CAPÍTULO 2
Creo que es la tercera vez en mi vida que salgo a correr. ¡Por Dios! ¿Cómo me dejé engañar anoche por Elliot? Menos mal que hoy se va a su apartamentito de soltero y no tendré que repetir esta tortura más.
¿La niña de Zahara de los Atunes corriendo como una neoyorquina por Central Park? Suena muy cool sí, pero cuando se lo cuente a mis padres no lo van a creer. No sé qué demonios hago aquí, si yo soy de agua y de mar.
Sé que tengo que quemar energía —ya no tengo ni sexo ni surf—, pero esto de correr en círculos no es lo mío.
—Oye, Elliot.
—Dime.
—¿Tiene Alex piscina en su gimnasio?
—Sí, claro.
—Ah, muy bien. Hablaré con él. Necesito hacer ejercicio, porque esta mierda que haces tú no va conmigo.
Se ríe.
—No está tan mal. ¡Venga, mueve el culo, pitufa!
—Pero… ¿Cuántos kilómetros llevamos? Estoy agotada.
—Sofía, si acabamos de empezar.
—¿Qué dices? Llevamos mucho rato.
—Quince minutos. Llevamos quince minutos.
—¿Ves? Una eternidad —resoplo, con la lengua fuera.
Me detengo junto a un árbol mientras él sigue trotando en el sitio. Apoyo las manos en las rodillas y respiro hondo llenando mis pulmones de aire.
—Sigue tú, te espero aquí.
—¡Será posible! Floja… Está bien, vuelvo en un rato.
Me siento en un banco. Uf, estoy reventada… y nerviosa. Muy nerviosa. Hoy lo voy a ver.
Saco el teléfono. Pienso en llamar a mi madre, pero en España es la hora de comer y estarán de lleno en el restaurante. Marco a Alba.
—¿Cómo está mi niña neoyorquina? —pregunta, alegre.
Su voz me reconforta.
—Estoy bien. Os echo mucho de menos —respondo, emocionada.
—¡Pero si te fuiste ayer! Sofía, ¿qué pasa?
Me muerdo el labio. Dudo un segundo, mirando a un corredor que pasa a toda velocidad frente a mí.
—Nada… Bueno, sí. Hoy lo voy a ver.
—¿A Scott? ¿Al cobardica?
Cierro los ojos, molesta.
—Sí, pero no lo llames así. No me gusta.
—Lo es. Se largó huyendo —dice tajante—. ¿Por qué lo ves tan pronto?
Me enderezo en el banco, incómoda.
—No lo sabía, pero anoche me dijeron que tenemos que ir al cumpleaños de su padre. Estamos todos invitados.
—¡No fastidies, niña! ¿Del padre? —se ríe.
Me dejo caer hacia atrás, exasperada.
—No entiendo por qué a todo el mundo le hace tanta gracia. Yo estoy atacada y os reís.
—Cariño, es que…, ¡menuda mala suerte! Llegar y, zas, cumpleaños del suegro. Por unos días no lo celebráis juntos —ríe más fuerte.
—Ja, ja, ja… qué gracia.
—¡Qué es broma!
Me muerdo el interior de la mejilla, nerviosa.
—Bueno, y hay más. Ayer me mandó, de bienvenida, una pirámide de botes de Cola Cao.
—¿Qué? —se desternilla.
—¡Alba! ¡Ya vale! No te rías así.
Se oye cómo intenta contenerse, pero sigue soltando risitas.
—Ay… lo siento, pero es buenísimo. Ese cabrón te conoce demasiado bien.
—Ya lo sé. Pero ese no es tema. Alba, ¿qué hago? ¿Qué hago cuando lo vea? Eres mi amiga, dime algo.
Alba tarda un segundo en responder; puedo imaginarla poniéndose seria.
—Tómatelo con calma. Y si se acerca y quiere algo, mantenlo a raya hasta que sea digno de ti. Ya sufriste bastante por él.
—¿Pero qué va a querer? Ya estás como siempre. Me dejó, se fue.
—Yo te lo digo por si acaso. ¿Y qué le vas a regalar al suegro? —vuelve con la guasa.
—¿Regalo? Grace no me dijo nada.
—Niña, es su cumpleaños. Algo tendrás que llevar, aunque sea un detalle.
—Pero si es multimillonario. ¿Qué quieres que le regale? ¡Tendrá de todo! Y no sé lo que le gusta.
