CAPÍTULO 8
Scott abre la puerta del copiloto de un Porsche Carrera Cabriolet rojo. ¡Virgen santa, qué cochazo! Es una maravilla. Sonríe al ver mi cara, y me subo, disimulando.
—¿Te gusta mi coche? —pregunta mientras me observa quitarme las Jordan para quedarme descalza.
—No está mal tu coche de juguete —contesto, para que no se venga arriba—. Mi Suki tiene más asientos. Este solo tiene dos.
Se ríe, escandaloso, por mi comentario, y yo le pongo los ojos en blanco.
—Es que Suki … es muy especial. Como su dueña.
Le cojo la cara entre las manos y le doy un beso en los labios por el piropo.
Arranca el motor y dejamos atrás la preciosa casa de los Hamptons.
Henry y Emma se han quedado cerrándola, porque no vuelven hasta el viernes. Elliot y Emily se fueron hace rato. Y Oliver y Grace, van unos kilómetros por delante. Scott les ha prometido que, después de cenar, me llevará a casa sana y salva.
Conduce sin prisa hacia Manhattan. Yo observo su perfil, cautivada, embobada por lo sexi que está. Él me sonríe con miradas rápidas en más de una ocasión. Madre mía… si es que todavía no me creo que sea mío.
—¿Quieres que ponga música de la que te gusta? —pregunta.
—Da igual. Pon la que quieras —respondo, recostándome en el asiento tan cómodo.
Pulsa el botón y comienza a sonar My Universe . Nuestras miradas se cruzan, él sonríe y yo también, recordando la última vez que la escuchamos. Le diría ahora mismo que lo quiero. Pero no puedo. No voy a cometer el mismo error que en París.
De repente, una llamada interrumpe la música. Mierda, es ella. Scott me mira un segundo y contesta.
—Hi, Alice —dice, y comienza la conversación en inglés.
—Hola, Scott. Quería… disculparme por lo que pasó ayer. Me ha llamado mi tío, y sé que has hablado con él.
Me estremezco al escuchar su voz.
—Alice, con quien tienes que disculparte no es conmigo, es con Sofía. Pero como no me apetece que te acerques a ella, se las daré de tu parte.
—Sí, por favor. Dile que lo siento.
—Tus mentiras han estado a punto de dejarte sin empleo, pero si lo conservas es por mi novia, que no quiere que te despida, y por tu tío, con quien, como bien dices, hablé esta mañana.
—No me acuerdo ni de lo que le dije, tienes que creerme. Bebí demasiado.
—Vamos a dejarlo, Alice. Eres una estupenda profesional, pero no quiero que te metas en mi vida privada nunca más.
—Tranquilo, no volverá a pasar.
—Eso espero, porque no habrá otra oportunidad. Te lo digo en serio.
—No te preocupes, Scott. Me ha quedado claro el mensaje —responde, molesta.
—Adiós, Alice.
—Hasta mañana, Scott.
La música vuelve a sonar, pero estoy tan impactada por la llamada que ni la disfruto. Me ha hecho caso y parece que todo ha terminado. Ha sido frío, sí, pero comedido.
—Gracias, Scott —le digo, sintiéndome orgullosa de él.
—Espero no arrepentirme de haber sido tan blando. Tú eres demasiado buena y, en este mundo, si eres débil, te comen. Tienes que endurecerte, Sofía —dice, serio.
—Pues a mí me gusta ser como soy —respondo, algo disgustada.
—A mí también me gusta cómo eres, pero la gente se aprovecha de ti. Tu exnovio lo hizo, te engañó y sigue siendo tu amigo. Alice te dijo todas esas cosas y no quieres que la despida. Hasta Elliot se aprovecha de ti porque sabe que nunca le dices que no.
—Me da igual lo que digas, soy feliz siendo así, una tonta estúpida —le suelto, bruscamente—. Además, tú también te aprovechaste de mí. Te largaste de mi lado y… ¿dónde estoy ahora? —añado con mala cara.
Me giro, enfadada, y observo por la ventanilla las luces de la ciudad al acercarnos.
