Solo una vez (Humor 3) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Segunda fila: Ansel, con dos manzanas en cada bolsillo; Hollis, con la corbata amarilla y los ojos húmedos desde las siete y diez; Lorraine Pettibone, con las gafas de leer en la punta de la nariz; Watanabe, que había cogido un vuelo de trece horas para preguntar una sola cosa a la entrada («¿Dónde está el perro? »); Amedeo y Graziella.

Tercera fila. Cuatro sillas con un cartelito escrito a mano, «Reservado.

Familia». Maeve, con un abrigo azul marino con cinturón que le caía como un abrigo, con el pelo recogido en un moño blanco y las manos juntas sobre el regazo.

Dermot, con la chaqueta del forro color paloma, el cigarro sin encender y las manos enormes sobre los muslos.

Fergal, con Bridie, con Niall, con Ronan, con Declan, con Lucien Marchand, que lloraba en silencio, y los cuatro niños alineados en la grada, con Bruce, sentado en el pasillo con una expresión de compostura absoluta.

Quinta fila: Ilse Brandt y Dominic Weyl, con la cámara sobre las rodillas. Vera Lindholm, con las manos vacías. Anouk Delorme, con un vestido color camello y los zapatos de tacón en la mano, que me vio en la rendija y me hizo un gesto con dos dedos que quería decir «Adelante».

Última fila. Una mujer sola, con un traje de chaqueta de hombre, el pelo gris cortado a la altura de la barbilla y un maletín de cuero marrón sobre las rodillas, sentada muy recta, con la mirada fija en la pasarela, decidida a asistir a algo por una vez.

—Marguerite —dije.

—Ha llegado a las siete y media —dijo Wendell—. La primera. Se sentó y no se ha movido.

—Dijo que en la última.

—Dijo que sin contar cuántas sillas había pagado.

—Ya. —Cerré la cortina—. ¿Faltan?

—Nadie. Vienen por orden. Solo falta el que abre.

—Está en el biombo.

—Con Noor. —Wendell miró la hora—. Nueve minutos.

Me giré. Detrás de mí, apoyada en la pared, la pizarra de Otis. Al lado de «Pasos», debajo del cero con el signo de interrogación, alguien había escrito con tiza verde, con la letra redonda y cuidadosa de una mano que no era la de Otis: «34». Y debajo: «(el último es el mío)».

—¿Quién ha escrito eso? —dije.

—Nadie —dijo Eudora.

—Eudora.

—Es una sugerencia.

* * *

A las ocho menos un minuto se apagaron las luces de la sala.

Yo estaba detrás de la cortina del fondo, con las manos abiertas a los costados y el pulso de un tren.

Cormac, a tres metros, en la penumbra, sujetaba el borde de un abrigo gris con el aire de una persona que no ha dormido.

Nos miramos una sola vez. No dijimos nada.

Empezó la música: un violonchelo solo, un tema sencillo que Eudora había elegido, con una nota larga al principio, como una respiración.

—Cinco —susurró alguien.

—Cuatro.

—Tres.

—Dos.

—Uno.

La cortina se abrió. Cormac Brannigan salió a la pasarela con un abrigo de lana gris antracita, sin gorro, con las manos sueltas y el paso lento de doce años que no se le había acabado, y a los cinco metros el paso cambió. Se le aflojó. Se le alargó. Se le hizo otro.

Desde la rendija, con las dos manos apretadas contra el pecho, lo vi recorrer los veinticinco metros de madera blanca bajo una luz cenital, con el cielo violeta de la claraboya detrás y cuatrocientas personas con la respiración contenida.

Llegó al final. Se detuvo. Giró. Volvió.

Y a los diez metros, al pasar delante de la primera fila, miró a Clifton Rusk, que tenía la boca abierta, y le guiñó un ojo.

Clifton dijo, en el silencio de la sala, con una voz perfectamente audible: «Sinergias».

Se oyó una risa. Después otra. Y luego el primer aplauso, aislado, de alguien que no supo contenerse. Wendell, a mi lado, se tapó la boca con el puño. Eudora, con las gafas empañadas, murmuró: «Ya».

Salieron los demás. Trevor, con el traje azul y la mala cara más perfecta que había visto nunca en un hombre guapo; Kade, con una cara de ministro impecable; Malachi, con los ojos muy abiertos; Anders, sin expresión; Rafferty, a la distancia estándar.

Los cuarenta y tres looks pasaron por la pasarela de La Sombrerería en veintidós minutos exactos, con una precisión que me pareció a ratos un milagro y a ratos una obra de artesanía, y cada vez que uno de ellos levantaba el brazo, la lana lo acompañaba.

Cada vez. En la sala se oían, por debajo de la música, los pequeños ruidos de una gente que ha aprendido a fijarse: un carraspeo, un «mira la espalda», un «se ve la caída».

Lorraine Pettibone se había quitado las gafas y las sujetaba con las dos manos.

Ilse Brandt escribía sin mirar el papel.

En el look veintidós, Cormac salió con la gabardina.

Y en ese momento, por la claraboya del techo, con un aleteo que todo el público oyó antes de ver, entró una paloma.

Fue una paloma pequeña, gris, con el pecho azulado.

Descendió en espiral desde la luz cenital, dio una vuelta encima de la primera fila, con Sultán levantando la cabeza y la nariz de Augusta Pell fruncida, y se posó sobre la pasarela blanca, a siete metros del extremo, con las plumas erizadas y la cabeza ladeada.

