Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

—Al principio me dijo que mamá se había ido de viaje con unas amigas, que necesitaba descansar y que pronto volvería. Yo lo creí —su voz se quiebra más—. Pero unos días después me contó que había sufrido un accidente, que mamá había fallecido y que todo iba a estar bien.

Hace una pausa larga. No me atrevo a moverme.

—No lloré. Nunca lo he hecho. Desde el principio supe que no era cierto, que algo no iba bien, que nunca hubo accidente. Pero jamás pregunté. Probablemente porque sabía que su abandono fue por mi culpa.

Mi corazón se encoge.

—¿Y el entierro? ¿El funeral?

—Recuerdo un acto muy íntimo en los Hamptons. Nada más.

Se frota la frente, como si le doliera recordar.

—Pero me dijiste que la habías visto después.

—Sí —asiente despacio—. Unos meses más tarde. Iba con mi padre en el coche de la empresa. Paramos frente a una casa. Me dejó con el chofer y entró. Mientras se fumaba un cigarro, salí sin que se diera cuenta y me acerqué.

Respira hondo, como si aún pudiera ver la escena.

—Estaba en el jardín, sentada, leyendo un libro.

—¿Y tu padre?

—Se sentó con ella. La miraba serio. No estuvo mucho tiempo. Yo volví al coche y nadie se enteró.

—Tienes que hablar con él —digo, acariciándole la mejilla.

—Lo sé —cierra los ojos un instante—. El psicólogo también quiere que lo haga, que me acompañe a la siguiente consulta. Acabar con esto por fin.

—Todo va a salir bien —le digo con lágrimas en los ojos.

Él me mira, y su expresión se suaviza.

—Esto lo hago por ti —susurra, limpiándome la cara con el pulgar—. Para intentar recuperarte. Tú me lo pediste.

—Me gusta que me lo digas, pero lo tienes que hacer por ti. Para liberarte del todo. Para ser feliz.

Scott deja escapar una risa amarga.

—Hasta ahora vivía con ello sin problema.

Lo tenía dentro, escondido. Nunca quise aferrarme a nadie.

Pensar en algo más que sexo no entraba en mis planes.

No quería que nadie me quisiera. Quizá, en el fondo, pensaba que no me lo merecía.

Así me lo dijo ayer el doctor Anderson. Por eso, cuando las cosas se ponían intensas y notaba que empezaban a querer algo más serio, desaparecía sin problemas.

Porque, además, yo no sentía nada por ellas.

—Esto parece otra confesión —susurro, intentando aliviar la tensión.

Él sonríe de nuevo, roto pero sincero.

—Lo es. Has puesto mi mundo patas arriba, bombón.

Mi cara arde.

—Me alegra saberlo —murmuro.

Scott me mira como si quisiera memorizarme.

—Llegaste a mi vida y todo cambió. Cuando te giraste ese día y me miraste con esos ojos… —suspira—. Me alegré. Joder cómo me alegré de que ese capullo te hubiese puesto los cuernos. Tu bondad, tu belleza, tu timidez, esas palabrejas divertidas… me vuelven loco, cariño.

Me aferro más a él.

—Oh, Scott…

—Yo también lo noté, ¿sabes? También noté esa electricidad el día que nos conocimos. Desde ese momento fui incapaz de separarme de ti. Y eso que lo intenté con todas mis fuerzas, pero no pude. El dolor que sentía sin tenerte fue demasiado fuerte. Fui un cobarde, no quise admitir que…

Oh, Dios mío. Lo va a decir. Cierra los ojos y, al abrirlos, su mirada me paraliza el corazón.

—… que estaba enamorado de ti. Que te quería. Que te quiero, Sofía.

Sonrío con los ojos húmedos.

—Yo también te quiero —le susurro, emocionada.

Él baja la mirada, avergonzado.

—Pensé que no volverías conmigo por cómo reaccioné en París, por las cosas horribles que te dije por teléfono… y por mis celos enfermizos.

—Vale. Chis… —le pongo el dedo índice sobre los labios—. No quiero que recuerdes nada de eso. Estoy aquí. Y no me iré. Estaré a tu lado siempre. Y cuando hables con tu padre, todo se arreglará. Lo sé.

—Te quiero —repite, más tranquilo.

Su mirada se suaviza. Suspira, agotado.

—Estoy reventado. No he dormido nada, pero estoy loco por hacerte el amor.

—Necesitas descansar. Voy a preparar algo de comer mientras duermes. Y luego lo hacemos las veces que quieras —sonrío dulcemente.

