Solo yo soy para ti (Solo nosotros 2) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Al acercarnos, la silueta del skyline nos da la bienvenida. Los rascacielos parecen arañar el cielo. Nueva York siempre ha tenido ese efecto en mí: me deslumbra, me conquista.

Hacía años que no venía. La última vez fue en Navidad, cuando los Miller nos invitaron a pasar la Nochevieja.

Recuerdo cómo Grace, con su entusiasmo contagioso, me preparó un itinerario para recorrer los árboles más bonitos de la ciudad.

Sabe que me chiflan. Vimos el del Plaza, el de Washington Square, el de Wall Street…

una docena, al menos. Y, por supuesto, el de Rockefeller Center: el dios supremo de los abetos navideños.

Ahora me pregunto cómo voy a adaptarme —y por tanto tiempo— a esta jungla caótica. Vengo de Zahara de los Atunes, justo lo opuesto: calma, mar y un ritmo mucho más suave.

El embotellamiento en el centro es exagerado; avanzamos con lentitud.

Así es Nueva York: frenética, imprevisible, con taxis amarillos, bicicletas y coches disputándose cada metro de asfalto.

Aprovecho para escribir a mis padres y a las niñas.

Les cuento que hemos llegado bien. Me responden enseguida: que disfrute, que me divierta y que no piense demasiado en… ya sabemos quién.

Tras dejar a Emily y Alex en sus casas, ponemos rumbo al Upper East Side, una de las zonas más elegantes de Manhattan. El piso está en Madison Avenue, a cinco minutos de Central Park y del Guggenheim.

¡Qué barbaridad! Esto es un horno.

Al bajar del coche, nos golpea una manta de calor insoportable. Por suerte, al entrar en el edificio, una bocanada de aire fresco nos acaricia la piel y nos ofrece un instante de alivio.

El conserje, impecable con su uniforme, nos recibe con cortesía en el vestíbulo. En el ascensor, moderno y opulento, Elliot pulsa el botón del sexto piso.

—Estoy nerviosa —confieso.

—¿Por qué? —sonríe, tierno.

—Ay, Elliot…, me muero de ganas de verlos.

Me besa en la frente y cierro los ojos, dejándome envolver por su gesto.

Al salir, los veo. Grace y Oliver nos esperan en la puerta. El cansancio del viaje, los nervios o quizá lo de Scott me desbordan: corro hacia ellos y me echo a llorar. Los abrazo a la vez, y ellos me arropan. Elliot observa en silencio, con una sonrisa discreta.

—Sofía… mi princesa —susurra Grace, emocionada.

—No llores, cielo. Debes de estar agotada —añade Oliver, dulce.

—No es eso. Es que me alegra tanto veros.

Su abrazo me devuelve la calma, como si estuviera en casa. Pero me aparto rápido, temiendo haber apretado demasiado fuerte a Grace.

—¿Te hice daño? —pregunto, inquieta.

—No, cariño. En absoluto —responde, acariciándome el brazo.

Saludan a Elliot con el mismo entusiasmo.

—Bienvenido a casa, hijo —dice Oliver, orgulloso.

Los miro. El renacuajo es la viva imagen de su padre: moreno, con mandíbula cuadrada y esos ojos almendrados, chispeantes, que los hacen muy apuestos.

Grace me rodea la cintura y entramos en el apartamento. Recorremos el pasillo. A mitad de camino aparece la asistenta.

—¿Todo bien, Valentina?

—Hola —la saludo. Ella me devuelve una sonrisa tímida.

—Señora, el conserje acaba de llamar. Sube un paquete para la señorita Sofía.

—¿Para mí? —pregunto, sorprendida.

En ese instante, llaman a la puerta. Al abrirla, todos nos giramos expectantes.

—¿Y esto…? —murmuro, pasmada.

Una gran pirámide de botes de Cola Cao les arranca una sonrisa. Valentina la sostiene con esfuerzo. Me adelanto, arranco la tarjeta pegada al plástico y leo en voz alta:

Para que empieces cada día como en casa. ¡Bienvenida!

P.D.: Desbloquéame. S.C.

¡Cielo santo! Es de Scott. El corazón me da un vuelco y empieza a latir con fuerza. Inspiro hondo, intentando contener la oleada de emociones.

—¿Cómo demonios ha conseguido Cola Cao aquí? —susurro, todavía pasmada.

—Amazon lo trae todo —bromea Elliot, encantado.

Me quedo mirando la torre, sin saber si reír o llorar. El gesto es tan exagerado, tan Scott, que me descoloca por completo.

—Es bueno, mi amigo es bueno —dice Elliot, cómplice—. Tienes que admitir que te conoce muy bien. Este regalo bien merece un desbloqueo —ríe.

