Solo una vez (Humor 3) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Es una cosa que se aprende tarde y mal, la de decir lo que uno quiere.

Yo llevaba treinta y siete años sabiendo decir «fuera», «no», «entrégueme la lana el jueves», «cobro con intereses».

Había aprendido «por favor», que costaba una muela.

Había aprendido «gracias», que costaba dos.

«Perdón», que costaba una tarta. Y ahora quedaba la cosa más pequeña y más larga, y me la sabía de memoria, y sin embargo cada vez cambiaba de sitio.

—Yo no sé decirlo bien —dije.

—No hace falta.

—Sí. Sí hace. —Apreté el mantel de cuadros con las dos manos—. He aprendido a decirlo mal.

—Adelante.

—Te quiero.

Fue una frase muy corta. Me salió por la nariz, sin ningún ruido. Cormac no se movió. Yo tampoco. En la panadería, detrás del mostrador, se oyó un ruido de bandeja que alguien dejaba caer, y un «¡Ay!» apagado.

—Te quiero, Cormac —repetí—. Y no ha costado una muela. Ha costado dos.

—Saskia.

—Y quiero que te quedes. Y no porque lo diga yo.

Porque yo tampoco quiero que te vayas a un sitio donde no haya nadie que sepa cuántos centímetros tiene tu sisa.

—Tragué—. Y quiero un miércoles. Y un martes.

Y un domingo, con cordero. Y un jueves con una paloma.

Y un contrato que no dure hasta el lunes siguiente a nada.

—Tengo una cláusula.

—Dime.

—«Hasta que uno de los dos se muera de viejo.» —Sonrió, con los ojos mojados—. Sin preaviso.

—Es una cláusula muy larga.

—Es una cláusula muy buena.

—Con firma.

—Con puntito en la i.

Se levantó. Yo me levanté. La mesa de cuadros, con sus dos tazas y su platillo de rosquillas, quedó entre los dos como un pequeño paisaje. Rodeó el mantel. Se detuvo delante de mí, a treinta centímetros.

—Consulta —dijo.

No levanté la ceja. Levanté las dos.

Se rio. Fue una risa corta, casi sin voz.

Me puso las dos manos en la cara, con los pulgares en los pómulos, con los dedos detrás de las orejas, con una delicadeza que no le había conocido, la de una persona que sujeta algo que ha temido romper.

Bajó la cabeza. Me miró un segundo más. Después me besó.

Fue un beso corto y tibio. Sabía a té, a canela, a un poco de lluvia.

No tuvo música. No tuvo cámara. Tuvo una panadería de Astoria, un radiador que silbaba, el ruido de una campanilla, una bandeja sobre un mostrador, y dos personas de pie, con un mantel de cuadros entre las piernas, que se encontraron a la vez en un sitio que llevaban un mes buscando por caminos distintos.

Cuando se apartó, tenía los ojos cerrados.

Los abrió. Yo tenía las manos aferradas a su cazadora, sin saber cuándo.

—Sin ensayar —dijo.

—Sin ensayar.

—Ha salido bien.

—Es correcto.

—Saskia.

—Ha salido perfecto —dije.

Un aplauso.

Uno solo. Seco. Después dos. Después una ola.

Me giré. En la mesa del rincón, la de los periódicos, tres personas se habían puesto de pie con los periódicos en las manos, dejando ver sus caras: Eudora, con las gafas sobre la frente y el metro amarillo al cuello; Wendell, con la gorra gris de su hermano y la tablet contra el pecho; y Pippa, con un limón de tres milímetros en la mano derecha, que agitaba en el aire como una bandera.

—Sin nadie —dijo Cormac.

—Sin nadie —dije yo.

—Eudora.

—Yo no estoy —dijo Eudora.

—Estás.

—Estoy comprando pan.

—Estás detrás de un periódico al revés.

—Es el de Nueva Grecia. Se lee así.

