Solo una vez (Humor 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

El martes, a las diez y veinte de la mañana, crucé la puerta del fondo del atelier con las bailarinas negras y salí al pasillo.

No lo había planeado. Llevaba una semana caminando por la cinta de diez metros, con quince pasos el jueves, dieciocho el viernes, veinte el lunes, y el número que Otis escribía cada día en la pizarra con su tiza verde había empezado a parecerme una cosa que no me pertenecía: una temperatura, una cotización.

Aquella mañana Cormac esperaba, como siempre, al extremo de la cinta, con el jersey de lana cruda y la mano abierta.

Y yo eché a andar sin contar. Sin pensar en la cinta.

Sin mirar la pizarra. Anduve hacia él con el paso de alguien que va a coger un tren, pasé de largo la marca de los diez metros, pasé la tarima, pasé la puerta del fondo, y al llegar al descansillo, con el pasillo del once frente a mí, con las luces frías del techo y el olor a pintura reciente, me detuve, y me di cuenta de que había salido.

—Veintidós —dijo la voz de Otis, detrás de mí.

—Veintiuno —dijo Eudora.

—Veintidós con la puerta —dijo Otis—. Cuenta la puerta.

—La puerta no cuenta.

—Sí cuenta. Es un paso.

Me giré. En el umbral del atelier, alineados por orden de estatura, estaban Eudora, Otis, Noor, Pippa, Wendell, tres costureras y la señora de la limpieza, con el carrito. Al fondo, en la tarima, con la mano todavía abierta y una expresión que yo no sabía nombrar, estaba Cormac.

—Ha salido —dijo Noor, muy bajo.

—Ha salido —repitió Pippa.

—Es solo un pasillo —dije.

—Es la puerta —dijo Eudora.

Otis se puso a escribir en la pizarra. Yo lo miré por encima del hombro de los demás, sin acercarme: «Martes: 22 (con puerta). Ganador: Otis». Y debajo, en letra más pequeña, con la tiza gastada: «Premio: un flan. Se lo come él solo».

Aquella semana se convirtió en un ensayo interminable.

Los cuarenta y tres looks pasaron cada mañana por la cinta, con Cormac dentro y una fila de costureras con alfileres, tijeras y una lista de defectos que iban tachando uno a uno: un botón, un forro, un hilván, una manga a un milímetro.

Los jueves, Eudora repartía flanes. Los lunes, Hollis presentaba un cronograma nuevo que nadie miraba.

El miércoles subió Ansel con dos manzanas y un informe con las cifras de deuda de Bellerose subrayadas en amarillo, y se quedó una hora sentado en el suelo, con la espalda contra la pared, mirando cómo Cormac se probaba un chaleco.

Vera Lindholm llegó el martes por la tarde, sin aviso. Nadie la anunció. Se plantó en la puerta del fondo con el abrigo cerrado, la libreta en el bolsillo y el moño de siempre, y se quedó de pie, mirando.

—No voy a escribir nada —dijo, cuando le pregunté.

—Ya.

—He venido a ver el ensayo.

—¿Como periodista?

—Como una mujer que tiene tiempo libre. —Se encogió de hombros. Le brillaban los ojos—. He dejado la libreta en casa.

—Pero la llevas en el bolsillo.

—Es un hábito.

—Es un tic —dije.

—Es una manera de estar preparada —dijo, sacando la libreta con dos dedos, y me la tendió—. Guárdamela tú. Hasta el jueves.

La cogí. Pesaba poco. La metí en el bolsillo del abrigo, junto a la pluma.

Vera se sentó en una silla plegable, en un rincón, con las manos sobre las rodillas, y vio pasar por la cinta las cuarenta y tres prendas de una colección que no era suya, con una atención que a mí, al menos, me pareció de las pocas verdaderas que se habían tenido nunca con mi trabajo.

Se marchó a las siete. Antes de irse, se detuvo delante de la pizarra de Otis y se quedó mirándola un rato largo, con la cabeza ladeada.

—¿Qué es eso? —dijo.

—Pasos.

—¿De quién?

—Míos.

—Ya. —Sonrió apenas—. Son una noticia.

* * *

El miércoles a las cinco, Eudora me pidió que subiera a la sala de pruebas del once, la pequeña, la de las cortinas de terciopelo y el espejo de tres cuerpos, y me dijo que cerrara la puerta.

—¿Para qué? —dije.

—Para probar una cosa.

—Los cuarenta y tres están ya probados.

—Los cuarenta y tres, sí. Falta uno.

—No hay cuarenta y cuatro.

—Hay uno. —Sacó de detrás de un biombo una percha larga, con una funda de tela negra, y la colgó del gancho de la pared—. Desabróchala.

La funda tenía una cremallera. La abrí. Dentro había un traje.

No era un traje de la colección de hombre.

Era un traje de mujer. Una chaqueta de lana azul noche, con el cuello de solapa ancha y los hombros suaves, cintura marcada con una costura invisible, dos bolsillos con solapa y unos botones de nácar gris, de cuatro agujeros, que reconocí en la palma de la mano antes de tocarlos.

Una falda recta, de talle alto, con una abertura discreta en la parte de atrás.

Y un jersey de cuello alto, de lana cruda, con las mangas largas.

—Es mi talla —dije.

—Ya lo sé.

—No lo he diseñado.

—Lo diseñé yo. Con Noor. —Se subió las gafas—. Lo hemos hecho por las noches. Desde que subió el chico aquí con una frase.

—¿Qué frase?

