Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Estamos en el Memorial Sloan Kettering Cancer Center, un lugar donde se respira una energía especial. Los pasillos, amplios y bien iluminados, nos conducen al área de tratamientos e investigación.

Solo he venido yo. No quería enfrentarse a la mirada preocupada de Oliver y Elliot. Los ha mandado al bufete, aunque sé que tendré que estar pendiente del teléfono; me bombardearán con mensajes, queriendo saber cada detalle.

Grace muestra una serenidad que me conmueve. Intuyo que por dentro la ansiedad le muerde sin descanso. Le inquieta lo que vendrá: la caída del cabello, la piel seca, los vómitos, el dolor muscular y ese sabor metálico que se instala sin permiso. Se lo explicaron, sí, pero nada prepara para vivirlo.

La enfermera, con su uniforme impecable y perfectamente planchado, tiene una mirada cálida y comprensiva. Introduce la aguja en la vena de Grace con delicadeza, aunque el metal sigue siendo frío.

Estaremos casi dos horas aquí, hasta que el medicamento termine de entrar en su cuerpo. Intentaré que mi conversación la distraiga.

De Scott no sé nada. Solo ha llegado un precioso ramo de flores a casa, de parte de la familia Clayton, para Grace.

—Bueno Sofía, ¿qué tal con tu bollicao? Vamos a estar aquí sentadas un buen rato, así que cuéntame… —dice, sonriéndome con curiosidad.

—Ay, Grace… ¿Qué quieres que te cuente? Ya lo viste el fin de semana. Estoy feliz de estar con él de nuevo. Es maravilloso conmigo, aunque a veces… bueno…

—Yo lo que vi fue a un chico rendido a ti por completo, Sofía.

Por Dios, ¡que ha comprado una villa preciosa y carísima porque sabía que te gustaba!

Es increíble, princesa. Eso sí… tiene que cambiar algunas cosas.

Esos celos por una pulsera no son normales.

Me sentí fatal por habértela metido en la bolsa; si lo llego a saber…

, en fin. Me parece que tenéis que hablar mucho, pero es evidente que estáis locos el uno por el otro.

—¿Hablar? Ayer me dijo que me llamaría y no lo hizo. Rechazó mis llamadas. Son las once menos cuarto y no sé nada —suspiro—. Sé que debo tener paciencia. Pero Grace, nos despedimos muy contentos, y más después de…

—¿Después de…?

—No puedo decírtelo, me da vergüenza —siento cómo me arde la cara.

—Sofía, por favor. Sabes que puedes hablar conmigo de lo que sea, igual que con la moderna de tu madre. ¿Es de sexo?

—Ay, Grace… Sí, es de sexo. Es que… no pensé que me atrevería a algo así.

—¡ Oh, my God ! No le irá el sado ni cosas raras, ¿no?

Me echo a reír, y las enfermeras me riñen con la mirada.

—No, no le va eso. Es muy romántico, pero… ayer, en el restaurante, se metió conmigo al baño y…

—¡Sofía! —contiene la risa.

—Ya sé que no es propio de mí, pero fue tan excitante… —me tapo la boca, intentando no reír demasiado.

—Ay princesa, qué maravilla —sonríe—. Yo, con tu edad y con ese novio que tienes tan impresionante, estaría echando polvos en cada rincón. Cuando se lo cuentes a tu madre, va a estar orgullosa de tu atrevimiento. Eso sí… tuvisteis precaución, ¿verdad?

—Sí, pero ahora que dices… quería pedirte algo. Necesito ir a tu ginecóloga para que me recete las pastillas anticonceptivas y quizá hacerme una revisión. Las dejé de tomar y… las necesito —sonrío, traviesa.

—Claro, la doctora Foster es una maravilla. Fue quien me localizó el tumor, es una eminencia. Recuérdamelo en casa y pedimos cita —me devuelve la sonrisa, cómplice.

—Gracias, Grace.

