Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Nada más entrar, nos recibe un vestíbulo que conecta directamente con un inmenso salón.

El suelo de nogal, con tablones anchos, resalta bajo una decoración elegante: muebles de diseño, detalles marinos y una luz que se filtra por todas partes.

Una maravilla. Camareros vestidos de blanco lo cruzan desde lo que intuyo es la cocina, portando copas de champán y pequeñas delicias gourmet en bandejas.

Todo parece coreografiado. Unas puertas acristaladas conducen al jardín, donde los invitados disfrutan del ambiente.

Fuera, el espacio se divide en dos zonas.

A la derecha, mesas y taburetes altos donde la gente charla animadamente mientras picotea.

A la izquierda, un sendero de piedra lleva a una zona chill , con mesas bajas y sofás de jardín que invitan a dejarse caer.

La piscina, adornada con nenúfares blancos, brilla bajo la luz de la tarde.

En el suelo, grandes velones esperan a ser encendidos al caer el sol y un DJ acompaña con música suave.

Oliver nos guía hasta una barra improvisada, donde un camarero mulato prepara cócteles con destreza.

Miro en todas las direcciones, buscándolo. Sé que aparecerá en cualquier momento y no quiero sorpresas. Estoy impaciente y… aterrada.

—¿Qué queréis tomar? —pregunta Oliver.

—Yo, un cosmopolitan, cariño —responde Grace.

—Y yo un mojito…, pero bien cargado, que necesito templar los nervios.

Me miran, se ríen y yo con ellos.

Y justo cuando voy a dar el primer sorbo…, oh, Dios mío. Lo veo.

Está…, está guapísimo. Lleva esos vaqueros grises desgastados que le hacen un culo estupendo y una camisa blanca de lino, con las mangas remangadas en ese descuido perfecto. No me ve. Está de perfil.

Habla con un grupo de personas. Una de las chicas lo mira embelesada.

Es muy atractiva. Su pelo ondulado, de un castaño claro, cae precioso hasta los hombros.

No deja de sonreírle, radiante, y le da evidentes pruebas de afecto: le apoya la mano en el brazo, le susurra al oído, y él le sonríe. Irradian complicidad.

—Ay, madre mía, Grace. Lo estoy viendo. Estoy muy nerviosa.

—Yo también lo he visto. Dale otro trago al mojito y relájate.

—¿Quién es esa chica que lo mira como si le fuera la vida?

—Alice Lewis. Trabaja con ellos —aclara Oliver.

—¿Esa es Alice? —me sorprendo.

—¿Quién es esa tal Alice? —pregunta Grace.

—Estuvo liado con ella hace tiempo. Me lo contó él. Joder, es preciosa y…, ¿has visto cómo lo mira? Está completamente enamorada. Se nota. ¿Habrán vuelto a estar juntos?

—Tranquilidad. No te montes la película antes de tiempo —dice Oliver, conciliador.

La escena no ayuda. Siguen hablando, ella vuelve a acariciarle el brazo mientras se muerde el labio. ¡Por todos los santos! Se le está insinuando. ¿Cómo se me ha ocurrido venir aquí? Soy tonta del culo, de verdad. Verlo con otra…, con ella.

Scott se gira de repente, parece buscar a alguien. Me bebo el mojito de golpe. ¡La leche! Sí que está cargado. Sus ojos recorren a los invitados y, de pronto…, me ve.

Me dedica una sonrisa inmensa y levanta la mano. Ella se gira, buscando a quién saluda. Me ve también. Viene hacia nosotros con paso firme.

La ansiedad trepa como una mala hierba por mi pecho. No puedo devolverle el saludo de lo nerviosa que estoy. Y son esos nervios los que me impulsan a salir corriendo.

—Me voy al baño —suelto en alto mientras le doy mi copa vacía a Oliver.

—Sofía, por Dios. No te vayas ahora —ruega Grace.

La ignoro. Necesito huir. Siento unas ganas inmensas de llorar. Solo quiero escapar. Verle ahí… con Alice. Avanzo con la cabeza gacha, esquivando a los invitados. Vuelvo al salón. Miro a un lado y a otro. Veo unas escaleras. ¿Dónde estará ese maldito baño?