—Wendell.

—Estoy comprobando una cosa —dijo Wendell—. Que sigues aquí.

—Pippa.

—Yo he traído limones, por si acaso —dijo Pippa, llorando, con una sonrisa enorme.

Detrás del mostrador, Fotini, con el delantal blanco y las manos en las caderas, aplaudía muy despacio, sin sonreír. Las dos señoras mayores de la tarta lloraban con un pañuelo. El obrero del casco, sin levantar los ojos del periódico, dijo con voz grave: «Ya era hora».

Fotini salió de detrás del mostrador con una bolsa de papel marrón en una mano y una rosquilla de canela en la otra. Se detuvo delante de la mesa. Nos miró a los dos, con los ojos negros y muy serios, y dejó la bolsa sobre el mantel.

—Para el camino —dijo—. Son de anteayer.

—Gracias, Fotini.

—No las he hecho por ustedes. —Se alisó el delantal—. Las hice el sábado, cuando vino la señora Petrakis y me dijo: «Prepáreme dos rosquillas para el lunes. De las buenas. Que van a hacer falta».

Eudora, desde el rincón, se atusó el moño con mucha dignidad.

Cormac y yo nos miramos. Nos echamos a reír, a la vez, con esa risa de impresora y de foca que se nos había pegado durante un mes, tan fuerte que tuvimos que sentarnos, cada uno en su silla, con las manos aún cogidas por encima del mantel.

—Voy a amonestar a todo el mundo —dije, cuando pude.

—Estás en una lista larguísima —dijo Cormac.

—La lista es tuya.

—La lista es de todos —dijo Wendell, desde el rincón—. Ahora se llama «Los que vamos a cumplir años a tu lado».

—Es un nombre muy largo —dijo Eudora.

—Es una sugerencia —dijeron los tres, a la vez.

A las nueve y veinte, el móvil de Cormac volvió a vibrar sobre el mantel. Lo miró. Se le abrió la cara.

—Es mi madre.

—Ponlo en altavoz.

Lo puso. Se oyó primero un ruido de cacharros y una campanilla, y después, con una claridad que hizo dar un respingo a las dos señoras de la tarta, una voz de Rhode Island con el volumen de una sirena.

—¡CORMAC!

—Mamá.

—¡Me ha llamado Eudora! ¡Hace tres minutos! ¡Por teléfono! ¡Desde una panadería!

—Ya lo sé.

—¡Me ha dicho que os habéis besado! ¡Que ha sido a las nueve y siete! ¡Que hay una pizarra!

—Ya lo sé, mamá.

—¡He hecho catorce tartas! ¡Las hice el jueves! ¡Por si acaso! ¡Y ahora no sé qué hacer con ellas!

—Cómetelas.

—¡No puedo comerme catorce tartas!

—Dáselas a Fergal.

—¡Fergal está de servicio! ¡Ay, Dios! —Se hizo un silencio con ruido de fondo—. ¿Está ahí?

—Está aquí.

—¿Cariño?

—Hola, Maeve —dije.

—¡Ay, cariño! ¡Ay, mi cariño! —Le tembló la voz, a ratos, en algún sitio detrás de la sirena—. Yo lo sabía. Lo sabía desde el vídeo. Desde el dedo. Lo sabía desde el domingo del taxi, con el paraguas.

—Ya lo sé.

—Domingo hay cordero.

—Ya lo sé.

—Cuatro postres.

—Ya lo sé, Maeve.

—Y trae al chico —dijo, y colgó, sin ninguna despedida, con el ruido de un teléfono que se deja caer sobre un mostrador.

Cormac se quedó mirando el móvil. Se echó a reír, con la cabeza hacia atrás, hasta que le llegaron las lágrimas.

—Es mi madre —dijo.

—Ya lo sé.

—Es la persona que más he querido en mi vida.

—Ya lo sé.

