CAPÍTULO 13
La galería ocupa la planta baja de un edificio de ladrillo rojizo, rodeado de antiguos espacios industriales reconvertidos y cafés con encanto.
Al entrar, todo respira creatividad: grandes ventanales llenan de luz las obras y las paredes blancas contrastan con el suelo de cemento pulido, creando un ambiente moderno y elegante.
— Hi , Conrad —saluda Emily.
— Hi —responde él, y Grace se encarga de presentarnos.
Conrad me habla en español al principio, pero pronto cambiamos al inglés.
Aunque lo intenta con amabilidad, se nota que le cuesta.
Es muy alto, con el cabello oscuro recogido en un moño bajo y unos ojos verdes musgo que hipnotizan.
Viste ropa de lino negra minimalista que le da un aire interesante.
Tendrá unos diez años más que yo y, según Grace, es meticuloso y apasionado con su trabajo.
Mientras ellos revisan papeles en el despacho, yo me pierdo entre las esculturas de la sala. Están sobre pedestales de distintas alturas, son de piedra y metal, todas con una fuerza extraordinaria.
Las paredes muestran pinturas modernas sobre Nueva York: escenas cotidianas en colores vibrantes que capturan la energía de la ciudad que nunca duerme.
—¿Grace? —escucho una voz masculina detrás de mí.
—Ah, no, no. Soy Sofía. Grace está dentro —respondo en español sin darme cuenta al girarme.
—Perdona. Pensé que eras ella. No la conozco en persona, aunque me extrañaba que fuera tan joven —dice un hombre con acento argentino.
Tiene el cabello castaño y una barba bien cuidada que no oculta su bonita sonrisa. Sus ojos ámbar me observan con precisión. Lleva pantalones cargo beige, camiseta blanca y un foulard de lino en tonos terrosos. Tiene aire aventurero y su edad es similar a la de Conrad.
—No te preocupes, ahora la aviso —le sonrío.
—Hablé con Conrad hace unas semanas. No sabía que también trabajaba aquí una joven española.
—No, no trabajo aquí. Soy familia de Grace.
—Ah, vale —sonríe—. Al parecer no acierto en nada.
Nos reímos. Me mira con curiosidad. No me intimida, pero me descoloca un poco.
Grace y Conrad salen del despacho al escuchar nuestras voces. Se acercan y lo saludan. Se llama Sebastián Ferreyra y es el fotógrafo de la próxima exposición.
Grace se disculpa por no haber podido tratar con él en persona debido a su situación médica, pero le asegura que trabajar con Conrad es como hacerlo con ella. Lo elogia como asistente, él se sonroja y Sebastián confirma que ha estado en buenas manos.
—Tendremos todo preparado para que el domingo de la semana próxima se presente tu obra en la galería, Sebastián —le dice Conrad.
—Fantástico. Espero que salga todo bien —responde él, volviendo a mirarme con atención.
Grace se da cuenta de que el fotógrafo tiene algo en mente.
—¿Todo bien, Sebastián? —pregunta.
—Sí, sí. Bueno… Hay algo que me gustaría —dice, tímido—. Tengo todas las fotografías preparadas, pero podría añadir dos o tres más si esta joven me permitiera fotografiarla.
Abro los ojos sorprendida y miro a todos sin saber qué decir.
—Sofía…, ¿qué le contestas a Sebastián? —me sonríe Grace, cómplice.
—Debes dejarme hacerlo, Sofía, por favor —murmura él—. Desde que te he visto, esa mirada, esos ojos…
—Pero si no sé posar. Me da vergüenza. Además…, no será desnuda ni nada de eso, ¿verdad?
Se ríen por mi comentario.
—No son desnudos —sonríe—. Solo necesito tu rostro.
Nunca había pensado en hacer algo así, pero su forma de hablar me transmite confianza. Grace parece ilusionada y me anima. Dios mío, ¿seré su musa?, pienso divertida.
—Está bien —le respondo, osada—. Lo haré.
—¡Fantástico, Sofía! —exclama Sebastián, dándome dos besos —. Tendremos que quedar mañana sin falta en mi estudio para que las fotos lleguen a tiempo a la exposición.
—¿Quedar para qué? —interrumpe una voz seria.
Nos giramos los tres a la vez. Scott está allí.
Sus ojos, intensos y fríos, se clavan en Sebastián.
Madre mía… Está guapísimo. El traje impecable, el nudo de la corbata perfecto.
Se me ilumina el rostro al verlo. ¿Qué hace aquí mi bollicao?
Si no habíamos quedado. En ese momento me da igual su mirada, la pregunta o la respuesta. Solo quiero abrazarlo.
—¡Scott! —digo, feliz.
Me lanzo a sus brazos. Me sonríe y me besa en los labios. Me da una palmadita cariñosa en el trasero y me abraza con fuerza, dejando claro que soy suya.
—Hola. Soy Scott. El novio de Sofía —se presenta.
—Hola. Soy Sebastián.
—Scott —interviene Grace—. Sebastián es un gran artista y presenta su exposición de fotografía la semana que viene. ¿Puedes creer que le ha pedido a Sofía que pose para él?
No dice nada. Observa a Sebastián con calma.
—Tu novia tiene un rostro especial. Esa mirada es cautivadora —dice el fotógrafo.
—Lo sé. Soy un tipo con suerte, sabiendo que esa mirada es solo mía.
Ay, madre… su respuesta no me relaja. Sebastián sonríe ante el tono posesivo de Scott.
—Lo eres, sin duda —responde.
—¿Y qué ha respondido mi cautivadora novia a esa petición? —pregunta, mirándome fijo.
