Solo una vez (Humor 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

El memorándum caducó a las doce de la noche del domingo, y lo supe porque Wendell me mandó un mensaje con una sola palabra: «Caducado».

Yo estaba sentada en la cabecera de la mesa de ocho plazas, con la lámpara encendida, el mantel azul y blanco de Eudora, una taza de té frío y la copia del papel delante, sobre el mantel, doblada en cuatro por las esquinas de haberla llevado un mes en el bolso.

La había sacado a las once y media. La había desdoblado.

La había leído entera, despacio, como se lee un texto que se conoce de memoria y que, sin embargo, cada vez cambia de sitio: la duración, la confidencialidad, el contacto físico, la mejilla en Providence, la cláusula de salida con veinticuatro horas de preaviso.

Al pie, dos firmas. La mía, plana, de contable.

La suya, grande y redonda, con un puntito en la i de Brannigan que no hace nadie.

A las doce y un minuto, por decir algo, dije en voz alta:

—Se acabó.

Nadie contestó. Ni el limón, que a esa hora dormía en su cuenco. Ni el tarro de aceitunas, en la nevera. Ni la pluma de Doris, que descansaba sobre el mantel, entre el plato y el tenedor, con su banda oscura hacia arriba.

Me quedé mirando el papel. Llevaba cuatro semanas pensando qué haría con él el día que caducara: quemarlo, enmarcarlo, guardarlo en un cajón, dárselo a Ansel, tirarlo a la basura, enviarlo a Vera con una nota.

Ahora que llegaba el día, no me apetecía ninguna cosa.

Solo me apetecía, con una intensidad muy rara, doblarlo otra vez en cuatro y meterlo en el bolsillo del abrigo azul, junto a la pluma, la libreta de Vera y el cuadrado de lana de Graziella.

Lo hice.

Después intenté ensayar. Fui al espejo del pasillo, me puse delante con las manos a los costados y dije, muy bajito, «Cormac», y me quedé callada.

Probé con «Tengo una cosa que decirte». Con «Ya sé lo que quiero».

Con «Es un asunto de negocios». Esa última me hizo reír tan fuerte, sola, en el pasillo de mármol, que tuve que apoyarme en la pared.

Probé con «Por favor». Probé con «Quédate».

Me miré a los ojos en el espejo.

—Sin ensayar —dije.

Había leído por la mañana la última página de Vera Lindholm.

No era una entrevista ni una crónica: eran ciento veinte palabras en la esquina inferior de la sección de opinión, bajo un título de dos palabras, «Con alguien», y sin firma más que unas iniciales.

«Esta periodista escribió hace cinco semanas que una casa estaba vacía.

Ha pasado tres domingos comprobando que no lo estaba.

Los datos son estos: una mesa con ocho sillas; un mantel azul y blanco; doce limones; una pluma gris.

No añade adjetivos. No hacen falta. V. L. ».

Apagué la luz. No dormí. A las seis y media me duché, me puse el jersey de lana cruda, el cuarenta y tres, el que había sido suyo, con el botón cuatrocientos uno en el bajo, que no había devuelto ni él había vuelto a pedirme, y encima la chaqueta azul noche, la de la etiqueta con dos letras.

Me miré en el espejo del dormitorio. Levanté los brazos. Ninguna prenda subió.

Bajé a la calle a las siete y cuarenta. Llovía un poco. El portero, con un paraguas abierto, dijo «Buenos días, señora Merrow» y añadió, tras una duda muy breve, «Enhorabuena por la semana».

—¿Cuál?

—La que sea —dijo, con una sonrisa que era de las que se dan a las personas que uno ve pasar todos los días y a las que, por fin, se atreve a mirar.

* * *

La panadería de Astoria se llama Ta Kalá Psomiá, que quiere decir «el buen pan», y la lleva desde hace cuarenta años una señora de ochenta llamada Fotini, con un delantal blanco y las manos como dos hogazas.

Está en una calle de casas bajas, entre una tienda de ultramarinos y una tintorería, con un escaparate empañado y una campanilla en la puerta que suena con un tono de latón viejo.

Entré a las ocho y cuarenta y cinco. Había olor a masa, a canela, a anís, a mantequilla, un olor tibio y espeso que se te pega a la ropa y que no se va en tres días. Detrás del mostrador, una mujer con moño gris y ojos negros levantó la vista de una bandeja de pasteles de hojaldre.

—Kyria Merrow —dijo.

—Buenos días.

—La mesa del fondo. La de la ventana. Ya está puesta. —Sonrió, y no era una sonrisa comercial: era una sonrisa de conspiradora—. Le he puesto el té sin limón.

—¿Cómo sabe que...?

—Me lo ha dicho la señora Petrakis.

—Eudora.

—Viene los sábados. Se sienta ahí. —Señaló una mesa del rincón, contra la pared, con un periódico doblado encima—. Hoy no ha venido. Ha dicho que tenía un compromiso.

Me senté en la mesa del fondo, junto a la ventana, con el abrigo azul sobre el respaldo y las manos sobre el mantel de cuadros.

Delante había dos tazas de té, un platillo con dos rosquillas de canela y una jarrita de leche.

Un radiador silbaba muy bajo. Fuera, la lluvia dibujaba sobre el cristal empañado una lista de caminos.

Miré el reloj. Ocho y cuarenta y siete.

En la otra punta de la panadería, dos señoras mayores compartían una tarta.

Un obrero con casco y un vaso de café para llevar leía el periódico en el mostrador.

