Capítulo 18
Otis se había traído la pizarra.
La vi en cuanto entré por la puerta de artistas de La Sombrerería, una antigua fábrica de sombreros de Chelsea con claraboyas de cristal en el techo y suelo de tablones, apoyada contra una pared del backstage, entre un perchero con abrigos numerados y una mesa con veinte botellas de agua.
Alguien la había colgado a la altura de los ojos con dos clavos.
Arriba, con tiza verde, con su letra redonda: «Jueves».
Debajo, dos columnas. En la primera, «Pasos».
En la segunda, un cero, y al lado, subrayado, un signo de interrogación que había ido cambiando de tamaño a lo largo de la tarde.
—¿Qué hace eso aquí? —dije.
—Da suerte —dijo Otis, con una gorra de la casa hundida hasta las cejas y un rotulador de tela pegado a la oreja.
—Es una pizarra.
—Es una sugerencia.
—Otis.
—La ha traído Eudora. En el camión de las perchas. Dijo que si no venía la pizarra, no venía ella.
Eran las cuatro de la tarde. Faltaban cuatro horas para las ocho, que era la hora del desfile, y el backstage de La Sombrerería tenía ya el ruido de un mercado en sábado: doscientas personas moviéndose entre perchas, biombos y mesas de maquillaje, ochenta metros de cable por el suelo, tres focos de tela colgados de las vigas, un equipo de peluqueros con laca en las manos, una orquesta de móviles sonando a la vez, y encima de todo eso un olor mezclado de lana, plancha, café frío y nervios.
Me quedé un momento en la puerta, con el abrigo azul marino y la funda negra del traje colgada del brazo, mirando aquello.
Nadie me miraba. Era la primera vez, desde que tenía una empresa, que entraba en un espacio de trabajo y nadie dejaba de hacer lo que hacía.
Una costurera pasó con la boca llena de alfileres y dijo «Hola, Saskia» sin volverse.
Un electricista, subido a una escalera, dijo «Cuidado con el cable» sin ninguna solemnidad.
Un chico con una tablet se detuvo un segundo, me miró y dijo: «El dieciocho tiene un hilo suelto». Y siguió andando.
—Qué raro —dije.
—¿El qué?
—Que no me tienen miedo.
—Te tienen respeto —dijo Wendell, saliendo de detrás de un biombo con los auriculares al cuello y la tablet en la mano—. Es distinto. Es lo que te ha costado un mes.
—Eso es una frase de Hollis.
—Es de Priyanka. La ha mandado esta mañana. —Bajó la voz—. Los accionistas están sentados.
—¿Todos?
—Los nueve más los tres de las pantallas, más Douglas, que ha llegado con una hora de adelanto porque quería aparcar.
—¿Y dónde ha aparcado?
—En doble fila. Le he dicho que no pasa nada.
Me sonó el móvil. Un mensaje de Clifton Rusk, con una sola palabra: «Sinergias». Y debajo, un emoji con las manos juntas. Lo enseñé a Wendell.
—Es su forma de decir «suerte» —dijo.
—Es una forma horrible.
—Es la suya.
* * *
A las seis empezó a llegar la gente que yo había invitado y la que había venido sin que nadie la invitara.
El backstage se llenó de caras conocidas a la hora de los peinados.
Dagmar Quist apareció con una chaqueta de cuero nueva y las gafas de pasta empañadas, seguida de cinco modelos que reconocí de una tablet un martes por la mañana: Kade, Malachi, Anders, Rafferty, y Trevor, con su sonrisa carísima, con un traje azul de la colección que le quedaba cosido sobre la piel.
—No sonrío —dijo Trevor, con los ojos muy abiertos—. Pienso en una manga más corta que la otra. Me lo enseñó Cormac el martes.
Miré a Dagmar. Dagmar levantó las manos con las palmas hacia arriba.
—Es un milagro —dije.
—Es un curso —dijo Trevor.
Kade, con aire de ministro, se ajustó una corbata. Malachi, con el alma a flor de piel, respiraba muy despacio. Anders, sin ninguna expresión, comprobaba en un espejo si se le veía la barbilla. Rafferty, con los ojos a la distancia estándar, miraba una percha con el desdén de un rey.
A las seis y cuarto llegaron Amedeo Bertolazzi y su mujer.
Los vi desde la puerta lateral: un hombre bajito de bigote blanco, con las manos en los bolsillos de un traje de tres piezas de una lana gris que reconocí a diez metros, y a su lado una señora de setenta años, con el pelo recogido en un moño y un abrigo de lana gris, de corte impecable, con las solapas anchas y los botones de nácar.
Un abrigo que me había pedido yo, sin saberlo, en doce metros de un rollo que no había llegado.
—Signora Merrow —dijo Amedeo, con las manos abiertas—. Le presento a Graziella.
—Encantada.
—Es usted más delgada de lo que dice el periódico —dijo Graziella, con un acento que era de Milán y de la abuela de alguien—. Le he traído un regalo.
Me tendió una cajita de cartón atada con un cordel rojo. Dentro, sobre papel de seda, había un cuadrado de lana gris de veinte por veinte, con el borde cosido a mano.
—Es un trozo del abrigo. De los doce metros. No lo pierda. Es lana de Biella. Se guarda.
Me lo metí en el bolsillo del abrigo, junto a la pluma de Doris y la libreta de Vera. Empezaba a ser un bolsillo de mucha gente.
