Solo una vez (Humor 3) Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

En la última fila, con un abrigo gris perla mojado y un paraguas negro entre las rodillas, Ferdinand Lachaise había asistido a la votación como invitado del consejo de Bellerose, sin voz y sin voto.

Cuando Nils leyó el resultado, se puso de pie muy despacio.

Se ajustó la corbata mostaza. Me miró desde el fondo de la sala, y en la comisura de sus labios apareció por última vez el tic de siempre.

Levantó el paraguas, una vez, muy poco, a modo de saludo.

Después salió, por la puerta del fondo, sin que nadie lo detuviera. Se dejó, apoyado en la pared del pasillo, el paraguas negro. Pippa lo recogió a las doce y cuarto y lo colgó en el paragüero del despacho, junto al azul de ella.

Nadie aplaudió. No era una sala para eso. Pero se oyó, en un rincón, el ruido pequeño de una manzana que se caía de una mano al suelo, y a Ansel, que murmuraba: «Perdón. Perdón», y se agachaba a por ella con la cara roja.

Marguerite Hale firmó a las doce en su despacho de la Sexta Avenida, con una pluma estilográfica y una letra pequeña y recta, y me mandó por mensajero, esa tarde, una nota manuscrita, sin firmar, en papel de carta blanco: «Sisa a un centímetro y medio. Fecha límite: cuando puedas. M.».

Guardé la nota en el bolsillo del abrigo. Junto a la pluma, la libreta de Vera, el cuadrado de lana de Graziella y una hoja doblada en cuatro por las esquinas de haber sido llevada un mes en un bolso.

—Voy a devolvértela —dije, a las doce y media, en el pasillo del catorce, delante de Wendell.

—¿Qué?

—La libreta de Vera.

—¿Y el papel?

—Ese lo guardo.

—¿Dónde?

—En «Contratos Varios».

—Es la carpeta del gato.

—Es la carpeta de todo lo que caduca —dije—. Y de lo que no.

Wendell se echó a reír. Después dejó de reír, y me miró de una manera que había estado ensayando, sin que yo lo supiera, durante cinco años.

—Estás bien —dijo, casi sin voz.

—Estoy perfectamente.

—No —dijo—. Estás bien.

—Es lo mismo.

—No lo es. —Sonrió con todos los dientes—. Es una sugerencia.

Hollis apareció por el fondo del pasillo, con la corbata amarilla y la carpeta azul apretada contra el pecho, y una cara roja de hombre que ha corrido, a paso ligero y sin aliento.

—Semana ocho —dijo.

—No hay semana ocho —dije—. Se acabó el cronograma.

—Ya lo sé. Es un borrador. —Abrió la carpeta—. Hay una fila. Una sola.

—Hollis.

—«Semana ocho: pedida de mano». Mensaje: «sí».

—Hollis.

—Es solo una posibilidad.

—Wendell.

—Lo tiro —dijo Wendell, y le quitó la carpeta con dos dedos, con muchísimo cuidado, y la dejó en el fondo de una papelera de acero inoxidable que había junto al ascensor, entre un vaso de plástico y una servilleta.

Hollis miró la papelera. Se le llenaron los ojos.

—Era mi obra maestra —dijo.

—Lo sé.

—Pensaba llamarla «La emperatriz se rinde, segunda parte».

—Ya lo sé, Hollis. Ya lo sé.

—Voy a llorar.

—Llora —dije—. Pero en el atelier. Hay flanes.

* * *

Esa tarde, a las seis, bajé al once.

El atelier estaba lleno de gente. Habían venido todos, Otis, Noor, Eudora, Pippa, tres costureras, la señora de la limpieza, Lupe Cardoso con Ramón en una cesta, Dominic Weyl con su cámara antigua, Ilse con la libreta, dos empleados de contabilidad y un guardia de seguridad con las manos a la espalda, y en el centro, sobre la tarima, con el jersey de lana cruda y las manos en los bolsillos, sonriendo a medias, Cormac.

Me detuve en la puerta del fondo. La misma cinta adhesiva cruzaba el parquet, dos líneas paralelas de diez metros, con un borde ya despegado. Al lado, en la pared, la pizarra de Otis.

Había cambiado. Alguien había borrado todo: el martes, el cinco, el nueve, los treinta y cuatro. Quedaba una sola línea, en el centro, escrita con tiza verde y una letra grande y muy redonda que no era de nadie, sino de todos:

«Lunes: 1 beso. 9:07. Ganadora: Noor».

Debajo, dibujado con una tiza blanca, con mucho cuidado, un flan con una cucharilla.

Miré a Noor. Estaba en un rincón, con las orejas ardiendo y un botón de nácar entre los dedos.

—Yo dije nueve y siete —murmuró.

—¿Cómo lo sabías?

—Porque Otis dijo nueve y cuarto, y yo pensé: ella no espera al cuarto.

—Es un buen cálculo —dije.

—Es lo que hago con las telas.

La puerta lateral se abrió con un golpe.

