Solo una vez (Humor 3) Capítulo 18 #4
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Capítulo 18 #4

—Firmo el lunes. —Le tembló muy poco el labio—. Y quiero que me hagas un abrigo. Uno solo. Con la sisa a un centímetro y medio.

—Te lo hago.

—No se lo digas a nadie.

—A nadie.

Me tendió la mano. Se la estreché. Después, sin soltármela, con un gesto que le costó un esfuerzo visible, se inclinó hacia delante y me dio un beso en la mejilla, seco, rápido, casi sin rozarme. Se enderezó. Se ajustó las gafas.

—Buenas noches —dijo, y se fue por el pasillo con el paso de una persona que ha hecho algo que no piensa repetir.

Recuerdo, por último, a los Brannigan.

Llegaron en tropel: Fergal el primero, con la cara roja y los brazos abiertos; Bridie con un pañuelo en cada mano; Declan y Lucien, cogidos de la mano y llorando los dos; los gemelos, corriendo; Finn, con la cabeza dentro de un cubo; y Bruce, con la lengua fuera, que se me sentó otra vez encima de los pies.

Maeve venía la última, del brazo de Dermot.

Se detuvo delante de mí. Con el abrigo azul marino ya un poco arrugado, con el moño ladeado, con las mejillas mojadas y una sonrisa muy pequeña, de esas que se hacen con la cara entera.

No dijo nada. Me puso las dos manos en las mejillas y me miró un rato.

—Anda, cariño —dijo, muy bajo.

—Ya he andado.

—Ya lo sé. Lo he visto.

Dermot, detrás, con el cigarro sin encender y las manos enormes, se aclaró la garganta.

—Doris ha vuelto al tejado —dijo.

—¿A cuál?

—Al de aquí. Se ha quedado en la claraboya. —Miró hacia arriba, hacia las vigas—. Mañana la recojo. Está muy bien.

—Dermot...

—No es un regalo —dijo, mirando el techo—. Pero se ha quedado a verte.

Me eché a reír, con la nariz. Maeve se echó a reír también, con las lágrimas cayéndole. Cormac, a mi lado, que había estado callado todo el rato, con la mano cogida a la mía, se pasó la otra por la cara.

* * *

A las doce menos cuarto, cuando ya se habían ido casi todos, salimos los dos por una puerta lateral a una escalera de incendios que daba a un patio trasero.

Hacía frío. Era un patio de ladrillo, con tres cubos de basura y una farola que parpadeaba, y por encima de los tejados de Chelsea se veía, muy pequeño, un trozo de cielo con dos estrellas.

Nos sentamos en el tercer peldaño, uno al lado del otro.

Yo llevaba la chaqueta puesta y el abrigo azul marino sobre los hombros, y en el bolsillo, todo lo que había ido acumulando: la pluma, la libreta de Vera, el cuadrado de lana de Graziella.

Cormac, en camisa, con el jersey de lana cruda doblado sobre las rodillas, se frotaba las manos.

—Hace frío —dijo.

—Sí.

—¿Quieres mi jersey?

—Es el cuarenta y tres.

—Es un jersey.

—Es la mejor prenda de la colección.

—Es la que no estaba. —Se giró hacia mí—. Póntelo.

Me lo puse por encima de la chaqueta. Me quedaba enorme. Las mangas me llegaban a los nudillos. Olía a lana, a lavanda, a un poco de sudor de foco.

—Te queda bien.

—Me queda grande.

—Es lo bonito de las cosas grandes. Que se les puede dar forma.

Me reí.

—Es lo que dijo Eudora.

—Es lo que dice mi madre. —Miró hacia arriba, hacia las dos estrellas—. Lo de la paloma.

—Lo sé.

—Yo no sabía que era Doris.

—Ya lo sé.

—Cuando la vi bajar, pensé: «Aquí se me acaba la carrera». —Sonrió—. Y cuando se me puso en la mano, pensé: «Aquí empieza».

—¿Qué?

—No sé. Otra cosa.

Nos quedamos callados. Se oyeron, dentro del edificio, unos pasos lejanos, una puerta, una voz que pedía una escoba. En el patio no pasaba nada. Solo la farola, que se apagaba y encendía con un ruido de insecto.

—Lunes —dijo.

—Lunes.

—A las nueve.

—A las nueve. —Respiré—. ¿Dónde?

—En la panadería de Astoria.

—Con dos tés.

—Y una rosquilla de canela. Partida en dos.

—Y las dos respuestas.

—Sin ensayar.

—Sin ensayar —dije—. Sin papel.

—Sin nadie.

—Sin nadie.

Se quedó mirándome. En sus ojos, muy claros, con la luz intermitente de la farola, había una cosa que ya no se disimulaba: un miedo tranquilo, con un fondo de sol.

—Saskia.

—Dime.

—Te he visto salir.

—Ya lo sé.

—Lo que hiciste ahí dentro no lo hace nadie.

—Lo hizo un perro.

—Lo hiciste tú. —Me cogió la mano por encima de la manga demasiado larga—. Anduviste treinta y cuatro pasos.

—Treinta y cuatro. —Sonreí—. Los últimos, sin contar.

Se inclinó hacia mí. Yo no me moví. Se acercó hasta que me llegó el calor de su cara, la respiración, el olor.

Me apoyó la frente contra la mía. Nos quedamos así, con los ojos cerrados, en el tercer peldaño de una escalera de incendios, sin besarnos, con las dos frentes juntas y la respiración mezclada, un rato que fue mucho más largo que el del atelier.

—Lunes —dijo, muy bajo.

—Lunes.

Bajó las escaleras primero. Se detuvo en el patio, con las manos en los bolsillos y la cabeza levantada. Yo me quedé un momento sentada, con su jersey puesto, mirando cómo se alejaba por el pasillo de ladrillo, bajo la farola que se apagaba y se encendía.

En el bolsillo, la pluma. La libreta. El cuadrado de lana. Saqué la pluma. La sostuve un momento, gris azulada, con su banda oscura en la punta. Cerré la mano.

Y por primera vez desde que tenía memoria, mientras un desfile terminaba a mi espalda y una ciudad entera se quedaba dormida, no pensé en ninguna cifra.