CAPÍTULO 12
La desagradable sorpresa ha cambiado por completo nuestros planes. Ya no vamos a la galería. Grace ha avisado a su asistente, Conrad. Si mañana se encuentra bien, iremos. Tienen que preparar la exposición de un artista argentino que inaugura en unos días, y no quiere cargarle con todo el trabajo.
Antes de volver al bufete, Oliver y Elliot nos han puesto al día.
Revisaron las cámaras de seguridad con su amigo policía, y las noticias no son buenas.
En las imágenes se ve claramente que quien deja la caja es una mujer, por su complexión.
Pero no hay forma de probar que sea Alice.
Va camuflada con una peluca rubio platino, gorra, enormes gafas de sol negras y guantes de látex.
Además, parece que sabía dónde estaban las cámaras: se movía con habilidad, evitando que le grabaran de frente.
Saber que es ella y no poder demostrarlo me indigna. Me hierve la sangre. Imagino que Scott ya lo sabe y estará furioso. Solo espero que no le afecte a la comida con su padre.
Mañana sabremos algo de las huellas. Quizá tengamos más suerte con la caja. Se me eriza la piel solo de pensar en ella.
Es casi la hora de almorzar. Elliot y Oliver comerán con unos clientes en el centro.
Decididas a no dejar escapar el día, y viendo que Grace no está mal, hemos cogido una manta de cuadros vichy y llenado una cesta con sándwiches ligeros, fruta y limonada casera que preparó Valentina. Nos dirigimos a Central Park.
Encontramos un rincón perfecto para el picnic, cerca del lago y bajo la sombra de un árbol en la zona de Cherry Hill.
La suave brisa nos acaricia el rostro mientras extendemos la manta sobre el césped.
El sol es cálido, pero no abrasador, y se filtra entre las ramas creando un juego de luces y sombras.
—Esto es precioso —le digo a Grace, acomodándome junto al tronco.
Me sonríe, relajada.
—Es cierto —responde sacando unas fresas —. Un lugar así te hace olvidar lo malo.
—Ya… —contesto, apagada.
—Sabes que te quiero, ¿verdad? —me dice, mirándome a los ojos.
—Claro que lo sé.
Me acerco a ella y empiezo a sollozar en su pecho. Lo de esta mañana ha sido… demasiado. Me besa el pelo y poco a poco me calmo.
—Venga, Sofía. Todo se va a solucionar.
Me incorporo y me ofrece un pañuelo.
—Lo sé. —Me limpio, suspiro y empiezo a comer fresas sin parar.
—Despacio —se ríe al verme con mi glotonería nerviosa—. Cuánto he echado de menos verte disfrutar así.
Sonrío y dejo de comer, algo avergonzada.
—Grace, no quiero que mis padres lo sepan. Prométeme que no les dirás nada.
—Sofía… no quiero mentirles.
—No es mentir. Es… no contarles nada de momento. Cuando esté solucionado, se lo diré. Te lo prometo.
—Está bien, pero ya sabes cómo es tu madre. No sé cómo lo hace, pero se da cuenta de todo a la primera.
—Sí —sonrío de nuevo—. Es increíble. Es complicado tener secretos con ella.
Nuestra vista se abre hasta el lago. Mientras comemos, observamos cómo los botes de remos se deslizan por el agua. El murmullo de la ciudad se escucha lejano.
La limonada de Valentina está increíble. La acidez del limón se funde con la dulzura del azúcar. Grace toma pequeños sorbos para evitar las náuseas. Apenas come. La quimio le roba el apetito, pero aun así intenta obligarse a probar algo.
El viernes, Mauricio, su estilista, vendrá a casa para cortarle el pelo. Quiere hacerlo cuanto antes; así se lo recomendó el oncólogo para reducir el impacto emocional y evitar la sorpresa de verlo caer.
Qué fuerza mental tiene esta mujer. Lleva todo esto con una entereza ejemplar.