—Sofía, ¿estás bien?

Me ha alcanzado. No puedo respirar. Me detengo y me giro. ¡Esos ojos! Esas preciosidades azules que tanto he añorado me observan, algo preocupados.

—Hola, Scott —saludo, retraída.

—No estarías huyendo de mí, ¿verdad?

—Eh…, no, no. Solo buscaba el baño.

Me coge del brazo y me acerca a él. Se me seca la boca. Está… soberbio. Su mirada azul oscuro brilla, pero su expresión es seria.

—¿Sofía…?

—¿Qué? —susurro.

Desde la puerta, su padre se fija en nosotros, aún con la gorra puesta, mientras charla con los invitados.

—Has salido corriendo en cuanto me has visto.

—Pues…, pues sí. ¿Qué pasa? —murmuro, sintiéndome valiente.

—¿Por qué? —pregunta en tono triste.

—Porque…, para empezar, yo no quería venir aquí hoy. Ni verte. Solo quiero ir a un puñetero baño, cerrar los ojos y desaparecer un rato.

Bajo la vista hacia mis dedos entrelazados.

—¿Por qué no quieres verme? —insiste, suave.

—Porque va a ser Scott. Sigo destrozada y me duele verte.

Trago saliva.

Él suspira, hondo.

—Pensé que era porque me odiabas por la estúpida llamada de tu cumpleaños. Me arrepiento de haberla hecho todos los días, Sofía, créeme.

—Nunca te he odiado. Ni por esa llamada ni por nada. Si te bloqueé fue para intentar olvidarte.

—Yo no he podido hacerlo —musita, cogiéndome la mano—. Te echo mucho de menos.

Oh, Dios mío… ¿No me ha olvidado? No esperaba algo así.

—Scott, yo… he llorado mucho. No juegues conmigo —añado, intentando controlar mis emociones.

—No juego, Sofía. Perdóname —tira de mi mano y me abraza.

Estoy en su regazo. Tocándole. Oliendo a él. Me besa el pelo una y otra vez.

Su padre, a lo lejos, sonríe al vernos.

—¿Qué quieres, Scott? —Me separo un poco—. Me rompiste el corazón en mil pedazos. No puedes venir ahora como si nada hubiera pasado.

—Quiero estar contigo, bombón.

—Scott, yo… —Bajo la mirada.

—Sofía, por favor. Tenemos que hablar.

Durante unos segundos, fantaseo. ¿Y si ahora sí? Pero el miedo me paraliza. ¿Y si ha estado con otra mujer? ¿Y si ha estado con ella? Me conozco: aunque lo quiera, no podría con eso.

Me atrevo a mirarle otra vez. Esos preciosos ojos me atrapan. La electricidad que siempre hubo entre nosotros nos envuelve de nuevo.

—Pareces una diosa. Ese vestido que llevas es muy ajustado y sexi, bombón. ¿No llevas nada debajo? Ya sabes el efecto que tiene en mí verte con poca ropa —me susurra, siendo más él.

—Ah, no, no. No vengas ahora con tus guarrerías. Si quieres hablar, hablamos. Pero de eso… nada.

Me pongo colorada y él esboza su sonrisa más juvenil y descarada.

—Me encantaría besarte ahora mismo, cariño.

—Pues no te voy a dejar, ni lo sueñes. ¿A cuántas has besado ya? ¿Quieres besarme a mí… después de estar con otras?

—¿Qué quieres decir con eso? Sofía…, no he besado a nadie. No me he acostado con nadie desde que estuve contigo en París. —Me mira fijamente.

—¿Y el día de mi cumpleaños? —le recrimino.

—Lo dije para hacerte daño. No era verdad. Te lo juro.

—Mientes. Te acabo de ver con ella. Es muy guapa. Es Alice. Me lo ha dicho Oliver. Habéis vuelto a estar juntos, lo sé. Está enamorada de ti, se nota —hablo rápido, nerviosa y atropellada.

