Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Bajamos las escaleras, acaramelados y sonriendo como dos tontos felices. Durante un instante, sorprendo a Scott lanzándome una mirada furtiva al trasero.

—¿En qué estás pensando? —le pregunto, alzando una ceja.

Resopla.

—Eres un pervertido.

—Empieza a tomar esas pastillas otra vez, que tenemos que ponernos al día.

Sonrío y le dedico una mirada juguetona.

—¡Sofía! —escucho de repente. Una chica preciosa se acerca como un torbellino.

Miro a Scott, desconcertada.

—No sé quién es… te juro que no la he visto en mi vida —susurro.

—Es mi hermana, Emma —responde, riéndose en voz alta—. Le he hablado tanto de ti que estaba deseando conocerte.

Lo cuenta orgulloso, con los ojos chispeantes. Se nota que le hace ilusión.

Emma llega arrasando por el salón con su media melena castaña y un vestido rosa pastel de corte romántico, que le marca la cintura. Sus ojos, de un azul claro, me miran como dos cielos despejados.

—Hola, Sofía. He oído hablar tanto de ti… —me dice en un perfecto español.

Me abraza con fuerza, bajo la atenta mirada de su hermano. Madre mía… qué dulce y cariñosa es. Le devuelvo el abrazo. Sé por Scott que tiene veinte años.

—Me alegra mucho conocerte, Emma.

—¿Dónde os habíais metido? Llevo un rato dando vueltas —dice, lanzando una mirada divertida a su hermano—. Papá me ha dicho que estabais hablando. ¿Está todo solucionado? ¿Has perdonado a este… cómo era… «tonto del culo»?

Su risa descarada y contagiosa, me arranca una carcajada.

—Cuidadito, pequeña Emma… tienes que respetar a tu hermano mayor. —Le guiña un ojo, confirmando que todo está bien.

—Sí. Ya no estamos enfadados. Todo está solucionado —añado, sonriendo.

Emma me coge de la mano, y entonces veo el tatuaje con el nombre de Scott en su muñeca. Caminamos juntas hacia el jardín.

—Chicas, ahora salgo y os busco. Tengo que ir a por algo a la cocina —me dedica una sonrisa traviesa.

No me lo creo. ¿A quién va a preguntar? ¿A los camareros? Madre mía, este hombre es de lo que no hay.

No puedo reprimir mi alegría: llevo grabada en la cara una sonrisa amplia. Su hermana me pasea de la mano entre los invitados, me presenta a unos y a otros. También ella disfruta. Mi corazón rebosa felicidad.

Levanto la vista y veo a Grace y Oliver. Alzo la mano; Emma, que se da cuenta, me lleva hacia ellos.

—¿Dónde estabas, princesa? —dice Grace, sonriendo.

—Hablando con Scott —respondo con complicidad.

—Sí, ya no están enfadados. Solucionado —interviene Emma, dulce y entrometida.

—Ya está todo arreglado —añado feliz.

Grace asiente al ver mi cara exultante, y Oliver se divierte con el comentario de Emma.

En ese momento aparecen Emily y Elliot, con una copa de champán en la mano. El renacuajo me mira risueño y su novia me guiña el ojo, encantada por mí.

—¿Todo en orden, pitufa?

—Sí, renacuajo. Mejor imposible. —Nos miramos felices.

—¿Pitufa? ¿Renacuajo? ¿Por qué os llamáis así? —pregunta Emma, riéndose y contagiándonos a todos.

—Elliot se metía conmigo de pequeña porque no era muy alta. Me llamaba «niña pitufa» y yo, para vengarme, empecé a decirle «renacuajo». Con los años, se han convertido en nuestros nombres cariñosos.

—¡Me encanta! Quizá tenga que pensar uno para mi hermano.

—Seguro que Sofía te puede ayudar —dice Elliot, riéndose—. El día que lo conoció le puso un bonito apodo.

