Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Valentina ha preparado un desayuno delicioso y ha salido de la cocina, dejándonos solas para disfrutarlo. Grace ha descansado bien; aunque no tiene mucho apetito, promete comer algo porque sabe que necesita coger fuerzas.

Yo, en cambio, pienso darme un festín: zumo de naranja recién exprimido, huevos revueltos con beicon, mi Cola Cao y un cupcake de vainilla con confetis de colores que me está poniendo ojitos desde su caja de Magnolia Bakery. Es una provocación dulce y descarada.

Desde que lo dejé en su casa ayer, Scott no ha parado de escribirme:

TE QUIERO, bombón.

Sabes que TE QUIERO, ¿verdad?

Dulces sueños a la persona que más QUIERO.

Dios… TE QUIERO desnudar ahora mismo y no estás.

Hasta mañana, TE QUIERO.

Cada mensaje me ilumina la cara de una manera mágica. Estoy feliz. Estoy enamorada.

El teléfono vibra sobre la mesa. ¡Uy! Aquí viene otro:

Bombón, me voy a trabajar. Luego hablamos. Y busca un hueco, porque hoy TE QUIERO en mi cama.

—¡Aaaay…! —Suspiro profundo, desbordada de amor.

— Oh my God , Sofía. ¿Ese suspiro? —se ríe Grace.

—Es que…, ayer me dijo que me quería por primera vez. Y ahora no para. Le ha cogido el gusto y no deja de decírmelo. Aaaaay… —Vuelvo a suspirar.

Se parte de risa y yo me río como una tonta también.

Le contesto al último mensaje:

Buscaré ese huequito. Pero antes QUIERO que hables con tu padre, QUIERO que me llames feliz para contarme que todo ha ido bien, y desde luego, QUIERO celebrarlo contigo entre las sábanas.

Su respuesta es un corazón. Un enorme corazón latiendo para mí.

Un rato después, duchada y con un vestido fresco de lino amarillo maíz, rocío suavemente mis muñecas y aplico un toque de perfume en el cuello, el que me regaló mi madre por mi cumpleaños. Estoy lista.

Grace dice que se siente animada, sin síntomas extraños, y quiere que la acompañe a la galería un rato. Tiene trabajo.

Mientras cruzo el pasillo hacia el salón, oigo la voz de Valentina hablando con el conserje en la puerta.

La observo mientras recibe una caja roja con lazo dorado.

Imagino que será otro detalle para Grace.

Desde ayer no dejan de llegarle flores, bombones y cestas con productos de belleza carísimos, muestras de ánimo ante lo que atraviesa.

—Señorita Sofía, es para usted —dice Valentina, dejando la caja sobre la mesa.

—¿Para mí? —pregunto, sorprendida.

—¿Qué pasa? —interviene Grace al entrar en el salón.

—Valentina dice que han dejado esta caja para mí.

—Seguro que es un detalle de tu novio enamorado —sonríe Grace, y Valentina también—. ¿Qué pone en la nota? Léenosla.

Cojo la tarjeta. Está en blanco. Solo aparece mi nombre. Las miro, desconcertada.

—Bueno, abre la caja. No nos dejes así.

Levanto la tapa.

—¡Aaaah! —grita Valentina, sobresaltada.

Dios mío…

—¡Qué asco! ¡Qué horror! Pon la tapa, Sofía —dice Grace, espeluznada.

Miro apenas un instante. Mi rostro no se mueve, pero por dentro algo se rompe. Hay una rata. Una rata abierta, expuesta, colocada ahí como un mensaje. La piel gris, rasgada, y un olor metálico me golpean como una bofetada.

Cierro la tapa de inmediato.

El estómago se me revuelve.

Corro al baño. Las arcadas me sacuden; creo que voy a vomitar.

La mente me va a mil.

¿Quién me ha mandado esto?

¿Quién es capaz de algo así?

Cuando regreso, Grace habla por teléfono desde el sofá. Creo que habla con Oliver. Valentina ya se ha llevado la caja, pero la sensación de amenaza sigue en el aire.

Conozco a pocas personas en esta ciudad. Y solo una me miró con un odio tan frío. Lo supe desde el primer momento. Esa mujer no está bien.

—Sofía, cariño… ¿Cómo te encuentras? —pregunta Grace al colgar.