—Sofía, basta. No. Sabes que nunca miento. Aquello se acabó. Te lo conté en su día y te lo repito —dice, cabreado.

Los camareros empiezan a desfilar de nuevo. Entorpecemos su paso. Me coge de la mano y me lleva hacia las escaleras.

—¿Qué haces? ¡Por las escaleras no! ¿Dónde me llevas? —Me entra el nervio.

Me freno. Él tira más fuerte. Me planto, cruzo los brazos y lo miro desafiante.

—No me voy a mover —declaro con terquedad.

—Puedes venir por tu propio pie o te llevo yo. Tú eliges, Sofía.

—Sí, claro. No te atreverás. Hay mucha gente, los invitados de tu padre nos ven desde el jardín —le desafío.

—Oh, bombón. Claro que me atrevo. Me importa una mierda quién me mire. Estoy en mi casa.

De repente se agacha, me coge por los muslos y me carga sobre los hombros.

—¡Dios mío! ¡Bájame ahora mismo! —grito.

—No seas escandalosa —dice, dándome un azote en el culo.

En ese instante, su padre, junto con Elliot y Emily, que acaban de llegar, atraviesan el salón y se ríen al ver la escena.

—Pitufa, ¡te veo muy bien! —exclama en voz alta el renacuajo.

Los miro, suplicando ayuda.

—Señor Clayton, dígale a su hijo que me baje, por favor. ¡Qué vergüenza! —imploro desde las escaleras.

—Ay, Sofía… No me va a hacer caso. Es muy cabezota —responde entre risas y salen los tres hacia el jardín.

Arriba, me baja al suelo y me lleva de la mano a un dormitorio.

Es bonito. Tiene que ser el suyo: masculino, moderno, con estilo…

, como él. La decoración oscila entre grises y azules.

Un cuadro enorme de una ola en furia, un escritorio con su ordenador, un galán y un espejo enmarcado en metal aportan carácter.

Una gran ventana, estratégicamente orientada, deja ver el mar en toda su inmensidad.

—Es la segunda vez que dudas de mí. —Scott niega con la cabeza, disgustado.

—¿Cómo no voy a dudar? ¡Lo dijiste! ¡Lo dijiste! —digo exasperada.

Se me saltan las lágrimas. Él intenta acercarse, limpiármelas, consolarme… pero lo aparto con un manotazo.

—Sofía, siéntate. Hablemos. —Me señala la cama.

—No, no. Ahí no. A saber, con cuántas te has acostado ahí —lloro, irritada.

—Ninguna mujer ha subido aquí, excepto tú. Siéntate, te lo digo en serio.

Me siento, y él lo hace a mi lado.

—No quiero pelear, Sofía. —Me seca las lágrimas.

—Ni yo —susurro.

—Lo que quiero es volver a estar contigo. ¿No lo entiendes?

—¿Hasta cuándo, Scott? ¿Hasta qué vuelva a decirte, ya sabes qué, y salgas huyendo otra vez? Eso me mataría…

—Y a mí me está matando no tenerte cerca. No verte. No besarte —suspira—. Además, estoy trabajando en eso para que no vuelva a ocurrir.

Me sorprende. ¿Lo ha hecho? Le dulcifico la mirada y le acaricio el pelo.

—¿Estás trabajando en eso, Scott?

Guarda silencio unos segundos. Parece avergonzado.

—Toqué fondo, Sofía. Aquella llamada… fui despreciable contigo. Con la única mujer por la que… ¿Recuerdas aquella noche, cuando me preguntaste, toda romanticona, si había estado con alguien con sentimientos de amor? Te dije que solo con una mujer. Eras tú. Esa mujer eres tú.

¡Oh, Dios mío! Le rodeo el cuello con los brazos. Él me estrecha contra su pecho.

—¿Estás yendo a un psicólogo, Scott?

—Sí, pero llevo poco tiempo, Sofía. Aún no estoy preparado para muchas cosas, y desde luego no para que me vuelvas a decir algo tan fuerte. Mis cicatrices son grandes, y lo sabes. Solo puedo decirte que estoy en ello. ¿Tendrás paciencia conmigo?

