Solo una vez (Humor 3) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Fui el miércoles por la noche, a las nueve, en un taxi, sola, con el abrigo azul marino, la bufanda de Dermot y la pluma de Doris en el bolsillo.

La llave la llevaba desde hacía cinco años en el llavero, entre la del despacho y la de casa, sin usarla.

El edificio de tres plantas tenía la persiana metálica cerrada y una farola rota en la esquina.

Bajé por una escalera de cemento con un pasamanos oxidado, empujé una puerta metálica que dio un chirrido de cerrojos, y encendí una linterna.

Estaba igual.

No: estaba peor. Había polvo en el suelo, telarañas en las vigas, y un olor a humedad fría, a cartón viejo, a lana.

Pero el espacio era el mismo. Un rectángulo de seis metros por ocho, con el techo bajo, una ventana pequeña a ras de la calle tapada con cartones, una pared de ladrillo pintada de blanco y, en un rincón, una estufa de hierro con la chimenea rota.

En el suelo, sobre un trozo de moqueta gris, dos máquinas de coser de segunda mano cubiertas con una sábana.

Dejé la linterna sobre una caja. Me senté en el suelo, con las piernas cruzadas, con el abrigo puesto, en el mismo sitio donde me había sentado hacía doce años.

No pensé en nada durante un rato. Escuché.

Se oía, arriba, muy lejos, el ruido de un tren que pasaba por un viaducto.

Un goteo en algún rincón. Y nada más. Ningún ruido de cocina, ninguna respiración, ningún zumbido de lámpara, ningún teléfono.

Un silencio limpio, de una calidad que llevaba diez años sin oír.

Fue entonces cuando comprendí una cosa que no me esperaba: que no me gustaba.

Me quedé con eso un rato largo. Me dolió el pulgar.

Lo abrí. Levanté la vista hacia la viga central, la que sostenía el techo, y vi, a la luz de la linterna, algo que había escrito en tiza sobre la madera, con letra de veinticinco años, un día que no recordaba: «SASKIA M. — 1ª colección. Aquí no entra nadie».

—Qué frase —dijo una voz desde la puerta.

Me giré. Cormac estaba en el último peldaño de la escalera, con una bolsa de papel en cada mano y el gorro gris. Detrás de él, la persiana metálica levantada un palmo por la que se colaba el aire frío de la calle.

—¿Cómo has entrado?

—Te has dejado la persiana levantada un palmo.

—No la he cerrado.

—Lo sé. —Bajó los peldaños que le quedaban—. Eudora me contó dónde estaba. Y que a lo mejor no tenías ganas de que nadie viniera.

—No las tengo.

—Ya. —Dejó las bolsas en el suelo, junto a la estufa—. Te traigo té.

—No quiero té.

—Te traigo té con pan de pasas. Los dos son de mi madre. Ella los pasó ayer en un tren para Fergal, y Fergal me los ha traído en persona.

—Cormac.

—¿Sí?

—Vete.

Se quedó de pie, con las manos abiertas, mirando el sótano con la cabeza inclinada.

Miró las máquinas de coser bajo su sábana.

Miró la estufa. Miró la viga con la frase de tiza.

Después se sentó en el suelo, a mi lado, con las rodillas dobladas y la espalda contra la pared de ladrillo, sin decir nada.

—He dicho vete.

—Ya lo he oído. —Abrió una bolsa—. Pero yo tengo una regla nueva. Cuando me dices «vete», me siento.

—Es una mala regla.

—Es mía. —Me tendió un vaso de té, de cartón, tibio—. Tómalo.

Lo tomé. Estaba dulce. Sabía a lo que sabe un té hecho por una mujer que cree que el azúcar es una forma de cariño.

Nos quedamos callados. El tren pasó otra vez por el viaducto, con su ruido larguísimo, y cuando se apagó Cormac habló con una voz muy baja, que no era la que usaba en el atelier.

—Aquí es donde me contaste que te despertaste sin ruido.

—Sí.

—¿Y era mejor?

—Era mío.

—Eso no es lo que te he preguntado.

—No lo sé. —Bebí un sorbo—. Antes creía que sí. Hoy he bajado las escaleras y he pensado: qué silencio. Y me ha dado un frío que no esperaba.

—¿Qué has pensado después?

—Que en mi despacho hay un atelier con cuarenta y tres prendas y un jersey que no debía estar. Que hay una pizarra con una tiza. Que en mi casa hay una mesa de ocho sillas con un mantel de Eudora. —Se me atragantó la voz—. Que ya no quiero esto.

—¿El silencio?

—El silencio.

—Eso es bueno.

—Es horrible. —Me reí sin ganas—. Yo pensé que iba a comprar el edificio entero para que nadie me echara. Y me lo he pasado tan bien encerrándome en él que se me ha olvidado que la puerta se abre por los dos lados.

—Y ahora la puerta se ha abierto.

—Y ahora hay una señora con un maletín que quiere comprármela.

—Y tú no quieres venderla.

—No quiero venderla. —Tragué—. Y tampoco quiero que se quede tal como está. Porque tal como está, me cabe una persona.

—Yo no cabía.

—Cabes tú.

—Y una madre con delantal.

—Y un padre con una paloma.

—Y una becaria con un limón.

—Y una costurera con un botón.

Cormac soltó una risa muy suave. Levantó su vaso de té.

—Por las puertas —dijo.

—Por las puertas.

Chocamos los vasos de cartón, con un ruido blando.

Bebimos. Pasó el tiempo. En algún momento apoyé la cabeza contra el ladrillo, y él, sin decir nada, apoyó la suya al lado, y así nos quedamos un rato, en el suelo de un sótano de Queens, con una estufa rota delante y una viga con una frase de tiza, escuchando cómo goteaba el agua en una esquina.

