Capítulo 17 #2
—Yo. Por venganza, por dinero, por lo que quieras. Un acto muy feo. —Sonrió—. Y a Enzo le pareció una idea espléndida. Le mandó a Gilda Zamora una oferta de tres millones seiscientos mil dólares por escrito, con un apartamento. Y desde ese día, Gilda cree que la idea es suya.
—¿Por qué me lo cuentas?
—Porque a mí me gustaría que lo supieras, querida. Y porque tengo una última cosa que decirte, que es la razón real por la que estoy aquí. —Se acercó un paso más. Tenía los ojos húmedos—. Cormac aceptará.
Callé.
—Aceptará. Lo digo con conocimiento de causa.
Llevo cuarenta años viendo hombres hermosos decir que sí.
Los hombres como ese chico aceptan siempre lo que les ofrece alguien que les sonríe.
No lo hacen por interés. Lo hacen porque no saben decir que no a un sitio donde los quieran ver.
Y en Milán tendrá un apartamento con vistas a un patio, y una mujer en una recepción diciéndole cada mañana lo guapo que es.
—Ferdinand.
—Te lo cuento para que no te duela. Para que te prepares.
—Eres un cabrón —dije.
—Ya lo sé. Es mi mejor cualidad. —Sonrió, con un cansancio inmenso—. Pero también te lo cuento porque yo, a los veintisiete años, dije que no a una oferta parecida. Dije que no a una mujer, en Ginebra, por un contrato en Milán. Y me pasé treinta y siete años sin dejar de arrepentirme.
—¿Qué quieres decir?
—Que no soy tan malo como parezco, ni tan bueno como digo.
—Recogió el paraguas de la pared—. Que sé lo que es tener a alguien que te espere y no volver.
Y que a esa edad uno no aprende nunca a decir «quédate».
—Se puso el paraguas debajo del brazo—. No te estoy dando un consejo. Te estoy dando un dato.
—Vera dice que los datos son lo único que sirve.
—Vera es muy lista. La subestimé. —Miró el mostrador, la radio, la puerta giratoria—. Buenas noches, querida.
—Ferdinand.
—Dime.
—Hay una cosa más que debes saber.
—Dime.
—Ya no me da miedo.
—¿El qué?
—Que acepte.
Sonrió. Con tristeza, con muchísima educación, con el tic en la comisura.
—Eso es lo que dicen todas —dijo, y salió por la puerta giratoria, con el paraguas de cinco dólares bajo el brazo y la espalda encorvada, hacia la calle Treinta y ocho, hacia la lluvia, sin volverse.
El vigilante bajó el volumen de la radio.
—¿Quién era, señora?
—Un hombre que compró un paraguas.
—Ya.
—Y una cosa más.
—Dígame.
—Si vuelve, déjele pasar. Y ofrézcale una taza de té. Sin limón.
* * *
Se lo conté a Cormac a las siete de la mañana del jueves, en la panadería de Astoria, en una mesa de fórmica del fondo, con dos tazas de té delante y una bolsa de rosquillas.
Le había citado a las seis y media. Había llegado a las seis y cuarenta.
Él, a las seis y cuarenta y cuatro. Llevaba el gorro gris y una cara de dormir poco.
—Te ha mentido —dijo, cuando terminé.
—Puede ser.
—Es un manipulador.
—Lo es.
—Y aun así —dijo— tenía razón en una cosa.
—¿En cuál?
—En que yo no sé decir que no a un sitio donde me quieran ver. —Se pasó las manos por la cara—. Es cierto. Me ha pasado toda la vida. Es mi defecto.
—No es el único.
—No es el único —admitió—. Pero es el que más me duele reconocer.
—¿Aceptarás?
—No lo sé.
—Ya lo sé.
—Saskia. —Levantó la vista. Tenía los ojos muy claros—. Cuando me dijiste el jueves que no preguntara, no lo hice. Y me ha pasado una cosa rara. Que llevo una semana sabiendo lo que quiero.