¿Y esto? Como defiende a su amiguito. ¿Pretende que lo desbloquee así, sin más?

—Bueno… ya veremos. Lo pensaré —respondo, aún impactada por la torre de botes.

—Cielo, ven —interviene Grace, suave, cortando el momento—. Quiero enseñarte tu habitación.

Los chicos se quedan atrás mientras ella me guía por el pasillo. Al abrir la puerta, me detengo en seco.

—¡Guau! Es preciosa —susurro, con los ojos muy abiertos.

La habitación está decorada en tonos beige, blanco y un turquesa suave.

Sobre el cabecero, una acuarela de la playa de los Alemanes con el faro me roba un suspiro.

La mesilla es una pequeña tabla de surf.

Otra, más grande, adorna la pared. Un espejo de cuerpo entero descansa en el suelo.

Y sobre el sifonier blanco, dos fotos enmarcadas: en una, mis padres y, en la otra, las dos familias juntas, la de aquel verano en Cádiz.

—¿Te gusta, princesa?

—Es increíble… Me has traído un pedacito de casa a Nueva York.

Grace me mira con los ojos brillantes. Feliz de tenerme aquí.

Me descalzo y nos tumbamos juntas en la cama. Desde ahí, todo parece más ligero. Empiezo a relajarme.

La observo. Está igual que el año pasado. Pensé que la vería apagada, pero no: es la misma Grace de siempre. Coqueta, impecable. Su melena castaña con destellos chocolate, las uñas cuidadas pintadas en un rojo cereza y esa piel perfecta gracias a tratamientos exclusivos. Brilla.

—Bueno, Sofía… tu renacuajo me ha puesto al día de España —dice con una sonrisa cómplice—. Además, hablo casi a diario con tu madre. Lo del trabajo es increíble. Paco debe estar feliz sabiendo que has decidido venir. Pero cuéntame…, ¿cómo estás de…?

Hace una pausa. Sé a quién se refiere.

—La verdad… no estoy bien, Grace. Lo intento, aunque el regalo que acaba de llegar no ayuda. Lo echo de menos. Él eligió marcharse, y tengo que aceptarlo —suspiro.

—Conozco a Scott de toda la vida. Iba al colegio con Elliot, aunque se hicieron inseparables en la universidad. Fue horrible lo del accidente de su madre. Él era un crío, su hermana muy pequeña.

La miro en silencio. Solo yo sé la verdad: no hubo accidente. Ella se fue.

—Sé que adora a su hermana —le digo.

—Sí, muchísimo. Siempre pendiente de ella. Del amor…, poco sé. Nunca lo he visto con novia. Elliot dice que es mujeriego. Es muy guapo, con dinero…, las chicas seguro que se le echan encima. Su padre desespera porque quiere verle sentar la cabeza.

—A mí el dinero me da igual. Supongo que para él fui una más. No lo sé, Grace. Es complicado —susurro, bajando la mirada.

—Cariño… ¿de verdad piensas que fuiste una más? No lo creo. O está asustado, o es idiota. No hay más. —Me arranca una sonrisa.

—Ay, Grace… pensé que era especial para él. Es perfecto. —Me recuesto en su hombro. Ella me besa en la frente.

—Tú también lo eres, cariño. Hazme caso…, todo va a ir bien.

Charlamos durante dos horas. Scott, mis padres, la escuela de Madrid.

Le entrego el pañuelo de Tánger. Le encanta.

Dice que lo usará cuando se le caiga el pelo por la quimio.

Me enseña el pecho reconstruido. Se lo hicieron durante la misma cirugía.

Dice que la primera semana fue dura, pero ahora se siente mejor. En unos días comienza los seis ciclos.

Tío Oliver nos observa desde el umbral. Emotivo, cálido. Sabe que mi presencia le da fuerzas a Grace.

—¿Cenamos, chicas?

—Claro, amor, vamos ahora mismo —responde ella, enamorada.

Valentina se ha marchado, pero dejó una deliciosa lasaña de verduras y ese postre que me hizo la última vez y que me gustó tanto.

Sonrío. Valentina es todo corazón. Dulce, discreta…

y cocina como los ángeles. Tendré que controlarme; con caprichos así, en cuatro días me convierto en bolita de Navidad.

Cenamos entre risas. El comedor es moderno, con papel de diseño y suelos de roble blanco abiertos al salón. Elliot cuenta su paseo en camello, mostramos fotos del viaje y, con sorna, habla de mi jeque admirador en Tánger.

—Oh, Sofía… esta es divina.

Se refiere a la foto que me hizo Scott en las Cuevas de Hércules.

—Sí, lo es —respondo, melancólica.

—Deberías ponerla de perfil.

—Quizá lo haga —sonrío, bajando la mirada.