—La frase de la viga —dijo.

—Sí.

—«Aquí no entra nadie».

—Tenía veinticinco años.

—Y la has dejado. Doce años.

—No tuve el valor de borrarla.

—Tampoco de cerrarla del todo —dijo Cormac—. Te has dejado la persiana levantada un palmo.

—Eso es un dato.

—Es una opinión con un dato dentro.

Me eché a reír. Con la cabeza contra la pared, con el vaso de té en la mano, con los ojos cerrados. Fue una risa larga y muy honesta, y cuando terminó, me di cuenta de que estaba llorando. Poco. Por la nariz. Sin ruido.

No dijo nada. Sacó del bolsillo de la cazadora un pañuelo de algodón blanco, con un dobladillo perfecto, y me lo dio.

—Es de Eudora —dijo.

—Ya lo veo.

—Me lo dio para ti.

—Eudora va a ser amonestada.

—Estará en una lista larguísima —dijo—. Al lado de mi madre.

* * *

El jueves a las once de la mañana me llamó Clifton Rusk. No fue el mensaje de una sola línea, ni el emoji, ni el «Interesante». Fue una llamada de veintiséis minutos.

Se lo conté todo. No era eso lo que me habían enseñado a hacer con un accionista, pero le hablé como se habla a una persona que ha visto tu cara de cerca. Le hablé del Anexo C. Le hablé de Ingrid, de Anselmo, del chico que se equivocó de planta. Le dije que no vendía. Le dije que quería otra cosa.

—¿Qué otra cosa? —dijo.

—Comprar.

—¿Comprar qué?

—A Bellerose.

Hubo un silencio en la línea. No fue un silencio de sorpresa: fue el de un hombre que hace cálculos rapidísimos con la boca cerrada.

—Repite.

—Merrow Group adquiere Bellerose. Con un canje de acciones.

Al precio de cierre de hoy, que es el más bajo de su historia.

Marguerite Hale sigue de consejera delegada de operaciones, pero bajo la matriz Merrow.

Yo, presidenta ejecutiva. —Respiré—. Y sin recortes.

Los trescientos ochenta puestos se quedan.

Si hay que reorganizar, se reorganiza con las bajas naturales y con retiro voluntario, y sin ninguna cifra.

—Eso es una locura.

—Ya lo sé.

—Es una locura magnífica. —Se le oyó respirar—. Ferdinand debe de estar comprándose un paraguas cada hora.

—Se lo compra cada hora.

—Y Priyanka, ¿qué dice?

—Todavía no se lo he contado.

—Se lo cuento yo. —Se rio, con una risa que yo no le había oído nunca—. No, no se lo cuento. Que lo descubra. Se le pone una cara única. Saskia.

—¿Sí?

—Yo llevo tres semanas queriendo ganar dinero. Y en este momento acabas de darme una manera de ganar mucho más de lo que me proponía Marguerite. Solo que con más riesgo. Y una cosa que no sé cómo se llama.

—Se llama honestidad.

—No, no. —Volvió a reírse—. Se llama «hacer una idiotez con estilo». Cuenta conmigo.

—¿Estás seguro?

—Nunca. —Colgó.

Al cabo de dos minutos, sin que yo hiciera nada, el móvil sonó de nuevo. Era Priyanka Deshmukh, con su voz sin adjetivos y una pausa antes de hablar que me pareció de una duración inusitada.

—Clifton me ha llamado —dijo.

—Lo suponía.

—Me ha dicho que iba a explicarme algo y que no lo iba a explicar. Que me lo dijera usted.

—Es una adquisición de Bellerose por Merrow. Con un canje de acciones. Sin recortes.

Hubo un silencio de doce segundos. Los conté.

—Es una locura —dijo Priyanka.

—Lo sé.

—Voy a necesitarla por escrito.

—Se la mando esta noche.

—Con las cifras de deuda de Bellerose. Con el plan de integración. Con el calendario de bajas voluntarias. —Se le oyó pasar una hoja—. Y con una explicación de por qué es mejor que la fusión.

—Porque no rompe nada.

—Eso no es una explicación. Es un valor.

—Es la que tengo.

—Ya. —Otra pausa—. Nuestro fondo es partidario, como regla general, de las locuras con estudio previo. Y usted tiene un talento insólito para hacer las cosas en el orden inverso.

—Es una manera de decir que sí.

—Es una manera de decir que tiene cuarenta y ocho horas —dijo Priyanka, y colgó.

Otra vez el móvil. Era Augusta.

—Querida —dijo—. Sultán ha ladrado a favor.

—Todavía no he...

—Ya lo sé. Lo ha hecho por adelantado.

* * *

Marguerite Hale me recibió el viernes a las seis en un despacho de una austeridad casi monástica: una mesa de haya, dos sillas de altura normal, una estantería con tres libros de contabilidad y, en la pared, una sola fotografía enmarcada de una mujer joven con un abrigo de lana camello y una expresión de fastidio.

—Mi madre —dijo, al ver que la miraba—. Costurera. Nunca le gustó posar.

Iba conmigo Ansel, con la carpeta gris y las gafas en la mano; Cormac, que había insistido en subir aunque no le tocaba, con la cazadora oscura, el jersey cuarenta y tres debajo y un gesto de niño al que dejan asistir a una reunión de mayores; y, sorprendentemente, Eudora, con las gafas sobre la frente y un metro amarillo colgado del cuello, que había subido conmigo en el ascensor sin que nadie se lo pidiera y sin pronunciar palabra.

—Sentaos —dijo Marguerite.

Nos sentamos. Ella se quedó de pie junto a la ventana, con las manos a la espalda.

—Bien. —Me miró—. ¿Tienes una respuesta?