Solo una vez (Humor 3) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—¿Y los ocho segundos?

—Esos no son para la portada. —Dominic tragó saliva—. Esos son míos.

* * *

Lupe Cardoso llegó a las doce y cuarto con una bolsa de tela en la que llevaba un flan, y se lo trajo a Cormac con las dos manos.

—Me lo dio Pippa. Dijo que era de los de Kansas. Yo lo he guardado dos semanas para ti.

—No hacía falta —dijo Cormac.

—Ya lo sé. Pero el gato lo ha mirado con desprecio y se me ha ocurrido: este flan no es para un gato. —Se dio la vuelta hacia mí—. Señora Merrow. Qué placer.

—Lupe.

—He venido a traerle el contrato de la campaña a Cormac, que lo ha pedido la señora Zamora para que lo firme hoy. Y también un flan. Es que en la oficina hay mucho ruido.

—¿Ruido?

—Desde que llegó lo de Milán, no se habla de otra cosa.

Se hizo el silencio. No fue un silencio grande. Fue un silencio corto, como el ruido que hace una aguja al atravesar la tela.

—¿Qué Milán? —dije.

Lupe se quedó con la boca abierta.

—Ay.

—¿Qué Milán, Lupe?

—Nada.

—Lupe.

—Es que... —Miró a Cormac, que había dejado de sonreír—. Es que yo creía que ya se lo había dicho. Pensé que la señora Merrow lo sabía. Como se ven todos los días.

—¿Qué Milán? —repetí.

Cormac se pasó la mano por la nuca. Se quitó la cazadora despacio, la dejó sobre una silla, la volvió a coger.

—Casa Lombardi —dijo.

—¿Qué es eso?

—Una casa de moda. Milanesa. De hombre. Mucho dinero.

—¿Y qué?

—Que me han ofrecido la cara de dos temporadas. Con base en Milán. Empieza el uno de noviembre. —Levantó la vista—. Tres millones seiscientos mil dólares.

—El uno de noviembre —dije.

—El lunes siguiente al desfile.

—Ya lo sé qué día es.

Nadie se movió. Lupe, con el flan en las manos, retrocedía sin ruido hacia la puerta con una lentitud de ladrona. Dominic, junto al trípode, fingía leer los números de un objetivo. Ilse, desde la ventana, se había cubierto la boca con los dedos.

—¿Cuándo lo has sabido? —dije.

—El jueves.

—Del jueves pasado.

—Sí.

—Ya.

—Gilda me dio de plazo hasta el viernes que viene. Para decidir. —Tragó saliva—. No quería decírtelo antes de saber si iba a decir que sí.

—¿Y lo sabes?

—No.

—Ya.

—Saskia.

—Estoy bien.

—Saskia.

—Estoy perfectamente. —Me giré hacia Dominic—. ¿Necesitas algo más?

—No —dijo Dominic—. Tengo todo.

—Perfecto. Entonces me voy. Tengo una llamada.

Salí por la puerta del fondo, entre las perchas, con los ojos fijos en el suelo. Detrás de mí, oí la voz de Cormac, dos veces, «Saskia», y después un ruido de pasos que se detuvo al segundo. Alguien lo había cogido del brazo. Era Eudora.

—Déjala —dijo.

—Es que no...

—Déjala, hijo. Los Merrow piensan sentados.

—Yo creía que los Brannigan pensaban andando.

—Los Brannigan, andando. Esta, sentada. —Bajó la voz—. Dale una hora.

Subí las escaleras hasta el catorce sin ascensor. No apreté el pulgar. Llevaba las manos abiertas, con las palmas hacia arriba, y me pareció que era la primera vez en mi vida que caminaba con las manos así, sin sujetar nada.

* * *

Me senté en la butaca de las visitas, la de las patas enteras.

No en mi mesa. En la butaca. Me quedé mirando la pared de los bocetos, las veintiséis láminas enmarcadas, el marco pequeño con el acta de constitución del sello del estado de Nueva York, el jarrón de girasoles secos que Pippa no se atrevía a tirar.

Miré el reloj. Eran las doce y cuarenta.

Lo comprendí a la una menos veinte.

No estaba enfadada. Esa era la cosa. Llevaba una hora buscando el enfado dentro de mí con la linterna de una mujer que ha perdido las llaves, y no lo encontraba.

Lo que había era una cosa más antigua, más quieta, del tamaño de un botón: el mismo botón que Noor había cosido dentro del jersey, por si acaso.

Y lo que ese botón decía, sin ninguna palabra, era que Cormac Brannigan llevaba una semana con un secreto por la misma razón por la que yo llevaba dos semanas con el mío.

Yo no le había dicho que había oído su conversación con Maeve en la cocina.

Él no me había dicho que le habían ofrecido Milán.

Los dos habíamos guardado una cosa para no influir en la otra persona. Los dos habíamos pensado: si se lo digo, decidirá por mí. Los dos habíamos preferido aguantar solos.

Me eché a reír. Sola, en el despacho, en la butaca de las visitas, con las manos abiertas sobre los muslos, me reí con la nariz.

No fue la risa de la impresora. Fue otra, más pequeña, más rara, la de una persona que acaba de descubrir que ha estado jugando al mismo juego que su rival desde el primer día, con las mismas reglas.

A la una en punto, llamó Wendell con los nudillos.

—Pasa.

—Está aquí.

—Ya sé que está aquí.

—Dice que no entra hasta que se lo pidas.

—Es una regla nueva —dije.

