Solo una vez (Humor 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

Marguerite Hale llamó el martes a las nueve y cincuenta y ocho, dos minutos antes de la hora que había dicho, y sin saludar.

—Sí —dijo.

Yo estaba de pie junto a la ventana de mi despacho, con el vaso de agua con gas en una mano y en la otra la pluma de Doris, que ya llevaba tres días sacando del bolsillo y volviendo a guardar sin motivo.

Wendell, en la puerta, con la tablet contra el pecho, no se movió.

Ansel, en una butaca de patas enteras, dejó de masticar la manzana.

—¿Sí qué? —dije.

—Sí a la adquisición. En principio. —Se le oyó pasar una página—.

El consejo se reunió anoche hasta las once.

Ferdinand no vino. Mandó un abogado, que se durmió.

Tres consejeros votaron en contra, dos a favor, y el resto se abstuvo con mucho estilo.

Yo llevaba una propuesta de fusión y una de adquisición en dos carpetas distintas.

Puse las dos sobre la mesa y les pregunté cuál preferían pagar.

—¿Y?

—Eligieron la tuya. Por miedo. —Una pausa—. Es la mejor de las razones.

—¿Y las condiciones?

—Tres. Una: la prima sube al catorce. Dos: Ferdinand mantiene su indemnización contractual y una plaza de honor en el consejo, sin voto. Tres: la firma se cierra, con auditoría y con banco, el lunes siguiente al desfile.

—¿Por qué el lunes siguiente?

—Porque es el día en que tu propio consejo vota.

Clifton ha reformulado el orden del día.

—Marguerite hablaba con la cadencia de una mujer que lee un balance—.

Punto único: «Estudio y votación de la adquisición de Bellerose por Merrow Group».

Se ha retirado la moción de sustituir a la fundadora.

Me lo ha dicho él mismo. Hace veinte minutos. Con una voz muy rara.

—¿Cómo de rara?

—Con la voz de alguien que se está aguantando la sonrisa.

Miré a Ansel. Ansel, con la manzana a medio camino de la boca, hizo un gesto tan lento con la cabeza que lo tomé por un temblor.

—Gracias, Marguerite.

—No me las des. Es un negocio. —Volvió a haber una pausa—. Una cosa más. No es una condición. Es una petición.

—Dime.

—Quiero ir al desfile. En la última fila. Con el bolso en las rodillas.

—Ya estás invitada.

—No he dicho «invitada». He dicho «ir». —Se le quebró apenas la voz—. Hace veintidós años que no veo un desfile sin estar contando cuántas sillas he pagado.

—Ven —dije—. Y siéntate donde quieras.

—En la última fila.

—En la que quieras.

Colgó. El vaso de agua con gas había perdido las burbujas. Me lo bebí de golpe.

—Sí —dijo Ansel.

—Sí.

—Han dicho que sí.

—En principio.

—Han dicho que sí. —Se levantó de la butaca con un impulso tan repentino que se le cayó la manzana. Esta vez no la recogió. Me cogió por los dos brazos y me miró con los ojos muy abiertos—. Llevo doce años trabajando contigo. ¿Sabes cuántas veces te he abrazado?

—Ninguna.

—Ninguna. —Se puso rojo—. ¿Me dejas?

—No.

—Vale.

Me abrazó. Fue un abrazo torpe, de hombre de cincuenta y cuatro años con una carpeta bajo el brazo y un olor a manzana que no se le quitaba nunca. Yo dejé los brazos a los costados, cuatro segundos, cinco, seis. En el séptimo los levanté, y le di dos palmadas en la espalda con la palma abierta.

—Gracias —dijo Ansel, con la voz espesa.

—Suéltame.

—Ya.

A las diez y cuarto me llamó Clifton Rusk. Ni una línea, ni un emoji.

—Lo sé —dijo—. Me lo ha dicho Marguerite. Yo ya lo sabía.

