Solo una vez (Humor 3) Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

—Huevos —dijo, entrando en la cocina muy despacio—. Tomates. Pan. Mantequilla de verdad. Una cebolla. Tres pimientos.

—¿Vas a cocinar?

—Voy a hacer una cosa que se llama cena. —Dejó las bolsas sobre la encimera de piedra y se giró—. ¿Dónde tienes las sartenes?

—¿Las qué?

—Las sartenes.

—Tengo... una cosa que se llama cazuela.

—Enséñamela.

Abrí un armario. Había allí, en su plástico de fábrica, una cazuela de cobre de veinte centímetros con un papel pegado en el fondo: «Retire el film antes de usar». Cormac la sacó con dos dedos, le dio la vuelta y me miró, con las cejas muy altas.

—¿Cuántos años llevas aquí?

—Cinco.

—Y no has quitado el film.

—No he cocinado.

—Ya lo veo. —Se lo quitó él, con la uña, y lo tiró a la basura con una solemnidad de sacerdote—. ¿Y los fogones?

—Son eléctricos.

—¿Cómo se encienden?

—Con un botón.

—¿Cuál?

—El de arriba a la izquierda, creo.

Lo pulsó. Una luz roja se encendió sobre la vitrocerámica. Un ruido seco, y de pronto un olor agudo, dulce, a plástico quemado.

—¿Qué es eso?

—Es el film del horno —dije—. Lo puse ahí hace cinco años. Es una pegatina.

—¿Del horno?

—Del horno. Pero el botón de arriba a la izquierda...

—Es el del horno.

—Ah.

Sonó la alarma de humo. Un chillido agudo, repetitivo, que llenó la cocina y el pasillo y el comedor, con una luz roja parpadeando en el techo.

Cormac se subió a una banqueta, con una toalla de cocina en la mano, y empezó a abanicar el detector con una energía impropia.

Yo abrí la ventana. Entró un aire frío que olía a Tribeca.

El teléfono de la portería sonó a los cuarenta segundos.

—Señora Merrow —dijo el portero, con la voz calmada de un hombre que ha vivido cosas—. ¿Todo bien en su casa?

—Todo perfecto. Es un horno.

—¿Necesita a los bomberos?

—No. Es solo que estoy cocinando.

Hubo un silencio en la línea.

—Enhorabuena —dijo el portero.

Colgué. Cormac, encima de la banqueta, con la toalla en la mano, me miraba con una expresión indescriptible.

—Ha dicho enhorabuena.

—Lo he oído.

—Es la mejor cosa que me han dicho en un mes.

Cocinó, por fin, en una sartén que resultó ser la tapa de una olla, un revuelto de huevos con tomates y cebolla y pimiento, con una destreza que me pareció profesional y que él atribuyó a haber crecido en una casa con cinco hermanos y una madre que cocinaba solo para trescientas personas.

Yo puse la mesa. La mesa de ocho plazas, con el mantel azul y blanco de Eudora, dos platos, dos tenedores, una botella de agua con gas y, en el centro, una rodaja de limón de tres milímetros que Pippa había dejado en la nevera dentro de un táper con su nombre.

Cenamos en la cabecera. Yo en la punta, él a mi derecha. No hablamos casi. El revuelto estaba caliente y buenísimo. El pan estaba tostado por dentro. Tenía la mantequilla derretida en el plato y una miga entre los dedos. Cormac, con la boca llena, dijo:

—Está bueno, ¿verdad?

—Es correcto.

—Está bueno.

—Es... —Me lo pensé—. Está bueno.

Cormac dejó el tenedor. Me miró con los ojos muy abiertos.

—Lo has dicho.

—No lo he dicho.

—Lo has dicho. «Está bueno». Lo he oído yo, y el limón.

—El limón no oye.

—El limón lo ha anotado.

Me eché a reír. Él también. Cenamos así, sin hablar de Milán, sin hablar de la fusión, sin hablar de los seis días que le quedaban de plazo, en una mesa de ocho plazas con dos personas, con el revuelto entre los dos y la luz de la lámpara sobre las manos.

Al terminar, recogimos juntos. Él lavó. Yo sequé.

Coloqué los platos por orden de tamaño y las tazas por altura y cuando me giré para dejar el trapo, Cormac estaba mirándome desde el fregadero, con las manos cubiertas de espuma y una expresión muy quieta.

—¿Qué? —dije.

—Nada.

—Iba a decir algo.

—Iba a decir —dijo— que eres la única persona que conozco que ordena los platos por tamaño.

—Es un método.

—Es un tic.

—Es un método con un tic.

—Es lo mismo. —Se secó las manos en el trapo que yo aún tenía en la mía. Sus dedos rozaron los míos. Los dos nos quedamos quietos, con la tela entre las manos—. Me voy.

—Vale.

—Es tarde.

—Ya lo sé.

—Mañana tengo un ensayo.

—Sí.

—Trece pasos.

—Quince.

—Es una subasta.

—Es un ensayo.

Sonrió. Cogió su cazadora del respaldo de la silla. En la puerta se detuvo, con la mano en el picaporte.

—Buenas noches, Saskia.

—Buenas noches, Cormac.

Cerró. Escuché el ascensor. En el fregadero quedaba un poco de espuma que se deshacía sola.

Abrí la nevera, saqué el tarro de aceitunas, lo miré y volví a guardarlo.

Me senté a la mesa de ocho plazas, en la silla de la cabecera, con la lámpara encendida y el mantel azul y blanco, y saqué del bolsillo del abrigo la pluma de Doris, y la dejé encima del mantel, entre el tenedor y el plato.

Estuve mirándola un rato, con las manos abiertas, sin apretar nada.

Luego, en voz muy baja, sin que nadie me oyera, en un comedor donde por primera vez el eco no devolvía nada, dije:

—Quédate.

No sé a quién. No sé si a la pluma. Nadie contestó, y no pasó nada, y a las once y media apagué la lámpara.