Capítulo 17 #3
Yo lo había dispuesto así, sin decírselo a Cormac.
Había llamado a Maeve el jueves por la noche: «Traiga a todos.
El sábado. Que los medimos». Maeve había contestado con un grito tan agudo que Wendell, en la habitación de al lado, se había caído de la silla.
«¿A todos?». «A todos». «¿A los niños?».
«Y al perro». Se había hecho un silencio.
Después, muy bajito: «Cariño, ¿estás segura?
». «Es una cláusula», había dicho yo. «Lo de su casa se queda en su casa. No habrá fotógrafos».
Y no los hubo. Alguien se ocupó de ello: Wendell había vaciado el once de todos los empleados que no eran del atelier y había puesto un cartel en la puerta que decía: «Sesión de trabajo.
No se admiten móviles». Lupe Cardoso, contratada de urgencia para la ocasión, vigilaba el ascensor con Ramón en una cesta.
Entraron de uno en uno. Primero Fergal, con Bridie de la mano y el cuerpo ancho de un hombre que no se ha puesto nunca una chaqueta de medida y sospecha que le van a hacer daño; luego Niall y su mujer, Sorcha, una mujer callada de ojos grises; Ronan con Aoife, que llevaba una coleta y una sonrisa idéntica a la de su marido; Declan con Lucien Marchand, cogidos de la mano y con una camisa de cuadros los dos, y un gesto de disculpa de él hacia mí que le puse a medias con un asentimiento; los cuatro niños, con Bruce al frente, que entró en el atelier, dio una vuelta completa y se sentó en la tarima con la lengua fuera; y, en la cola, del brazo, Maeve y Dermot.
Ella, con un abrigo verde y un moño impecable.
Él, con la chaqueta del domingo, un cigarro sin encender y las manos enormes en los bolsillos.
—Bienvenidos —dije.
—Ay, Dios —dijo Maeve.
—Es solo un atelier.
—Es lo más bonito que he visto en mi vida. —Se llevó las dos manos a las mejillas—. Mira cuántas telas. Mira cuántos hilos. Mira esas mesas tan largas. ¿Es aquí donde trabaja mi Eudora?
—Es aquí donde trabaja «su» Eudora.
—Eudora, cariño —dijo Maeve, y las dos se abrazaron con una firmeza de reencuentro, delante de todos, con un ruido de solapas.
Eudora los midió a todos. Se puso el metro amarillo al cuello, sacó del delantal una libreta de tapas negras, y fue tomando las medidas de cada uno con una concentración que nadie tenía derecho a interrumpir: hombros, espalda, brazos, pecho, cintura, largo de pierna.
A Fergal le tomó veinte minutos: «Hombro de armario.
Hay que sacar dos centímetros por la sisa».
A Niall, quince: «Tiene la espalda torcida».
A Ronan: «Quítate ese ancla del brazo, que no me deja».
A Declan: «Tú no te muevas». Lucien, junto a él, con los ojos brillantes, ayudaba con la libreta y susurraba los números.
Los niños se lo pasaron mejor todavía. Cian y Eoin, los gemelos, descubrieron la cinta adhesiva del suelo y se pusieron a recorrerla con los brazos en cruz, a cuatro velocidades distintas, imitando a las modelos.
Rory, el de seis años, se sentó en la tarima a dormirse.
Finn, el de cuatro, encontró un cubo y se puso a hablar dentro de él.
Bruce, sin ningún motivo, decidió que Otis era su persona favorita y se le sentó encima de los pies.
—Es un perro de mucho criterio —dijo Otis, sin atreverse a moverse.
—Es un perro que sabe lo que quiere —dijo Noor.
Maeve fue la última. Se quedó delante del espejo de tres cuerpos, con las manos juntas, sin atreverse a subir a la tarima.
—Yo no —dijo.
—Sí.
—Yo llevo cuarenta años con un delantal.
—Ya lo sé.
—No sé llevar otra cosa.
—Es lo que hay que descubrir. —Le señalé la percha—. Pruébese eso.
Eudora, detrás de mí, colgó de un gancho un abrigo azul marino con un cinturón.
El otro azul. El que ella misma me había mandado una noche de lluvia con una nota que decía «Es otra sugerencia».
Maeve se lo puso despacio. Le quedaba un poco grande en los hombros, un poco largo de manga.
Se miró en el espejo, con la cabeza inclinada.
—Parezco un saco.
—Ya lo estoy arreglando —dijo Eudora, y se puso de rodillas a sus pies con tres alfileres entre los labios—. Es lo bonito de los sacos. Que se les puede dar forma.
—¿Y con esto qué hago?
—Nada. Lo lleva usted el jueves. A la tercera fila. Y se queda sentada.
—¿A ver el desfile?
—A ver salir a su hijo.
Maeve, en el espejo, con un abrigo azul que empezaba a caerle como un abrigo, se llevó una mano a la boca. No dijo nada. Dermot, desde una silla del rincón, con el cigarro sin encender, la miró un rato. Luego se levantó, cruzó el atelier despacio y se puso a su lado.
—Está guapa —dijo.
—Es un saco.
—Está guapa.
Fue lo único que dijo en toda la mañana. Maeve se echó a llorar. Sin ruido, con la mano en la boca, delante del espejo. Eudora, de rodillas, le puso un alfiler en el bajo y siguió trabajando, sin decir nada.
Cormac llegó a las doce y media. Yo lo vi desde el fondo: entró por la puerta lateral con el gorro gris en la mano y el jersey de lana cruda, con una bolsa de deporte al hombro, y se quedó parado en el umbral.
Miró el atelier. Miró la tarima, el suelo, la cinta, los niños, el perro, los hermanos, las dos mujeres delante de un espejo.
Miró a su padre, de pie junto a una madre azul.
Ni siquiera dijo hola. Vino hasta mí, despacio, con la bolsa de deporte en la mano, sin apartar la vista de la escena.
—No hay fotógrafos —dije.
—Ya lo veo.
—Es la cláusula.
—Ya lo sé. —Le tembló un músculo de la mandíbula—. No has preguntado.
—Las cláusulas se respetan. No hace falta preguntar.
—Saskia.
—Es un sábado. Es una sesión de trabajo. No sale en ninguna parte.
—Gracias.
—No me des las gracias.
—Es una orden —dijo, muy bajo.
Me reí, con la nariz. Él también. Nos quedamos un momento así, uno al lado del otro, mirando cómo su madre, con un abrigo azul a medio hilvanar, se giraba hacia el espejo con las manos a los costados, y cómo Dermot, por primera vez en cuarenta y ocho años, le apoyaba con un solo dedo una mano en el hombro.
—Ese abrigo me lo mandó Eudora hace un mes —dije.
—¿El azul marino?
—El de la nota. Lo llevé tres semanas y no se me cayó nunca del cuerpo.
—A ella se le cae.
—Se le arregla. —Cogí aire—. Todo se arregla, en un atelier.
—¿Todo?
—Casi todo.
Cormac dejó caer la bolsa de deporte al suelo. Se giró hacia mí. Tenía los ojos muy brillantes, y la sonrisa a medias, y las manos abiertas a los costados.
—Faltan cinco días —dijo.
—Lo sé.
—Y mañana hay que ir a Providence a por una tarta.
—Ya lo sé.
—Y el lunes... —Se calló—. No. No lo digo.
—No lo digas.
—Vale.
—Ven —dije—. Que tu padre quiere probarse una chaqueta con el forro de color paloma.