Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Abro la puerta del dormitorio. Está sentado en la cama, apoyado en el cabecero gris claro. Al verme, levanta la cabeza, pero enseguida vuelve a bajar la mirada.

Me quito las sandalias planas de Emporio Armani que van a juego con el vestido, y me siento a su lado. Le cojo la mano.

—He hablado con tu padre, le he preguntado si podía dormir aquí contigo y dijo que sí —le digo con voz dulce.

No responde. Ni siquiera me mira.

—Mañana vendrán Grace y Oliver a comer. Elliot y Emily también. Emma está encantada con la idea, quiere que le enseñe a preparar mi arroz negro de tres estrellas Michelin —bromeo—. Tu hermana es maravillosa.

Respira hondo.

—Los invitados se están yendo. Sería un detalle que bajaras con tu padre a despedirlos. Yo te espero aquí, si quieres. Además, necesito ducharme, voy hecha un asco.

Me mira un instante, y aprovecho para acariciarle la cara.

—Pensé que no ibas a despertar —dice al fin, devastado.

—Pero desperté.

Le doy un beso suave en los labios.

—Ya —murmura, ausente.

—Estoy aquí contigo, Scott.

—No sé si puedo con esto, Sofía. Es superior a mí. No quería dejarte sola, pero necesitaba salir de allí. Perdóname. Me asusté. No sé si habría podido soportar…

—No tienes que pedirme perdón. Claro que puedes con esto. Puedes con todo. Yo también me asusté mucho esta noche por…

Me callo. No es el momento para hablar de lo ocurrido.

—¿Por qué te asustaste?

—Me ducho, bajas a ayudar a tu padre y cuando vuelvas te lo cuento. ¿Te parece?

—Está bien —responde algo más tranquilo.

—Y si puedes… ¿me traes algo rico para comer? Todavía tengo hambre —le pido con una sonrisa suplicante.

Sonríe, aunque sus ojos siguen más oscuros. Me abraza y me estrecha contra él.

—¿Estás bien? —susurra junto a mi cabello.

—Ahora sí.

Me da un beso suave en los labios y sale del dormitorio.

Entro al baño y dejo que el agua arrastre toda la tensión durante unos minutos.

Recién duchada, con la piel tibia, limpia y perfumada de él, me miro al espejo. Sigo pálida.

Llevo una camiseta negra suya y un bóxer a juego. Todo lo mío estaba empapado en champán. Mi precioso vestido… esa gilipollas me lo estropeó sin pensarlo dos veces. Me siento en la cama, envuelta en silencio, esperando que regrese.

El recuerdo del encuentro con ella me revuelve el estómago. Está obsesionada con él. No hay otra explicación. ¡Por el amor de Dios! Es atractiva, podría estar con cualquier hombre. ¿Por qué tiene que querer al mío?

Sé mejor que nadie el magnetismo de Scott. Es imposible no fijarse en él. Es maravilloso. Pero si no la quiere, debería seguir adelante.

Me rugen las tripas como un león y mi bollicao tarda demasiado. Si bajo sigilosa quizá logre escurrirme en la cocina sin que nadie me vea… y pillar otro trocito de tarta, pienso atrevida. ¿Qué hago? Mi lado osado se viene arriba, se impone y me saca del dormitorio.

Descalza, con el pelo recogido en un moño, bajo las escaleras. No hay nadie. Perfecto. Estoy a punto de entrar en la cocina cuando…

—¿Qué haces aquí? —su voz grave me sobresalta.

—¡Qué susto, Scott! —exclamo, girándome de golpe.

Está junto a Elliot y Henry, entrando desde el jardín. Los tres sonríen, como si hubieran atrapado a una pequeña ladrona en plena misión secreta.

—Es que tengo hambre… y como no volvías —digo, encogiéndome de hombros con una sonrisa culpable.

—Iba a subir ahora, pero estábamos hablando sobre lo que pasó en el baño —responde Scott, más serio.

Miro a Elliot, frunciendo el ceño.

—Muy bien, renacuajo. Gracias —le digo, molesta.

—No le riñas —interviene Scott con calma—. Le pregunté yo si sabía qué te había asustado. Además, no le ha dado tiempo a contarlo. Así que puedes hacerlo tú. Lo único que sé es que Alice fue desagradable.

