Capítulo 20
El tren de las siete y doce salió a las siete y doce.
No a las siete y trece, ni a las siete y once.
Cormac lo esperó de pie en el andén, con las manos en los bolsillos de la cazadora y la vista fija en el reloj, y cuando las puertas se cerraron soltó el aire por la nariz con la tranquilidad de todos los domingos.
Yo estaba a su lado, con el abrigo azul marino, la bufanda de Dermot, una bolsa de papel con cuatro postres y un objeto pequeño en el bolsillo interior de la chaqueta, del tamaño de una moneda, envuelto en un trozo de papel de seda, que llevaba tres semanas cambiando de sitio.
Era el último domingo de abril. Habían pasado seis meses.
Nos sentamos en el asiento doble de siempre, junto a la ventana, él en el pasillo con las piernas estiradas en diagonal, yo con el portátil sin abrir.
Por el cristal pasaba un río verde, con árboles que en octubre eran ceniza y ahora tenían una luz de hoja nueva.
Cormac se puso a leer los mensajes del grupo de sus hermanos. Yo me puse a no leer nada.
—Mi madre ha mandado once fotos del jardín —dijo.
—¿De qué?
—De las mesas. Ha puesto seis, en fila. Con manteles. Dice que ya están.
—Son las siete y veinte de la mañana.
—Es mi madre. —Bajó el móvil—. Hay treinta y siete confirmados.
—Treinta y siete.
—Y Douglas.
—Douglas va a aparcar en doble fila.
—Douglas va a aparcar en el jardín del vecino. Mi madre ya ha hablado con el vecino.
Me eché a reír, con la nariz. Él, sin volverse, alargó la mano y me cogió la mía por encima del asiento, sin consulta.
Hacía seis meses que no hacíamos consulta.
Había dejado de tener sentido el primer martes de noviembre, cuando descubrimos que las cejas se nos levantaban solas, a la vez, en las reuniones de Merrow-Bellerose, delante de una sala llena de directores de área, y nos costaba media hora no reírnos.
Vivíamos juntos desde enero. Lo habíamos decidido un miércoles, en la cocina de Tribeca, con la vitrocerámica desprecintada y una sartén de verdad, y sin ninguna cláusula.
Cormac había llegado un sábado con una bolsa de deporte, una caja de discos y una escalera plegable de aluminio, que puso detrás de la puerta del recibidor sin decir nada.
Yo la miré. «Es por si acaso», dijo él. «¿Por si acaso qué?
». «Por si me subo a un árbol». Ahora la escalera estaba allí, junto al paragüero, con un paraguas negro de cinco dólares, uno azul y otro grande, de embajada, que un guardia de la Sexta Avenida me había devuelto una mañana de noviembre sin una palabra.
En la nevera había champán, aceitunas, huevos, mantequilla de verdad y un táper con el nombre de Pippa.
La mesa de ocho plazas se había usado tanto que la sábana estaba en un cajón.
—Estás nerviosa —dijo.
—No.
—Llevas tres semanas con una cosa en el bolsillo.
—Es una pluma.
—Es una pluma en el otro bolsillo. Este es otro.
—Es una cosa de trabajo.
—Es una cosa de domingo.
—Cormac.
—Dime.
—Mira por la ventana.
—Vale.
Miró por la ventana. Yo apreté el bolsillo.
Lo que llevaba dentro era una sortija, si puede llamarse así.
La había hecho Noor por las noches, durante dos semanas, con una banda de plata y un botón de nácar gris de cuatro agujeros, el cuatrocientos dos, el hermano del que va cosido en el bajo de un jersey.
Yo se la había pedido con un «por favor» dicho tres veces, sin parpadear y con voz de persona, y Noor había contestado, con las orejas ardiendo: «No hace falta, señora Merrow. Ya lo sabía».
No me había contado cómo lo sabía. No hacía falta.
Tenía tres frases ensayadas. Las tres eran una mala idea. Había decidido, a las cuatro de la madrugada, que iba a usar ninguna.
* * *
Providence, en abril, huele a lilas y a masa.
Lo primero que vi, al bajar del taxi delante de la casa del porche gris y la puerta azul, fueron los manzanos.
Eran dos, uno a cada lado de la verja, y estaban en flor; una lluvia de pétalos blancos y rosas les cubría las ramas y el suelo, y cuando soplaba el viento se soltaba una nevada tibia que llenaba la calle.
El buzón con forma de barco tenía un lazo.
En la panadería de la esquina, con las persianas subidas, un cartel escrito a mano: «Hoy cerrado.
Fiesta familiar. No se admiten reclamaciones».
—Ha puesto lo del cartel —dijo Cormac.
—Lo veo.
—Nunca ha cerrado un domingo.
—Lo sé.
—Mi madre no cierra ni el día de Navidad.
—Hoy es un día de Navidad —dije.
Nos abrió la puerta un niño de seis años en pijama con un balón bajo el brazo. Rory. Nos miró de abajo arriba con una seriedad total.
—Ya estáis aquí —dijo.
—Ya estamos.
—Mi madre dice que estáis tardando.
—Son las diez y cuarenta.
—Ya. —Se giró—. ¡Abuela! ¡Que llegan!
Se oyó desde el fondo de la casa un ruido de cacharros y de pasos rápidos.
Salió Maeve, con delantal, con harina hasta los codos, con el moño deshecho y las gafas en la punta de la nariz.
