como cada verano. En nuestra villa —en nuestro pitufo casoplón—, en el lugar al que volvemos cuando necesitamos aire, sol y mar. En casa.
Pero nuestra vida sigue en Nueva York. Allí está nuestro hogar, nuestro día a día… y mi restaurante.
Sí, mi restaurante. El que Scott me prometió en Dumbo, entre donuts y su primera pedida de matrimonio. El más bonito de Manhattan, con mi nombre en la puerta.
Lo abrimos hace tres años y, contra todo pronóstico, hace unos meses recibió su primera estrella Michelin.
Aún me cuesta creerlo. Dicen que mi cocina —esa mezcla de Cádiz y Nueva York, de atún rojo de almadraba con cítricos y miso, de tortillitas de camarones reinterpretadas con espuma de maíz y jalapeño— tiene algo distinto.
Algo que sorprende. Algo que emociona. Supongo que, al final, cocino como soy: mi siempre Zahara y mi ahora Manhattan.
Olivia tiene cinco años. Lleva un vestido de rayas y una coleta alta que recoge su melena rizada. Corre por el césped con una goma verde y otra azul en la muñeca. Las mismas que usamos como alianzas aquella noche. La mismas que guardo en mi joyero y que, en cuanto me descuido, ella toma prestadas.
Scott prepara algo para picar. Mamá Carmen le ha dado algún capricho a escondidas esta mañana, cuando hemos pasado por el restaurante.
Tenemos invitados para cenar. Elliot y Emily vienen con el pequeño Noah; Alex y Alba llegarán con una preciosa barriga que anuncia mellizos; y Rocío y Pedrito traerán a Lucía, que ya tiene cuatro años.
Observo a mi bollicao desde la hamaca, con un libro en la mano y una copa de vino espumoso sin alcohol. El faro se ve al fondo, a veces cuando lo observo… me acuerdo de ella, es inevitable.
Hoy el mar está tranquilo.
Olivia se detiene. Me mira, me sonríe. Tiene sus ojos. Azules. Azules oscuros.
—Mamá, ¿me cuentas otra vez cómo fue vuestra boda secreta?
—¿Otra vez, bombón…?
—Sí. Tengo que contárselo a Noah, es el cuento que más le gusta. Si no… el renacuajo no se duerme.
Sonrío. Me incorporo. Ella se sienta pegadita a mi lado.
—Además, a Daniel también le gusta, ¿verdad? —susurra, acariciando mi vientre con cuidado.
—Está bien. Vamos allá.
Se recoge las piernas y abre mucho sus preciosos ojos azules. El viento le despeina la coleta y yo le coloco el mechón suelto detrás de la oreja.
—Todo empezó con una magnolia, un vestido dorado y una mesa preciosa.
Después de cenar salimos a la terraza. Tu padre no parecía nervioso.
Me hizo observar las estrellas y luego… me pidió de rodillas que me casara con él.
Con una cajita de terciopelo y este anillo que brillaba como sus ojos al mirarme.
Olivia sonríe y sus mejillas se sonrojan.
—¿Y dijiste que sí?
—Claro que sí. Dije un sí, enorme. Lloré como una tonta. Y luego hicimos una ceremonia secreta. Solo nosotros. Con dos gomas de pelo como alianzas. Verde para él. Azul para mí. Sus ojos. Los míos.
—Y luego me tuvisteis a mí —dice, orgullosa.
—Sí. Y después, nos casamos otra vez.
—Los tres. Nos casamos los tres —salta mi pequeño bombón.
—Así es. Los tres. Aquí. Con todos. Tú en brazos. Con tu vestido de lino y lazo dorado. Fue el día más bonito del mundo.
Olivia acaricia mi vientre otra vez. Daniel se mueve. Lo sentimos las dos.
El sol empieza a caer. Llaman a la puerta. Scott nos avisa de que los invitados han llegado. Olivia corre en busca de Noah, con las gomas en la muñeca.
Y yo, con una sonrisa en los labios, me levanto. Mientras me acerco a saludar a nuestros amigos, pienso que esa historia —la nuestra— que no termina. Continúa. Para siempre.