—Sofía…—intenta disculparse.
—Déjalo, Scott. No digas nada. Me apetece estar en silencio.
Veinte minutos después, entramos en un edificio lujoso, en el mismo barrio de los Miller. Solo con ver los coches del aparcamiento ya me siento fuera de lugar: Bentley, Aston Martin, incluso algún Tesla que parece una nave espacial.
Todavía no hemos dicho ni una palabra. Lo miro de reojo. Parece tranquilo mientras teclea un código en el ascensor. ¿A qué piso vamos?
Al instante, las puertas se abren. ¡Por todos los santos, qué preciosidad!
Me quedo quieta, paralizada por la sorpresa.
Scott entra con naturalidad en un recibidor que se abre a un gran salón blanco.
Muy blanco. Altos ventanales arqueados dominan el espacio y, aunque no me acerco, las vistas ya se intuyen espectaculares.
Se da la vuelta al notar que no avanzo. Observa mi expresión y una pequeña sonrisa se dibuja en su rostro. Me tiende la mano y la acepto.
El sofá, las mesas bajas, dos hermosas butacas color visón y hasta el mueble auxiliar tienen un estilo minimalista, elegante. Es de noche, pero puedo imaginar que la luz de este lugar durante el día debe de ser increíble.
—Es muy bonito —digo, tímida.
—Gracias. ¿Ya puedo hablarte? —pregunta, con tono puntilloso.
—Jo, Scott, de verdad… yo paso. Mejor me voy a casa y nos vemos otro día.
Me giro hacia el ascensor, pero él me coge del brazo con suavidad y me atrae hacia él.
—¿Quieres marcharte? —pregunta en tono dulce.
—Claro que no… —respondo, con la mirada baja.
Me envuelve en un abrazo cálido y nuestros ojos se encuentran tiernos.
—Perdóname, bombón.
Sonríe, me besa con suavidad y, sin despegarse de mi boca, me dice:
—Vamos a hacer el amor, cariño.
—Vale —susurro.
Su sonrisa se ensancha, victoriosa. Me lleva a través del pasillo hasta un dormitorio. Es amplio, con una decoración que respira personalidad. Predominan el blanco y los tonos neutros: beige, gris, algún toque de madera. Todo parece cuidado.
Miro la cama y frunzo el ceño.
—¿Qué pasa ahora? ¿Por qué pones esa cara? —pregunta, alzando la ceja.
—No puedo, Scott. ¿Con cuántas te has acostado aquí?
—Sofía, por favor… ¿Quieres un número? —responde, perplejo.
—¿Ves? No, no. No quiero estar donde has estado con otras —digo, dolida.
Él resopla. Salgo del dormitorio, pero viene detrás y me detiene en medio del pasillo.
—Sofía… —me llama, desesperado.
—Ni Sofía ni nada. ¿No te das cuenta de que me duele que hayas hecho el amor con otras? Como para que encima me metas en la misma cama que a ellas —le espeto, indignada.
—Tú también has hecho el amor con otro —dice, serio.
—Con uno. Solo con uno. No con miles como tú. Y no te llevé a la misma cama —cruzo los brazos, enfadada.
—Con esas… «miles», como dices, fue solo sexo.
Con ese gilipollas estuviste muchos años porque lo querías.
Porque estabas enamorada de él. ¿Qué duele más?
Lo odio. Lo odiaré toda mi vida por haberte poseído —grita—.
Y no te preocupes, tienes tres dormitorios más a elegir en esta casa donde nunca he estado con nadie.
Me quedo en silencio. Me coge de la mano y tira de ella. Caminamos unos pasos. Abre una puerta y me mira desde el umbral.
—¿Te va bien esta? —pregunta, aún herido.
—Me va bien. Es muy bonita —susurro, sin siquiera mirarla.
—Perfecto. Pues vamos.
Entramos. Él se sienta en la cama, parece echar humo por la nariz mientras se desabrocha la camisa.
¿Quiere hacer el amor ahora? ¿Tan enfadado?
Me quedo de pie, sin saber qué hacer. Estoy temblando.
Lo que ha dicho me ha removido por dentro.