En la sala se hizo un silencio como una piedra.

Cormac se detuvo.

A quince metros de mí, en el centro de la pasarela, con la gabardina beige abrierta, con las manos sueltas, lo vi quedarse inmóvil.

Le vi respirar. Le vi tragar. Le vi mirar a la paloma, a un metro de sus zapatos, con el ojo naranja sin expresión.

Se oyó, en la tercera fila, un ruido: Dermot se había puesto de pie.

—Papá —dije, sin voz.

Dermot, con una mano en el respaldo de la silla, no hizo nada. Solo miraba.

Cormac dio un paso. Después otro. Con las manos abiertas, con la barbilla levantada, con una lentitud infinita, avanzó hacia la paloma, y cuando estuvo a un palmo, la paloma no se movió.

Cormac se agachó. No fue una huida. Fue un gesto lento, con las rodillas dobladas, hasta ponerse a su altura.

Alargó la mano. La puso sobre la madera, con la palma hacia arriba.

La paloma miró la mano.

Ladeó la cabeza. Dio un paso corto, rítmico. Picoteó el aire. Se subió de un salto a la palma.

En la sala se oyó un sonido que no era un aplauso ni un grito: fue una respiración colectiva de cuatrocientas personas.

Cormac se incorporó, muy despacio, con una paloma en la mano abierta, y se quedó de pie en el centro de la pasarela con la gabardina beige y el hoyuelo entero, mirándola.

Después levantó el brazo. La paloma batió las alas y voló hacia el techo, por el hueco de la claraboya, hacia el cielo violeta.

Dermot se sentó. Se sacó el cigarro de la boca. Se quedó mirándolo. Maeve, a su lado, con la mano en la boca, lloraba sin ruido.

Entonces empezó el aplauso.

Fue un aplauso que no se pudo detener. Una ola que subió de las últimas filas, atravesó las gradas, alcanzó a Clifton, que se puso de pie sin saber por qué, y a Augusta, que se levantó con Sultán en brazos, y a Ilse, que dejó la libreta, y a Marguerite, la última, que no se movió del sitio pero aplaudía con las dos manos contra el maletín.

Cormac, en medio de la pasarela, sin mirar a nadie, giró sobre sí mismo una vez, y siguió andando.

Wendell me cogió del brazo.

—Era Doris —dijo, casi sin voz.

—¿Qué?

—La paloma. Era Doris. —Se pasó el dorso de la mano por la nariz—. Dermot se la ha traído en un autobús. En la caja. Y se la ha soltado desde la escalera de incendios a las ocho menos cuarto, antes de sentarse, y le ha dicho que entrara cuando oyera la música del veintidós.

—No.

—Sí.

—Dime que no.

—Se lo he dicho a Eudora. Ella lo sabía.

—Eudora.

—Yo no estoy —dijo una voz, muy bajo, a mi derecha.

* * *

Cuando Cormac salió con el jersey de lana cruda, con las mangas remangadas, con el botón cuatrocientos uno cosido en el bajo, donde no se ve, faltaba un solo paso.

El look cuarenta y tres cerraba el desfile. Lo había dispuesto así. Al terminar, la pasarela quedaría vacía, con Cormac de pie al final, mirando hacia la cortina del fondo. Y yo tenía que salir.

Fue muy fácil verlo desde la rendija. La luz cambió: la cenital se apagó y quedó solo una franja cálida, de color miel, a lo largo de la madera blanca.

La música se hizo más lenta. Cormac recorrió los veinticinco metros con el paso más sencillo que le había visto nunca, sin ningún gesto de pasarela, con las manos en los costados y la vista al frente.

Llegó al final. Se giró. Se quedó allí, mirando hacia mí, con la palma derecha abierta hacia arriba.

En la sala no se oía nada.

—Ahora —dijo Eudora.

Salí.

Pisé la madera blanca con las bailarinas azul marino, y el primer paso me pareció más alto que ninguno.

Levanté la vista. Delante de mí la pasarela se abría, veinticinco metros de luz color miel, con el suelo pulido y a los lados las gradas llenas de cuatrocientas personas en una oscuridad que respiraba.

Al fondo, muy lejos, un hombre con un jersey de lana cruda y una mano abierta.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.

Estaba bien. Los pies obedecían. La lana me caía de los hombros con su limpieza y no se movía.

Seis. Siete. Ocho. Nueve. Al pasar por el borde de la primera fila, vi con un rabillo del ojo a Augusta Pell, de pie, con Sultán en brazos, y a Clifton, con las dos manos sobre el pecho, y a Priyanka, con la tablet apagada. Diez. Once. Doce.

En el trece, me detuve.

No sé por qué. Fue un frío repentino, subido desde las plantas de los pies, una cosa larga y antigua, la misma que llevaba tres semanas con nombre de cinta adhesiva.

La vista se me llenó de puntos. Las gradas empezaron a moverse.

Quince metros de madera blanca me pareció que se estiraban hasta ser trescientos.

Nadie decía nada. Cuatrocientas personas contenían la respiración. Al fondo, Cormac no movió la mano.

Y entonces, en el silencio, desde la primera fila, con una claridad que se oyó hasta en la última, alguien ladró.

Fue un ladrido corto, agudo y sostenido. Un ladrido de pequinés con lazo azul.