—Y está muy bien que estéis todo el día dale que te pego, pero también tenéis que hablar, Sofía —dice, más seria.

—Lo sé. Pero hoy no quiero agobiarle con mil llamadas.

—Bueno, puedes mandarle un mensaje. Que sepa que estás ahí —me anima.

—Llevas razón. Luego se lo mando.

—No, Sofía. Ahora —me dice, firme.

Llevada por su tono, cojo el móvil del bolso. Mis dedos titubean al principio, pero ya he tomado la decisión. Escribo:

«Scott, estoy preocupada por ti. No quiero agobiarte, pero si me necesitas, sabes que estoy aquí. Te echo de menos».

—Bueno, ya está. Hecho.

—Muy bien. Con decisión —sonríe.

Cuando por fin regresamos a casa, Grace empieza a sentir un ligero dolor de cabeza y el estómago revuelto. Nos tumbamos juntas en su cama. Valentina le ha preparado un caldo, aunque no tiene muchas ganas de comer. Casi de inmediato se queda dormida mientras le acaricio la mano.

De Scott no sé nada. Ni siquiera ha leído mi mensaje. Cierro un rato los ojos y, sin darme cuenta, me quedo dormida también.

—Sofía —me despierta Oliver con un susurro.

Miro a mi lado. Grace sigue dormida.

—Todo ha ido bien —le digo en voz baja—. Estaba un poco revuelta, nada más.

—Me quedo con ella. Tú tienes que comer.

Me levanto y voy a la cocina. Elliot está con Emily, comiendo. Hoy han preferido hacerlo aquí y no en el despacho, como otros días.

—¿Cómo está? —pregunta el renacuajo.

—Está bien, de verdad —le tranquilizo.

Me siento con ellos, pero no tengo nada de apetito. Yo también noto malestar. Será la inquietud por Scott o la ansiedad compartida con Grace. Y aunque la carne estofada con verduras que ha preparado Valentina tiene una pinta exquisita, no puedo probarla.

Suena mi móvil. ¿Será mi bollicao? Esbozo una sonrisa. Pero no… no es él. Es su hermana. ¿Sabrá algo de Scott? Me pongo en pie y camino hacia mi dormitorio.

—Hola, Emma.

—Sofía, hola —saluda con su voz dulce—. Sé que no es buen día. Estarás con Grace. ¿Cómo se encuentra?

—No te preocupes. Está bien, acostada y descansando. ¿Y tú qué tal? ¿Estás con Scott?

—No, no estoy con mi hermano. Estoy en casa, pero me voy ahora mismo porque he quedado con Pablo para comer —me lo cuenta emocionada.

—¿Ah, sí? ¿Otra vez?

—Sofía…, es encantador. Ayer lo pasamos genial. Por eso te llamo. ¿Tú crees que…? —se queda en silencio, vergonzosa.

—¿Qué me quieres preguntar? —le ayudo —. ¿Si creo que le gustas?

—Pues sí —se ríe con su risa contagiosa que me arrastra a mí también.

—Estoy completamente segura de que sí. Ayer lo dejaste impresionado.

—¿Sí…? Es tan guapo, tan dulce… tan de todo, que no me quiero hacer ilusiones si luego…

—Emma, hazme caso. Tenéis que conoceros más, pero os vi muy bien. Lo digo en serio.

—Ay, gracias. Bueno, solo quería que supieras que he quedado con él. Y si te cuenta algo de mí, me lo dices, ¿eh? —se vuelve a reír.

—Sí… te lo contaré…

Al colgar, reviso el teléfono. ¡Un mensaje de Scott! Por fin.

¿Y esto? «1707». Es lo único que aparece en la pantalla. Ese número… ¿de qué me suena? Parpadeo, desconcertada. ¿La fecha de mi cumpleaños? ¿Por qué me la manda? No lo entiendo. Y entonces, como un fogonazo, lo veo claro.

Me incorporo de golpe.