Saber que he querido a Mario lo está matando.
No puedo apartar los ojos de él, de esa mirada que por mi culpa ahora está triste.
Me quito la pulsera y la guardo. Él observa de reojo cómo lo hago.
Me acerco. El corazón me late tan fuerte que parece querer escapar. Le cojo la mano para que se levante y luego la llevo a mi pecho izquierdo.
—Este corazón es tuyo. Nunca latió así por él. Nunca había sentido esto por nadie. Eres mi primera vez, Scott. Tienes que creerme.
—Tú también eres mi primera vez, Sofía —susurra, pegando su frente a la mía.
Se me corta la respiración. Cierro los ojos un instante y, al abrirlos, su mirada ardiente está clavada en mí. Se muerde el labio. Yo sonrío porque ya sé lo que quiere y… no puede esperar.
Nos deshacemos de los zapatos con torpeza impaciente. Él se quita su camisa y me dedica una sonrisa traviesa antes de ayudarme con la mía. Me toma en brazos y me deja caer con delicadeza sobre la cama. Lo observo mientras se libera del resto de su ropa y me deja sin aliento.
Vuelve a mí con un único objetivo: hacerme suya. Nuestra respiración se acelera, se agita y se mezcla hasta que mi cuerpo se arquea y se rinde. Las lágrimas me caen por sorpresa, ligeras, liberadoras y sus besos las saborean.
—¿Por qué lloras? —me pregunta, sonriendo.
—Porque… porque estoy feliz.
Por su expresión, y aunque no me lo diga, sé que él también lo está. Me vuelve a besar.
—Mañana llamaré para que se lleven esa cama. No la volverás a ver —me susurra.
—Gracias. Con el colchón me vale —digo entre risas.
Durante un buen rato nos quedamos enredados, sin hablar, bajo una luz tenue que suaviza el ambiente. Su mano me acaricia con delicadeza. Tengo en la piel la mezcla de su fragancia y el recuerdo de una pasión de la que no quiero desprenderme jamás.
Más tarde, después de cenar unas hamburguesas espectaculares que él ha pedido, —jugosas, con pan brioche tostado y ese punto perfecto de queso fundido—, disfruto a su lado de la terraza del ático. Es increíble, como toda la casa.
Echo un vistazo y la ciudad se despliega a nuestros pies. El horizonte de Manhattan brilla al fondo, con sus rascacielos encendidos contra el cielo oscuro. A lo lejos, Central Park se dibuja como una mancha verde iluminada por luces suaves. Es impactante.
Miro la hora en el móvil y, al levantar la vista hacia Scott, ya sabe que me tengo que ir. Se está haciendo tarde.
—Me encantaría que te quedaras a dormir aquí conmigo —suspira.
—Y a mí me encantaría quedarme, pero no puedo. Quizá otro día. Mañana tengo que conocer a Pierre, y el martes comienza Grace la quimio.
—Encontraremos el momento, estoy seguro —dice, acariciándome la mejilla con los dedos.
—Lo encontraremos —respondo, rozando su boca con la mía.
No tardamos en llegar a casa de los Miller. Hemos ido dando un paseo; está a solo unas manzanas de distancia. Llevo puestos mis pendientes de esmeraldas, a mi novio irresistible cogido de la mano, y mi cara irradia esa mirada suave y enamorada que me delata.
Me acompaña hasta el ascensor. Me abraza y nuestras lenguas se despiden con un beso lento, como si quisieran alargar el momento.
—¿Seguro que no quieres venir a comer con nosotros? —insisto.
—Seguro. Me quedaré en la oficina —responde, relajado.
Me abrazo a su cuerpo. No quiero dejarlo ir, ni alejarme de él.
—Bombón… a mí también me cuesta.
Me separo un poco, y me da un besito en la nariz.
Las puertas del ascensor se abren. Entro y lo miro antes de que se cierren. Está ahí, de pie, con las manos en los bolsillos y esa media sonrisa que me derrite.
—Te llamo mañana —dice, casi en un susurro.
—Buenas noches, Scott.
—Dulces sueños, cariño.