—¿Cómo lo sabías?

—Porque ayer, a las once y veinte de la noche, la vi salir del edificio de cristal de la Sexta Avenida con el maletín, y venía sonriendo. Marguerite Hale no sonríe. —Se le oyó pasar una silla—. Solo quiero decirte una cosa. Retiro la moción de sustituirte.

—Ya me lo han dicho.

—Ya. Pero quería decírtelo yo. Y quiero que sepas que cuando la presenté, en tu sala de juntas, hace un mes, pensé que eras un problema. Un mal activo. Una mujer difícil con una cartera buena.

—Y ahora.

—Ahora pienso que eres un problema. Pero uno de los buenos. —Se le cortó la voz, y esta vez no lo disimuló—. Es un progreso.

—Gracias, Clifton.

—No me las des. Sonríe, de vez en cuando. Sale más barato.

Colgó. A las diez y media, Augusta Pell mandó un mensaje de una línea: «Sultán ha ladrado a favor otra vez. Lo hace ya con mucha soltura».

Wendell, en la puerta, miraba un punto de la moqueta con una atención que nunca había mostrado. Cuando Ansel salió, limpiándose los ojos con el pañuelo de la corbata, Wendell alzó por fin la vista y me tendió, sin decir palabra, un vaso de agua nuevo, con una rodaja de tres milímetros.

—Está en la lista —dije.

—¿Cuál?

—La de los que voy a amonestar cuando esto termine.

—Estoy encantado —dijo Wendell.

* * *

La sesión de fotos para la portada de Sartorial se hizo el miércoles en el atelier del once, con las luces de Dominic Weyl colgadas de las vigas, dos paneles de tela blanca a cada lado de la tarima y un silencio de iglesia.

Dominic trabajaba sin hablar. Es un hombre alto y canoso, de sesenta años, con una camisa de franela y una correa gastada, que llevaba sobre el hombro una cámara antigua de película en un estuche de cuero.

Yo lo había visto una vez con una taza de té en un rincón y otra, en el ascensor de mercancías de 1912, con una linterna y una respiración jadeante.

Ahora estaba de pie en medio del atelier, con los brazos cruzados, mirando una percha de abrigos con los ojos entornados.

Ilse Brandt, sentada en un taburete junto a la ventana con la libreta sobre las rodillas, no había dicho nada desde que entró.

—Las prendas —dijo Dominic.

—Cuarenta y tres —dije.

—Escoja seis.

—¿Cómo que escoja?

—Es una portada, no un catálogo. —Se quitó los cristales de las gafas con la manga y los miró a contraluz—. Seis prendas y una persona. Y usted.

—¿Yo?

—Mi jefa lo ha pedido. —Miró hacia Ilse, que asintió sin levantar la cabeza—. La portada de octubre es de los dos.

—No.

—Es una condición.

—Es una condición mía —dijo Ilse, muy tranquila—. Yo le doy la exclusiva del desfile, señora Merrow. Y usted le pone la cara al número. Con él.

—Con él —repetí.

—Con él —dijo Cormac, que llevaba cinco minutos sentado en el borde de la tarima, con las piernas colgando, la cazadora abierta y una sonrisa que empezaba en las comisuras y todavía no había llegado a los ojos.

Elegí seis. Un abrigo de lana gris. La gabardina.

Un traje azul noche. El chaleco de tweed.

La chaqueta Número Uno. Y el jersey. Cormac se cambió en el biombo, con la ayuda de Noor, que le sujetaba las prendas con dos dedos y las orejas ardiendo.

Dominic, mientras tanto, movía focos a un centímetro de distancia, con tiza, con un metro, con una libreta en la que apuntaba cifras que no entendí.

La primera foto fue del abrigo gris. Cormac, sobre la tarima, con las manos en los bolsillos y la mirada hacia la izquierda. Un clic. Dominic bajó la cámara.

—Otra vez.

