Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

—No, papá. A Sofía le encantan las sorpresas, ¿verdad? —pregunta, mirándome.

¡Dios mío! No puede ser.

—¿Has comprado Pitufo Casoplón? ¿Mi Villa Sofía? —pregunto, perpleja.

Su hermana intenta disimular la risa al escuchar cómo he llamado a la casa.

—Sí —responde, tan pancho.

Lo miro boquiabierta, parpadeando sin saber si reír o llorar.

—¿Me lo dices en serio?

—Sí —sonríe.

—¿Podemos hablar un momento en el salón? —inquiero, urgente.

—Claro… —dice, riendo mientras se levanta.

—Empezad a comer, por favor —pido al resto.

Me agarra de la mano y yo se la estrujo con fuerza.

—¡Ay! Me has hecho daño —se queja, pero sigue riéndose.

Dentro del salón, aunque a la vista de todos, me planto delante de él.

—¿Por qué has comprado mi casa?

—Bueno, bombón… no era tu casa.

—Ya me entiendes, no vayas de gracioso.

—La vi, me gustó y la compré.

—Pero ¿cuándo la viste, me lo quieres decir?

—La mañana que te fuiste con Alba y compraste medio supermercado —se ríe.

—Pero… ¿por qué? ¿Por qué la has comprado?

—Sofía, la compré porque es la que te gusta. Y no me extraña, es impresionante. Quería hacerte feliz. No puedo explicarlo de otra manera. Fue un impulso —responde, rodeándome la cintura.

—¿Cuándo la compraste?

—Firmé el día que viajé a Madrid —me acaricia la cara.

—¿Cómo? ¿Fuiste a eso?

—Sí —me besa en la nariz.

Me quedo ahí, emocionada por sus palabras.

—No sé qué decir, Scott. ¿Por qué quieres hacerme feliz?

—Sofía, sabes que no estoy preparado para esa pregunta.

Me sale de dentro, no lo puedo evitar. Me enteré de lo del restaurante y quise ayudarte.

Querías conocer París y necesitaba ser el primero en llevarte.

Cuando hablaste con Elliot de la casa, en mi cabeza solo estaba tenerla para ti —me explica, radiante.

Se me escapan unas lágrimas. Él las limpia con ternura.

—No llores —me abraza, y yo me aferro a él con todas mis fuerzas.

¿Cómo no voy a llorar si me está diciendo que me quiere sin decirlo?

Todos nos miran y sonríen.

—Venga, por favor. Venid a comer. ¡Qué culebrón llevamos con vosotros desde que volvimos de España! —grita Elliot.

Nos reímos y regresamos a la mesa.

La comida continúa. Todos disfrutan del arroz y nos elogian a Emma y a mí.

Los chicos hablan de baloncesto. Scott parece sereno, así que pienso que lo de Alice se ha solucionado bien.

Y lo de la casa… por Dios, no doy crédito todavía.

Mi bollicao milloneti compra una casa como quien compra pan, así porque sí.

Porque me gustaba, dice. Mi cabeza va a mil.

—Esa pulsera es muy bonita, Sofía —me dice Emma.

Oh, mierda. ¿Va a salir ahora el tema de mi pulsera?

—Gracias. Sí, es bonita —respondo.

—¿Te la regaló tu padre? Como veo que hay una tabla de surf y a él parece que le gusta…

¡Dios mío, Emma! No sigas. Miro a Scott. Sus ojos, ahora de un azul más oscuro, esperan mi respuesta.

—No, no fue mi padre. Me la regaló un amigo —susurro.

—¿Qué amigo? —pregunta Scott, con voz grave.

Bueno…

—Mario —susurro otra vez.

Miro a Elliot y a Emily. Los tres temblamos por cómo puede acabar esto.

—¿Mario, tú ex? —salta Oliver.

Muy bien, tío Oliver. Gran ayuda.

—Sí, Oliver. Mario, el idiota de su exnovio. Al que pilló con otra. Pero parece que ahora son buenos amigos, porque se hacen regalos —dice Scott, seco.

Cojo la mano de Emma por debajo de la mesa sin darme cuenta. Ella me mira, notando que algo va mal.

—Sí, me la regaló Mario. Y sí, se portó muy mal. Me pidió perdón y decidí no tenerle rencor, Scott. Me la dio por mi cumpleaños, para que me acordara de mi casa, del mar y del surf cuando estuviera lejos —digo lo más suave que puedo.

—¿Y de él? ¿Para qué te acordaras de él y lo echaras de menos? —pregunta, alterado.

—Scott… tranquilo —le dice Elliot, que conoce ese tono.

—Estoy muy tranquilo —miente.

Su padre observa todo muy serio. Grace no da crédito a sus celos por una pulsera. Su hermana me mira, queriendo disculparse por haber empezado todo sin querer.

—No, Scott. Para eso no —contesto, intentando aportar calma—. Mario ha empezado a salir con una chica y espero que les vaya bien. Él sabe perfectamente con quién quiero estar yo.

Su respiración se relaja.

—Pues le deseo toda la felicidad del mundo —dice, cínico.

—¿Sacamos el postre, Sofía? —pregunta Emma, intentando cambiar de tema—. Ya veréis qué pinta. En el restaurante se van a volver locos por ella.

