Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Mmmm… mi bollicao me acaricia el cuello.

—Buenos días —susurra, sexi, junto a mi oído.

—Buenos días —respondo sin abrir los ojos todavía.

Me desperezo con un suspiro feliz, disfrutando de sus caricias. Está detrás, pegadito a mí y… oh là là.

—Tu pichulín está contento de verme —murmuro, sonriendo medio dormida.

Siento su sonrisa rozando mi mejilla.

—Si lo llamas así, va a dejar de estar contento —responde con una risa suave.

Me da la vuelta con delicadeza hasta dejarme boca arriba. Yo le sonrío, traviesa.

Me quita su camiseta y se muerde el labio al contemplarme. Yo también lo hago: esas abdominales me tienen rendida.

Se inclina y comienza a besarme el cuello. Sus labios avanzan despacio, atentos, viajando por mi clavícula hasta llegar a mis pechos.

—Son preciosas. Las he echado mucho de menos.

—Bueno… son pequeñas —digo, sonrojándome.

—¿Pequeñas? Son perfectas —responde, mirándome.

Sus besos descienden por mi ombligo, rozando mis caderas con una devoción que me estremece. Se toma su tiempo para bajarme, con suavidad, sus calzoncillos negros de Calvin Klein.

—Mmm… —me mira con esos ojos azules que arden como fuego lento—. Te quedan mucho mejor que a mí.

—Creo que me los voy a quedar. Son muy cómodos —me río, juguetona.

Alarga la mano hacia la mesilla y saca del cajón el segundo envoltorio plateado que consiguió ayer, con desesperación.

—Quiero que empieces con la píldora de nuevo. Esto no me gusta nada —gruñe mientras desenrolla el preservativo.

Se me escapa una pequeña risa.

—¿Por qué te ríes? —alza la ceja, curioso.

—Porque aún te queda. Desde que empiece a tomarla hasta que haga efecto, son al menos siete días. Y todavía ni las tengo.

—Tendré que hacer acopio de cajas, entonces.

Pone los ojos en blanco, pero me sonríe con complicidad.

Se coloca el condón con destreza y me hace el amor despacio. Le regalo mis ojos, como tanto le gusta, y nuestra conexión se hace infinita.

Cuando todo termina, él se levanta y desaparece en el baño, mientras yo permanezco tumbada, atrapada en las vueltas que da mi mente por lo de ayer.

Pero al verlo salir de la ducha desnudo, con el pelo mojado cayendo sobre la frente, esos pensamientos se disuelven como si nunca hubieran existido. Avanza y se lanza hacia mí como un lobo hambriento.

—Te haría mía otra vez, pero solo me queda un paquetito y quiero reservarlo. Quizá le pregunte a mi padre si tiene alguno —dice, divertido, con esa sonrisa pícara.

—Ni se te ocurra. No podría mirarle a la cara en todo el día. Bastante vergüenza me hiciste pasar ayer. —Le hago una mueca, fingiendo enfado.

—Me encanta sacarte los colores. Esa parte vergonzosa tuya me enloquece —susurra mientras me cubre el cuello de besitos suaves.

—Fuera de aquí. —Lo empujo, riendo—. Deja de provocarme, aquí desnudo, sinvergüenza. No eres tan guapo, que lo sepas.

—Bombón, sí que lo soy. Tú lo dijiste aquella vez, cuando ibas piripi de mojitos. ¿Te lo recuerdo? —me dice, cogiéndome por detrás.

—No, no hace falta. Creído, que eres un creído —disimulo mi risa.

Me da un beso en la mejilla y se viste. Lo observo, deleitándome.

—Es domingo. ¿No es muy pronto para levantarse? —pregunto desde las sábanas.

—Sí, pero quiero hablar con mi padre. Estará trabajando. No he olvidado lo de ayer, Sofía. Quiero solucionarlo.

—Scott, te lo pido, por favor. No quiero que pierda el trabajo por mi culpa. No me haría sentir bien. Solo quiero que no se acerque a mí.

Me dedica una sonrisa tranquila.

—Duerme un poco más. Te despertaré en un rato.

Me arropa, me besa la frente y sale de la habitación.

Obedezco. Todavía estoy cansada. Me voy quedando dormida mientras pienso —y deseo— que tome la decisión correcta.

—Bombón —susurra Scott.

Abro los ojos de nuevo. Lo primero que veo es un gran vaso de leche con Cola Cao en la mano de mi atractivo novio.

—¿Y esto? —sonrío como una tonta.

—Ya no desayuno café… alguien me pervirtió con este cacao tan rico y ahora estoy enganchado —bromea, dejando el vaso en la mesilla.

—¿En serio? —Me incorporo, emocionada.

—Ajá… —me sonríe al verme tan feliz.

—Bueno, quizá, tal vez… detalles como este te hacen ser un poco irresistible.

Agarro su camiseta blanca de Hugo Boss y lo acerco a mí para besarlo. Él me devuelve un beso lento, cálido, de esos que te dejan sin prisa para nada.

—Ya han llegado todos. Grace me dio eso para ti —señala una pequeña bolsa sobre la butaca gris —. Es tu ropa.

—Oh, gracias.

—Te esperamos en el jardín. Hace un día precioso. Por cierto, tu móvil está abajo.

—Vale, ahora voy.

Me da un beso fugaz en los labios y desaparece por la puerta. Cojo el vaso y lo bebo casi de un trago. Está delicioso, fresquito.

Salgo de la cama y voy directa a la ducha. El agua templada arrastra el cansancio y los restos de ayer. Me lavo el pelo bajo la cascada y suspiro. Qué maravilla.

