Capítulo 15 #3
—Sí.
—¿Y es que sí?
—Es que no.
Marguerite no se movió. Solo levantó una ceja, un milímetro.
—Ya suponía que ibas a decir eso —dijo—. No me sorprende. Me habría gustado que dijeras que sí y me habrías dado un problema mucho más pequeño.
—No te lo he dicho todo.
—Continúa.
—No acepto la fusión. Te propongo una adquisición.
Ansel dejó de respirar.
—¿De qué? —dijo Marguerite.
—De Bellerose. Merrow Group compra Bellerose con un canje de acciones.
La prima es del once por ciento sobre el cierre de hoy.
Tú sigues de consejera delegada de operaciones.
Yo, de presidenta ejecutiva. Los trescientos ochenta puestos del Anexo C se quedan, con las bajas naturales y con retiro voluntario.
Merrow Hombre no pasa a ninguna parte: sigue siendo una línea de Merrow.
Con el modelo. Con el jersey. Y con Eudora Petrakis y su equipo, que dirigen el patronaje de las dos casas.
—¿De las dos?
—De las dos. —Miré a Eudora—. Si ella quiere.
Eudora, con las gafas sobre la frente, se limitó a asentir muy despacio.
Marguerite Hale se giró hacia la ventana y estuvo mirando la Sexta Avenida durante un tiempo que me pareció largo, aunque fueron doce segundos. Después se giró de nuevo, se sentó por primera vez en su silla, apoyó las dos manos sobre la mesa de haya y me miró con una atención completamente nueva.
—Es lo que yo habría hecho en 2017 —dijo—, si me hubieran dejado.
—Lo sé.
—Ferdinand me habría despedido.
—Lo sé.
—Es una idea muy mala.
—Es la única que tengo.
—Es muy mala porque tiene riesgo. —Se echó hacia atrás—. Y es muy buena porque nadie más se atrevería a proponerla. Mi consejo va a pedir un estudio. Cuarenta y ocho horas. Tres abogados. Un banco. —Hizo una pausa—. ¿Tu consejo lo sabe?
—Uno de los que pueden votar lo sabe.
—Clifton Rusk.
—Sí.
—Ya me lo ha dicho. Me llamó hace una hora. —Sonrió apenas—. Me dijo: «Marguerite, va a hacer una locura magnífica». Y colgó.
—Es su manera de decir «adelante».
—Es una manera muy suya. —Se volvió hacia Eudora—. Señora Petrakis. ¿Es cierto que usted diseñó el patrón de los sesenta y cuatro abrigos?
—Los sesenta y cuatro, sí.
—Yo los estudié en 2013. En una pizarra de mi casa. Con tiza. Mi marido se pasó dos noches sin poder entrar en el comedor.
—¿Y qué le parecieron?
—La sisa era perfecta.
—Ya lo sabía —dijo Eudora.
Marguerite se rio. Fue una risa seca, breve, con un ruido de tos. Y se dio cuenta de que se había reído, y volvió a ponerse seria de golpe.
—Tengo una última pregunta.
—Dime.
—¿Por qué?
Me quedé un momento pensando. Miré a Cormac, que estaba sentado, con las manos entre las rodillas, los ojos muy abiertos, sin decir nada. Miré a Ansel. Miré a Eudora.
—Porque se me olvidó cerrar la puerta —dije.
Marguerite no entendió. No hacía falta.
—Está bien —dijo—. Tendrás mi respuesta el martes.
* * *
Volvimos a pie, los cuatro, desde la Sexta Avenida hasta el atelier, por una noche de viernes con luces de escaparate y tráfico de taxis y gente con prisa.
Ansel iba delante, hablando solo, con la carpeta gris apretada contra el pecho.
Eudora, detrás, con las manos en los bolsillos del abrigo, silbaba algo sin melodía.
Cormac y yo íbamos a la par, sin hablar.
En la esquina de la calle Treinta y ocho, Ansel se despidió con un gesto de la carpeta y desapareció por una calle lateral, murmurando cifras. Eudora se detuvo.
—Voy a casa —dijo—. Tengo un marido esperando y unas lentejas.
—Gracias, Eudora.
—No me las des. Es una sugerencia.
Y se fue.
