Solo una vez (Humor 3) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Se fue sin esperar a que la acompañara. Me quedé en la sala de juntas, delante de la carpeta gris, con el pulgar de la mano izquierda apretando la palma. No dolía. Lo aflojé. Volví a apretarlo.

La puerta se abrió sin llamar. Ansel entró con la tablet, con Wendell detrás, y los dos se quedaron mirando la carpeta gris sin acercarse a ella.

—¿Qué ha dicho? —dijo Ansel.

—Un treinta y cuatro.

Se le cayó la manzana. Rodó por la alfombra hasta la pata de una silla. Nadie se agachó a recogerla.

—Un treinta y cuatro —repitió.

—Por ciento.

—Sobre el cierre de hoy.

—Sobre el cierre de hoy.

—Eso es... —Se pasó una mano por la cara—. Eso es el doble de lo que ofreció el fondo japonés en marzo de 2019, cuando no me dejaste ni terminar la frase.

—Lo recuerdo.

—Y hay una condición.

—Hay una condición.

—Que no me vas a decir.

—Que no te voy a decir hasta que la haya pensado.

Ansel asintió. Recogió la manzana, la miró, no se la comió.

* * *

A las seis bajé al once. El atelier estaba casi vacío. Otis y Noor se habían ido; quedaba Eudora sola, sentada a la mesa de corte, con el metro amarillo al cuello y una prenda a medio hilvanar en las rodillas. No levantó la vista.

—¿Cuánto te ofrece? —dijo.

—¿Quién?

—La que ha subido al catorce con un maletín.

—Un treinta y cuatro por ciento.

—Yo no quiero un treinta y cuatro. —Enhebró una aguja—. Quiero mi mesa.

—Se queda.

—Ya lo sé. Se lo has dicho tú. Lo he oído por el hueco del montacargas. —Metió el hilo, tiró de él—. Pero te preguntaba por ti.

Me senté en una silla, delante de ella. Sobre la mesa había una manga de un abrigo de mujer, con la sisa abierta, y el hilván en rojo. Le pasé un dedo.

—No lo sé.

—Nunca lo sabes hasta que lo has decidido.

—Es un mal método.

—Es el tuyo. —Sonrió con la lengua entre los dientes—. Te voy a contar una cosa, y no me interrumpas. Hace doce años, en el sótano de Queens, la noche que se te quemó la estufa. Te acuerdas.

—Me acuerdo.

—Yo me quedé toda la noche a tu lado. Tú no hablabas. Estabas sentada en el suelo con el abrigo puesto, mirando la lana. Y a las cuatro de la madrugada me dijiste una frase.

—No me acuerdo de la frase.

—Dijiste: «Voy a comprar el edificio entero». Y yo dije: «¿Para qué?». Y tú dijiste: «Para que nadie me pueda echar».

—Ya.

—Lo has comprado. —Levantó la vista, por fin, con los ojos muy claros detrás de las gafas—.

Ya nadie te echa. Y ahora hay una señora con un maletín que te quiere echar de otra manera, con una prima.

Y yo digo: ¿de qué te sirve un edificio entero si nadie te puede echar y no tienes a nadie que se quede?

—Eudora.

—Me equivoco. Sí tienes. —Volvió a bajar la vista a la manga—. Pero esa persona ya no es una empresa. Tú decide lo que quieras. Yo hilvano.

No dije nada. Estuvimos un rato así, sin hablar, ella con la aguja y yo con las manos en las rodillas, hasta que cerró la manga y la dejó sobre la mesa, con un golpe suave.

—Vete a cenar —dijo—. El chico te espera en la puerta con una bolsa de pasteles. Son de la panadería de Astoria; yo solo los recomiendo.

—¿Cómo sabes que me espera?

—Porque me ha llamado a las siete. Para preguntar por Pippa.

* * *

Cormac me esperaba en la puerta del edificio a las ocho de la tarde, con las manos en los bolsillos y la cabeza baja, sin ningún abrigo. Había cenado en la panadería de Astoria de la que Eudora traía los pasteles. Llevaba dos bolsas de papel.

—Tienes cara de haber pasado el día en un banco —dijo.

—Es que lo he pasado.

—¿Malo?

—Peor. Bueno.

—Ah. —Me dio una de las bolsas—. Pasteles de hojaldre. Para digerir.

Nos sentamos en el murete de piedra del vestíbulo, delante del edificio, con las bolsas sobre las rodillas y los faros de los coches pasando por la calle.

Le conté lo de Marguerite, con los datos: el treinta y cuatro, el viernes, el jersey, las cuatrocientas unidades preventa, el punto añadido al orden del día de la junta de Clifton.

No le conté lo de las cinco veces que Marguerite le había dicho a Ferdinand que no lo hiciera. Ni lo de la sisa.

—O sea que si acepto —dijo Cormac—, no soy tuyo.