—¡Elliot, por favor! —Me muero de vergüenza.

—¿Ah, sí…? ¿Cuál es? —pregunta Emma, curiosa.

—No, no… me da apuro decirlo —respondo, colorada.

—Venga, Sofía… nosotros tampoco lo sabemos —añade Oliver.

Resoplo y lo suelto:

—Bollicao. Le llamé bollicao.

—¿Bollicao? —repiten, entre risas.

—Sí, en España es la marca de un bollo muy rico relleno de cacao. Y también se usa para decir… ya sabéis… «tío bueno».

Las carcajadas se contagian.

—Ay, Sofía, eres muy graciosa. Ya me lo había dicho mi hermano.

Nuestras risas llaman la atención de los invitados cercanos. Me doy cuenta de que Alice está entre ellos, observándome sin parar. Su cara es seria, pero me da igual. Que mire lo que quiera… yo estoy feliz con mi bollicao.

—Tengo sed. ¿Me acompañas a la barra, Sofía? —me pide Emma.

—Claro —le contesto, mientras todos nos miran con complicidad. Grace asiente, invitándome a ir tranquila con mi nueva amiga.

No hay nadie pidiendo. El camarero mulato nos sonríe encantado, examinándonos de arriba abajo mientras nos acercamos.

—¿Qué quieren tomar las chicas más bonitas de la fiesta? —dice en inglés, con un acento cubano dulzón.

Emma y yo nos cruzamos una mirada divertida y sonreímos por su piropo.

—Un mojito, por favor —pido en español, intuyendo que me entiende.

—¿Eres española? —pregunta, acariciándome la mano con un gesto ligón.

—Sí —sonrío.

—¿De dónde? Yo soy cubano, pero tengo familia en España.

—De Cádiz. De Zahara de los Atunes.

—¡Guau! Me han dicho que aquello es el paraíso.

—Lo es —le contesto, amable.

—Y esta muñeca de aquí… ¿qué quiere tomar? —lanza otro piropo a Emma.

—Un daiquiri, por favor —responde, vergonzosa.

—Eso está hecho, princesa. —Se apoya en la barra y le acaricia la mejilla.

—A mí ponme un Old Fashioned —salta Scott, apareciendo por sorpresa.

—¡Scott Clayton! —lo saluda el barman con afecto.

—René… No estarás ligando con mis chicas, ¿verdad? —sonríe, levantando una ceja.

—¿Tus chicas? —se ríe.

—Estas encantadoras damas son mi hermana y mi novia. Así que elimínalas de tu mente pervertida.

Me encanta que me presente como su novia. Soy la primera, la única. Me siento como Afrodita en el Olimpo, con su amado Eros.

—Ja, ja, ja… Yo siempre estoy ligando, Scott, ya me conoces. Imagino que tu novia es esta morenaza de ojos verdes, ¿no?

—Exacto —responde, justo antes de darme un beso.

—Con una preciosidad así, yo también asentaría la cabeza. Me imagino que ya no nos veremos tanto por la noche.

—Así es, amigo René. Bueno, iremos a verte los dos juntos.

—O los tres —salta divertida Emma.

—Eso me encantará, preciosa. —Le guiña a Emma con complicidad.

—René… —lo regaña Scott en broma.

El camarero se ríe mientras nos sirve los cócteles. Nos despedimos de él y nos quedamos apoyados en una de las mesas altas del jardín.

Scott está a gusto y tranquilo, con sus dos chicas. Su cara refleja felicidad. Nos cuenta que conoció a René durante una noche neoyorquina, seguramente, en plena ronda de copas, ligando los dos con unas y con otras.

Le dijo que estaba pasando una mala racha y no dudó en echarle una mano, consiguiéndole trabajo en un local. Además, cada vez que preparan algún evento de la empresa, lo llama para que se saque un dinero extra. Emma y yo lo escuchamos cautivadas. Si es que, además de irresistible, es buena persona.