Tengo la mirada perdida. Quieta y de pie en medio del salón.

—Oliver y Elliot vienen ahora. Valentina está preparando infusiones para las tres. La pobre está fatal, y a mí también se me ha revuelto el estómago. Ven, siéntate conmigo aquí —me dice, preocupada.

Inspiro hondo, como si el aire fuera oro, intentando calmarme. Me siento a su lado.

—Pero, por Dios…, ¿quién te ha mandado eso? —Me mira, perpleja.

—Alice. Ha sido Alice —respondo, convencida.

—¿Alice? ¿La chica de la fiesta?

—Sí —susurro.

—¿Pero por qué estás tan segura?

—Grace, apenas conozco a nadie aquí. Y ella me odia por estar con Scott.

El miedo me oprime el estómago.

—Oliver acabará con ella.

—Scott no puede saberlo. Hoy no. Tiene algo importante y no quiero preocuparlo con esto.

Valentina regresa con las infusiones. Tiene la cara pálida.

—¿Estás bien? —le pregunta Grace—. Ven, siéntate con nosotras.

—Señorita Sofía… —empieza a decir Valentina al acomodarse.

—Llámame solo Sofía —le digo, tomándole la mano.

—Sofía, mandar algo así no es solo una broma de mal gusto. Es una amenaza. Un mal augurio. Debes tener cuidado. Esa persona puede intentar algo más —dice, nerviosa.

—No te preocupes, estaré bien —trato de tranquilizarla, aunque por dentro estoy temblando como un flan.

Minutos después se oye la puerta. Oliver, Elliot y Scott entran en el salón. ¿Qué hace él aquí?

Valentina se levanta discretamente y se lleva su infusión a la cocina. Nos observan con preocupación.

Scott se acerca despacio, se sienta a mi lado y me toma la mano.

—¿Cómo te has enterado? —le pregunto, apoyando la cabeza en su hombro.

Me rodea con el brazo y me besa en la frente, cálido, protector.

—Estaba con Oliver firmando unos documentos cuando Grace llamó.

—¿Dónde está la caja? La policía tendrá que llevársela. Es una prueba, puede que tenga huellas —pregunta Oliver—. Acabamos de hablar con el conserje. La encontró en recepción al empezar su turno. Nadie se la dio en persona. Solo tenía tu nombre y el número del piso.

—Valentina la ha llevado a la cocina —responde Grace.

—¿En serio vais a llamar a la policía por esto? —pregunto, aún en shock.

—Pitufa, esto hay que investigarlo. No podemos dejarlo pasar —me dice Elliot con firmeza.

—Esa persona está completamente desequilibrada —añade Oliver, muy serio.

—Sofía dice que ha sido Alice —explica Grace.

—Yo también lo creo —afirma Elliot—. ¿Quién más conoce a Sofía en Nueva York? ¿Con quién ha tenido un problema? Quiere asustarla, amenazarla… o vengarse porque le contó a Scott lo que le dijo en el baño.

Me muerdo el interior de la mejilla, inquieta.

—¿Por qué sabe Alice dónde vivís? —pregunto a Oliver.

—Eso es culpa mía —interviene de repente Scott—. El otro día trajo unos papeles de la empresa a Oliver. Yo no estaba en el bufete, era urgente y ella se ofreció.

Mientras habla, su rostro se endurece y en sus ojos se adivina una sombra de rabia, de enfado.

—Scott, no hagas nada hasta que sepamos con certeza que ha sido ella. Prométemelo, por favor —le ruego con la mirada.

No responde. Frunce el ceño en silencio.

—Scott…, por favor.

Insisto y él suaviza la expresión.

—Está bien. Pero…, ¿y si vuelve a hacer algo? ¿Y si te hace daño? Sería por mi culpa. ¿No lo ves? Por mí culpa —repite, bajando la cabeza.

—De eso nada —le digo, levantándole el rostro—. La única culpable es esa lunática.

Lo beso con dulzura.

—Oliver, ¿y las cámaras del edificio? —pregunta Grace.

—Ya las hemos solicitado. La policía se encargará. He llamado a mi contacto en la comisaría.

Trago saliva. La palabra policía me retumba en la cabeza. Todo esto se me hace enorme.

—Quizá solo sea una broma macabra y no pase de ahí —intento suavizar—. ¿Y si lo dejamos estar?