—Elliot, ¿tienes que volver al bufete? —le pregunto al regresar, intentando disimular mi urgencia.

—No, nos vamos a quedar a trabajar aquí los tres. Queremos estar con mamá.

—Perfecto. Tengo que salir un momento.

—No hay problema, pitufa.

Me pongo las sandalias y salgo casi corriendo. La ansiedad me aprieta el pecho mientras avanzo por la calle.

Al llegar al edificio, reduzco el paso. La otra noche apenas me fijé, pero el vestíbulo es una oda al lujo: mármol en tonos suaves, maderas nobles, un portero discreto que vigila la entrada. En el ascensor mi cuerpo vibra de expectación. ¿Será lo que yo pienso…?

Marco el número. Sí. Su código es mi cumpleaños. Me derrito.

Segundos después, las puertas se abren y vuelvo a contemplar ese magnífico ático. A la luz del día es igual de impactante.

¿Dónde está? No lo veo. Me descalzo y voy hacia su dormitorio. Llamo tímidamente a la puerta, pero nadie contesta. Abro con cuidado y me quedo en el umbral. Una luz suave se filtra entre las cortinas. Está acostado, con los ojos cerrados. Empiezo a cerrarla con cuidado para dejarlo descansar.

—No te vayas —murmura.

Me detengo.

—Pensé que dormías —susurro, entrando despacio.

—Ven a la cama conmigo, por favor —me pide, con voz suplicante.

Me desabrocho la blusa blanca y la dejo caer sobre el suelo. Aflojo el cierre del sujetador y lo deslizo por mis brazos. Después, bajo los vaqueros despacio, consciente de que él no aparta los ojos de mí ni un instante.

—Mírate. Eres preciosa… y yo un puto monstruo.

Vaya, algo no va bien.

Me meto bajo las sábanas y me acerco a él. Lo abrazo con fuerza, buscando su calma.

—No eres ningún monstruo. No me gusta que digas eso —le acaricio el cabello.

—Lo soy, claro que lo soy.

—¿Tan dura fue la charla con el psicólogo?

—Sí. No fue una sesión normal. Llegué eufórico, fuerte, contento por volver a estar contigo. Él también se alegró, ¿sabes? Dice que eres la clave de todo. Le pedí una terapia de choque, una sesión larga e intensa.

Suspira hondo y continúa:

—Me advirtió que podría provocar una respuesta emocional fuerte, pero le dije que, teniéndote cerca, podría soportarla.

Me mira devastado.

—Me hizo revivir algo que estaba muy escondido en mi cabeza, Sofía.

—¿Y por qué dices que eres un monstruo? —murmuro, rozando su mejilla con los dedos.

—Porque lo soy. Dejé a mi hermana sin madre y a mi padre sin esposa —susurra, con los ojos llenos de dolor.

—Scott…

Siento su sufrimiento como si fuera mío. Me rompe verlo así.

—Se fue por mi culpa, estoy seguro. No sé qué hice, pero se enfadó conmigo.

Tengo sus gritos aquí —se agarra la cabeza—.

Me gritaba mucho. Yo tenía ocho años, Emma tres, y la pobre lloraba sin parar.

Mi padre entró al salón y se llevó a mi madre sin decir una palabra.

Cogí a Emma en brazos y la calmé hasta que dejó de llorar.

Se le quiebra la voz.

—¿Qué hice? No lo recuerdo. Esa misma tarde mi padre se fue con ella de casa y volvió él solo horas después. No quiso regresar con nosotros. ¿No te das cuenta? ¿Qué hice para que no quisiese volver con su familia nunca más? —me pregunta, desesperado.

Dios mío. Siento que dejo de respirar al escucharlo. Se culpa de todo.

—No puedes pensar eso, Scott. Eras un crío. ¿Y qué te dijo tu padre cuando regresó?

Scott traga saliva antes de responder. Sus ojos se pierden en algún punto del techo.