Capítulo 15
Otis llevaba la cuenta en una pizarra.
La había colgado el martes por la mañana en la pared del fondo del atelier, junto al perchero de los abrigos rechazados, con dos columnas escritas en tiza verde: «Día» y «Pasos».
Debajo de «Día» había un martes. Debajo de «Pasos», un cinco.
Y debajo del cinco, en letra pequeña, una advertencia que nadie me había pedido: «Apuestas abiertas. Premio: un flan».
—¿Quién ha organizado esto? —dije.
—Nadie —dijo Otis, con la tiza en la mano y una expresión de sabio.
—Es una pizarra.
—Es una sugerencia.
Eran las diez de la mañana. En el parquet, la cinta adhesiva de Eudora seguía marcando dos líneas paralelas de diez metros entre la tarima y la puerta del fondo.
Al otro extremo esperaba Cormac, con las manos a los costados, sin jersey y sin gorro, en camisa blanca y vaqueros, y la respiración contenida de diez minutos.
Alrededor de la pasarela improvisada se había formado, sin que nadie lo convocara, un semicírculo de gente: Eudora en primera fila, con los brazos cruzados; Noor y Pippa, apoyadas una en otra; tres costureras con el té en la mano; Wendell, con la tablet pegada al pecho; y, algo más atrás, con un cigarrillo apagado en los dedos y aspecto de haber cruzado media ciudad para verlo, Gilda Zamora.
—Gilda —dije.
—No me hagas caso —dijo Gilda—. Estoy de paso.
—Estás en el atelier de mi empresa.
—Estoy de paso con mucha intención.
Me quedé mirando la cinta. Diez metros. Desde donde yo estaba, junto a la tarima, hasta el punto donde Cormac me esperaba, con la mano abierta y la palma hacia arriba, había veintidós pasos míos, con las bailarinas negras. Me lo había calculado.
—Cinco —dijo Eudora.
—Hoy me apetece seis.
—Has dicho cinco al chico por mensaje.
—He dicho cuatro.
—Y él ha dicho cinco. Y tú has dicho «vale». —Sonrió—. Lo he leído en la cara.
Eché a andar.
Uno, con el pie derecho. Dos. Tres. Cuatro.
Me pareció, en el cuarto paso, que el suelo era más ancho que nunca, que la cinta se alargaba, que la luz de los focos me apretaba las sienes.
En el quinto, me detuve. Estaba a cinco pasos de la tarima.
A diecisiete de la puerta del fondo. Cormac, a lo lejos, no movió la mano.
No dijo nada. Se quedó ahí, con una calma que tenía algo de escultura.
—Cinco —dijo Otis, y escribió con la tiza en la pizarra un cinco.
—Es correcto —dije.
—Es un cinco —dijo Eudora—. Y es lo que se dijo.
Nadie aplaudió. Gilda, al fondo, se metió el cigarrillo apagado en la boca y dijo, en voz baja, «Ay, Dios». Yo di media vuelta y regresé a la tarima con la misma lentitud con que había venido.
El miércoles fueron siete.
El jueves, nueve.
Nadie me lo pidió: fue un asunto entre Otis y la tiza, que cada día escribía un número más y que el jueves, tras el nueve, añadió una línea nueva y le puso un cuadrado alrededor: «Faltan 1». Yo lo miré a las diez y cuarto y no dije nada. Cormac, al final de la cinta, con la mano abierta, tampoco.
* * *
—Ochocientos veinte millones —dijo Ansel.
Era el martes por la tarde, en la sala de juntas del catorce, con las persianas a medio bajar y sobre la mesa de doce metros tres montones de papel, dos portátiles y un cuenco de cristal con doce limones que Pippa había traído por si alguien pedía agua con gas.
Ansel, en la cabecera, con la carpeta gris de Marguerite Hale abierta delante y las gafas de leer en la punta de la nariz, tenía la voz de un hombre que ha pasado dos horas sumando.
—Son ochocientos veinte millones para tu paquete —dijo—. El treinta y cuatro por ciento de lo que vale hoy Merrow, más la prima del treinta y cuatro. Contando las acciones que tienes, los derechos de opciones y una cláusula de pago diferido a tres años.
—No me interesa.
—Lo sé.
—No me interesa el dinero, Ansel. Me sobra.
—A ti te sobra. A mí no me sobra. Tengo una hipoteca.
—Tú también cobras comisión de éxito.
—Sí, pero es la cifra más grande que he visto con mi nombre al lado y me apetecía decirla en voz alta. —Se quitó las gafas—. Ochocientos veinte.
Hollis, en la butaca serrada de la esquina, sin ninguna intención de disimular, silbó. Priyanka Deshmukh, conectada por pantalla desde una oficina sin ventanas, levantó una ceja. Wendell, de pie junto a la puerta, apuntaba algo con el pulgar.
—Hay más —dijo Ansel.
—Dime.
—El Anexo C.
Abrió la carpeta por las últimas páginas. Debajo de la línea de firmas había una hoja sin membrete con una tabla y un título en minúsculas: «Racionalización de plantillas. Fase 1». Deslizó el papel hacia mí.
—Marguerite ha sido muy honesta. Lo ha puesto por escrito.
Leí. Era una tabla sencilla, de tres columnas.
En la primera, departamentos: contabilidad, distribución, compras, logística, tienda online, sala de muestras.
En la segunda, cifras. En la tercera, un porcentaje.