—¿Has conseguido lo que necesitabas? —le pregunto con tono pícaro.

—Sí, Bombón. Y más de uno.

—¿Ah sí?

—Yo me parto con vosotros —se ríe su hermana—. Tú le llamas bombón y ella a ti bollicao. Bollito de cacao.

—¿Cómo sabes lo de bollicao? —se sorprende Scott.

—Elliot… que es un bocachanclas —respondo yo.

Ambos me miran con los ojos bien abiertos, idénticos en el gesto. Está claro que son hermanos. Luego se miran entre ellos y se ríen como dos críos.

—Ay, Scott. Yo no puedo con esta mujer, es muy graciosa ¿Qué significa «bocachanclas»? —pregunta Emma, sin entender ni jota.

—No os rías de mí. Es que me salen solas las palabras. En España se dicen mucho. Es una persona que habla de más.

—No nos reímos de ti —me sonríe Emma.

Scott se acerca a mi oído, mientras su hermana lo observa feliz. La adoración entre ellos es evidente.

—Me vuelves loco, lo sabes, ¿verdad? —susurra con los ojos fijos en mí.

—Sí —contesto, atrevida.

Sonríe, encantado. Me toma de la mano y caminamos los tres hacia donde se encuentran el resto de los invitados.

—¡Scott! Me alegro de verte. —Lo detiene un hombre.

Emma, al ver que vamos a entretenernos, nos hace un gesto y continúa sola. Quiere buscar a su padre.

Scott lo saluda con un abrazo. Parece que se conocen bien.

—Sofía, este es Thiago Reyes, el padre de Alex. Thiago, ella es Sofía: mi novia y nuestra anfitriona en España.

Mmmm… otra vez me llama novia. Qué bien suena cuando lo dice. No me cansaré nunca de escucharlo.

—Encantada, señor Reyes. Me hace mucha ilusión conocerle.

—Llámame Thiago, por favor —responde con amabilidad, dándome dos besos.

—¿Alex? —pregunta Scott.

—Está por ahí —contesta él.

—¿Y cómo va todo por la consulta?

—No me puedo quejar, Scott. Las mujeres quieren verse guapas y me necesitan —responde entre risas, jovial.

—Me alegro mucho, Thiago —dice Scott.

—Os dejo, pareja. Voy a pedirme algo. Luego nos vemos.

Cuando el señor Reyes se aleja, Scott me atrae por sorpresa a sus brazos en medio del jardín. Sus dedos juguetean con mi cabello y me da un beso largo, intenso. Al soltarnos, ambos quedamos sin aliento, y su mirada ardiente me hace ruborizar.

—Deberíamos usar una de esas gomitas que he conseguido —murmura junto a mi boca.

—¿Cómo las has conseguido? —le pregunto.

Se ríe.

—Se las compré a unos camareros. Van a ser unos polvos muy caros, Bombón. Me vieron desesperado y se aprovecharon… pero pagaría mil veces más por usarlas ahora mismo contigo. Tengo tres.

Sus ojos azules brillan con picardía.

—¿Tres? No sé si serán suficientes —me río, provocadora.

Scott me observa sorprendido, encantado con mi atrevimiento.

—Bueno, bueno… Me ocuparé de ti más tarde —dice en tono bajo—. Ahora tenemos que hacer acto de presencia con los invitados.

Asiento, sin dejar de mirarlo. Entrelaza sus dedos con los míos y caminamos juntos.

Paso la siguiente media hora inmersa en un revuelo de presentaciones. Conozco a varios ejecutivos de su empresa, a unos cuantos abogados y a dos o tres empresarios importantes de Nueva York. Por Dios… qué cantidad de gente.

Todavía no he comido nada. Los platos desfilan junto a mí, pero entre tantos saludos me da reparo lanzarme a probarlos. Encima ya llevo dos mojitos y un par de copas de champán. Si sigo bebiendo, acabaré fatal.