A las seis y media un mensajero dejó en la puerta de artistas un paquete alargado envuelto en papel marrón, con una tarjeta. Wendell me lo trajo con dos dedos.
—Es de un remitente que no me gusta.
Lo abrí. Dentro había un paraguas. Negro, de nailon barato, con el mango de plástico brillante y las varillas visiblemente torcidas. Nuevo. En la tarjeta, con una caligrafía de tinta azul, de las que se aprenden en un colegio de Ginebra: «Para que no se moje. Suerte, querida. F.».
—¿Lo tiro? —dijo Wendell.
—No.
—¿Lo quemo?
—No. —Lo cerré con dos golpes y se lo devolví—. Se lo das a Pippa. Que lo use cuando llueva.
—Es de Ferdinand.
—Es un paraguas.
—Es un paraguas de Ferdinand.
—Wendell.
—Lo sé. —Lo cogió, muy serio—. Es una sugerencia.
* * *
Cormac llegó a las siete menos veinte por la puerta de artistas, con la bolsa de deporte al hombro y el gorro gris.
Yo estaba en el fondo del backstage, en un cubículo con cortinas que habían habilitado como camerino, con una silla, un espejo y una lámpara.
Me habían quitado el abrigo. Llevaba ya el traje azul noche, la chaqueta con la etiqueta «S.
M.» en la solapa, la falda recta y el jersey de cuello alto.
Me estaba atando los zapatos: unas bailarinas azul marino que Eudora había mandado teñir a juego, porque había decidido que las de doce en doce eran un delito.
Un peluquero, con laca, me había dado una tregua de treinta segundos.
—Saskia —dijo la voz de Cormac, al otro lado de la cortina.
—No entres.
—Ya lo sé. No he entrado.
—Estoy vestida.
—Ya lo sé. —Silencio—. Eudora me ha dicho que no puedo verte hasta las ocho.
—Eudora tiene razón.
—Eudora está aquí. Ahora mismo. Detrás de la cortina de la izquierda, con las gafas puestas y el metro al cuello.
—No estoy —dijo la voz de Eudora, desde el otro lado.
—Está —dijo Cormac.
—No estoy.
—Eudora.
—Vale, estoy. —La cortina de la izquierda se movió un poco. Asomó una mano con un metro amarillo—. Pero solo quiero mirar.
—Mirar qué —dije.
—La cara que pone.
—Eudora.
—Es una sugerencia.
Me eché a reír. Tenía los dedos en los cordones, sin saber cómo anudarlos. Respiré. Me levanté.
—Vale —dije—. Entra.
La cortina se abrió. Cormac Brannigan apareció en el hueco con el gorro en la mano, en una camisa blanca y unos pantalones de traje, con la bolsa de deporte todavía al hombro. Sonreía a medias, con un gesto de niño que va a abrir un regalo. Y entonces me vio.
No dijo nada. No se movió. La sonrisa se le fue, no de golpe, sino con el mismo desmantelamiento que había hecho Dominic con su cara el miércoles: capa a capa, el hoyuelo, las cejas, la mandíbula, el ángulo de la boca.
Se quedó ahí, con la mano en la cortina y la bolsa resbalándole del hombro, sin respirar.
Yo tenía las manos a los costados. Los pies, uno delante del otro, sobre unas tablas de madera. La lana me caía de los hombros con una limpieza que no me correspondía. Me sentía, por primera vez desde hacía treinta años, exactamente del tamaño que tenía.
—¿Se sube? —dijo, por fin.
Levanté el brazo derecho. Después el izquierdo. Los dos, hacia el techo.
—No.
—Perfecto —dijo.
La voz le salió más baja de lo que él esperaba. Se aclaró la garganta. Soltó la bolsa. Cayó al suelo con un ruido sordo.
—Estás...
—No lo digas.
—Es que...
—No lo digas. —Tragué—. Todavía no. Después.
—Después.
—Con papel.
—Sin papel. —Sonrió apenas, con el hoyuelo entero—. Consulta.
Levanté una ceja. Solo una.
Levantó las dos.
—Eso es sorpresa —dije.
—Es lo que me sale.
Detrás de la cortina de la izquierda, muy bajito, se oyó un ruido húmedo, de una persona que se suena la nariz. Eudora asomó por fin la cara, con las gafas empañadas y los ojos rojos.
—Ya lo he visto —dijo—. Ya puedo morirme.
* * *
La Sombrerería tiene cuatrocientas sillas en dos gradas, con una pasarela de veinticinco metros de madera pintada de blanco que cruza la nave de una punta a otra, con una claraboya enorme en el techo por la que se veía, a las siete y cuarenta y cinco de una tarde de octubre, un cielo violeta.
Yo lo miraba desde una rendija entre dos cortinas, con Wendell a mi izquierda y Eudora a mi derecha, y contaba las caras.
Primera fila: Clifton Rusk, con un traje gris y una corbata mostaza, que se le había puesto sin querer, y una expresión de hombre que asiste a un funeral de un gato que no ha querido nunca; Priyanka Deshmukh, a su lado, con su tablet apagada sobre las rodillas y la vista fija en la pasarela; Augusta Pell, con una chaqueta de tweed de los años ochenta y Sultán en brazos, con el lazo azul, sentado como un asesor; los gemelos, sin hablarse pero con las manos apoyadas en el mismo reposabrazos; la viuda del fabricante de botones, con un abrigo verde botella; Douglas, con las llaves del coche en la mano; y, en un extremo, con una libreta abierta sobre las rodillas, Nils Brandvold, que tomaba nota del aforo.