—¿Ahora? ¿Aquí? —pregunto, tímida, mirando a su padre.

—Si te incomoda que esté, me voy —dice Henry con amabilidad.

—No me molesta… me da vergüenza —murmuro, bajando la mirada.

—Papá, quédate, por favor —le pide Scott.

Nos sentamos los cuatro en el precioso sofá blanco, formando una L. Menos mal que la camiseta me queda larga y disimula que llevo sus calzoncillos debajo. Me acomodo intentando parecer natural. Scott me coge la mano y me mira, esperando a que empiece a hablar.

—Y bien… —dice, con ternura.

Allá voy.

—Estaba lavándome las manos y entró. Iba bastante bebida, bueno… muy bebida, y me preguntó si ya habíamos… ya sabes.

—¿Echado el famoso polvo? —interrumpe Scott, sonriendo.

—Sí —susurro, sin atreverme a mirar a su padre.

—¿Y qué le contestaste? —insiste.

—La verdad.

—¿Que nos habíamos acostado? —ríe.

—¡Scott! No me hace gracia.

—Sofía, ¿le dijiste que hicimos el amor?

—¡Deja de hablar de eso! Está tu padre delante y sabes lo tímida que soy. Le dije… «sí» y nada más —respondo, molesta, apartando mi mano de la suya.

Los tres intentan contener la risa.

—Lo siento, Sofía. Mi padre no se asusta, es más moderno que tú.

Intenta cogerme de nuevo la mano, pero no se la doy. El comentario me enciende.

—Vaya, parece que todo el mundo es más moderno que yo —salto con rabia—. Tú, tu padre, mi madre… y mira, hasta tu amiga Alice es más moderna que yo.

—Bombón…

—¿Sabes qué más me dijo? Que me iba a explicar lo que te gusta para la próxima vez, porque lo sabe muy bien.

Que el otro día recordasteis los viejos tiempos en la cama y quedó muy satisfecha.

Que cenasteis juntos, que la llevaste a su casa…

y que —mi voz se quiebra, las lágrimas brotan— serás feliz con ella cuando yo me vaya a mi país de mierda.

Terminó llamándome zorra y echándome por encima la copa de champán.

Me pongo de pie, temblando.

—Pitufa, tranquila —intenta calmarme Elliot.

Los miro. Henry está serio, preocupado. Y Scott… Scott parece furioso, con rabia contenida en sus ojos.

—Por eso me asusté. No había comido nada en todo el día, estaba nerviosa por verte, luego presentándome a gente de un lado a otro. Lo que dijo esa tonta del culo me descolocó, me dio ansiedad, tenía el estómago vacío, me mareé… y encima después fui a tranquilizarte. ¡Joder! ¿Estás contento?

Me doy la vuelta y me largo, sin mirar atrás.

—¡Sofía! —grita Scott.

No le hago caso. Solo quiero huir. Como lo hizo él antes.

En el dormitorio, me tiro sobre la cama, boca abajo, abrazando la almohada como si pudiera esconderme del mundo.

Estoy triste, cabreada, hambrienta. Sé que le he soltado todo de golpe y ahora me invade una sensación rara.

Quizá hubiese sido mejor quedarme en mi pueblo, en mi país de mierda y no haber venido a Nueva York.

Llaman a la puerta. La abren.

—Scott, solo quiero descansar. No quiero discutir —digo sin mirar.

—Sofía… soy yo —responde Henry.

Me doy la vuelta como un resorte, con las lágrimas aún en la cara.

—¿Pasa algo? ¿Dónde está Scott? —pregunto, alarmada.

—Tienes que ayudarnos a calmarlo. Elliot y yo no podemos. Emma lo ha visto así…

Salgo disparada escaleras abajo. Emma está junto al sofá, paralizada, sin dar crédito a los gritos de su hermano. Elliot le ha quitado el móvil.

—¡Dame el puto teléfono! ¡Me quiere joder la vida!

—No puedes actuar en caliente —razona Elliot.

—¡Que me lo des! ¡Se va a ir a la puta calle!

—¡Scott! —lo llamo con fuerza.

Levanta la vista. Me ve. Ya no hay gritos.

Me acerco. Me rodeo el cuerpo con sus brazos y me apoyo en su pecho, sintiendo cómo su respiración se calma.

—¿Confías en mí? —susurra, solo para mí.