—¿Sí?
—Sí. Lo sé desde la cinta. Desde que saliste por la puerta.
—Cormac...
—No te lo voy a decir. —Levantó la mano—.
Quiero decírtelo cuando no haya ningún papel.
Ni una cláusula. Ni un Milán. Cuando sea una cosa mía, sin nadie que pueda pensar que es una respuesta a otra.
—Respiró—. Y quiero que tú me digas la tuya en el mismo momento.
Sin que la sepa antes. Sin que la adivine.
—Eso es imposible.
—Es difícil. —Sonrió—. Pero tú haces un patrón con la sisa a un milímetro. Puedes con esto.
—Es un método pésimo.
—Es el nuestro.
Nos quedamos mirándonos, con las tazas entre las manos. Detrás del mostrador, una mujer con delantal, con harina en los antebrazos, sacaba una bandeja de rosquillas del horno con un ruido de metal caliente.
—Hay una cosa —dijo Cormac.
—Dime.
—Le voy a pedir a Gilda que hable con Lombardi. Que me den hasta el lunes a las nueve de la mañana. Para responder.
—El lunes es el día siguiente al desfile.
—El lunes siguiente. Sí.
—Es el día en que caduca el memorándum.
—Es el día en que caduca todo lo que caduca. —Se recostó en la silla—. Y el día en que voy a saber si estoy hablando con un hombre que huye de un sitio donde lo quieren ver o con uno que llega a otro donde lo quieren ver también.
—Es una distinción muy sutil.
—Me la dio mi madre.
—Tu madre lo sabe todo.
—Mi madre lo sabía antes que yo. —Cogió una rosquilla, la partió, me dio la mitad—. Come.
—No como en las reuniones.
—Esto no es una reunión.
—¿Qué es?
—Un miércoles. —Sonrió—. Con un jueves de retraso.
Me eché a reír. Comí. Estaba caliente, con azúcar y canela, y me quedé con el sabor en los dientes hasta que salimos a la calle, hasta que empezó a llover un poco y él abrió el paraguas negro de cinco dólares, que había recogido del paragüero de mi casa, y lo sostuvo sobre los dos, sin decir nada, con la varilla torcida goteándole en el mismo punto de siempre, en el hombro izquierdo.
A las nueve y media, en el atelier, Hollis me estaba esperando junto a la pizarra de Otis con tres folios grapados y aspecto de haber pasado la noche en vela.
—Guion —dijo.
—No.
—Es de salida.
—¿De qué salida?
—De la tuya. De la pasarela. Tres páginas. Lo que tienes que decir cuando salgas. A las cámaras, a Ilse, a quien te ponga un micrófono.
—Voy a decir «buenas noches».
—Eso es una línea. Yo te propongo veinte. —Pasó la primera hoja—. «Estoy muy emocionada». «Es una noche muy especial». «Quiero agradecer a mi equipo, a mi familia».
—Yo no tengo familia.
—A tu familia elegida.
—Hollis.
—Sí.
—¿Cuántas veces me has oído decir «estoy muy emocionada» en la vida?
Se quedó pensando. Le vi contar con los dedos.
—Ninguna.
—Entonces no lo voy a decir el jueves.
—¿Y qué vas a decir?
—Nada.
—¿Nada?
—Voy a salir. —Le devolví los folios—. Y voy a estar.
Hollis miró los folios. Miró la pizarra. Miró la cinta, los focos, la fila de perchas con sus fundas de plástico.
—Es mejor —dijo, en voz muy baja.
—Ya lo sé.
—Es mucho mejor. —Se sacó un pañuelo del bolsillo, se secó la nariz y guardó los folios en la carpeta azul con muchísimo cuidado—. Lo tiraré. Pero me quedo con la portada. Tenía un título muy bueno: «La emperatriz se rinde».
—Tíralo entero.
—Ya lo he tirado —dijo, y no era verdad, y los dos lo sabíamos.
Gilda me llamó el viernes a las cuatro de la tarde. Ni buenos días.