Entró Gilda Zamora, en zapatillas y con una gabardina abierta, con el cigarrillo apagado entre los labios y Lupe Cardoso detrás, cargada con una cesta donde dormía Ramón.

Gilda recorrió con la vista el atelier, la cinta, la tarima, la pizarra, la gente. Se detuvo delante de Cormac.

—Treinta años —dijo.

—Gilda.

—Treinta años sin perder un papel. Y este me lo pierdo yo, en una panadería, por un beso. —Se quitó el cigarrillo—. Lombardi me ha llamado a las nueve y diez. Estaba desolado. Le he dicho: «Enzo, es que se ha enamorado». Me ha dicho: «Eso no es una razón». Le he dicho: «Es la única».

—Lo siento.

—No lo sientes. —Se puso el cigarrillo otra vez en la boca—. Pero yo no soy una mujer que pierda un contrato. Le he ofrecido otra cosa a Enzo. Una campaña de dos semanas al año. Milán, cuatro viajes, un fotógrafo bueno y una sonrisa a medias. Ochocientos mil dólares por temporada.

—¿Y ha dicho que sí?

—Ha dicho que es un insulto. Y ha dicho que sí. —Encendió, o fingió encender, el cigarrillo—. Ferdinand le ha llamado esta mañana para contarle lo del beso. Enzo lleva media hora riéndose.

—Eso no es una razón.

—Es la única —dijo Gilda, muy tranquila—. Vas a ir a Milán cuatro veces al año, muchacho. Y vas a volver. Con un apartamento que no necesita vistas a un patio, porque ya tienes un patio en Astoria.

Cormac abrió la boca. La cerró. Se puso rojo hasta la nuca. Gilda le dio dos palmadas en la mejilla, secas, con una mano de tabaco.

—No me lo agradezcas —dijo—. Es un negocio.

Lupe, detrás, sacó de la cesta a Ramón, un gato gordo, gris, de una placidez de rey, y lo puso encima de una mesa de corte, entre dos rollos de lana.

Ramón miró el atelier con un solo ojo. Se acomodó.

Se durmió. Nadie dijo nada. Era el primer gato que había entrado nunca en Merrow, y le dejamos la mesa.

Otis, subido en una caja, con un rotulador de tela pegado a la oreja, levantó una mano.

—Un momento —dijo—. Esto tiene un premio.

—Ya lo veo.

—El flan es para Noor. Pero hay un segundo premio. —Bajó de la caja, con solemnidad de sabio—. Lo ha propuesto Eudora.

—¿Qué premio?

Eudora, con las gafas sobre la frente, salió de entre las perchas con una funda negra colgada del brazo. La desabrochó con un gesto lento. Dentro había otro abrigo, de lana azul marino, con cinturón y una sisa perfecta. Más pequeño que el mío. Más ancho de hombros.

—Es para él —dijo.

—¿Para Cormac?

—Para él. —Sonrió con la lengua entre los dientes—. Lo hemos hecho entre todos. Las noches de esta semana. Es el cuarenta y cuatro.

—No existe el cuarenta y cuatro.

—Existe. —Alargó la percha hacia el fondo de la sala—. Y lleva tu etiqueta.

En el cuello del abrigo, a la altura de la nuca, cosida a mano con un hilo gris, había una pequeña etiqueta blanca. Dos letras bordadas. «S. M.». Y debajo, en otra línea, más pequeña, con puntadas más torpes, alguien había añadido otras dos: «C. B.».

Cormac, sobre la tarima, se quedó muy quieto.

—Póntelo —dije.

—¿Ahora?

—Ahora.

Bajó de la tarima. Cogió la percha con las dos manos. Se puso el abrigo despacio, con la ayuda de Noor, que sujetaba las mangas con dos dedos. Se abotonó. Se alisó la solapa. Levantó el brazo derecho.

El abrigo no subió.

—No se sube —dijo, con la voz espesa.

—No —dijo Eudora.

—Es la mejor prenda de la colección.

—Es la única que no es de colección —dijo Eudora—. Es tuya.

—¿Y cuánto cuesta?

—Nada. —Se subió las gafas—. Cuesta un miércoles.

Cormac se giró hacia mí. Tenía los ojos rojos.

Se le movió el labio. Yo no dije nada. Crucé la sala, con las bailarinas azul marino sobre el parquet, y sin consulta, sin cinta, sin nadie que contara los pasos, le cogí la mano y se la puse contra mi pecho, en el sitio donde una vez había habido una marca de tinta azul que ya no estaba.

—Cuarenta y cuatro —dije.

—Cuarenta y cuatro —dijo él.

En la pizarra, Otis, con la tiza verde, sin que nadie se lo pidiera, escribió al lado del flan una última línea, con letra pequeña, y la subrayó dos veces.

«Cuenta nueva».

Cogí una tiza del canto de la pizarra. Debajo de «Cuenta nueva», con letra pequeña y recta, sin subrayar, escribí una línea más:

«Domingo: cordero. Con cuatro postres».

Nadie me vio. O todos.