Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Está de pie ante mí, desprendiendo una sensualidad que me deja sin aliento con solo mirarme. Me roza los labios con las yemas de los dedos, apenas me toca y ya estoy perdida. Su mano desciende por mi cuello, acarician mi clavícula, y un calor dulce me recorre entera. Me besa con suavidad.

—Quiero verte —musita.

Se sienta en la cama, apoyando los codos atrás, mirándome como si fuese lo único que existe.

—Desnúdate para mí, bombón —susurra con esa voz que me enciende y me intimida.

—Scott… me da vergüenza. Lo sabes.

—Por favor, Sofía.

—Scott…

—Te lo suplico.

Mi resistencia se deshace. Asiento, tímida, y dejo caer los tirantes por mis hombros; el vestido resbala hasta el suelo. Me observa unos segundos, cierra los ojos y eleva la cabeza al techo.

—Dios… ¿cómo pude ser tan idiota?

Se acerca, se muerde el labio, y roza suavemente la goma de mi ropa interior de encaje con una sonrisa traviesa.

—¿Y esto?

—Me lo ha comprado Grace.

—Tendré que darle las gracias por el regalo —bromea, con chispa.

Empieza a desabrocharse la camisa.

—Déjame, quiero hacerlo yo —susurro, atrevida.

Mientras se deshace de los zapatos, le quito la camisa y acaricio su torso. ¡Dios mío! Qué ganas tenía de sentirlo otra vez.

—A la cama —ordeno, sorprendida de mi propia seguridad.

—Cómo he echado de menos tus órdenes, bombón —responde, riendo bajito.

Sonrío mientras se sienta. Me acerco a él y le desabrocho el vaquero mientras juguetea con mi minúscula ropa interior. Mis osados dedos avanzan. Se lo quito todo y le pongo lo que tanto le ha costado conseguir.

Esta vez tomo la iniciativa. Yo lo busco, y juntos, nos encontramos en un ritmo que reconocemos ambos de memoria. Sus suspiros me envuelven y cierro los ojos, entregada.

—Sofía, mírame. Necesito que me mires —susurra con urgencia.

Lo hago. Y en su mirada lo entiendo todo: el deseo, el arrepentimiento, la necesidad, el amor que intenta esconder.

—Eres mía. Solo mía —dice, con la voz rota.

Nos dejamos llevar, hasta que todo se queda en silencio.

Minutos después, se levanta de la cama con una sonrisa luminosa. Yo me tumbo boca abajo y admiro esas preciosas vistas, que tanto había echado en falta.

—Vamos, bombón. Vístete.

Me quedaría mil horas observándole, pero tiene razón: debemos bajar ya.

Le abrocho los botones de la camisa mientras me hace carantoñas y me ayuda con el vestido.

En la puerta, antes de salir, me mira.

—¿Estoy bien? —pregunto, ajustándome las horquillas.

—Estás perfecta.

Ya en la fiesta, nos unimos al grupo de amigos en los sofás del jardín. Nada más llegar, Alex me alza en volandas, provocando que toda la gente de alrededor nos observe. Qué cariñoso es mi fortachón.

—Me han dicho que tienes novio… Me alegro por ti, preciosa —dice mientras me da vueltas.

—Gracias, Alex. Ya verás cuando se entere Alba.

Reímos, y al bajarme le doy un beso en la mejilla. Me presenta a su madre, una mujer bellísima, con la misma sonrisa que él. Mañana le contaré a Alba que he conocido a sus suegros.

Emma aparece con unas amigas encantadoras, dulces y risueñas, igual que ella. Me presenta como la novia de su hermano, les cuenta que soy española y que sé muchas palabras divertidas. Quieren que un día coma con ellas.

El padre de Scott, Henry, se acerca al grupo, aún con la gorra puesta. Parece que ha sido el regalo estrella, bueno o… el único.

—Papá, ¿por qué llevas todo el rato esa gorra? —pregunta Scott.

Lo miro de reojo, curiosa por la respuesta.

—Hijo, la persona que me la regaló me dijo que me queda de rechupete. Así que… ¿Cómo no me la voy a dejar puesta?

Scott se ríe y me mira, y el resto hacen lo mismo. Me pongo como un tomate. Al parecer sí soy graciosa, no sé cómo se atreve a decir siempre el renacuajo que no tengo ni pizca de gracia. Mi bollicao viene hacia mí.

—Así que, ganándote a mi padre con regalitos, ¿eh? —me dice al oído.

—Bueno, tú te ganaste a mamá Carmen con las rosas blancas. Algo tenía que hacer.

—Ya te lo habías ganado antes de conocerte, cuando le llamaste «monada rubia» en aquella llamada tan enfadada —dice riéndose de mí.

—Qué tonto eres, de verdad. —Me sonrojo de nuevo.

Pega mi cuerpo al suyo, cogiéndome de la cintura, y me da un largo beso delante de todos.

Elliot y Alex ovacionan el momento. Emily, su hermana y las amigas se ríen. Los padres de Alex aplauden. Grace y Oliver se miran cómplices. Y su padre… su padre sonríe feliz.

Sé de una persona que no se alegrará de vernos, pero me importa un bledo.

Tras el revuelo por el beso, Scott regresa junto a su padre: debe presentarle a un inversionista importante.

Yo me acomodo en el sofá, pegadita a Grace. La he tenido abandonada casi toda la fiesta. Elliot se une y la arropamos por ambos lados.

Desde allí la vista es espectacular. Han encendido las velas, anochece y la luz resulta relajante. El océano Atlántico y el cielo azafranado completan la escena.

—Me alegra teneros un ratito aquí a los dos —murmura Grace.

—Y a nosotros estar contigo —responde su hijo, sonriendo.