—¿Y porque tenga de todo no va a recibir regalos? ¡Pobre hombre! Un cumpleaños sin regalos no es un cumpleaños. Eso lo hemos dicho tú y yo siempre. ¿No te comentó Scott algo?
Intento recordar, mirando las ramas del árbol que tengo sobre mí.
—Pues no sé… me dijo una vez que iban juntos al baloncesto y que son de los Knicks. No sé nada más.
—¡Pues ya está! Una camiseta o una gorra del equipo. A los hombres esas cosas les encantan.
—¿Seguro? A ver si hago el ridículo…
—¡Qué no! Hazme caso, le va a encantar al suegro —se ríe, la muy sinvergüenza.
—Qué tonta eres, de verdad. Te juro que estoy de los nervios. Pero bueno… vale, te haré caso. Te dejo, ya te contaré.
—Adiós, preciosa. Suerte.
Aviso a Elliot de que nos vemos en casa y me acerco a buscar el dichoso regalo a la tienda de la NBA. No sé si es necesario llevar algo, pero me parece fatal aparecer con las manos vacías. Seguro que Grace y Oliver ya tienen algo preparado, pero…, en fin.
Y de ahí, sin saber muy bien cómo, he acabado en un salón de belleza.
Me han hecho la manicura, me han dado un masaje completo y me han aplicado un tratamiento facial digno de una actriz antes de pisar la alfombra roja.
Esto no es lo mío, pero por ver a Grace tan feliz, disfrutando de una mañana de chicas, me dejo hacer.
—Grace… esa fiesta… ¿es muy elegante? —pregunto, curiosa, desde una cómoda butaca.
Mauricio, su estilista, me está dejando la melena con un rizo espectacular. Parece un manto de algodón exuberante. Qué manos tiene este hombre.
—No es de gala, si te refieres a eso. Es informal. Champán, cócteles, música con DJ y un buffet para picotear.
—Vaya…, casi nada. ¿Y dónde es?
—En su casa de los Hamptons. Es preciosa.
—¿Cómo? ¿En su casa? Ay, Grace…
—Respira… Todo va a ir bien —dice con demasiada convicción.
—¿Y de regalo qué lleváis?
—Nada, cariño. Cada año pide a sus invitados que hagan una aportación solidaria. Este año es para la Breast Cancer Research Foundation, que financia la investigación del cáncer de mama.
—¿Es por…?
—Sí, cielo. Lo ha hecho por mí.
—Qué detalle tan bonito, Grace.
—Sí, Henry es un gran amigo y una persona muy generosa. Ya lo conocerás.
Elliot también me lo dijo en su día. Por eso no entiendo que le mintiera a su hijo asegurando que su madre había fallecido.
—Jolín… Yo no sabía lo de la donación y le he comprado una gorra de los Knicks. Voy a parecer tonta si aparezco con eso. Se la daré a Elliot.
—Qué bobada. Llévasela. Es un detalle precioso. Nosotros hemos contribuido por toda la familia, y tú eres parte de ella.
—¿Seguro? Tú, que lo conoces…, ¿no haré el ridículo?
—Segurísimo. Y más si viene de ti.
¿Y más si viene de mí? Pero si ese hombre no sabe ni que existo. Bueno, a lo mejor Oliver o Grace me han mencionado alguna vez.
Cuando por fin llega la tarde y ya estoy lista para la fiesta, bajamos al parking en el ascensor. Me miro en el espejo y me entran ganas de piropear a la joven que me devuelve la mirada. Está preciosa: vestido largo, suave, en color verde menta que armoniza a la perfección con sus ojos.
Es muy entallado, quizá demasiado, pero me resalta la figura de forma sexi. Tiene la espalda al aire, así que mi ropa interior se reduce a un mini tanga del mismo tono. Me siento medio desnuda.
Llevo el pelo suelto. Mi melena rizada cae dividida por una raya al medio y está sujeta con dos horquillas de pedrería en el mismo tono del vestido. El maquillaje, mínimo: sombra ligera, algo de rímel y gloss brillante en los labios.
Mis padres americanos van impecables. Grace, con un traje de chaqueta de satén blanco y un top de encaje discreto. Sus ojos brillan con una luz especial. Oliver, mezcla lo formal con lo casual: pantalón de pinzas beige, camisa blanca inmaculada y sus clásicos Oxford.
Elliot llegará más tarde con Emily. Por ahora, somos tres para la entrada triunfal.