En la mesa del rincón, la de Eudora, había tres personas que leían periódicos, con los periódicos abiertos delante de la cara: dos hombres y una mujer, con la cabeza inclinada, una ceja asomando.

No les di importancia. En una panadería de Astoria a las nueve menos trece de la mañana hay siempre tres personas leyendo periódicos.

A las ocho y cincuenta y seis, la campanilla de la puerta sonó.

Cormac entró con la cazadora oscura, el gorro gris y el pelo mojado.

Se sacudió el agua con una mano, miró la panadería con los ojos muy abiertos, buscó, y me vio.

Se quedó parado en el umbral. No sonrió.

Tenía una expresión que yo conocía desde una cinta adhesiva, un tren, un patio de ladrillo: la de un hombre que ha decidido no huir.

Vino hasta la mesa. Se quitó el gorro. Se sentó frente a mí.

—Llegas a tu hora —dijo.

—Llego a mi hora.

—Es una novedad. —Miró el té, las rosquillas, el mantel de cuadros—. Has puesto la mesa.

—La ha puesto Fotini.

—Ya. —Se pasó una mano por el pelo—. Llevas mi jersey.

—Es el cuarenta y tres.

—Es mi jersey.

—Es el jersey de la colección. Me lo prestaste el jueves. Me quedé con él.

—Ya lo veo. —Bajó la vista—. Te queda bien.

—Me queda grande.

—Se le puede dar forma.

Nos quedamos callados. El radiador silbaba. Cormac sacó el móvil del bolsillo, lo puso sobre el mantel, con la pantalla hacia abajo, y lo dejó allí, entre las dos tazas.

—Es Lombardi —dijo.

—¿A las nueve?

—A las nueve. Gilda ha dicho que llamarían al segundo exacto. —Miró el reloj de la pared, un reloj de cocina con un gallo pintado—. Ocho cincuenta y nueve.

—Ya.

—Tengo un minuto.

—Tienes un minuto.

—¿Empezamos?

—Sin ensayar —dije.

—Sin papel.

—Sin nadie.

—Contamos hasta tres. —Se inclinó hacia delante, con los codos sobre el mantel—. Y lo decimos a la vez.

—¿Lo qué?

—Lo que queremos.

—Es una cosa muy pequeña.

—Es lo que hay.

Respiré. Miré su cara, los ojos claros, el hoyuelo, la barba de un día, la mandíbula. La lluvia caía sobre el cristal. Detrás del mostrador, Fotini sacaba una bandeja de un horno con un ruido de metal caliente.

—Uno —dijo.

—Dos —dije.

El móvil vibró sobre el mantel. Un zumbido corto, largo, corto. Nos miramos.

—Tres.

—Quédate —dije.

—Me quedo —dijo.

Fue una sola frase. Dos, a la vez, superpuestas, en una panadería de Astoria, con el ruido del radiador y de la lluvia, y por un momento no supe si era yo quien decía la de él ni él quien decía la mía.

Nos quedamos mirándonos. Nadie se movió.

El móvil, entre las dos tazas, siguió vibrando, con una insistencia de mosca.

—Repite —dijo él.

—Quédate.

—Me quedo. —Sonrió, con el hoyuelo entero—. Otra vez.

—Quédate.

—Me quedo.

Cogió el móvil. Lo giró. En la pantalla, un número italiano, con prefijo +39. Lo miró un segundo. Contestó con el pulgar, sin levantar los ojos de mí.

—Pronto.

Una voz de hombre sonó al otro lado, en italiano, rápida, cálida.

Cormac escuchó. Dijo: «Signor Lombardi. Buon giorno».

Escuchó otra vez. «No, grazie». Escuchó.

«No. Ma grazie mille, davvero». Escuchó un rato largo, con la cabeza gacha y los ojos cerrados, y al final se rio con una risa cansada y dijo: «Sí. Sí, sí. Un abrazo a su mujer». Y colgó.

Dejó el móvil sobre el mantel, con la pantalla hacia abajo.

—No —dijo.

—¿No?

—Le he dicho que no. —Se recostó en la silla—. Que gracias, pero no. Que me quedo.

—Cormac.

—Ya sé lo que vas a decir.

—Vas a decir que es por mí.

—Es por las dos cosas —dijo—. Es por ti y por mí. No te asustes.

—Me asusto.

—Ya lo sé. Es un buen síntoma. —Cogió una rosquilla, la partió, y me tendió la mitad—.

Escucha. Gilda dice que es el trabajo de mi vida.

Que no habrá otro igual. Que dentro de diez años me arrepentiré.

Y he pensado mucho, esta semana, sentado en mi casa con la escalera plegable detrás de la puerta.

Y creo que es verdad. Que dentro de diez años me arrepentiré de algo.

—Entonces...

—Pero no de esto. —Se le quebró apenas la voz—.

Me arrepentiré de muchas cosas. De no haber llamado a Anouk cuando me lo pidió.

De no haber ido más a Providence. De los calcetines.

Pero de esto, no. Porque he mirado dentro y lo que hay es una cosa muy sencilla: no quiero que me vean en Milán.

Quiero que me vean aquí. En un jersey que no estaba en la colección.

Con una paloma en la mano. Con una mujer que ordena los platos por tamaño.

—Cormac...

—Tengo miedo de que te asustes —dijo, sin mirarme—. Pero tengo más miedo de no habértelo dicho.

—Yo no me asusto.

—Mientes con el labio.

—Es un tic.

—Es tu manera de decir que algo importa. —Levantó los ojos—. Ahora tú.

Cogí aire.