Se detuvo en el pasillo. Nos miró. Y se echó a llorar.
Sin más. Con las manos en el delantal y una sonrisa enorme, delante de todas las fotografías de niños de sus paredes.
—Mamá —dijo Cormac.
—No es nada. —Se pasó el dorso de la mano por los ojos, dejando una raya de harina en la mejilla—. Es que llegan. Y son ellos.
—Es solo un domingo.
—Es lo que dijiste hace seis meses. Y mira. —Me abrazó. Mis brazos ya sabían, desde hacía tiempo, cerrarse sin que nadie los ordenara—. Estás muy guapa, cariño. Y llevas la bufanda.
—Es la de los domingos.
—Ya lo sé. —Se apartó, me miró, hizo una pausa muy pequeña, y entornó los ojos—. ¿Qué llevas ahí?
—¿Dónde?
—En la chaqueta.
—Nada.
—Es nada muy pequeña.
—Maeve.
—No pregunto. —Levantó las manos, y me dio una palmada en la mejilla—. Las postres, a la cocina. Los abrigos, en el perchero. Los demás, en el jardín. Y no os sentéis todavía, que aún no está la sopa.
* * *
El jardín trasero de la casa Brannigan tiene la anchura de un campo de fútbol pequeño, y ese domingo de abril no se veía un metro de hierba.
Seis mesas largas, cubiertas con manteles a cuadros de tres tamaños distintos, ocupaban el centro, dispuestas en dos filas.
Alrededor había sillas de todas clases: de cocina, de jardín, plegables, de mimbre, un taburete de piano, una mecedora que alguien había sacado del garaje.
En el cerezo del fondo colgaban guirnaldas de bombillas apagadas.
Más al fondo, junto al árbol de los siete años, se erguía la casita de madera de las palomas, con las rejillas abiertas y las palomas dentro, arrullando, y delante de la puerta, en una silla plegable, con el cigarro sin encender y una paloma en el hombro, Dermot.
Y entre las mesas, con vasos, con platos, con bandejas, con niños, con perros, con cuarenta y tantas personas hablando a la vez, el ruido.
Yo me quedé un momento en el umbral de la puerta trasera, con la bolsa de los postres en una mano y el corazón en la garganta, mirando aquello.
No era la primera vez. Llevaba veintiséis domingos viniendo a Providence, veintiséis, contados por Otis en su pizarra con tiza verde. Pero cada vez era la primera.
—Respira —dijo Cormac, a mi lado, muy bajo.
—Estoy respirando.
—Estás contando. Se te mueve el labio.
—Es un tic.
—Es una costumbre. —Me apretó la mano—. Vamos.
Bajamos los tres escalones. Nos vieron, y hubo un pequeño estallido de saludos que se fue extendiendo por el jardín: «¡Han llegado!
». «¡Ahí están!». «¡Saskia!». «¡Cormac!».
«¡El de la paloma!». Bruce, el pastor alemán, se lanzó hacia mí a través del césped, con las orejas hacia atrás y la lengua fuera, y se sentó sobre mis pies con una autoridad completa.
Los fui contando mientras los cruzaba. Los Brannigan, todos: Fergal con Bridie, y Bridie con un vestido amplio y una mano sobre el vientre, «Estoy de cuatro meses, cariño, y dicen que va a ser una niña.
Se va a llamar Noreen. O Saskia. Aún no lo hemos decidido»; Niall y Sorcha; Ronan y Aoife; Declan y Lucien, que se habían casado en marzo en un bar de Bay Ridge con cuarenta y cuatro invitados y un pastor alemán de testigo, y que llevaban dos alianzas idénticas, de latón, que Lucien enseñaba a cada persona que cruzaba con un orgullo tan tierno que nadie había tenido valor de decirle que ya las habían visto.
Cian y Eoin, ya de doce años, con un balón.
Rory, con su pijama. Finn, con la cabeza en un cubo.
Y la tía Nuala, y el club de las telefonistas al completo, con sus sombreros de domingo.
Y los míos.
Ansel, en una silla de mimbre, con una clementina en la mano y no una manzana: llevaba desde enero sin comer manzanas, porque una empresa en la que los números suben cada mes deja de necesitar rituales de nervios.
Hollis, con la corbata amarilla, director de comunicación del grupo, deambulando entre las mesas con la carpeta azul a modo de escudo.
Wendell, con un traje gris perla que le había hecho Eudora, jefe de gabinete de la presidenta ejecutiva con sueldo de jefe de gabinete de la presidenta ejecutiva y con una lista, ya sin ninguna amonestación, que llevaba colgada del cuello en una tarjeta plastificada: «Los que vamos a cumplir años a tu lado».
Pippa, ayudante de dirección, con un táper en la mano y un limón cortado con regla.
Otis, oficial de corte, con su gorra y una pizarra apoyada contra el tronco de un manzano.
Noor, en la punta de una mesa, con las manos juntas, sin atreverse a mirarme.
Y Eudora. Con su marido, un hombre grande y silencioso de manos como pan, con el que llevaba cuarenta años, y con las gafas sobre la frente y el metro amarillo colgado del cuello, incluso en domingo, sentada junto a Maeve en una silla de cocina, comiendo aceitunas.
—Al fin —dijo, al verme.
—Son las once.
—Es el fin de una espera. —Sonrió con la lengua entre los dientes—. Vengo desde las nueve. He ayudado con las patatas.
—¿Ha pelado patatas?
—Las he pelado muy bien.