—Scott, quiero volver con Oliver y Grace. Estoy aturdida con tanta gente extraña de golpe. ¿No te importa?

—¿Cómo me va a importar? Ha sido culpa mía. Perdóname. Me he emocionado y te he acaparado toda para mí.

Le acaricio la mejilla y le doy un beso.

—Vamos, te acompaño con ellos.

—No hace falta, Scott. En serio. Están en esos sofás, los acabo de ver —señalo—. Puedo ir sola.

Me rodea con sus brazos, me acaricia el trasero y me besa. Entonces me doy cuenta de que Alice nos observa fijamente, con gesto hosco.

—En un rato voy a por ti.

—Lo estoy deseando.

Lo dejo entretenido conversando con más invitados y me dirijo hacia la zona de los sofás. A medio camino, Alice me sorprende al agarrarme del brazo.

—¿Sofía? Te llamas Sofía, ¿verdad? —me pregunta en su idioma.

—Sí, soy Sofía. Hola, ¿qué tal? —respondo en mi perfecto inglés.

—Creo que no me conoces. Soy Alice. No quiero molestarte mucho, seré breve.

—Parece que alguien ha bebido más que yo—.

Soy amiga de Scott. Muy… buena amiga. No te hagas ilusiones con él.

No te saldrá bien. Esperaré a que se canse de ti, como lo ha hecho de otras.

No tengo prisa, pero que sepas que acabaremos juntos.

Nos casaremos y tú volverás a tu pueblito.

Me clava sus ojos marrones, insignificantes y achispados por el alcohol. Una sonrisa fugaz se me escapa. Me vuelvo hacia Scott, que desde lejos observa la escena con gesto preocupado, ignorando al hombre que le habla.

—¿Te hace gracia lo que te acabo de decir? ¿O no entiendes bien mi idioma? —pregunta, visiblemente molesta.

Scott viene hacia nosotras y veo que Elliot me controla desde el otro lado.

—Te entiendo perfectamente y sé quién eres.

Me sorprende tu estupidez, Alice. Vas a tener que esperar mucho.

Scott y yo estamos muy felices. Si él te mandó a la mierda hace tiempo, no es problema mío.

Y ahora, si me disculpas, tengo mejores cosas que hacer que estar perdiendo el tiempo contigo.

De hecho, me voy a ir a hacer el amor con él en un rato.

—¿Todo bien? —musita Scott al llegar, rodeándome la cintura.

—Todo bien, cariño. Tu amiga se ha presentado. ¿Me acompañas con Grace? Hasta pronto, Alice —le suelto muy digna.

—Adiós, Sofía.

Ella lo mira, le pone una sonrisa ridícula y la dejamos atrás.

Cuando llegamos junto a Elliot, él me detiene.

—¿Qué ha pasado? —pregunta, inquieto.

—Pregúntaselo a tu amiga, que ha sido quien me ha parado —contesto con acidez.

—Te lo estoy preguntando a ti —dice, serio.

—Me ha dicho que esperará a que me mandes a la mierda, que volverás con ella y os casaréis. ¿Contento? ¿Eso querías saber?

Resopla, preocupado.

—Tengo que hablar con ella —dice, molesto.

—Ni se te ocurra —ordeno, indignada—. Ya soy mayor para resolver esto. No necesito que mi novio me defienda.

—Joder, qué zorra —salta Elliot.

—¿Y tú que le has dicho? —pregunta Scott.

—Que me sorprende su estupidez y que tengo mejores cosas que hacer que perder el tiempo con ella. Como, por ejemplo, echar un polvo contigo en un rato.

—Ja, ja, ja. Me muero contigo, pitufa.

Scott dulcifica el gesto y su expresión se vuelve divertida.

—En un rato no. Ahora volvemos, Elliot. Voy a llevarme a tu hermana, si nos disculpas.

Elliot se ríe. Scott me coge de la mano y, atajando por un lateral, me lleva al salón y directos a su dormitorio.