No le va a hacer gracia mi respuesta. Espero que no me monte una escena de celos por esto.
—He dicho que sí —me ruborizo y jugueteo con los dedos, vergonzosa—. Aunque no sé si lo haré bien.
—Lo harás de maravilla, bombón —dice, suavizando la mirada, aunque parece fingida.
—Bueno, no sé… —contesto y cambio de tema—. Pero dime, ¿qué haces tú por aquí?
—He venido a buscarte —responde, mirando a Grace con una sonrisa cómplice.
Ella interviene:
—Scott y yo hablamos a primera hora. Me siento bien, Sofía. Estaré aquí con Sebastián y con Conrad organizando todo. Comeremos en la galería. Podéis pasar el día juntos. Oliver me recogerá después para llevarme a casa.
—¿Y si de repente te encuentras mal? —pregunto preocupada.
—No va a pasar.
—Pero si pasa…
—Si pasa, estamos nosotros —dice Sebastián, amable. Conrad asiente con una sonrisa.
—De acuerdo, pero avísame si te vas antes o no te sientes bien. Prométemelo.
—Te lo prometo —dice con resignación—. Ahora llévatela de aquí, Scott.
La beso en la mejilla, me despido de Conrad y quedo con Sebastián para el día siguiente, bajo la mirada vigilante de Scott. Me da una tarjeta, pero mi bollicao se adelanta y la coge por mí, reafirmando su dominio.
Luego me tiende la mano y salimos de la galería.
Fuera, miro con el rabillo del ojo al atractivo hombre que tengo al lado. Cambia el gesto, contrae los labios. Lo sabía: está molesto. No le ha gustado lo de las fotos.
—¿Todo bien? —pregunto.
No contesta. Me abre la puerta del copiloto de su Porsche rojo y observa mi vestido blanco, corto y plisado. Entra en el coche y, antes de arrancar, se gira y vuelve a mirarme, comprobando cómo el vestido se acorta al sentarme.
—Ya sé lo que te pasa, aunque hayas disimulado delante de ellos. No entiendo por qué te pones así —le digo, atrevida, ajustando el cinturón.
—¿Y bien? —pregunta, serio.
—¿Y bien qué? —respondo, molesta.
—¿Qué es lo que me pasa?
Suspiro, resignada. Me quito las sandalias y busco recuperar mi calma. Quiero pasar el día feliz con él, sin discusiones.
—Scott por favor… Sé que no quieres que me haga las fotos —bajo la voz—. Si el fotógrafo fuera mujer, no estarías así. Pero ya he tomado la decisión. A Grace le hace ilusión. No puedes estar celoso por eso. Te quiero.
—Ya —dice, inexpresivo mientras conduce.
—¿Ya…? ¿Eso es todo? Pues vaya respuesta. Cariño…, son solo fotos de mi cara. Y que sepas que le dejé bien clarito que no me iba a desnudar ni nada de eso.
Scott suaviza el gesto al oírlo. Una leve sonrisa asoma en sus labios, pero sigue en silencio.
—Ayer fue complicado para los dos —lo intento de nuevo—. Me he llevado una alegría al verte. Vamos a pasar el día juntos. No quiero estar mal por esto. No por unos estúpidos celos.
Me quedo callada, triste, mirando mis dedos entrelazados.
—Sofía, me estoy esforzando, pero no es fácil.
Tengo muchas cosas en la cabeza: la charla con mi padre, el trabajo, la terapia…
Estoy preocupado por lo que te pasó ayer.
Y sí, tengo celos. Lo siento —dice con voz suave, poniendo su mano sobre las mías—.
Cualquiera que se acerque a ti me parece una amenaza.
Nunca había sentido celos hasta que te conocí.
Tengo que aprender a gestionarlos. Estás preciosa con este minúsculo vestido y pienso que todos te lo quieren quitar.
—Scott, ¿crees que esto es sencillo para mí?
Yo tampoco había sentido celos nunca. —Me aferro a su mano—.
En todos los años que estuve con Mario jamás los sentí.
Pero cuando te conocí…, mi cuerpo rabiaba por dentro cuando te miraban o se acercaban a ti.
No pasa nada por tener celos. Me gusta cómo le dices al mundo que soy tuya, pero intentemos relajarnos, ¿vale?
En ese momento entramos al aparcamiento de su edificio. Detiene el coche y nos quitamos los cinturones. Se gira hacia mí y yo hago lo mismo. Le acaricio el pelo y cierra los ojos al sentir mi mano.
—Sé cómo podríamos relajarnos —sonríe, abriendo los ojos—. Podríamos meternos mano y hacerlo aquí mismo.
Sus dedos acarician mi muslo.
—¿Aquí…? —Miro alrededor.
Asiente, divertido con mi sorpresa.
—No, no. ¿Qué dices? Hay cámaras —le regaño.
—El otro día lo hicimos en el baño del restaurante. Venga no seas sosa y aburrida hoy —dice, animándome a su locura.
—¿Sosa y aburrida…? —repito, molesta—. Vaya, siento no ser divertida.
—Sofía…, no te quedes con eso, venga… —Sube su mano bajo el vestido.
Se la aparto, salgo del coche descalza y con las sandalias en la mano. Él me sigue sin decir nada. Mientras me apoyo en una de las paredes del ascensor, enfurruñada y mirando al suelo, Scott teclea el código. Después se acerca a mí.
—Bombón…, no te enfades.
Me sujeta la cara entre sus manos, obligándome a mirar esos preciosos ojos azules. Su perfume me hipnotiza. Me besa con deseo y su lengua busca la mía.
—No. —Le aparto—. Soy demasiado sosa y aburrida para que me beses aquí.