Nos quedamos los dos delante de la puerta del edificio de Merrow. Era tarde. Arriba, en el once, una sola ventana con la luz encendida. Nunca la apagamos del todo.
—Subamos —dijo Cormac.
—¿A qué?
—A la cinta.
—¿A estas horas?
—Otis ha puesto un nueve. Ha escrito «Faltan 1». —Me miró—. Se va a quedar sin flan.
Subimos. En el atelier vacío, con las luces de emergencia y el olor a lana y a plancha, la pasarela de cinta adhesiva seguía sobre el parquet, dos líneas paralelas de diez metros, entre la tarima y la puerta del fondo.
En la pared, la pizarra de Otis. «Martes: 5.
Miércoles: 7. Jueves: 9». Y una línea nueva, con un cuadrado alrededor: «Faltan 1».
Cormac fue hasta el fondo. Cruzó la cinta de una punta a otra con el paso lento de siempre. Dio la vuelta. Se quedó de pie, en el extremo opuesto a mí, con las manos sueltas y la mano derecha, poco a poco, abriéndose con la palma hacia arriba.
Yo no me moví.
Miré la cinta. Diez metros. Miré la mano.
Y anduve.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Seis, siete, ocho.
Nueve. No me detuve en el nueve. Los focos estaban apagados, y en la penumbra el parquet olía a cera; a un lado, en la oscuridad, las cuarenta y tres perchas con sus fundas de plástico crujían sin viento.
Diez. Once. Me pareció que el suelo se acortaba a cada paso, que la cinta se volvía una cuerda, que el aire era espeso, que la mano abierta, al final, no estaba a diez metros, sino a uno. Doce. Trece. Y luego la toqué.
Le cogí la mano con las dos mías.
Cormac no dijo nada. Yo tampoco. Estábamos en un atelier vacío, a oscuras, en un extremo de una cinta adhesiva, y no había nadie mirando.
Ni Eudora ni Otis ni Wendell ni Gilda ni un teleobjetivo.
No había cronograma. No había memorándum.
Había un jersey de lana cruda con un botón cosido en el bajo y dos manos.
—Doce —dijo él, muy bajo.
—Han sido trece.
—Otis va a hacer una tabla nueva.
—Otis va a ganar un flan.
Se me hundió la cara contra su pecho. No fue un gesto pensado.
Lo hizo sola, con la frente en el jersey, con las manos aún cogidas entre los dos.
Cormac me rodeó con los brazos. No me apretó.
Me sujetó, con la palma abierta en la espalda, justo entre los omóplatos, en el sitio donde el abrigo me tiraba.
—No se sube —dijo.
—¿Qué?
—La chaqueta. No se sube.
Me eché a reír contra su pecho. Se me movían los hombros.
Cormac tampoco pudo evitarlo: le sentí la risa por dentro, en el pecho, en el jersey, y así nos quedamos durante un tiempo muy largo, sin pasos ni cinta ni pizarra ni contrato, hasta que las luces de emergencia se apagaron solas, y en la oscuridad del atelier no quedó más que el olor a lana y un botón cosido, por dentro, donde no se ve.
* * *
El sábado a las siete de la mañana, cuando bajé al once a recoger un abrigo que me había dejado, la pizarra de Otis tenía dos cambios.
Alguien había borrado la línea de «Faltan 1». Debajo del nueve del jueves, con tiza verde, con la letra redonda y cuidadosa de una persona que ha esperado mucho a escribirlo, ponía: «Viernes: 13». Y al lado, en otra columna, un nombre: «Ganadora: Pippa».
Sobre la mesa de corte, en un plato de papel, con una cucharilla de plástico, había un flan.
No dije nada. No lo toqué. Me quedé mirándolo un rato con las manos en los bolsillos. Luego cogí una tiza, del canto de la pizarra, y escribí debajo de todo, en letra pequeña, sin firmar:
«Sábado: 22».
Volví a dejar la tiza donde estaba. Nadie me vio. A las siete y diez, Eudora, que llega antes que nadie, se quedó un buen rato delante de la pizarra con las gafas sobre la frente, sin decir nada, y después, con una mano, con un movimiento muy leve, borró el veintidós y escribió un veintitrés.