Me visto rápido y sonrío al ver lo que Grace me ha traído: minifalda vaquera, camiseta de The Rolling Stones y las Jordan. Vuelvo a sentirme más yo. También ha metido la pulsera que me regaló Mario. La miro, dudo si ponérmela… pero ¿por qué no? Me recuerda mi casa.

Cuando bajo, escucho voces en el jardín. Al salir, todos parecen esperarme. Sin decir nada, Emily viene como un relámpago y me abraza, visiblemente emocionada.

—Emily, tranquila. Estoy fenomenal.

—No me vuelvas a hacer eso más, ¿me oyes? Prométemelo —dice, afectada, con los ojos brillantes.

—Te lo prometo —le respondo con una sonrisa.

Scott está al teléfono, algo apartado. Me saluda con la mano y me lanza una sonrisa como si nada pasara, pero creo que su conversación es seria. Miro a su padre, que me tranquiliza con una mirada cómplice, y me relajo un poco.

—Sofía —me llama Emma—. Hemos hablado con mamá Carmen.

—¿Cómo…? —sonrío, sorprendida por cómo ha llamado a mi madre.

—Sí, te llamó al móvil y lo cogió Scott.

Hablaron un rato. Le dijo que estabas descansando y, al saber que estábamos todos juntos, insistió en hacer una videollamada.

Tu padre no estaba, se había ido a hacer surf.

Es muy graciosa —se ríe con esa risa contagiosa —.

Habló con todos: con su niño Elliot, con Grace…

A mí me dijo que la llamara mamá Carmen porque ya soy su niña Emma.

Y a papá… le dijo que tiene la misma sonrisa que el niño Scott y que está para comérselo.

Todos se ríen y yo me pongo como un tomate. Mi madre, en una sola llamada, ya los ha conquistado. Está claro que ya sabe que he vuelto con Scott. Tendré que enterarme bien de qué hablaron.

En ese momento, Scott se une al grupo y se acerca a darme un beso.

—¿Todo bien? —pregunto.

—Todo bien —responde con una leve sonrisa.

Estoy a punto de preguntarle más, pero quizá no es el momento.

Después de un rato charlando, me tumbo a la sombra en una hamaca junto a la piscina, móvil en mano. El calor aprieta, pero aquí se está de maravilla.

Elliot y Emily juegan en el agua, salpicándose como dos niños, riendo a carcajadas. Scott se ha sentado en una tumbona a mi lado, con los ojos cerrados y las manos detrás de la cabeza, como si por fin pudiera respirar tranquilo.

Emma hojea una revista de moda, tumbada boca abajo en el césped. Y Henry, charla con Oliver y Grace en el porche.

Abro el grupo de WhatsApp de las niñas y les cuento todo: la declaración de Scott, nuestra vuelta, cómo me miró, cómo me abrazó.

Rocío se alegra muchísimo. Alba también, aunque no puede evitar regañarme por no haber sido más dura con él.

Le digo a mi gruñona amiga que sus suegros son encantadores, y me responde con un montón de caritas riéndose.

Les explico lo de Alice y mi desmayo. Se preocupan.

Alba, fiel a su estilo, suelta una retahíla de insultos hacia ella que me hacen reír.

Insisten en que tenga cuidado, que no me fíe, que Alice no se rendirá tan fácilmente.

Me despido con un «os quiero» y cuelgo. ¡Dios mío, lo que daría por tenerlas aquí conmigo!

Me incorporo y miro a Emma.

—¿Me ayudas a cocinar? —le pregunto, sabiendo que lo está deseando.

—¡Claro! —responde al instante, dejando la revista a un lado.

—Te voy a enseñar a hacer el arroz más rico del mundo.

Se levanta con una sonrisa y me sigue hacia la cocina. Mientras caminamos juntas, me vuelvo un instante: Scott me observa desde su tumbona y me guiña un ojo. Agradece la complicidad y el cariño que muestro a su hermana.

Entre risas, Emma empieza a contarme anécdotas de Scott: recuerda cómo la hacía rabiar cuando le escondía sus muñecas en los lugares más absurdos —dentro de los cojines del sofá, detrás de los libros del salón o incluso en el cesto de la ropa para planchar— y cómo él la observaba, travieso, mientras las buscaba.

También me cuenta las veces que se metía en líos por defenderla y alguna historia de la universidad que me hace reír.

Habla con ese brillo orgulloso de hermana pequeña, y el rato se nos pasa volando entre recuerdos, cucharones y el aroma del arroz negro.

Cuando la mezcla está en su punto, Emma asoma la cabeza al jardín, emocionada.

—La comida está lista —anuncia.

Luego vuelve conmigo a la cocina para ayudarme a sacarlo y presentarlo en la mesa. Ha sido una sous-chef sensacional.

—Madre mía, ¡qué pinta tiene! Cuánto tiempo sin ver una de tus maravillas —dice Grace, agradecida.

Me siento junto a Emma; entre las dos servimos el arroz en los platos. Frente a mí, el hombre más bonito del planeta.

—Sofía, estábamos hablando de las próximas vacaciones —dice Henry, amable—. Como Scott ha comprado una casa al lado de Grace y Oliver, hemos pensado ir todos juntos. Así Emma y yo podremos conocer por fin esos lugares tan increíbles donde creciste.

Suelto la cuchara de golpe, me siento y lo miro. Scott me sonríe con ojos divertidos. Está encantado. Los demás me observan, sin entender mi reacción.

—¡ Oh, my God ! La que se va a preparar —dice Elliot, riendo.

—¿Es la que pienso? —le pregunto al renacuajo.

—Pregúntamelo a mí, no a Elliot —interviene mi novio, el milloneti.

—¿He metido la pata? —pregunta su padre.