—¿Qué ha pasado antes con esa chica? Os he visto…

—Sigue enamorada de él, y creo que me va a dar problemas… pero no te preocupes —le digo, besándole la mejilla.

—Esa zorra le ha dicho a nuestra pitufa que Scott la va a dejar, y que ella estará ahí para quedarse con él —suelta Elliot.

—¡Qué insolente! No creas sus idioteces, está muerta de celos —responde Grace, indignada.

—Una mujer celosa puede ser peligrosa. Ojalá me equivoque, pero tengo la sensación de que esta… lo es demasiado.

—No pienses eso, pitufa. Confía en Scott. Lo que está haciendo por ti no lo ha hecho por nadie.

—¿Qué está haciendo? Hay algo que no me contáis —se preocupa Grace—. Elliot, nos dijiste que quería reconquistar hoy a mi princesa, nada más. ¿Qué pasa?

—Está yendo al psicólogo para tratar su miedo al compromiso y esos celos que son… Las rabietas que le montó en España fueron tremendas, mamá.

—Está bien que pida ayuda, pero cuidado, Sofía, lo primero eres tú.

—Dejémoslo. Es complicado. Lo importante es que quiere estar bien y estar conmigo. Es un paso importante. Me quiere, lo sé, aunque todavía tenga miedos.

Me rugen las tripas. Sigo sin probar bocado y parece que han recogido todo para sacar la tarta. Voy a desfallecer. Los invitados conversan, la música suena, pero nadie baila. Estos ricachones son un poco sosos. En España somos más disfrutones.

—Grace…

—Dime, princesa.

—Creo que es hora de demostrarles a estos amigos que tenéis lo que es una fiesta.

—¿Qué vas a hacer? Miedo me das —ríe Elliot.

—Voy a pedir una canción para que bailemos Grace y yo —digo divertida.

—Sofía… por favor —dice Grace, apurada.

Me levanto y voy directa al DJ. Scott me vigila de lejos mientras charla de negocios.

Le pido la canción que mi madre y Grace nos cantaban a Elliot y a mí cuando éramos pequeños. No es una nana, sino una de las baladas de amor más bonitas que existen: Baby, I Love You, de Los Ramones, y por supuesto, es de los ochenta.

La música empieza. Grace y Elliot la reconocen y se ríen. Le hago un gesto a Grace para que venga conmigo. Lo hace. Nos cogemos de la mano y comenzamos a bailar mientras la gente nos observa con curiosidad.

Emma se une, divertida, y me coge de la otra mano. Las tres nos movemos al compás, riendo. Poco a poco, más personas se suman: Alex y su madre, Elliot con Emily. Oliver, desde el sofá, observa la escena con el señor Reyes, ambos sonrientes.

En una de las vueltas, veo acercarse a los dos Clayton.

Henry coge a su hija por la cintura y se pone a bailar con ella.

Oliver, que intuye lo que va a pasar, se levanta para bailar con su mujer.

Scott me toma de la mano, me gira hacia él y continúa el ritmo de la canción con sus manos en mis caderas.

Me sonríe, y yo lo miro, completamente enamorada.

Las amigas de Emma y varios grupos más se suman a la preciosa melodía. La fiesta, por fin, empieza a cobrar vida.

—Me estás revolucionando a la gente, bombón —me susurra Scott al oído.

—En una fiesta se baila —respondo, divertida.

—Claro, claro… Bonita canción, por cierto.

—Sí, la letra es preciosa.

—Lo es —dice rodeándome con los brazos.

Apoyo la cabeza en su pecho. Él inspira mi aroma y me besa con dulzura.

De reojo, observo cómo Alice nos mira apoyada en una de las mesas con una copa de champán. Tiene que estar rabiosa.

La canción termina y comienza You Are Beautiful, de James Blunt.

—¿Cambiamos de pareja, hijo? Es mi cumpleaños y quiero bailar con las dos jovencitas más guapas de la fiesta —interviene su padre, sonriente.

—Por supuesto —me suelta.

Scott baila con su hermana y Henry me pasa el brazo por la cintura, guiándome con suavidad al ritmo. Es un gran bailarín. Me sonríe al notar mi timidez. Es encantador, con un porte imponente. No entiendo por qué no ha tenido otra pareja. Es apuesto; seguro que candidatas no le han faltado.

—Sofía, estás siendo la sensación de la fiesta.

—¿Yo…? —Me sonrojo.

—Sí, tú. ¿Por qué te sorprendes?

—Porque sí. Porque soy muy normal.

—¿Normal? —frunce el ceño.

—Sí, ya sabe… Yo no pertenezco a este mundo de…

—¿De millonetis? —se ríe.

—Señor Clayton, no se ría de mí. Ya me ha contado Scott que era usted el que iba en el coche. ¡Qué vergüenza!

—No me río de ti. Tuviste mucha gracia y pusiste a Scott en su sitio. Poca gente se atreve a hablarle como tú lo hiciste.

—Bueno, ese día fue duro. Me acababa de enterar de lo de Grace, nadie me lo quería contar; luego lo del restaurante y además… él y yo…

—No sé lo que pasó entre vosotros, me dijo que lo estropeó. Lo que sé es que hasta hoy no lo había visto sonreír así. Y creo que la razón eres tú. Me gusta verlo feliz.

Me ruborizo de la cabeza a los pies.

—Yo también quiero verle feliz, señor Clayton. Pero su hijo tiene una coraza dentro que no le permite serlo. Necesita la ayuda de los que lo queremos para liberarse de ella. Vuelvo con él sabiendo que va a ser difícil, pero me necesita y no me voy a rendir.

Me mira conmovido por la sinceridad y el amor en mis palabras.