—Scott… Tendré paciencia, y lo que me pidas. No te diré nada. Esperaré a que tú… bueno, quizá algún día, me lo digas a mí. Que hayas pedido ayuda es la declaración de amor más bonita que me han hecho nunca.

—Solo lo sabe Elliot. Le llamé para contarle todo y decirle que necesitaba verte… recuperarte. Grace y Oliver saben por él que hoy quería hablar contigo.

—Yo no conté nada sobre la llamada. Ni a él ni a nadie. No quería que se enfadara contigo.

—Lo hice yo. Él sabe que voy a terapia, pero no le he hablado de mi madre. Ese tema… es complicado para mí. Solo lo sabes tú.

—¿Has hablado con tu padre de eso?

—Todavía no.

—Vale. Pero… ¿Y sobre mí? No sé, me ha dado la sensación de que…

Sonríe y me acaricia.

—Cuando me llamaste, furiosa por lo del restaurante. La monada rubia con la que decías que estaba… era mi padre.

—¡Qué vergüenza! Si grité como una loca… ¿Qué pensará de mí? —Me pongo roja como un tomate.

—Piensa que eres una mujer con carácter y que no necesita los favores de un milloneti —se ríe.

—Scott… no te rías.

—Me dijo que llevabas razón, que debería habértelo preguntado primero. Pero no pensé en eso, solo quería ayudarte. Me preguntó por ti, por nosotros. Nunca había hablado con mi padre sobre mujeres antes. Le conté que me había portado mal, que quería arreglarlo…

Nos quedamos abrazados un rato, sin despegarnos.

—Bueno… si quieres, ahora me puedes besar —susurro con timidez.

Se aparta apenas unos centímetros, me dedica una sonrisa que me hace arder las mejillas… y me besa. Un beso profundo. No puedo creer que sus labios vuelvan a ser míos. Cuántas noches había soñado con esto.

—Sofía, necesito hacerte el amor ahora mismo —su voz me atraviesa—. Llevo demasiados días sin ti… y desde que te he visto con este vestido…

Me río, divertida, aunque por dentro me tiemblan las piernas. Me encanta verle así, desesperado por tenerme, por hacerme suya. Ese brillo en sus ojos me derrite.

—Pero es la fiesta de tu padre. Tenemos que bajar —susurro.

—No tardaremos mucho —responde, acercándose aún más.

—Es que… no puedo —le digo, algo apurada.

—¿Por qué no puedes? —Me mira, extrañado.

—Desde que te fuiste… ya no tomo la píldora.

—¿En serio? —sonríe, sorprendido y halagado—. Me alegra saber que no querías acostarte con nadie más, pero ahora…

Empieza a revolver cajones con impaciencia.

—Joder, en esta casa no tengo —dice, frustrado—. Hoy tienes que ser mía como sea, bombón.

—Scott, no seas crío ¿No puedes esperar a mañana? —me río ante su desesperación.

—Pues no. Claro que no. ¿Tú te has visto con ese vestidito? Alguien en esta fiesta debe tener un maldito condón.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Ir preguntando uno por uno? No me hagas pasar vergüenza. ¿Qué van a pensar?

—¿Qué van a pensar? Que quiero hacer el amor con mi novia. ¿Qué hay de malo en eso?

—¿Con quién? —le sonrío, acariciándole la cara.

—Con mi novia. Con mi preciosa novia —me devuelve la sonrisa y el corazón se me enreda un poco más.

Me echo sobre él en la cama y lo beso, feliz, entregada al momento.

—Sofía, para, por favor. Si me haces eso, no respondo de mí —dice entre risas y jadeos.

Sonrío y me aparto, coqueta.

—Venga, pues vamos abajo. Y no pares hasta conseguir uno.

Suelta una carcajada y yo le sigo. Nos reímos los dos.

Salimos de allí cogidos de la mano.

Todavía no me creo lo que ha pasado. ¿Cómo ha podido cambiar todo en tan poco tiempo? Estoy feliz. Pletórica. Enamorada.