Solo una vez (Humor 3) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—Nadie ha pelado nunca así —dijo Fergal, desde la mesa de al lado.

—Es un método —dijeron las dos.

* * *

En las mesas estaban todos los que faltaban.

Marguerite Hale, en el extremo de la tercera, con un abrigo camello que le había hecho yo —me lo había probado en enero, en la sala de las cortinas de terciopelo, y me había dicho con la voz cortante de siempre: «Levanta usted el brazo, señora Merrow, y yo compruebo la sisa»; lo levantó, y no se sube, y por segunda vez en su vida la vi sonreír sin darse cuenta—, con una sisa a un centímetro y medio, sentada muy recta, con su marido a un lado, un señor delgado y sonriente que hablaba con Dermot de asuntos de contabilidad y de palomas; le había dicho a Maeve, con una voz cortante, que el cordero le parecía «notablemente correcto», y Maeve había contestado, con la tranquilidad de sus sesenta y nueve años, que eso en su casa era un piropo.

Clifton Rusk, con un vaso de sidra, junto a Priyanka Deshmukh, con la tablet apagada; los dos hablaban, al parecer, de fondos de pensiones, con un fervor casi religioso.

Augusta Pell, con Sultán en un cojín sobre las rodillas y un sombrero de paja enorme, en la cabecera de una mesa, donde presidía una discusión sobre si la lana virgen tenía alma.

Watanabe, que había vuelto a volar trece horas, con una taza de té, acariciando con dos dedos la cabeza del pequinés.

Douglas, con las llaves del coche colgando del cinturón, había dejado el coche, efectivamente, en el jardín del vecino, y en ese momento pedía perdón al vecino, que le servía un vaso de cerveza.

Amedeo y Graziella Bertolazzi, con Matteo, de uniforme, que ya se había ofrecido a volar la próxima paloma; Lorraine Pettibone; Dagmar; Trevor, que no sonreía; Lupe Cardoso con Ramón en una cesta; Nils Brandvold, con su libreta, anotando el aforo.

Ilse Brandt y Dominic Weyl, sin cámara; Vera Lindholm, sin libreta, con un vaso de agua y un manzano sobre la cabeza.

Anouk Delorme, que llevaba seis meses siendo la cara de Merrow Mujer, sentada en el suelo, con los zapatos de tacón a un lado, dándole de comer a Bruce trozos de pan.

No había ninguna cámara. Ni un móvil a la vista. Wendell había puesto un cartel en la puerta del jardín, con su letra de contable: «Aquí no se publica nada. Lo de esta casa se queda en esta casa».

Wendell se me acercó con la tablet contra el pecho y la voz baja de las noticias que no se quieren dar en público.

—Ferdinand Lachaise ha abierto una tienda.

—¿De qué?

—De paraguas. En la Sexta Avenida, a tres portales de donde estaba Bellerose. Se llama «L'Averse». Vende uno solo: negro, de nailon, con las varillas ligeramente torcidas. Cinco dólares.

—Eso no puede ser un negocio.

—Vende siete mil al mes. —Bajó más la voz—. Dice que es el único producto de su vida en el que nadie le ha encontrado un defecto.

—¿Está bien?

—Está muy bien. Lo vi el martes. En el escaparate, con un abrigo gris perla, cobrando. Me guiñó un ojo.

—¿Qué hizo Hollis?

—Se compró tres.

—Hollis es incorregible.

—Es la mejor cosa que ha hecho en su vida —dijo Wendell.

—¿Cuánto hace que no llueve? —preguntó Ansel a nadie, señalando un cielo azul sin una nube.

—Desde el viernes —dijo Priyanka.

—Es un buen dato.

—Es un dato con una opinión.

—Es la que tengo.

A las doce, cuando Maeve dio con una cuchara de madera tres golpes contra una olla de hierro, se hizo un silencio, poco a poco, de una punta a otra del jardín.

Cuarenta y tres personas se sentaron. Cormac se sentó a mi derecha.

A mi izquierda, Dermot, con una paloma en el hombro; cuando me miró, con las manos enormes sobre el mantel, no dijo nada; pero debajo de la mesa, en el bolsillo de su chaqueta, oí un ruido de plumas.

—Doris —dije.

—Está aquí —dijo Dermot.

—¿En el bolsillo?

—Le gustan los bolsillos.

—Papá —dijo Cormac.

—No es un regalo —dijo Dermot, y se sirvió patatas.

* * *

Fue Maeve la que dijo la cosa, y no sabía que la decía.

Estábamos en el postre. Habíamos comido sopa, cordero, patatas, zanahorias con miel, el pan de tres cortezas de Fotini, que Eudora había traído desde Astoria en una bolsa de tela, y un ruibarbo de Maeve, y cuatro postres de supermercado que yo había llevado a la cocina, «Con ganas», y que ella había servido con un orgullo terrible.

Se oía el ruido de las cucharas, el de los niños, los ladridos de dos perros que se habían hecho amigos, las discusiones sobre las palomas.

Cormac tenía la mano izquierda sobre mi rodilla, por debajo del mantel, y con la derecha se comía una rosquilla.

Maeve, con la cuchara de madera aún en la mano, se levantó.

—Quiero decir una cosa.

Hubo un silencio.

—Hace seis meses —dijo—, un domingo de octubre, mi hijo trajo a esta casa a una chica con un paraguas del tamaño de una embajada y cuatro postres de supermercado. Yo la abracé. Ella me miró con una sorpresa educada. —Hubo una risa—. Y yo pensé: esta niña no sabe abrazar.

—No sabía —dije.