Sumé sin querer, de arriba abajo, como se suma una columna que se conoce. La suma era trescientos ochenta.
—¿Puestos?
—Empleos —dijo Ansel—. En total, entre las dos empresas. Trescientos ochenta. No aparece ninguno del atelier. Ninguno de los diseñadores. Marguerite ha marcado como intocable a Eudora Petrakis y su equipo. Pero contabilidad, distribución, logística...
—Son cuarenta y siete personas de mi contabilidad.
—Sí.
—Y treinta de la tienda online.
—Sí.
—Los conozco por el nombre. —Miré la hoja—. A la mayoría.
—Lo sé.
—A los de la distribución no, pero a los de la contabilidad sí.
A una que se llama Ingrid, que tiene dos hijos y me trae una tarta de zanahoria cada 15 de diciembre.
A un hombre que no habla que se llama Anselmo.
A un chico nuevo que se equivocó de planta en marzo y le dije que las escaleras están para subirlas, y se rio.
—Se rio —dijo Wendell, desde la puerta—. Y luego fue a llorar al baño. Se lo conté a Pippa.
—Wendell.
—Perdón.
Dejé la hoja sobre la mesa, encima de una cifra de ochocientos veinte millones.
—Priyanka.
—Dígame, señora Merrow.
—¿Es habitual que una fusión de este tamaño incluya un recorte de trescientos ochenta puestos?
—Es muy habitual. Es lo normal. Lo llaman «sinergias». —Su voz seguía siendo la misma, sin adjetivos, pero había en ella una precisión rara—. A mi fondo no le gusta el término. Pero lo entiende.
—¿Y si no hay fusión?
—Si no hay fusión, hay que ver qué ofrece Merrow a sus accionistas, además de una promesa de cara humana. —Una pausa—. Y no es una pregunta retórica. Es una pregunta contable.
—Lo sé.
—Si tiene una respuesta —añadió—, sería útil.
—La tengo a medias.
—Con las medias no se compran acciones.
—Con las medias empieza uno a comprarlas.
Ansel me miró por encima de las gafas. Levantó una ceja.
—¿Qué has dicho?
—Nada. Es una intuición.
—Eso lo he apuntado —dijo Wendell.
* * *
El miércoles a las nueve de la mañana bajé a la planta novena, la de contabilidad, por primera vez desde diciembre.
No hay nada más raro que una jefa que baja sin motivo a la sala de una plantilla de cuarenta y siete personas.
Se apagan los teléfonos. Se dejan de oír las teclas.
Alguien esconde un bollo. Recorrí el pasillo entre las mesas con las manos a la espalda, con Wendell a un paso de distancia, y sentí cuarenta y siete pares de ojos clavados en mí con la disciplina de una plantilla que espera una amonestación.
—Buenos días —dije.
Nadie contestó. Una mujer de unos cincuenta años, con el pelo rizado y unas gafas de cadena, se puso de pie junto a una mesa del fondo.
—Buenos días, señora Merrow.
—Ingrid.
—Sí.
—Tienes dos hijos.
—Sí. Tom y Livvy. —Se le pusieron rojas las orejas—. Doce y nueve.
—Y me traes una tarta de zanahoria el quince de diciembre.
—Sí. —Tragó saliva—. No sabía que se había dado cuenta.
—Me la como el dieciséis.
—Ah.
—Con las manos. De pie. En el despacho. Sin decir nada a nadie.
—Ya.
—Y está buenísima.
Ingrid se quedó mirándome con la boca entreabierta. A su lado, en la mesa contigua, un hombre de sesenta años, delgado, con los hombros muy caídos, dejó el bolígrafo sobre un papel y me miró por encima de las gafas. Nunca lo había oído hablar. Llevaba once años en la casa.
—¿Anselmo? —dije.
Asintió con la cabeza, una sola vez.
—Once años. Nadie me ha dicho nunca que no habla porque no tiene nada que decir. Se lo digo yo: creo que es porque tiene demasiado orden.
—Sí —dijo Anselmo.
Se oyó un ruido en toda la sala, un respiro colectivo. Alguien soltó una risa nerviosa. Anselmo, con las mejillas descoloridas, bajó la mirada a su bolígrafo y añadió, con una voz baja, casi inaudible:
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por venir.
No supe qué contestar. Wendell, detrás de mí, se aclaró la garganta.
Me quedé un momento mirando a los cuarenta y siete, las carpetas, los cuadros de contabilidad colgados sin gracia, las tazas, el vaso de agua con gas de alguien, y dije lo único que se me ocurrió, que no fue una promesa, porque no las hago:
—Voy a intentar una cosa. No sé si va a salir.
—Sí, señora Merrow —dijo Ingrid.
—No me lo agradezcan todavía.
—Es que ya se lo agradecemos —dijo una voz, del fondo. Y otra, más allá: «Es verdad». Y otra, sin ninguna prisa: «Ya».
Al subir en el ascensor, Wendell se quedó mirando los números que se iluminaban uno tras otro.
—Nunca habías bajado a la nueve.
—Lo sé.
—Te habría gustado hacerlo antes.
—Sí.
—Es una sugerencia —dijo, muy bajo.
—Wendell va a ser amonestado.
—Ya lo sé. Lo estoy deseando.
* * *
El sótano de Queens está en la calle Treinta y ocho de Long Island City, debajo de una tintorería que cerró en 2015, y yo lo había comprado sin que nadie lo supiera el año en que Merrow cotizó por primera vez.