—Hasta hace nueve minutos. —Me cogió la mano por encima del mantel—. Es una cláusula que no estaba prevista.

* * *

La junta general extraordinaria de Merrow Group se celebró a las once de la mañana en la sala del catorce, con veinte sillas y una mesa de doce metros, y duró treinta y ocho minutos.

Recuerdo tres cosas. La primera es que en la pared, sobre la mesa, la pantalla de las cotizaciones mostraba en verde un número que yo no había visto nunca: 118,40.

La segunda es que Nils Brandvold, con su pluma y su libreta de actas, tomó nota del aforo con una solemnidad de notario de cuento: «Asisten, presentes o por vía telemática, ciento diez accionistas que representan el ochenta y siete coma cuatro por ciento del capital».

La tercera es que, a los diez minutos, cuando Ansel terminó de exponer la operación con las manos temblando y la carpeta gris abierta, y el orden del día pasó a la votación, en el silencio de la sala se oyó un ruido suave de uñas sobre un cojín de terciopelo, y un ladrido corto, agudo, sostenido.

—Consta en acta —dijo Nils, sin levantar la vista.

—¿El qué? —dijo Douglas.

—El voto de Sultán.

—El perro no tiene voto.

—Es lo que usted cree —dijo Augusta Pell, desde su silla, con el pequinés en brazos—. Nils, anote: a favor.

—Anotado —dijo Nils.

Antes, Nils me pidió que dijera unas palabras.

Me puse de pie. Doce accionistas en la sala, tres fondos en las pantallas y una jaula de cristal que era la mesa de doce metros. Recordé el guion de tres páginas que Hollis había tirado, o no. «Estoy muy emocionada». «Es una noche muy especial». Me aclaré la garganta.

—No voy a decir que estoy emocionada.

Se oyó una risa.

—Hace cinco semanas me pidieron una cara humana.

Yo no la tenía. Tenía una cifra, un atelier y un tarro de aceitunas.

—Miré alrededor—. Hoy les propongo comprar una empresa que se hunde con el dinero de otra que sube, y les digo que no lo hago por dinero.

Lo hago porque en la novena planta de mi edificio hay cuarenta y siete personas que se llaman Ingrid, Anselmo y un chico que se equivocó de planta en marzo.

Y porque no quiero que nadie tenga que aprender a decir «gracias por venir» a una jefa que baja una vez al año.

—Eso es sentimental —dijo Clifton.

—Es contable —dije—. Tiene cuarenta y siete entradas. —Bajé la vista a los papeles—. Eso es todo. Voten lo que quieran. Yo, a las nueve, ya he hecho la mayor inversión de mi vida.

—¿Cuál? —preguntó Douglas.

—Un miércoles.

Nadie entendió. Augusta, con Sultán en brazos, sonrió con toda la cara.

Se votó a mano alzada. Yo, en la cabecera, con la chaqueta azul noche y el jersey cuarenta y tres debajo, con la etiqueta «S.

M.» en la solapa, vi levantarse las manos una a una, como se ve subir el agua en un vaso: Augusta, con el brazo estirado y una cara de haber ganado ya; Priyanka Deshmukh, con su tablet en la otra mano; los gemelos, a la vez, con un ademán idéntico, sin mirarse; la viuda del fabricante de botones, con las mangas de un abrigo verde botella; Douglas, con las llaves del coche; Watanabe, desde una pantalla, con una taza de té; Clifton Rusk, sin decir «sinergias».

Clifton levantó la mano despacio, con una expresión de hombre que hace una cosa que no ha hecho nunca y que le gusta, y cuando la tuvo en alto, giró la cabeza hacia mí y movió los labios sin voz: «Idiota».

Sonreí. Con los dientes. No los de contrato.

—Noventa y dos por ciento a favor —dijo Nils—. Cuatro por ciento en contra. Cuatro por ciento abstenciones. Queda aprobada la adquisición de Bellerose por Merrow Group.