—Sofía, cariño —me dice de repente Grace—. Se me olvidó decirte ayer que cuando estabas con Scott, llamé a la consulta de la doctora Foster, la ginecóloga. Te he cogido cita para el lunes, porque tú no trabajas y yo podré ir contigo. Recuerda que el martes tengo el segundo ciclo de quimio.
—Genial. Muchas gracias. Pero puedo ir sola, ya soy mayorcita —me río—. No te preocupes.
—Lo sé, boba —se ríe también—. Me apetece ir contigo. Además, sé que quiere seguir de cerca lo mío. Tengo que verla.
—Claro. Perfecto, entonces.
Comemos compartiendo risas, recuerdos y planes para los próximos días. Contemplamos sin prisa el ir y venir de la gente por Central Park: parejas, familias, grupos de amigos y turistas que disfrutan del lugar. Hasta caemos un poco en el sueño sobre la manta de cuadros.
Son m ás de las seis de la tarde y no sé nada de Scott. Estoy nerviosa. ¿Estará bien? Oliver nos ha dicho que ya está en casa, y Elliot duerme en su apartamento con Emily.
—Es hora de irse, Sofía.
Asiento y recojo. Caminamos de regreso a casa dando un bonito paseo. Grace me toma del brazo con ternura; con la otra mano llevo la cesta de mimbre.
Paso el resto de la tarde revisando el móvil una y otra vez, esperando noticias de Scott. Nada.
Ya son las nueve y media de la noche. Hemos terminado de cenar y sigo igual.
—¿Por qué no lo llamas tú? —me pregunta Grace, pillándome por sorpresa.
Estoy tumbada en el sofá gris, apoyada en su regazo. Mis miradas al teléfono han llamado su atención.
—Es que no quiero molestarle —digo, mordiéndome las uñas.
—Déjate las uñas, te las vas a estropear. Te las dejaron preciosas el día de la fiesta. Venga, llámalo —me regaña con dulzura.
—Sí, es verdad. Mauricio tiene unas manos… me dejó la melena con unos rizos de ensueño.
—Sofía…, no te disperses. Llámalo y te quedas tranquila —juguetea con mi pelo.
—Y si…
—Y si nada, princesa. Si está ocupado, te lo dirá. Si no te coge, verá que lo has llamado.
Oliver, aunque parece absorto en su libro, 1984 de George Orwell, nos observa divertido desde la butaca.
—No sé…, no quiero que piense que soy una novia pesada.
—¿Pesada? No digas bobadas, por el amor de Dios. Como no lo llames tú, lo llamo yo —se ríe Grace.
—¿Tú qué opinas, tío Oliver? —pregunto entre risas.
Levanta la mirada cómplice:
—Sofía, llámalo. Grace no va a parar hasta que lo hagas.
Me levanto risueña y voy al dormitorio. Me acomodo boca abajo en la cama, contemplo la acuarela de la playa y marco el número de mi bollicao.
—Sofía —responde con voz cálida.
—Hola.
Inspiro hondo.
—Hola —dice en voz baja.
—Solo quería saber si…, ¿estás bien?
—Sí, lo estoy, pero… ¿hablamos luego? Ahora no puedo —responde tranquilo.
—Ay, sí, claro. Perdóname. Es que estaba intranquila y…
—No lo estés. Luego te llamo.
—Vale.
—Te quiero, bombón.
—Yo también a ti.
Cuelga.
Respiro, aliviada. Me quedo mirando la pantalla y se me ilumina el rostro. No me ha contado nada, pero escuchar su voz ha calmado mi mente. Algo en su tono me dice que no estaba solo.
Regreso al salón. Grace y Oliver conversan, pero al verme contenta, sonríen. Me dejo caer en el sofá.
Charlamos un rato hasta que el sonido del móvil nos interrumpe. Lo cojo. Será Scott, pienso. Pero no. Número desconocido.
—Hola…
Silencio.
—Sí… Hola… —susurro.