—Estoy aquí. Si la hubiese creído, me habría ido con Grace y Oliver.

—Te puedo explicar lo de la cena… y lo que quieras.

—Ahora no, Scott.

—Voy a acabar con ella. No puedo perderte ahora que has vuelto a mi vida.

—De eso hablamos mañana. No me vas a perder.

—Si te llega a pasar algo, yo… voy a acabar con ella —repite, con los ojos encendidos.

—No tienes que acabar con nadie. Ya nos dejará en paz cuando entienda que no puede separarnos. Ni con mentiras ni con nada. Iba borracha.

—Me da igual. Eso no es excusa.

—Mañana lo hablamos.

—Está bien. ¿Y tú no le dijiste nada?

—Sí. Le dije que tuviese dignidad, la llamé gilipollas y la empujé contra la pared porque no me dejaba salir.

—Muy bien. Esa es mi chica.

—¿Podemos dejar de dar espectáculo por hoy? —le suplico.

—Sí —me sonríe y me besa con ternura.

Se separa un poco. Los tres nos miran, más tranquilos al ver que la tormenta ha pasado. Emma se acerca y abraza a Scott.

—Papá, no quiero a esa mujer trabajando cerca de mí.

—Está bien, Scott. Mañana lo hablamos todo con tranquilidad. Elliot —le dice al renacuajo—, quédate a dormir. No vayas a la ciudad a estas horas, hijo.

—Gracias, Henry.

—Y ahora, todos a la cama.

—No, no. A la cama no —salto—. Yo necesito comer algo porque tengo un león aquí dentro que no para de pedirme comida, y como no le dé…

Todos estallan en carcajadas.

—Pues a la cocina entonces. ¿Quién quiere tarta? —se anima Henry.

—¡Yooo! —grita Emma, divertida.

Y entramos todos a la cocina, a zamparnos unos buenos trozos de tarta.

Cuando volvemos al dormitorio, Scott está tranquilo. Me rodea, me levanta la barbilla y clava sus ojos azul oscuro en mí.

—¿Quieres saber lo que pasó de verdad? —pregunta, sereno.

Asiento en silencio.

—Cené con ella y con dos personas del departamento comercial. Habían hecho un trabajo excelente en un proyecto importante y quise agradecérselo con una invitación, Después de cenar, tomamos una copa en el club donde trabaja René.

—¿Los dos solos? —le pregunto.

—No, Sofía. Los cuatro. Al salir, me pidió que la acercara a casa. No tuve problema. Pero en el coche se me insinuó. Intentó besarme.

Me quedo quieta, conteniendo la respiración.

—La aparté. Le dejé claro que no podía estar con ella porque pensaba en otra persona. En ti. Le dije que te había conocido en España. Se disculpó. Todo quedó ahí. No le di más importancia, y pensé que ella tampoco. Pero está claro que me equivoqué.

—Me odia, Scott. Lo vi en sus ojos —susurro, preocupada.

—No volverá a pasar, Sofía.

Me sonríe con ternura, recoge un mechón suelto de mi pelo y lo coloca detrás de la oreja. Me encanta ese tono protector que tiene conmigo.

—¿Estás cansada?

—Sí. Estoy agotada. Han sido demasiadas emociones en un solo día. Además, creo que estoy empachada de tanta tarta.

Scott deja escapar una risa tierna. Me coge el rostro entre sus manos y me besa.

—Eres increíble. Me has embrujado, bombón.

—Y tú a mí —respondo, perdida en esos ojos que me vuelven loca.

—Vamos a descansar. Lo necesitamos los dos.

Asiento con un murmullo suave. No tengo fuerzas para más. Mi bollicao me deleita con una mirada cálida, cariñosa. Me abraza, y yo me empacho un poco más… pero de su olor, de su perfume, de él.

En la cama se tumba detrás de mí. Entonces se da cuenta de que llevo su ropa interior.

—¿Y esto…? —ríe.

—No tenía nada para ponerme. Eran tus calzoncillos o nada.

—Bueno… esa opción tampoco era mala —susurra en mi oído.

—Duérmete, marrano —sonrío sin que me vea.

Me atrae hacia él y se pega a mi espalda, hundiendo la nariz en mi pelo. Poco a poco nos deslizamos en el sueño. Yo, segura en sus brazos. Él, tranquilo al tenerme aquí.