—¿Ya sabe Sofía lo de la fiesta de mañana? —pregunta Oliver, inocente.

—¿Qué fiesta? —me adelanto, curiosa.

Elliot y su madre se tensan. Le lanzan una mirada asesina a Oliver, que se encoge de hombros.

—Eh… la fiesta de cumpleaños de Henry. Cada año reúne a amigos y empleados de confianza —dice, intentando sonar natural.

—¿Henry…? ¿Qué Henry?

—Clayton. Henry Clayton, cielo. Nos espera a todos. También a ti.

Mi cara pasa de curiosa a aterrada. ¡Será una broma! Los miro, boquiabierta.

—No, no. Yo no voy. No puedo —digo, con el corazón acelerado.

—Sofía, tranquila. Desde luego, Oliver… ¿por qué lo sueltas así de sopetón?

—¡Vaya! Ahora la culpa es mía, ¿cuándo pensabais decírselo? ¿Media hora antes de ir?

—Pitufa. —Me mira Elliot—. Cuanto antes te enfrentes a esto, mejor. Tendrás que verle en algún momento.

—¡Mierda! Sí… pero no mañana. Que acabo de llegar, por el amor de Dios, ¿y en la fiesta de cumpleaños de su padre? ¿En serio?

Elliot se ríe. Oliver y Grace detrás.

—¡No os riais! No tiene gracia —protesto, aunque al final, contagiada, acabo riéndome yo también por los nervios.

—Tengo un vestido para ti… espectacular. Cuando te lo vea puesto, se arrepentirá de haber salido corriendo —dice Grace, entusiasmada.

—Es que… no sé si estoy preparada. —Me pongo seria.

—Princesa… puede que sea mi último acto social en mucho tiempo. Cuando empiece la quimio, no sé cómo me voy a encontrar —suaviza la voz.

Y ya está. Golpe directo a mi punto débil. Me tambaleo.

—Jolines, vale. Está bien. Iré —resoplo—. Pero que conste que no me hace ninguna gracia.

Ella se levanta y me abraza, agradecida.

Un par de horas más tarde, recostada en la almohada, entre sábanas perfumadas de jazmín, mi cabeza no para. Madre mía… mañana voy a verlo. Siempre he tenido un lado masoquista, y ahora se frota las manos sabiendo que nos encontraremos. No sé si es buena idea. Los nervios me devoran.

¿Cómo reaccionará al verme? ¿Y yo al verle a él? Visualizo su cara la última vez que lo vi en el avión. Triste. Desolado. Sus miedos, sus malditos conflictos arrasaron todo lo bonito que teníamos. O quizá… bueno, quizá simplemente nunca sintió lo mismo que yo.

La última llamada fue terrible. Rencor, celos absurdos. Me odié por colgarle, por no soportar el dolor que me causaba. Tal vez me necesitaba… y lo abandoné. Pero también fue cruel. Si quería olvidarle, no había otra manera.

Y ahora… lo del Cola Cao. No lo entiendo. ¿Qué pretende? ¿Qué seamos amigos? Yo no quiero ser su amiga. No puedo serlo.

Aunque en este momento, en un arrebato, cojo el móvil de la mesilla. Lo desbloqueo. Respiro hondo. Espero no arrepentirme.

Entro en su WhatsApp. Aún lo tengo guardado como «Bollicao».

¡Oh… vaya! Su foto de perfil es la playa del Cañuelo. Donde estuvimos juntos. Donde… me desnudé para él.

Suspiro.

Cambio también mi foto, siguiendo el consejo de Grace, y dejo el móvil sobre la cama antes de ir al baño.

Al volver… ¡Un mensaje suyo! ¿Tan rápido?

¿Cómo puede ser? ¿Le habrá llegado alguna notificación?

No tengo ni idea; no entiendo mucho de tecnología.

Solo sé que mi corazón late tan fuerte que parece dispuesto a escapar.

Lo abro.

Bollicao: Buenas noches, Sofía. Gracias por desbloquearme. Espero que te haya gustado el regalo. ¿Todo bien? Estoy deseando verte mañana.

¿Cómo sabe que nos veremos? Ha sido el renacuajo. Seguro.

Bombón: Hola. Gracias por el Cola Cao. Sí, todo bien.

Bollicao: Bonita foto de perfil.

Bombón: Sí, es preciosa. Hasta mañana. Que descanses.

Bollicao: Tú también. Dulces sueños, Sofía.

«¿Tú también…?». ¿Se refiere a que yo también soy preciosa… o a que descanse? Mierda. Parezco ridícula dándole vueltas a esto…

Sofía… Cierra los ojos e intenta dormir, me dice mi yo interior.

Le hago caso. Cierro los ojos. Aunque tiemblo al volver a tener contacto con él.