—Lombardi ha dicho que sí. Hasta el lunes a las nueve.
—Bien.
—Pregunta si el chico está sano.
—¿Por qué?
—Porque en treinta años de oficio nunca he visto a un hombre al que le ofrecen tres millones y pide una prórroga para asistir a un desfile ajeno.
—Es un desfile propio.
—Es lo que le he dicho —dijo Gilda, y le oí encender un cigarrillo apagado, que es algo que no se puede hacer y ella hace—. Señora Merrow.
—Dime.
—Yo he colocado a treinta hombres guapos en veinticinco años. Todos aceptaron el primer contrato que les ofrecí. Este es el primero que me pide tiempo. —Una calada inexistente—. No sé qué le ha hecho usted.
—No le he hecho nada.
—Eso es lo que quería oír.
* * *
Wendell entró en mi despacho a las seis, con dos vasos de agua con gas en una bandeja, y la dejó sobre la mesa sin la rodaja.
—No hay limón —dije.
—Se ha acabado.
—Nunca se acaba.
—Pippa se ha ido a las cinco y cuarto. Con una gripe. Y yo no sé cortarlo.
—Tres milímetros.
—Ya lo sé. Se me caen los dedos.
Me lo tendió igualmente. Bebí. Wendell se quedó de pie delante de la mesa, sin sentarse, con las manos a la espalda y la mirada en un punto de la pared, donde estaba el marco pequeño con el acta de constitución.
—Marguerite Hale me ha ofrecido un puesto —dijo.
—¿Qué puesto?
—Jefe de gabinete del grupo. Merrow-Bellerose. Con oficina propia, con secretaria, con tres personas a mi cargo. Y un sueldo que no te voy a decir.
—Dilo.
—Es el doble.
—Ya.
—Me lo ha dicho por teléfono, esta mañana. Sin avisar. Dice que quiere a alguien que sepa el nombre de todos. —Bajó la voz—. Y que sabe que lo sé.
Dejé el vaso sobre la mesa.
—¿Quieres aceptar?
—No sé.
—¿Qué quieres?
—Que me digas lo que tengo que hacer.
—No.
—Saskia.
—No. —Me levanté—. Llevas cinco años a mi lado sin que yo haya podido tiranizarte una sola vez.
—Lo he notado.
—Lo he intentado. Con todo lo que tengo. Y tú has seguido tan tranquilo, con tu tablet, con tus sugerencias, con tu llave de mi nevera. —Rodeé la mesa—. Eres la única persona de esta casa a la que no he podido cambiar.
—Es mi mejor cualidad.
—Es tu peor. Y la mejor. Depende del día.
—Depende.
—Si aceptas, te echaré de menos.
Wendell parpadeó. Fue un parpadeo doble, casi de sorpresa.
—Y si no acepto, te voy a subir el sueldo.
—¿Cuánto?
—Lo que te ha ofrecido Marguerite. Menos la secretaria.
—Es una oferta razonable.
—Y una condición.
—Dime.
—Que dejes de ponerme las cosas en una lista.
—¿Qué lista?
—La de las amonestaciones.
—Esa lista es tuya.
—Es tuya. Yo solo la leo. —Se le movió el labio. Se ajustó la tablet contra el pecho—. Lo pienso.
—Piénsalo.
—Es una sugerencia.
—No —dije—. Es una orden.
Wendell se rio. Se rio con los dientes, con los ojos, con todo el cuerpo, con la risa de un hombre que ha estado cinco años sin permitírsela delante de mí.
Salió del despacho todavía riéndose. Oí cómo su risa se alejaba por el pasillo, hasta el ascensor, y cómo, en algún momento, alguien le contestaba desde lejos, «¿Qué pasa?
», y él decía, muy alto, sin ninguna vergüenza: «¡Nada! ¡Que me han subido el sueldo!».
* * *
Los Brannigan llegaron al atelier el sábado a las once de la mañana, en un autobús alquilado, sin ninguna cámara.