Capítulo 20 #3
—Es la única joya de Merrow —dijo, con la voz hecha un hilo.
—Es la única que no se sube.
—Es la única que se queda.
Y entonces, delante de cuarenta y tres personas, entre las mesas, con las abejas, con los pétalos, con el olor a masa y a cordero y a lilas, me besó.
Fue un beso largo. No nos separó nadie. Alrededor se oía un ruido enorme, hasta que una voz aguda, de niño de seis años, dijo muy claro, con seriedad total: «Abuela, se están besando otra vez».
—Ya lo sé, hijo —dijo Maeve—. Es la mejor parte.
* * *
A las cuatro, en la cocina, mientras recogía los platos con Eudora y con Bridie, Maeve me llamó desde la puerta de la despensa.
—Ven, cariño. Un momento.
Entré. Era un cuarto estrecho, con estantes de latas, sacos de harina, un olor dulce a canela, y una bombilla pelada que colgaba del techo. Maeve, en el fondo, con las manos a la espalda, tenía las mejillas todavía húmedas y una sonrisa temblorosa.
—Cierra la puerta.
La cerré.
—Es para ti —dijo, y sacó de detrás de la espalda un paquete plano, doblado, envuelto en papel de estraza y atado con un cordel de panadería.
Lo abrí. Dentro, planchado con mucho cuidado, había un delantal a cuadros blancos y azules, de algodón fuerte, con los bolsillos cosidos a mano y una tira larga para atarlo a la cintura. Olía a harina y a canela. En una esquina, cosidas con un hilo rojo, había dos iniciales torcidas: «S. B.».
—No pone «M» —dije.
—No. —Maeve me miró—. Pone «B». De Brannigan. Lo bordé la semana que estuvisteis en Milán, Cormac y tú, con un fotógrafo. Me llevó tres noches. Se me hizo una ampolla.
—Maeve.
—Es el mío. El de hace cuarenta años. El que llevaba cuando Dermot me pidió que fingiera ser su novia. —Se secó los ojos con el dorso de la mano—. Lo he arreglado. Lo he lavado. Tiene unos cuantos agujeros, pero son de los que dan buen agüero.
—No puedo...
—Sí puedes. —Me lo puso en las manos—. Póntelo.
Me lo puse. Me lo até a la cintura. Me quedaba un poco grande, un poco largo de bajo, con los bolsillos a la altura de las caderas, con un olor a una vida entera. Me miré. No había espejo. Me miré las manos.
—Me queda grande.
—Se le puede dar forma —dijo Maeve.
Me eché a llorar. Sin ruido, con la nariz, con las manos en el delantal.
Maeve me abrazó. Yo la abracé. No pensé en cómo se hacía.
Mis brazos, por primera vez en toda mi vida, hicieron lo que se les había ordenado hacía mucho tiempo en un porche de Providence sin que nadie lo notase: se cerraron alrededor de una mujer baja, redonda y cálida, con harina hasta los codos, y se quedaron.
—Anda, cariño —dijo ella, muy bajo.
—Ya he andado.
—Pues ahora quédate.
Nos quedamos un rato así, en una despensa, entre sacos de harina, con una bombilla pelada. Luego alguien llamó con los nudillos a la puerta.
—¿Hay alguien? —dijo la voz de Dermot.
—Estamos aquí.
—Necesito una lata.
—¿De qué?
—No sé. Es una excusa —dijo Dermot, desde el otro lado—. Vengo a ver cómo estáis.
Maeve abrió. Dermot estaba en el pasillo, con el cigarro sin encender y una paloma en el hombro, con las manos enormes en los bolsillos. Nos miró a las dos. Miró el delantal.
—Está guapa —dijo.
—Es un saco —dije yo.
—Está guapa —repitió, y con toda calma, sin ninguna otra frase, se dio la vuelta y se fue por el pasillo, con una paloma en el hombro, hacia el jardín.
* * *
A las cinco de la tarde, cuando el sol empezaba a bajar sobre los tejados de Providence y el jardín se vaciaba poco a poco, salimos los dos hacia el manzano del fondo.
Había pasado el día en una nube: los abrazos, las lágrimas, un brindis de Augusta con sidra, un discurso de Clifton que no llegó a ninguna parte, un baile improvisado de Dermot y Maeve con una radio a pilas, y las mil preguntas: «¿Cuándo?
», «¿Dónde?», «¿Con cordero?». Habíamos respondido «pronto», «aquí» y «con cordero».
Me dolía la cara de sonreír. Me dolía, sobre todo, la nariz de reírme por dentro.
El árbol de los siete años estaba en flor.
Uno de esos manzanos altos, viejos, de tronco retorcido, que en abril se cubren de una lluvia blanca y rosa.
Bajo sus ramas, entre la sombra, había una silla plegable vacía y una manta de cuadros extendida sobre la hierba.
Nos sentamos en la manta, con la espalda contra el tronco.
Cormac me pasó un brazo por los hombros. Yo puse la cabeza contra su clavícula.
—Seis horas —dijo.
—¿Qué?
—Estuve aquí seis horas. Con siete años.
—Lo sé.
—Ahora podría estar seis años.
—No hace falta.
—Ya lo sé. —Me besó el pelo—. Pero podría.
Nos quedamos callados. Sobre las ramas, sobre nuestras cabezas, se oía el zumbido de las abejas y de vez en cuando el ruido suave de un pétalo que se soltaba y caía.
Del otro lado del jardín llegaba un rumor de voces, de cacharros, la risa de Maeve, un ladrido.
Entre las ramas se veía un trozo de cielo azul, con una nube muy blanca.
Un ruido de alas.