Elliot y Scott me fulminan con la mirada.

—De eso nada —dice Elliot.

—Ni lo sueñes, Sofía. Solo pensar que tengo que verla cada día me enferma. Estoy deseando despedirla de una vez. Espero que consigan pruebas pronto.

—Está bien, como queráis.

En este momento suena el móvil de Scott.

—¿Dónde puedo hablar en privado? —pregunta, muy serio al mirar la pantalla.

Oliver le indica dónde está su despacho. Scott sale del salón y no sé por qué, pero algo en esa llamada me inquieta.

Dos minutos después, con la excusa de ir al baño, voy a buscarlo. Camino por el pasillo con la imaginación desbocada. La puerta del despacho está entreabierta y lo escucho hablar por teléfono.

—No sé por qué coño estás haciendo esto, pero déjala en paz. Te dejé claro que no quiero que te metas en mi vida privada. Y Sofía es mi vida —dice, furioso.

Oh, no. Está hablando con ella. Me quedo parada en la puerta, agudizando el oído.

—¿Qué no has sido tú? Ya lo veremos, Alice. La policía lo va a investigar.

Cuelga de golpe.

Llamo suavemente a la puerta. Se gira con expresión de enfado, pero al verme suaviza la mirada. Me acerco.

—Me ha llamado para confirmar una reunión que tenemos en unas horas. Irá mi padre. Hoy no la quiero ni ver y…, bueno, no me he podido callar.

—Quiero dejar el tema ya, Scott. Si continuáis con la idea de que investiguen, que lo hagan, pero ya está —le digo agotada.

—Quiere separarnos. Alejarte de mí. Que te vayas —me mira, alarmado.

—No lo va a conseguir, Scott.

—Sabes lo que significas para mí, ¿verdad?

—Claro que lo sé —le respondo con ternura—. Te lo dije el otro día. Me da igual lo que haga o diga esa mujer. No nos va a separar. Te quiero.

—Yo también te quiero.

Me acaricia la mejilla y me da un beso en los labios. Yo quiero más y mi lengua cálida y juguetona busca la suya. Me subo encima de él, rodeándole las caderas con las piernas.

—Oh, bombón. Me vuelves loco.

—Y tú a mí.

Me sonríe y coloca las manos en mi trasero.

—Salgamos de aquí ahora mismo o no respondo —murmura divertido.

Me baja y damos unos pasos hacia la puerta.

—Espera —le detengo, tomándole del brazo.

—¿Qué pasa?

—Seguirá en pie lo de hablar hoy con tu padre, ¿no?

—Sí —me tranquiliza—. Comemos juntos. Le dije que quería preguntarle algo de cuando era pequeño, que necesitaba aclarar ciertas cosas.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que me dirá todo lo que necesite saber. Creo que intuye a qué me refiero.

Lo abrazo, orgullosa de él. Scott esboza una sonrisa y salimos del despacho.

Al volver al salón, Grace está con Valentina. Nos cuentan que Elliot y Oliver se han ido a entregar la caja a su amigo policía, que ya está con el conserje revisando las imágenes.

—Bajo con ellos —dice Scott—. Luego tengo que ir a la oficina. ¿Os puedo dejar solas? ¿Estáis mejor?

—Sí, Scott. Vete tranquilo, estamos bien —le responde Grace.

Valentina asiente, algo ruborizada.

—Te llamo en cuanto pueda, bombón. Te quiero —me susurra, y me da un beso increíble delante de las dos.

En cuanto sale, me vuelvo hacia ellas. Me miran risueñas al ver mi cara de princesa enamorada.

—Ay, Sofía. Hacéis una pareja preciosa —dice Grace.

—Es verdad, sois tan guapos los dos —añade Valentina.

—¿Y lo habéis oído? Me ha dicho que me quiere.

Suspiro feliz. Me dejo caer en el sofá, pero enseguida me levanto, impulsiva, y empiezo a girar y bailar sola en medio del salón, como si fuera Cenicienta soñando con su príncipe.

Las dos se ríen. Voy hacia ellas, les tomo las manos y las obligo a levantarse. Bailamos juntas, riendo, dejándonos envolver por la música imaginaria.

Y por un momento, me olvido de todo lo ocurrido. De la caja, del miedo, de Alice.