—Quédate un poco conmigo —susurra, cerrando los ojos.

Se duerme enseguida. Lo observo un momento. Ha tenido que ser durísimo cargar con esos recuerdos y con una culpa que, estoy segura, no le pertenece.

Salgo de la cama con cuidado de no despertarlo, me visto y voy hacia la cocina.

Es una maravilla. Está integrada en el salón, como mi apartamentito de Zahara, pero en versión lujo, sofisticación y dimensiones descomunales. La encimera es divina: amplia, elegante. Muy bien elegida por mi bollicao, sí señor. Hay armarios y espacio de sobra para guardar todo lo que se te ocurra.

¿Y esto…? El refrigerador es inmenso y tiene una pantalla táctil que parece sacada de una película futurista: música, televisión, videollamadas, lista de la compra, fotos…

Me empiezo a reír sola. ¡Me encanta el juguetito!

Trasteo un poco y pongo Spotify . Busco algo para ambientar y aparece el gran Morrissey con su There Is a Light That Never Goes Out . Perfecto. Cocinar con los Smiths de fondo siempre es un acierto.

Frunzo el ceño. La cocina es increíble, sí, pero este hombre no la usa mucho. No encuentro gran cosa. Tendré que tirar de ingenio culinario.

Preparo una rica salsa de tomate casera, troceo unos tomates secos, añado orégano, queso rallado, mantequilla y tomates cherry. Cuezo la pasta y… voilà : rigatoni con tomate en tres texturas para dos.

—Hola —oigo su voz y levanto la cabeza justo cuando estaba olfateando la cazuela.

—Hola —respondo al verlo llegar.

Camina despacio por el salón, despeinándose con una mano. Viene sin camiseta y me regala una visión de su pecho bien formado que me hace babear.

—Mmm… Qué bien huele, bombón.

—¿Tienes hambre? —le pregunto.

—¿Hambre de qué?

Parece que ha descansado; vuelve con sus provocaciones. Sonríe y sus ojos azules brillan con intensidad.

—De comida, guarro —le digo, y me da un mordisquito en el labio, pidiendo guerra.

—Sí, tengo hambre, pero primero tengo que ducharme. Te dejo venir conmigo si quieres. A lo mejor te apetece enjabonarme la espalda —me mira con avidez.

—Ah, ¿sí? —le sigo el juego—. Gracias, qué considerado.

Scott me mira fijamente y su boca se curva en una sonrisa de picardía. Después me toma de la mano y me lleva con él al baño.

Tras la romántica ducha, disfrutamos del plato de pasta como si fuera un festín. Es sencillo, pero nos sabe a gloria.

Más tarde, ya relajados, Scott descansa en mi regazo, tumbado en el sofá. Tiene el rostro sereno y su respiración es suave, lenta. Me quedaría mil horas así, con él, pero tengo que volver a casa. Grace también me necesita. Le acaricio su pelo con una ternura infinita y él me entrega su mirada azul.

—Scott, yo…

—Lo sé. Tienes que irte.

—Dime que me puedo ir tranquila y que estás bien —le pido mientras mis dedos siguen jugueteando en su cabello.

—Te puedes ir tranquila. Estoy bien —repite, sonriendo, lo mismo que yo.

—Venga, no seas bobo. En serio.

—Sofía, estoy mejor, de verdad. Hablar y estar contigo era lo que necesitaba.

—Me alegro. Ahora solo te queda… ¿Cuándo vas a hablar con tu padre?

—Mañana. Quiero acabar con esto ya.

—Muy bien. Mañana se terminará y estarás de rechupete.

—Tu sí que estás de rechupete —sonríe y yo, con él.

—Bueno, si después de verle te apetece hablar, ya sabes. Y si no te apetece, lo entenderé. Y si quieres que venga a enjabonarte… también lo haré —sonrío.

—Mmm… eso me encantaría —susurra.

—Y a mí también —me ruborizo para él.

Se ríe, y por un momento sus ojos brillan contentos.

Me acompaña al ascensor, rodea mi cuerpo con sus brazos y juntamos nuestras frentes.

—Me chifla el código de tu ascensor —le digo con una suave sonrisa.

—¿Sí…? ¿Por qué te chifla? —pregunta con risa traviesa.

—Ya lo sabes, no empieces a jugar —le pongo los ojos en blanco.

—Y a mí me chiflas tú —dice, sin risa ya.

Sus labios rozan los míos y me estremezco. Lo que daría por quedarme y perderme en él.