CAPÍTULO 9
El restaurante está ubicado en un bonito edificio histórico en Lexington Avenue, entre el murmullo elegante de Midtown y las sombras alargadas de rascacielos centenarios. Su fachada impone, con molduras clásicas y amplias ventanas que invitan a descubrir la magia culinaria que se esconde dentro.
Al cruzar la puerta —entreabierta— me encuentro con un ambiente íntimo y una decoración cuidada al detalle. Los suelos de mármol Calacatta Gold reflejan nobleza; las mesas blancas con base de latón pulido y las butacas de terciopelo azul medianoche respiran con armonía.
— Hi … —susurro, tímida.
— Bonjour … —responde un hombre con una sonrisa amable.
Está sentado en una mesa del comedor, rodeado de papeles. Al verme, se levanta con naturalidad y yo me acerco.
—Hola, soy Sofía. ¿Eres Pierre? —pregunto en inglés.
—Sí Sofía, soy Pierre. Encantado de conocerte —me responde en español—. Mi marido es latino, así que conozco bien tu idioma. Podemos hablarlo, si te sientes más cómoda.
—Te lo agradezco de veras —sonrío.
Le doy dos besos y percibo una fragancia a lavanda fresca. Desprende sofisticación. Lleva una camisa blanca impecable y un pantalón negro de corte moderno. Su cabello es corto y bien cuidado, y su piel luce ligeramente bronceada. Tiene los ojos grises, profundos, y es bastante alto.
— Mon Dieu , Sofía. Seguro que te lo han dicho muchas veces, pero tus ojos son… —se detiene en mis pendientes— como esas bellísimas esmeraldas que llevas.
Me sonrojo y le agradezco el cumplido.
—He hablado antes con Scott —me dice.
—¿Te ha llamado? —Tuerzo el gesto.
—No, no, no. Ma chérie , no te enfades. Había quedado con él en no decírtelo. Soy un bocazas.
Sigo seria. Lo voy a matar.
—Sofía… —dice con voz suave, acercándose un poco más—. Scott solo quiere que estés bien. Me pidió que te cuidara, nada más. Somos como familia. Mi marido… —empieza a decir.
—Lo sé, Pierre, ayer me enteré —lo interrumpo—. Pero no quiero favoritismos. Bastante incómoda vengo ya.
—Por lo que sé de ti, tienes la capacidad suficiente para ser la ayudante del sous-chef , mi segundo al mando.
Hoy no está, pero cuando empieces la semana que viene lo conocerás.
Luc es francés como yo, aunque su abuela es española.
Os entenderéis a la perfección. Él te guiará paso a paso y te enseñará todos los protocolos.
—Tengo muchísimas ganas de empezar. Estoy ansiosa —le digo, emocionada.
Me sonríe.
—Tus padres tienen un restaurante en Cádiz, ¿verdad?
—Sí, en Zahara de los Atunes. Soy de allí.
— Oh là là , Sofía. Estuve una vez. Es un lugar mágico. Esas playas, esas puestas de sol y… ese atún soberbio que tenéis —se ríe.
Me lleva del brazo con familiaridad para mostrarme el restaurante. Lo veo todo: el almacén, la zona de preparación, la increíble bodega. Cuanto más me habla y más tiempo paso con él, más simpático y buena persona me parece.
El restaurante cierra domingos y lunes. El resto de la semana solo abre para la cena, propio de un establecimiento tan exclusivo y especial.
El menú degustación es largo, con hasta 12 tiempos.
El equipo prepara todo al detalle y los comensales requieren varias horas para disfrutar sin prisa la experiencia completa.
Con ese horario podré organizarme bien y pasar tiempo con Grace, acompañarla a sus citas médicas y a sus sesiones de quimio.
Miro la hora en el móvil. ¡Vaya, cómo se me ha pasado la mañana!
Me despido de Pierre y salgo por la puerta. El aire me acaricia y un gesto risueño se extiende por mi rostro. El bullicio y el ritmo frenético me acompañan a paso ligero. Estoy eufórica. Acabo de conocer a un artista que va a regalarme sus conocimientos.
Camino hacia el restaurante donde he quedado con Emma y Pablo con una sonrisa que no me cabe en la cara.
Ahora mismo solo quiero hablar con Scott y contarle cómo me ha ido.
Daría lo que fuera por estar con él, abrazarlo, besarlo y…
me muerdo el labio pensando en la otra forma que me gustaría estar con él.
Lo llamo.
—Sofía —contesta al instante, con voz cariñosa.
—Scott, acabo de salir del restaurante y estoy muy contenta —digo con una emoción casi infantil.
—Ah, ¿sí? Me alegro mucho.
—Tengo una idea. Escucha —digo, entusiasmada.
—Dime.
—He quedado con Emma y Pablo para comer, ya lo sabes. Voy, los presento, que coman solos —que son mayorcitos— y así se hacen amigos. Y luego tú y yo…
—¿Luego tú y yo qué…? —se ríe.
—Pues eso… ¿Qué haces ahora? Había pensado ir a verte y celebrar contigo mi alegría de una forma especial —le digo, seductora y atrevida.
—¿Ahora mismo? —se ríe más fuerte.
—Pues sí. ¿Por qué te ríes? ¿Qué puede ser más importante que hacer el amor conmigo?
No para de reírse.
—No me hace gracia, Scott. Eres tonto del culo. Para una vez que soy lanzada y te ríes… Pues ya no voy.
—Nooooo. Bombón, es que…
—¿Es que qué? Me voy a cabrear y ni sexo ni nada.
—Que estoy en el coche con la monada rubia, camino de la oficina.
Oigo unas risas al otro lado. ¡Madre mía, otra vez! Mis ojos se abren como platos.