—«Yo quiero verla salir». —Sonrió con la lengua entre los dientes—. Pensé: si va a salir, que salga con algo suyo. Que no lleve un negro de doce en doce.

Me quedé mirando el traje. Toqué la manga con los dedos.

La lana era de Biella, de la buena, de la que Amedeo Bertolazzi me había dado por treinta y seis metros, y estaba cortada con una limpieza que no le había visto nunca a Eudora.

Sobre la solapa izquierda, cosida a mano, había una pequeña etiqueta de tela blanca, del tamaño de un sello, con dos letras bordadas en hilo gris.

«S. M.».

—¿Y la sisa? —dije.

—Pruébatela.

Me quité el abrigo azul marino. Me puse la chaqueta encima del jersey, sobre el vestido negro que llevaba, y la falda sobre las medias. Eudora se acercó, me colocó las solapas con las dos manos, y me señaló el espejo de tres cuerpos con la barbilla.

—Levanta el brazo.

Lo levanté. El brazo derecho, primero. La chaqueta no subió.

El izquierdo. Nada. Los dos, hacia el techo, con las manos abiertas, delante de un espejo que me devolvía tres mujeres con los brazos en alto, en un traje azul noche, con una etiqueta bordada en la solapa y una expresión de sorpresa que no supe reconocer como mía.

—No se sube —dije.

—No.

—Es la primera prenda que llevo en mi vida que no se sube.

—Es lo que llevaba tiempo esperando decirte —dijo Eudora, y se sentó en el borde de un taburete—. Que no se sube.

Me giré. Me miré de perfil. La lana caía desde los hombros con una naturalidad que era también un desafío: no llevaba nada que discutir.

La espalda acompañaba el movimiento del cuello; la cintura se sostenía sin apretar; la falda me dejaba andar.

Anduve por la sala, seis pasos, ida y vuelta.

Me detuve delante del espejo. Me acerqué la manga a la cara. Olía a lana y a plancha de vapor.

—Ya estoy —dije.

—¿Ya estás?

—Ya sé lo que llevo el jueves.

—Sí.

—¿Y si me da miedo?

—Te dará. Pero irás con una chaqueta que te sabe sostener. —Se puso de pie—. Eso es todo lo que un patrón puede hacer por una persona, Saskia. Sostenerla mientras se le pasa.

No dije nada. Volví a mirar mi reflejo, tres veces, y la mujer del medio, la del traje azul, con las manos a los costados y la boca cerrada, era una desconocida que llevaba treinta años sin salir a la calle.

Me quité la chaqueta despacio. La colgué en la percha.

Eudora la cerró en su funda y la dejó en el gancho.

—No se lo digas al chico —dijo.

—¿Por qué?

—Porque quiero ver la cara que pone.

* * *

Salí del atelier a las diez y cuarto de la noche del miércoles. Wendell se había ido. Eudora, a las nueve. Noor, la última, con una bolsa de tela y un cansancio muy grande, había cerrado la puerta con llave detrás de mí y bajado en el ascensor con una sonrisa que no le cabía en la cara.

Me quedé un rato en el vestíbulo, con el abrigo azul marino puesto, esperando a que llegara el coche que había pedido.

El vigilante de la planta baja había puesto en el mostrador una radio con un partido.

Fuera, la calle Treinta y ocho estaba mojada y las farolas dibujaban charcos amarillos sobre el asfalto.

Alguien empujó la puerta giratoria.

Le vi los zapatos antes que la cara. Unos zapatos negros de charol muy caro, con una raja en la puntera, manchados de barro.

Luego el abrigo gris perla, empapado. Luego el paraguas negro, de nailon barato, con una varilla torcida, chorreando.

Y por último la cara: un rostro de sesenta años, hundido, con el pelo plateado despeinado, la corbata mostaza suelta y una sonrisa que no llegaba a serlo.

—Querida Saskia —dijo Ferdinand Lachaise.

El vigilante levantó la vista de su radio.

—Está todo bien —dije.

—¿Segura, señora?

—Segura.

Ferdinand cerró el paraguas. Lo dejó apoyado en la pared, con mucha ceremonia, junto al mostrador, y se acercó unos pasos, con las manos entrelazadas delante, como un mayordomo que trae una mala noticia.

—No he venido a molestar.

—Es lo que dijiste hace un mes.

—Entonces te mentí. Hoy no. —Sonrió, con un tic en la comisura—. Vengo a darte las gracias.

—¿Las gracias?

—Por la adquisición. Me quedo, según el acuerdo, con una plaza de honor sin voto en un consejo que ya no me escucha. Es más de lo que merezco. Pero es más de lo que otros me habrían dado. —Se pasó una mano por el pelo mojado—. Y por la bandeja de té.

—Eso fue Lucien.

—Lucien es un genio.

—Es un hombre enamorado.

—Que es lo mismo, a veces. —Se le cortó la voz, sin disimular—. Tengo poco tiempo. Solo quería que supieras una cosa antes del jueves.

—Dime.

—Lo de Milán.

Sentí el pulgar en la palma, como un reflejo. No apreté.

—¿Qué pasa con Milán?

—Que no fue una casualidad. —Levantó la mano, con la palma hacia arriba—.

Enzo Lombardi es amigo mío desde hace treinta y un años.

Fuimos juntos a un colegio en Ginebra que no te interesa.

Hace tres semanas, después de la entrevista de Ilse Brandt, lo llamé por teléfono.

Le dije: «Enzo, hay un chico. Está libre.

Es la cara de la temporada. Merrow lo tiene con una campaña. Llévatelo».

Se me cerró la garganta.

—¿Tú?