Le sonrío y asiento.

—Os ayudo —salta Scott, levantándose.

—No, hijo, lo hago yo —le dice su padre con amabilidad.

En la cocina, y mientras Emma mete los platos en el lavavajillas, Henry se acerca preocupado.

—Sofía, ¿estás bien? —pregunta en voz baja—. Lo que ha pasado ahí fuera… —Hace un gesto con la mano—. No es la primera vez, ¿verdad?

—No, Henry. Pero estoy bien. De verdad. Esto no ha sido nada.

Me observa con ternura.

—Lo de ayer y ahora esto… —resopla, como si encajara algunas piezas.

—Tu hijo es muy buena persona. Está luchando para superar sus miedos.

—Ya… —murmura—. Lo sé —Hace una pausa breve, prudente—. Solo quería saber si tú estás bien.

—Lo estoy —susurro.

Henry asiente, como si esa fuera la única respuesta que necesitaba. Me abraza y me da un beso en la frente, cálido, protector.

Salimos con los postres. En cada plato, una base de crema inglesa con un mini hojaldre de mascarpone y merengue, decorado con azúcar glas y frambuesas. No es de estrella Michelin, pero luce aparente para haberlo hecho con los ingredientes que he encontrado en la cocina.

Repartimos los platos. Cuando le pongo el suyo a Scott, me coge del brazo y me inclina hacia él.

—Lo siento —dice, confundido.

—Lo sé. ¿Quieres que me la quite? —Acaricio su pelo y le doy un beso.

—No —me devuelve el gesto con otro beso.

Su padre nos mira. Todos los hacen, aunque intentan disimular.

—¡Guau! Esto está riquísimo, cielo —dice Oliver.

—Es cierto, Sofía. Está delicioso —comenta Henry.

Todos me hacen cumplidos. Me ruborizo. Scott no dice nada, pero sonríe al verme colorada.

—¿Cuándo empiezas en el restaurante? —me pregunta su padre.

—En unos días. Pero mañana tengo que ir a conocer a Pierre. Quiere explicarme cómo será mi trabajo.

—Es un buen hombre, ya lo verás —dice, atento.

—Pierre es el novio de Diego, el hijo de Nana —salta Emma—. Ella nos crio cuando falleció mamá.

Scott y yo nos miramos.

—Ya la conocerás. Los fines de semana los pasa con su familia —continúa Emma—. Diego empezó a trabajar allí por papá. Es el sumiller del restaurante. Se enamoraron nada más verse y ahora tienen un hijo precioso —sonríe.

—Ay, sí… —contesto y todos se ríen al ver mi cara Disney.

—¿Quieres que vaya contigo? —dice mi meticón bollicao de ojos azules.

—No, Scott. No quiero. Lo que me faltaba: aparecer de la mano con mi novio en el trabajo al que él mismo me ha enchufado —le suelto, con una leve molestia.

Él sonríe.

—Está bien. Luego podemos comer juntos y me cuentas cómo te ha ido.

—No puedo. He quedado con Pablo para comer.

—¿Pablo? ¿Qué Pablo? —su gesto cambia de inmediato.

—Pablo, mi compañero de la escuela de Madrid. El que vimos en Zahara, ¿recuerdas? Me contó que venía a Nueva York.

—Ya me acuerdo de él —interviene Emily.

—¡Ah, ya! ¿Y vais a comer solos? —pregunta Scott, seco.

No me lo puedo creer. Otra vez con los celos.

—Puedes venir con nosotros, si quieres —le ofrezco, intentando templar el ambiente.

—No, no quiero molestar —contesta, serio.

—¿Puedo ir yo? —Me echa una mano su hermana—. Mañana no tengo planes.

—Claro, estupendo. Es un chico muy simpático.

—Genial. ¿Es guapo? A lo mejor me enamoro yo también de un chef español —se ríe, y todos lo hacemos con ella, aunque su hermano sigue áspero.

—Podemos ir los cuatro, Scott ¿Te animas? —insisto una vez más.

—No. Me quedaré en la oficina, tengo mucho trabajo. Id vosotras.

—Vale, como quieras.

Le lanzo una bonita sonrisa, y él me devuelve otra, disimulando su molestia.

La conversación continúa y la sobremesa fluye entretenida hasta que, a las seis de la tarde, subo al dormitorio de Scott a recoger mi ropa de la fiesta. Él viene conmigo. Parece que han pasado semanas, y no horas, desde que entré en esta habitación. Todo ha pasado muy deprisa.

—Siento lo de antes —dice, cogiéndome por sorpresa. Me atrae hacia él mirándome a los ojos.

—No hace falta que te disculpes. Olvídalo —respondo, regalándole una caricia.

—Bésame —me pide, y yo obedezco encantada.

—Vamos a mi casa. Que Grace se lleve tus cosas.

Asiento y me enredo entre sus brazos unos minutos.

—Tengo que devolverte algo que es tuyo.

Sé que se refiere a los pendientes de esmeraldas. Sonrío pegadita a él.

Vine a esta casa temblando, asustada por el reencuentro, y ahora… salgo feliz con él.