—Sofía, ¿quién es? —pregunta Oliver, atento.
Nada. Solo oigo un leve zumbido en la línea, como si alguien respirara al otro lado.
Es ella, estoy segura. ¿Cómo tiene mi número? Y entonces caigo: Scott la llamó desde mi teléfono aquel día en la playa, antes de irse a Madrid. Claro que lo tiene. Pero ¿por qué hace todo esto?
Cuelgo.
—Era ella —murmuro.
Grace y Oliver me miran expectantes.
—Oliver, esa mujer está loca. Hay que hacer algo —le dice Grace.
—Cariño, es un número desconocido. No lo van a poder rastrear —responde él.
En la siguiente hora recibo dos llamadas más, ambas en silencio. Grace me observa con el ceño fruncido.
—Apágalo —insiste, firme.
Niego con la cabeza. Scott va a llamar y necesito su voz.
Grace suspira y me acurruca cerca de ella, ofreciéndome apoyo sin palabras. Oliver nos observa, consciente de que el juego de esta pirada no se va a detener tan fácilmente.
Algo más tarde, ya en el dormitorio, medio adormilada e intentando aguantar para hablar con Scott, el teléfono suena de nuevo y rompe el silencio.
No es él. Al ver un número que no reconozco, la furia acumulada por tantas llamadas me despierta de golpe.
Seguro que es ella otra vez. ¡Estoy harta!
Cojo el móvil y contesto con brusquedad.
—¡Déjame en paz, Alice! No me asustas —escupo en inglés.
—¿Alice? ¿De qué hablas? Soy yo, Scott —suena desconcertado.
—Oh, Scott…
—Sofía, ¿qué pasa? Mi móvil se quedó sin batería. Te llamo desde el coche con el teléfono de mi padre.
Vaya, Henry me está oyendo también. La tensión de la noche se libera y siento un nudo en la garganta.
—Scott… —susurro con voz temblorosa.
Él respira hondo y guarda silencio un instante.
—Tranquilízate y cuéntanos qué ha pasado —dice con suavidad.
—He recibido varias llamadas de un número desconocido. Nadie contesta, pero sé que es ella. La llamaste desde mi teléfono, ¿recuerdas? Lo tiene. Y ahora, al no conocer el número, pensé…
Scott calla otra vez. Me doy cuenta de que no ha sido buena idea soltarlo así y trato de suavizarlo.
—Pero estoy bien. ¿Me oyes? Estoy bien.
No responde. Dios mío, no quiero que se altere.
—Henry, estoy bien, de verdad. Díselo. Que no la llame ni le diga nada.
—Sofía —interviene Henry—. Mi hijo me contó lo de la caja. Ha sido un día duro para ti, para él y para todos. Descansa, preciosa. No la va a llamar. Mañana veremos qué hacer.
Su voz me calma.
—Bombón, no voy a hacer nada. Tranquila. Bueno… —Hace una pausa—. Me encantaría hacer muchas cosas contigo, pero como está mi padre y te da vergüenza, no te las puedo decir.
—Scott, por Dios… —me sonrojo y sonrío al ver que está bien.
Los escucho reír al otro lado y eso me hace pensar que la conversación entre ellos ha terminado feliz.
—¿Te veré mañana? —pregunta.
—Estaré con Grace en la galería, pero hablamos para vernos. ¿Te parece?
—Perfecto. Ahora apaga el móvil para evitar sorpresas.
—Vale. Buenas noches a los dos.
—Buenas noches, preciosa —dice Henry.
—Dulces sueños, bombón.
—Scott, te… —me quedo callada. Me da vergüenza decirle que le quiero con su padre escuchando.
—Yo también a ti —responde riendo suavemente, sabiendo lo que quiero decir.
Colgamos. Apago el teléfono y me acomodo en la cama. Recuerdo sus últimas palabras con una sonrisa. La sombra de Alice se aleja, relegada en algún rincón distante de mi mente y el sueño me envuelve por completo.