—¿Sofía…? —me llama mi bollicao entre risas, pero lo ignoro.
—Hola, Henry —saludo a su padre, abochornada.
—Hola, Sofía. No te pongas colorada.
—Tarde. Ya es tarde para eso —digo, tímida.
—Bombón…
—Ni bombón ni nada. Me voy a comer con Emma y Pablo —respondo, molesta.
—¡Sofía! —me llama.
—Adiós, Henry.
—Adiós, preciosa.
Cuelgo con ganas de darle unos buenos azotes en ese bonito culo que tiene. ¡Será posible! No entiendo cómo le gusta tanto hacerme pasar vergüenza. No estoy enfadada, pero no pienso ir a verle. Ese jueguecito de provocarme que tanto le divierte… acaba de dejarle sin sexo.
Me está llamando. El móvil vibra pegado a mi mano. Pues no, Scott Clayton, no te voy a coger. Yo también sé jugar.
Estoy a punto de llegar, los veo charlando entre ellos. Emma sonríe como una niña inocente, y a él parece divertirle la conversación.
Vamos a comer en un sitio que ha elegido Emma. Cuando le dije a Pablo que venía, no tuvo problema. Es un encanto. El restaurante se llama La Grande Boucherie y está en la calle 53, muy cerca del Radio City Music Hall y de los teatros de Broadway.
—Hola, chicos. Ya os habéis presentado, ¿no? —les doy un beso a cada uno.
—Hola, Sofía. Sí, ya nos hemos conocido —me sonríe Emma, algo más exagerada de lo normal, como queriéndome decir algo con los ojos.
—Hola guapa. Aquí estoy con esta belleza que tenías escondida. ¿Cómo estás? ¿Qué tal con el chef jefe?
Emma se ríe tímida al escuchar el piropo de Pablo y a mí me hace gracia la cara que pone.
—Muy bien. Es una maravilla de hombre. He salido emocionada.
—Es que Pierre es muy buena persona —añade Emma.
—¿Y tú? ¿Cómo te fue? —le pregunto a Pablo.
—Buf… fatal. Es un idiota de narices. Un tío seco, prepotente y súper borde. Ahora os cuento mientras comemos —dice, visiblemente molesto.
—No me digas… Qué mala suerte —salta Emma en tono suave.
—Muy mala, la verdad —responde, abriéndonos la puerta para entrar.
Nada más pisar el local, nos transportamos a la Belle Époque . El comedor es una gran galería con techos de cristal y decoración art nouveau .
—Emma, me encanta. Esto es precioso —le digo y ella asiente con una sonrisa agradecida.
—Muy bonito, lleva razón Sofía. Has elegido muy bien —se miran atontados.
Nos sentamos, y justo entonces Emma recibe una llamada. Se disculpa y sale un momento fuera.
—Sofía, ¿a qué diosa me has traído a comer? —aprovecha Pablo para decirme.
Me empiezo a reír como una tonta.
—Es divina, ¿verdad? —sigo riendo—. Es la hermana de mi novio.
—¿De tu novio? ¿Pero no lo dejaste con él?
—De ese novio no. De mi novio actual. Lo viste en Zahara, es amigo de mi hermano Elliot —le explico.
—Joder, Sofía. Qué rápida eres —se ríe.
—Me he enamorado, Pablito.
—Me alegro por ti. Pues yo creo que también… de su hermana. Parece joven. ¿Cuántos años tiene?
—Veinte —le aclaro con una sonrisa.
—Bueno, es una edad estupenda —se ríe—. Yo hasta final de año no cumplo los veinticuatro.
—Qué bobo eres. Emma es un amor de chica, preciosa y dulce.
—Es impresionante.
—Sí, lo es. Tú pórtate bien con ella.
—Sofía… que yo soy buen tío.
—Lo sé, Pablito. Pero… por si acaso —le guiño el ojo.
Emma vuelve con su carita de ángel. El camarero, con chaleco negro y modales impecables, se mueve con pasos ligeros hacia nosotros. Trae la carta, aunque nos recomienda el menú cerrado.
Mientras estamos decidiendo, levanto la vista un segundo y… lo veo entrar.
—¿Qué hace tu hermano aquí? —le pregunto a Emma, alucinando.
—Me ha mandado un mensaje diciendo que quería darte una sorpresa. El que acaba de llamarme era él —dice soltando su risa contagiosa. Pablo se maravilla con ella.
¡Madre mía, está de rechupete! Para comérselo, como diría mi madre.
Nunca lo había visto tan arreglado y elegante.
Lleva un traje azul profundo, como sus ojos, que parece hecho a medida.
Debajo, una camisa blanca. Mientras camina hacia nosotros, se afloja la corbata del mismo tono del traje con un gesto casual que me deja sin aire.
Me sonríe con ojos cautivadores, sabiendo que la sorpresa me ha encantado. Mi cara de lela enamorada seguro que se ve desde el otro lado del océano.
—¿Pensabais comer sin mí? —dice risueño al llegar.
Me levanto, se acerca y me besa en los labios.
—¿Y esta sorpresa?
—Quería celebrar contigo lo contenta que has salido de hablar con Pierre —dice, alzando las cejas con picardía.
Me ruborizo al escucharlo. Creo que viene juguetón. Adoro a mi bollicao juguetón. Mmm… lo adoro a él entero y punto.
—Te he llamado —me dice.
—No me he enterado —le contesto.
Y los dos sonreímos de nuestro juego infantil.
—¿Te acuerdas de Pablo? —le presento.
—Sí. Coincidimos en una terraza en Zahara. Encantado de conocerte. Soy Scott —le dice, ofreciéndole la mano.
—Hola. Encantado —se la estrecha cordial.
—Pequeña Emma… —besa la frente a su hermana.