A las seis y cuarto, quince minutos más tarde de la hora prevista, Oliver detiene el elegante Audi A8 frente a una casa increíble, en un paisaje de ensueño y con su propio camino privado al océano. Qué maravilla volver a ver el mar.
La fachada colonial, con tejado oscuro y grandes ventanales, encaja a la perfección en el entorno costero.
—Creo que no estoy preparada para esto —digo, aterrada, desde el asiento trasero.
—Princesa, no estés nerviosa. Todo va a ir fenomenal —intenta calmarme Grace, girándose con una sonrisa tranquilizadora.
—No, de verdad. Ahora lo sé. No puedo verlo. No estoy preparada.
Me tiende la mano y la aprieto con fuerza.
—Confía en mí —insiste.
—¿Pero has visto ese casoplón? Entrar ahí me hará sentir diminuta. Este mundo no es el mío. Yo no pinto nada aquí. Y verlo así…, rodeado de su gente, de sus amigos ricachones…
—Cielo —dice Oliver con tono cálido—. Tú perteneces al mundo que quieras. ¿Pero te has visto? Eres una maravilla de mujer, por dentro y por fuera. Vas a iluminar ese casoplón en cuanto entres. Se le va a caer la baba a él… y a todos.
Sonríe, orgulloso, y se coloca bien la camisa antes de continuar:
—Ahora voy a salir y abriré las puertas del coche a las dos mujeres más bellas de la fiesta.
Grace lo besa, cautivada, y yo le devuelvo la sonrisa, agradecida.
Al salir, con la bolsita del regalo en la mano, veo que un apuesto hombre, de unos cincuenta y tantos, nos espera en la puerta con expresión afable. Es alto, delgado, y lleva puestos unos vaqueros y una camisa azul clara, perfectamente planchada, que le da un aire elegante y relajado.
Cuanto más me acerco, más me recuerda a Scott: la sonrisa, la forma de la cara, hasta esa mirada picarona…, aunque sus ojos son marrones. El cabello, del mismo tono también, luce canas en las sienes. Me observa con detenimiento y me hace ruborizar.
—Henry, amigo mío. Muchas felicidades —dice Oliver en inglés, abrazándole con afecto.
—Gracias, Oliver. Nunca te he visto mejor acompañado. Grace, querida… estás preciosa. ¿Cómo va todo? —le da dos besos.
—Muchas felicidades, Henry. Todo va perfecto. Y ahora mucho mejor, porque desde ayer tengo en casa a mi princesa —sonríe con ternura.
Él me mira.
—Bienvenida, Sofía —dice en español.
¿Cómo sabe mi nombre? Si Grace solo ha dicho «princesa». Su gesto es dulce, acogedor.
—Señor Clayton, es un placer conocerlo. Muchas felicidades y gracias por invitarme. Le he traído un regalo. Sé que no es gran cosa, pero espero que le guste. Sé lo de las donaciones, pero… un cumpleaños sin regalos no es un cumpleaños —suelto del tirón, movida por los nervios.
Se ríe, divertido por mi atropellada presentación y abre la bolsa con ilusión. Al sacar la gorra, sonríe y se la pone al instante.
—Me contaron una vez que era su equipo favorito —añado, sin freno—. Espero que no me engañaran en la tienda, según me explicaron, es una gorra de coleccionista, vintage.
—Es preciosa. Uno de los mejores regalos que he recibido nunca, Sofía. ¿Me queda bien? —pregunta, simpático.
—Sí, claro. De rechupete —respondo sin pensar.
—¿De rechupete?
—Quiero decir…, que le queda muy bien.
Todos se ríen.
Me abraza con cariño, me da dos besos y luego me sujeta con suavidad la barbilla, observándome con detenimiento.
—Tenía muchas ganas de conocerte por fin. Tus ojos son extraordinarios, Sofía.
¿De conocerme… «por fin»? Me pongo como un tomate y él sonríe aún más.
—Elliot y Emily vendrán ahora. Nosotros nos hemos adelantado —comenta Oliver.
—Perfecto. Pasad. Mi casa es vuestra casa, ya lo sabéis. En cuanto pueda, estoy con vosotros. Han llegado muchos invitados ya. Emma y Scott están dentro.
Al escuchar esa última frase, busco con la mirada a Grace, angustiada. Henry lo nota, pero no dice nada.
Lo dejamos en la entrada, con la gorra puesta, recibiendo a los invitados que siguen llegando.