—Es lo que ha dicho. —Wendell tenía la voz cansada de media hora de aguantar algo—. También ha dicho que te espera en el atelier. Con una cosa. Sin prisa.

—¿Qué cosa?

—No me lo ha querido decir. Pero lleva una bolsa de papel de una panadería.

Me levanté. Me alisé el abrigo azul. Cogí de la mesa la pluma de Doris, la metí en el bolsillo y salí. Wendell, en el pasillo, me miraba con una expresión que en cinco años no le había visto.

—¿Qué? —dije.

—Nada.

—¿Estás contento?

—No. —Se encogió de hombros—. Estoy preocupado. Es distinto. Pero prefiero eso.

* * *

Cormac me esperaba en la tarima del atelier, sentado en el borde, con las piernas colgando, con una bolsa de papel de la panadería de Astoria sobre las rodillas.

El atelier estaba vacío. Alguien había apagado todos los focos menos uno: una lámpara de trabajo, sobre la mesa de corte, con una luz amarilla que hacía una circunferencia muy limpia sobre la madera.

Me senté a su lado. No pedí permiso. Pusimos entre los dos la bolsa de papel. Dentro había dos rosquillas de canela.

—No te lo dije —empezó.

—Ya lo sé.

—Ni me acordé de decírtelo. Fue una decisión.

—Lo sé.

—No quería que pensaras que...

—Cormac.

—Dime.

—Yo te oí en la cocina.

Se giró. Tenía los ojos muy abiertos.

—¿Cuándo?

—El domingo. Después de comer. Estaba en el pasillo con los platos. Le decías a tu madre que hasta que se acabara el papel no me dirías nada, para que no pareciera una cláusula.

Se quedó un momento en silencio. Se pasó la lengua por el labio.

—No me lo dijiste.

—Ni tú lo de Milán.

—Es lo mismo.

—Es lo mismo. —Me reí, por la nariz—. Los dos somos idiotas.

—Yo más.

—Yo llevo dos semanas.

—Yo, una. —Hizo un ruido con la garganta—. Pero yo soy más idiota. Porque tú por lo menos tenías una razón.

—¿Cuál?

—Que yo lo había dicho.

Cogí una rosquilla. La partí en dos. Le di la mitad, y me quedé con la otra.

—Milán —dije.

—Tres millones seiscientos mil.

—Ya lo he oído.

—Dos años.

—Sí.

—Base en Milán. Empieza el uno de noviembre. —Masticó—. Hay un apartamento en el contrato. En un sitio que se llama Brera. Con vistas a un patio.

—Suena precioso.

—No lo sé. No he ido. —Bajó la vista—. Gilda dice que es el trabajo de mi vida. Que no hay otro igual. Que dentro de diez años me arrepentiré de no haberlo hecho.

—¿Y tú qué dices?

—Que dentro de diez años me arrepentiré de muchas cosas.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que tengo. —Se giró hacia mí. Tenía el hoyuelo escondido en algún rincón de la cara—. ¿Tú qué quieres que haga?

—No.

—¿No qué?

—No me lo preguntes. —Tragué—. Si me lo preguntas, te lo diré. Y si te lo digo, decidirás por mí. Y no quiero.

—Yo tampoco quiero.

—Pues no preguntes.

—Vale.

Nos quedamos callados, con las rosquillas a medio comer, mirando cada uno un punto distinto del atelier vacío. La lámpara de la mesa de corte zumbaba muy bajo. Al fondo, en la penumbra, las cuarenta y tres perchas crujían sin viento.

—Tengo hasta el viernes que viene —dijo.

—Lo sé.

—El desfile es el jueves siguiente.

—Lo sé.

—Ya. —Se limpió las manos en los vaqueros—. Entonces, hasta ese día, yo quiero una cosa.

—Dime.

—Que no hablemos de esto.

—Vale.

—Que sigamos como estamos.

—Vale.

—Con la cinta. Con el jersey. Con los martes. —Sonrió apenas—. Con lo que sea que no cabe en un papel.

—Con los miércoles —dije—. Que tienes una sanción.

—Ya lo sé. Es la única que quiero pagar.

Le cogí la mano. No hubo consulta. No hubo ceja. Se la sostuve con las dos mías, sobre la tarima, delante de una bolsa de papel con una rosquilla a medias, y no dijimos nada más. Fuera empezaba a hacerse de noche. Se encendieron, una por una, las farolas de la calle Treinta y ocho.

Al cabo de un rato, en el silencio, oí un ruido pequeño, casi imperceptible, en la puerta de servicio.

Un crujido de madera. Un chasquido metálico.

Me giré. Detrás de la puerta entornada, por el resquicio, asomaba el borde de una gorra gris y el lomo de una tablet.

Cuando me vio, la gorra se agachó muy despacio.

—Wendell —dije.

—No estoy —dijo una voz.

—Estás.

—Estoy comprobando una cosa.

—¿Qué cosa?

—Que sigues aquí. —Se hizo un silencio. Después, con una voz muy baja—. Es una sugerencia.

Cormac se echó a reír. Yo también. Con las manos cogidas, sobre la tarima, con la luz amarilla de la mesa de corte, en un atelier lleno de abrigos.

* * *

El miércoles por la noche, a las nueve, Cormac llegó a mi casa con una bolsa de la compra en cada brazo, y me di cuenta, al abrirle la puerta, de que la sanción por incumplimiento de confidencialidad consistía en sentarse a mi mesa, y de que a mí no me habían dicho quién cocinaba.