—Lo hago fatal —dijo Cormac.

—Lo haces demasiado bien.

—¿Es un defecto?

—Sonríes. —Dominic se acercó, con la cámara colgando—. No sonrías. Mírame sin conocerme.

Cormac lo miró. La sonrisa se le fue. No fue un gesto de seriedad: fue un desmantelamiento, capa por capa, del hoyuelo, de las cejas, del ángulo de la mandíbula. Se quedó con la cara de un chico de veintidós años en una portada de hace doce, con el tweed demasiado grande y los ojos muy abiertos.

—Ahí —dijo Dominic—. Clic.

El resto de la mañana fue un trabajo minucioso.

La gabardina. El traje azul. Dominic pedía las cosas en voz baja, con sílabas cortas: «Brazo.

Más. Ahora, atrás». Yo, de pie junto a las perchas, con los brazos cruzados, miraba cómo la lana respondía a un cuerpo que la sabía habitar: la espalda se abría, la manga acompañaba, el cuello enmarcaba la mandíbula.

Cada vez que Cormac levantaba el brazo, comprobaba la sisa con un rincón de la vista, por costumbre.

Ninguna prenda subió. Cuando llegamos al chaleco, me di cuenta de que llevaba media hora sin respirar del todo.

—Y ahora ella —dijo Dominic.

—No —dije.

—Un solo plano. Con él.

—No salgo en fotos.

—Salió en un vídeo con una paloma.

—Eso fue un accidente.

—Los mejores planos de mi vida son accidentes —dijo Dominic, con una calma tan grande que no había manera de discutirla—. Póngase junto a él. Delante de la tarima. Con lo que lleve puesto.

Llevaba el abrigo azul marino, la bufanda de Dermot y las bailarinas. Me acerqué. Cormac, con el jersey de lana cruda, con el pelo revuelto de tanto ponerse y quitarse prendas, se quedó a un palmo de distancia, sin mirarme.

—Más cerca —dijo Dominic.

—Ya estoy cerca.

—A treinta centímetros.

Me acerqué a treinta.

—Ahora, mírense.

Nos miramos. No fue una decisión. Yo levanté los ojos, él giró la cabeza, y se hizo esa cosa que ocurre cuando dos personas se ponen de acuerdo sin hablar, una especie de silencio más ancho que el del atelier. Cormac tenía los ojos muy claros. Yo tenía las manos a los costados. Oí un clic.

—Otra —dijo Dominic.

—¿Qué hacemos?

—Nada.

—¿Nada?

—Lo que hacen es lo que hay que hacer. —Bajó la cámara—. Pon la mano en su mejilla, Cormac.

—¿Con consulta? —dijo Cormac, sin apartar la vista.

—Sin consulta.

Levantó la mano. La puso en mi mejilla izquierda, con los dedos por detrás de la oreja y el pulgar sobre el pómulo, con una suavidad que era casi una pregunta. Su mano estaba caliente. Cerré los ojos un segundo. Los abrí.

—Clic.

—Otra.

—Clic.

—Otra. —La voz de Dominic sonaba ronca—. Ahora ella.

Levanté la mía. Le toqué la barba de un día, el borde de la mandíbula, el hoyuelo. Le noté tragar. Fueron ocho segundos, quizá diez. Dominic dejó de hablar. Se oyó una lámpara zumbar en el techo. Alguien, a lo lejos, dejó caer una aguja.

—Ya está —dijo Ilse, muy bajo, desde la ventana.

Bajé la mano. Cormac bajó la suya. Nos quedamos los dos de pie, a treinta centímetros, en un silencio grande, mirando a Dominic, que sostenía la cámara contra el pecho con las dos manos y una expresión que no le había visto nunca.

—Tengo la portada —dijo.

—¿Cuál? —dijo Ilse.

—La de la izquierda. La del segundo antes de que ella se acerque. Ese es el plano.