Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

Scott se sienta a mi lado. Estoy feliz por la sorpresa y por tenerlo aquí, compartiendo este rato conmigo. El camarero espera y, tras mirar la carta de nuevo, nos decidimos por el menú cerrado: un entrante y un plato principal a elegir.

Emma y yo coincidimos en todo: ensalada césar y raviolis de champiñones con parmesano, trufa y fondue de mantequilla. Pablo pide gazpacho de sandía y pollo paillard. Y mi trajeado novio, un salmón tártaro y el croque-monsieur .

Mientras disfruto de la ensalada, se inclina hacia mí, me besa en la mejilla y, acercándose más, me susurra al oído:

—¿Cuándo vamos a celebrarlo? Estoy deseando quitarte ese vestidito rosa.

Mi respiración se desordena. Me obligo a mantener la compostura.

—Yo también estoy deseando quitarte ese traje tan estupendo… pero tendrás que esperar a después de comer —le respondo, intentando sonar firme.

Él sonríe, esa sonrisa que anuncia problemas. O tentaciones. O ambas.

De repente, noto su mano subir por debajo de mi vestido. Sus dedos trepan provocadores por mi muslo, apenas un roce, pero lo bastante para que mi cuerpo reaccione. Me levanto de golpe.

—Voy al servicio un momento —anuncio, con las mejillas encendidas.

Él me mira, disfrutando.

Me refresco la cara y, al salir, lo encuentro apoyado en la pared, esperándome.

—¿Qué quieres? ¿Qué haces aquí? —pregunto, sabiendo la respuesta.

—Ya sabes lo que quiero —me sonríe, malicioso.

Trago saliva.

—Scott… no. Ni hablar.

—¿Hay alguien dentro? —pregunta, excitado.

—No te lo voy a decir, vamos a la mesa.

—Eso es que no hay nadie.

Me toma de la mano con rapidez y me lleva al interior de uno de los baños.

—Scott, por favor. Me muero de la vergüenza. Como nos llamen la atención, me desmayo aquí mismo.

—No hagas ruido. Te deseo y no puedo esperar. No tenemos mucho tiempo… y tal y como estoy, no lo necesitaremos.

—Pero llevas…

—Sí. Acabo de comprar.

Me quito la ropa interior. Oh, Dios mío.

No me creo lo que estoy haciendo. Él se baja la cremallera, se prepara en silencio y, en cuanto se acerca, mi espalda choca suavemente contra la pared.

Un gemido se me escapa antes de poder contenerlo.

Me cubre la boca con la mano, sus ojos fijos en los míos, y todo se reduce a respiraciones entrecortadas y a un temblor compartido que nos recorre al mismo tiempo.

—¿Qué estás haciendo conmigo, sinvergüenza? —susurro, extasiada.

Cuando recupera el aliento, sonríe y me besa.

—Vámonos de aquí —me dice, el enredador.

Le cojo la cara y lo miro a los ojos.

—¿Con cuántas lo has hecho así? Dime la verdad.

—Con ninguna. Te lo juro.

Sonrío por su respuesta y por la travesura que acabamos de hacer, nada propia de mí. Le arreglo la camisa blanca y salimos como si nada hubiera pasado.

Cuando regresamos, los tortolitos siguen en su conversación, ajenos por completo a nuestro regreso a la mesa.

—Me ha encantado mi celebración. Muchas gracias —le susurro, con una sonrisa pícara.

—De nada. Ha sido un placer, bombón —responde, guiñándome un ojo.

Esperamos el postre. No está en el menú, pero tiene una pinta espectacular. Hemos pedido una tarta de chocolate con caramelo y una crème brûlée para compartir.

La comida ha sido animada, y no solo por lo ocurrido en el baño.

Emma propone que vayamos a tomar una copa; se nota que sigue disfrutando de sus vacaciones universitarias.

Scott, en cambio, tiene que trabajar y, además, sesión con su terapeuta, aunque eso solo me lo ha dicho a mí.

Yo quiero volver a casa, estar con Grace. Mañana es un gran día para ella.

La parejita parece haber conectado. Los observo y disfruto de su euforia y entusiasmo. ¿Quizá ha sido un flechazo? Scott los anima a ir más tarde al club donde trabaja René, el barman del cumpleaños de su padre. Les asegura que los tratará como a reyes.

Mi pibón trajeado está relajado. Me rodea con su brazo y juega con mis mechones como si fueran suyos. Me encanta verlo así, tranquilo.

Pablo nos ha contado lo de su jefe. La verdad, parece un gilipollas de cuidado. Emma quiere que Scott y Henry hablen con Pierre, por si puede trabajar conmigo. Ojalá se dé. Sería increíble.

Nos despedimos de ellos en la puerta del restaurante. Mi bollicao me acompaña dando un paseo. Las oficinas del imperio inmobiliario están cerca de la Catedral de San Patricio, así que subimos por la Quinta Avenida, abrazados por la cintura, hasta la calle 57.

En la esquina se encuentra The Landmark, la tienda insignia de Tiffany. ¡Qué maravilla! El edificio es una joya en sí mismo.

Me quedo embobada viendo alianzas y brazaletes en el escaparate.

Scott me mira de reojo, sonríe. Me pregunta si quiero entrar.

Lo conozco: si sabe que algo me gusta, es capaz de comprármelo sin pensar.

Le digo que no, pero le pido que me haga una foto al estilo Audrey Hepburn para mandársela a mi madre y a las niñas.

Antes de irse me atrae hacia él y me da un beso que todavía sabe a tarta de chocolate con caramelo.

—Te llamo luego —me dice, antes de darme otro beso.

Camino de regreso a casa con esa sensación dulce aún en los labios. Al llegar, me esperan Grace y Oliver. El resto de la tarde transcurre entretenida. Nos esforzamos por mantener la conversación ligera, sin mencionar lo que todos tenemos en mente: lo que mañana le espera a Grace.

Después de cenar, ya en mi habitación, miro por la ventana el cielo nocturno de Nueva York con una punzada en el pecho que me dice que algo no va bien.

Son las once y media. Habíamos quedado en hablar, pero no ha dado señales de vida. Ha rechazado mis llamadas, y ni siquiera me atrevo a mandarle un mensaje.

¿Esas sesiones le dejan tan hundido? Le prometí tener paciencia, y la tendré. Pero estoy preocupada. Me lo imagino solo en ese enorme ático y me inunda la tristeza. Me mata que esté así, que estemos así. ¿Por qué no puede ser todo más fácil?

Hace un rato hablé con mi madre. Me dijo que por teléfono lo escuchó feliz, eufórico incluso. Le prometió hacer todo lo posible por no estropear lo nuestro otra vez. Sé que lo está intentando. Pero también sé que la clave está en hablar con su padre.

Me pongo mi camisón de Minnie y me meto en la cama. Estoy agotada. Puede que mañana esté mejor, que tenga ganas de hablar.

En silencio, le deseo buenas noches. Le susurro que lo quiero, aunque no pueda oírme. Cierro los ojos y me dejo llevar por el sueño, con la esperanza de que mañana sea distinto.