—No eres mío. Eres de la marca.

—Ya. —Se comió un trozo de pastel—. Y si no aceptas, pierdes la empresa.

—Puede que sí. Puede que no. Depende de cómo voten.

—¿Y qué quieres tú?

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

—No lo sé. —Bajé la vista a las bolsas—.

Yo empecé una línea de hombre para tener a alguien.

Un rostro. Una cara humana. Eso lo dijo Clifton.

Y ahora la línea existe, tiene cuarenta y tres prendas, un jersey que no debería estar y un modelo que no debería ser mío, y me piden que las regale a cambio de una prima.

—Yo no soy una prenda.

—Ya lo sé.

—Ni soy tuyo.

—Ya lo sé.

—Soy un hombre con un contrato de dos millones de dólares que no me has pagado, que no voy a cobrar y que me importa un rábano. —Sonrió con el hoyuelo, sin gracia—. No tengo voto, Saskia. Tengo un hoyuelo.

—Tienes la cuarta condición.

—¿La de salir a saludar?

—Sí.

—Dime.

—Quiero saber con quién salgo. Si con Merrow, o con Merrow-Bellerose.

Cormac dejó el pastel sobre la bolsa. Se quedó mirando la calle, con la cabeza ladeada, y por un momento pareció que iba a decir algo largo y calculado, algo de negocios. No lo hizo.

—Con Saskia —dijo.

No añadió nada más. Yo tampoco. Los coches pasaban por delante de nosotros con un ruido de agua sobre el asfalto. En un balcón, muy arriba, alguien se puso a regar unas macetas. Cormac cogió mi mano, sin consulta, y la puso sobre su rodilla, y no dijimos nada más durante mucho rato.

A las diez de la noche, en el ascensor de mi edificio, me llamó Clifton Rusk. No lo cogí. Volvió a llamar. No lo cogí. A la tercera, lo cogí.

—Saskia —dijo. Tenía la voz de un hombre que ha ensayado la frase—. Me han dicho que ha estado Marguerite Hale.

—Sí.

—Es una buena oferta.

—Lo sé.

—Es la mejor que he visto en mi carrera. —Se calló un segundo—. Y no me gusta.

—¿Perdón?

—No me gusta. Porque yo llevo tres semanas queriendo ganar dinero y ahora tengo delante una manera de ganarlo, y resulta que lo que me apetece, y esto no lo digo en público, es que salgas a saludar el día del desfile.

Con ese chico. Y que se vea. —Se le cortó la voz—.

Yo no soy un hombre sentimental. Lo suyo es una cosa fatal para mi negocio.

—No entiendo nada, Clifton.

—Yo tampoco. Buenas noches.

Colgó. En el pasillo de mármol, con la llave en la mano y la pluma de Doris en el bolsillo del abrigo azul, me quedé mirando la puerta de mi casa durante un rato largo, sin abrirla.

Entré. Dejé el bolso sobre el sofá blanco, que ya no lucía tan estrenado. Eran las diez y diez. Sonó el móvil: Priyanka Deshmukh, con su voz sin adjetivos.

—Señora Merrow. Solo le llamo para decirle una cosa, que es una opinión personal y no del fondo.

—Dígame.

—Un fondo de pensiones no debe tener favoritos. Pero si lo tuviera, el mío tiene una preferencia por las empresas que no se venden por una prima. —Una pausa—. Le sube el precio de las acciones a largo plazo. Es un dato.

—¿Es un dato o una opinión?

—Es un dato con una opinión dentro. —Colgó.

A las diez y veinte llamó Augusta Pell. No preguntó nada.

—Yo tengo el once por ciento —dijo—. No vendo.

—Augusta, la prima es del...

—No vendo, querida. Sultán y yo hemos votado esta tarde. Ha ladrado en contra del treinta y cuatro. Con mucha claridad.

—El perro no tiene voto.

—Es lo que tú crees. —Colgó.

A las once, tumbada en el sofá, con la pluma de Doris en la mano y el móvil apagado sobre la mesilla, me di cuenta de que llevaba media hora sin apretar el pulgar. Y de que, sin embargo, no había dormido.

A las once y diez, un mensaje de un número que no tenía guardado: «Bonito paraguas. F.». No contesté. Lo borré.

A las once y cuarto me vibró el móvil sobre la mesilla, que había apagado y que se encendió solo. Un mensaje sin foto. «¿Has cenado?».

«Un pastel de hojaldre».

«¿Solo?».

«Y un pastel de hojaldre».

«Mañana a las diez, ensayo. Tres pasos más».

«Cuatro», escribí.

«Cinco».

«Es una subasta».

«Es un ensayo».

Dejé el móvil sobre la almohada. Me quedé un rato mirando el techo, con la pluma de Doris entre los dedos. Luego lo cogí otra vez y escribí una sola palabra: «Vale».

No contestó. Puse el despertador a las seis.