Solo una vez (Humor 3) Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

Y me acordé, sin querer, de una frase de una mañana de domingo en un despacho, con una manzana sin morder: «Sultán ladra siempre en el segundo cuarenta y uno. Creo que le da miedo verla feliz».

Me eché a reír.

Fue una risa pequeña, por la nariz, sin ruido, la de la impresora atascada, con el pecho, con los hombros.

No pude pararla. Me sonreí. Con los dientes.

No los de contrato ni los de accionista.

Los otros. En medio de la pasarela, con los brazos a los costados, con un traje azul noche y una etiqueta con dos letras bordadas.

En la sala se oyó una carcajada suelta. Después, otra. Después una ola, un ruido cálido y desordenado, con Augusta gritando «¡Lo ves!» a un perro y Clifton doblado por la mitad, y de pronto, de nuevo, desde la tercera fila, la voz de una mujer que dijo, muy clara, en el silencio que quedaba:

—¡Anda, cariño!

Anduve.

Catorce. Quince. Dieciséis. Diecisiete. Con la sonrisa todavía en los labios, con los ojos fijos en la mano, con un ruido de aplausos que crecía a mis lados.

Dieciocho. Diecinueve. Veinte. Veintiuno.

Al pasar por delante de la tercera fila vi a Dermot, de pie, con el cigarro sin encender, y a Maeve, con la boca abierta, sin lágrimas, con la cara descubierta de una mujer que lleva mucho tiempo esperando algo.

Veintidós. Veintitrés. Veinticuatro. Los últimos pasos los di sin contarlos.

Llegué al final de la pasarela. Me detuve delante de Cormac. Estábamos a treinta centímetros, con el foco color miel encima, a medio metro de una mano abierta.

—Treinta y cuatro —dijo, muy bajo.

—Lo sé.

—Ha ganado Eudora.

—Ha ganado Otis.

—Ha ganado Dermot.

—Ha ganado una paloma.

Sonrió. No con el hoyuelo. Con la cara entera, sin ninguna reserva, con los ojos muy claros y la boca abierta.

—Consulta —dijo.

Levanté una ceja.

Levantó la suya. Solo una. Sin sorpresa.

Le cogí la mano. La sostuve con las dos mías, delante de cuatrocientas personas, con las palmas juntas y los dedos entrelazados. Y en el momento en que la sala entera se puso de pie, con un ruido que llenó La Sombrerería hasta la claraboya, nos giramos los dos hacia el público.

—El hito —dijo él, entre dientes, sin dejar de sonreír.

—Un beso —dije—. Al aire.

—En la mejilla.

—En la mejilla.

Nos inclinamos. A un centímetro. Dos. La barba de un día, el calor de su cara, el olor a lana y a lavanda, y una cosa más que no supe identificar.

Me acerqué a su mejilla con los labios entreabiertos.

Él inclinó la cabeza hacia la mía. Y por un segundo largo, muy largo, los dos nos quedamos allí, sin tocarnos, a un centímetro, con los ojos cerrados y el ruido de una sala entera a nuestro alrededor.

No nos besamos.

Nos quedamos a punto.

Cuando abrí los ojos, él me miraba desde muy cerca con una expresión que tenía escrito, con letra pequeña, un «lunes». Le sonreí. Nos separamos. Nos giramos hacia el público, con las manos cogidas, y levantamos los dos brazos a la vez.

Ninguna prenda subió.

* * *

Después no recuerdo casi nada.

Recuerdo que salimos por la cortina del fondo, cogidos de la mano, y que en el backstage, en cuanto se cerró la tela detrás de nosotros, estalló un ruido que no era un aplauso: era una cosa más ancha, más redonda, de doscientas personas hablando a la vez, con los abrazos al fondo y las botellas de agua rodando por el suelo.

Recuerdo a Otis, subido a una caja, borrando algo de la pizarra y escribiendo otra cosa con letra grande: «34.

Ganador: TODOS», y debajo un flan dibujado a tiza con una cucharilla.

Recuerdo a Noor llorando en el hombro de Pippa, que le pasaba un pañuelo con la mano libre.

A Trevor, que se me plantó delante con los ojos brillantes y dijo: «He pensado en la manga, señora Merrow»; y a Dagmar, detrás, tapándose la boca.

Recuerdo a Eudora. Entre todo aquel ruido, con las gafas empañadas y el metro amarillo al cuello, quieta, en medio del pasillo. Se acercó. No dijo nada. Me puso las dos manos en las solapas de la chaqueta, me las alisó, y se quedó mirándome un rato largo, con los ojos muy claros.

—Sisa perfecta —dijo.

—Es correcta.

—Saskia.

—Es perfecta —dije.

Sonrió con la lengua entre los dientes.

Recuerdo a Clifton Rusk, que me estrechó la mano con las dos suyas durante tanto rato que llegué a pensar que no me la iba a devolver.

—Es una idiotez con estilo —dijo.

—Ya lo sé.

—El lunes te veo. Con el catorce.

—Con el catorce.

—Y con el treinta y cuatro que tienes tú.

—Y con el que tengo yo.

—Sinergias —dijo, y se fue con los ojos húmedos, hablando solo.

Recuerdo a Marguerite Hale, que fue la última en llegar, con el maletín en una mano y una expresión imposible de leer. Se plantó delante de mí. Me miró de arriba abajo. Miró la chaqueta, la etiqueta bordada, las bailarinas azul marino.

—Es la mejor cosa que he visto en un desfile en veintidós años —dijo.

—Gracias.

—Y no he contado sillas.

—Ya lo sé.