—No sabías. —Sonrió—. Y hoy has venido con cuatro postres, la bufanda de mi marido y un papelito de seda en el bolsillo de la chaqueta que llevas tocando desde las diez y cuarenta.

—Maeve...

—No digo nada. Solo digo. —Levantó la cuchara de madera, con una dignidad completa—. Que en esta casa somos gente de contratos. De los buenos. De los que se hacen con un apretón de manos y una tarta. Y que llevo seis meses esperando que alguien me pregunte una cosa.

—¿Qué cosa? —dijo Fergal.

—Que alguien me pregunte por la cláusula.

Se hizo un silencio total. En el otro extremo del jardín, Sultán, sin levantar la cabeza del cojín, ladró una vez, corto, agudo y sostenido.

—Ya está —dijo Augusta.

Cormac y yo nos miramos.

Fue un segundo. El que tarda un tren en cruzar un túnel. Él tenía los ojos muy claros y una arruga entre las cejas. Yo tenía los dedos en el bolsillo interior de la chaqueta, con un botón de nácar entre ellos.

—Consulta —dijo Cormac.

—Consulta —dije yo.

Nos pusimos de pie a la vez.

No lo habíamos hablado. No era un pacto, ni una regla, ni un ensayo.

Fue un impulso doble: las sillas chirriaron, un vaso se cayó, un perro levantó la cabeza.

Cuarenta y tres personas dejaron de comer.

Yo saqué del bolsillo un trocito de papel de seda.

Él sacó del suyo, en el mismo momento, un papel doblado en cuatro.

Nos quedamos a un metro, en pie, entre dos filas de mesas, delante de una familia entera, con las manos ocupadas y la boca abierta.

—Espera —dije.

—¿Qué?

—Yo iba a...

—Yo también.

—¿Tú también?

—Llevo tres semanas con esto en el bolsillo.

—Yo también.

—¡Ay, Dios! —dijo Maeve.

—Los dos —dijo Dermot, con una calma de piedra.

—Contamos hasta tres —dije.

—Contamos hasta tres —dijo Cormac.

Respiramos.

—Uno —dijo él.

—Dos —dije yo.

Cuarenta y tres personas se inclinaron hacia delante. Un niño, en alguna parte, dijo «Chsss».

—Tres.

—Cásate conmigo —dijimos los dos.

Fue una sola frase, dicha por dos personas a la vez, sobre un jardín en el que se oían las abejas.

No se oyó otra cosa. Nos quedamos los dos mirándonos, con la boca abierta y las manos tendidas, con una sortija con un botón en la mía y un papel doblado en la suya, y de pronto, muy despacio, empezamos a reírnos.

Yo, con la nariz. Él, con la foca. A dos metros de la mesa de Marguerite Hale, que se había llevado la mano a la boca.

A cuatro de Clifton, que había dejado caer el vaso.

A diez de una mujer con un delantal que lloraba con toda la cara.

—¿Y ahora quién dice que sí? —preguntó Maeve, entre lágrimas.

—Los dos —dijo Dermot.

—Los dos —dijimos nosotros.

—Sí —dijo Cormac.

—Sí —dije yo.

Otra vez a la vez.

—¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios mío! —Maeve se dejó caer sobre su silla con las manos en las mejillas—. ¡Me van a matar!

Estalló el jardín. No hay otra palabra. Cuarenta y tres personas se pusieron en pie a la vez, con un ruido de sillas, de vasos, de platos, de ladridos, de niños, de abrazos que se cruzaban en el aire.

Las abejas huyeron. Los pétalos de los manzanos cayeron.

Declan gritaba «¡Lo sabía!», a Lucien, que lloraba ya sin ninguna vergüenza.

Ansel se había puesto de pie con la clementina en la mano y se la había comido de un bocado.

Wendell, con la tarjeta plastificada colgada del cuello, se quitaba las gafas y se limpiaba los ojos con la corbata.

En una mesa, Marguerite Hale, sin levantarse, sin soltar la copa, dijo en voz alta, con una perfecta claridad: «Es una cosa muy razonable».

—Cláusula —dijo Cormac, entre el ruido, mirándome.

—Sortija —dije yo.

Le tendí el papel de seda. Lo abrió con dos dedos temblorosos. Dentro, sobre el papel, estaba la sortija: la banda de plata fina, el botón de nácar gris de cuatro agujeros, cosido en el centro con un hilo de plata que Noor había tardado seis noches en encontrar.

—Es un botón —dijo.

—Es el cuatrocientos dos.

—Es el hermano del que llevo en el jersey.

—Es para que sepas que se puede volver a coser.

Cormac me miró. Se le movió la barbilla. Me tendió su papel, sin una palabra. Lo desdoblé. Era una hoja de una página, escrita a mano con una letra grande y redonda, con una i con un puntito.

«Cláusula única. Duración: hasta que uno de los dos se muera de viejo. Preaviso: ninguno. Contacto físico: todo. Salida: no hay. Lugar de firma: donde haya rosquillas. C. B.».

Debajo, en blanco, la línea.

—¿Me lo firmas?

—Sin consulta.

—Con puntito.

—Con puntito.

Me puse a firmar sobre el mantel a cuadros, con el bolígrafo de Nils Brandvold, que me lo pasó con solemnidad de notario. Firmé con mi letra plana, de contable, sin adornos. Me detuve delante de la i. Y le hice, por primera vez en mi vida, con una lentitud absoluta, un pequeño punto redondo.

Cormac se echó a reír, con lágrimas, con las manos en la cara. Me puso la sortija en el dedo anular de la mano izquierda, y esta vez el botón, plano y fresco, con los cuatro agujeros mirando al cielo, me quedó bien.

—Es un botón —dije.