Capítulo 14 #2
Me quedé un momento sin saber qué decir.
En el atelier, con cuarenta personas alrededor, no se oía ni un respiro.
Levanté la vista hacia Eudora. Eudora tenía las gafas sobre la nariz, y detrás de las gafas, muy pequeña, una expresión que yo había visto una sola vez en mi vida, hace doce años, en un sótano de Queens, el día en que se me quemó la estufa y ella se quedó toda la noche a mi lado sin decir nada.
—Cuarenta y tres —dije.
—Cuarenta y tres —repitió ella.
Noor, en la otra punta, se levantó con algo entre las manos: un botón. Uno solo, de nácar gris, con cuatro agujeros, que llevaba guardado en el bolsillo del delantal desde no sé cuándo.
—Señora Merrow —dijo—. Es del lote de los cuatrocientos. Otis los clasificó por tono. Este quedó suelto. Es el número cuatrocientos uno.
—¿Y?
—Que lo cosí en el interior del jersey. Por dentro, en el bajo. Donde no se ve. —Se puso colorada—. Por si acaso.
—¿Por si acaso qué?
—No sé —dijo Noor—. Por si algún día hace falta un botón.
Miré a Cormac. Se había levantado la punta del jersey, con dos dedos, y en el bajo, por dentro, muy pequeño, cosido con hilo gris, brillaba un botón de nácar.
—Lo dejamos —dije.
—Lo dejamos —repitió Noor, y volvió a su mesa, con las orejas ardiendo.
—Los cuarenta y tres —dije, para el atelier entero— se quedan.
Hubo un silencio. Después, alguien aplaudió.
Otis. Después, Noor. Después, todos: cuarenta personas, con las manos, con las bandejas, con el carrito, con el silbato de una costurera que apareció de no sé dónde, en un ruido esponjoso y desordenado que subió hasta las vigas del techo.
Cormac, sobre la tarima, con el jersey de lana cruda, con las manos sueltas a los costados y el hoyuelo entero, no sonreía.
Me miraba. Yo le mantuve la mirada, con las manos a la espalda y el labio, muy quieto, en su sitio.
—Otro punto —dijo Eudora, cuando cesó el ruido.
—¿Cuál?
—La cuarta condición.
—No.
—Es un ensayo.
—Es lunes.
—Es un ensayo, Saskia. —Sacó del bolsillo del delantal un rollo de cinta adhesiva y, sin decir nada, se puso de rodillas y trazó dos líneas paralelas de diez metros sobre el parquet del atelier, desde la tarima hasta la puerta del fondo.
Una pasarela. Cormac, sobre la tarima, se quedó mirando la cinta.
—¿Y esto qué es?
—El camino —dijo Eudora—. Tú sales por el fondo, caminas hasta aquí, das la vuelta, y te quedas esperando. La diseñadora sale a buscarte.
—Yo no salgo —dije.
—Ya lo sé. —Se levantó, sacudiéndose las rodillas—. Por eso es un ensayo.
Me quedé mirando la cinta. Cuarenta personas me miraban. Detrás de Eudora, Wendell, con la tablet contra el pecho, no decía nada; Pippa, con la boca entreabierta; Noor, con las manos en el delantal.
Cormac bajó de la tarima. Fue hasta el fondo.
Volvió por la cinta. Caminó despacio, sin ninguna prisa, con el paso de los que llevan doce años haciéndolo y se han cansado de él, y de repente, a la mitad, su paso cambió: se le aflojó, se le alargó, se le volvió otro.
Llegó al final de la cinta. Dio la vuelta.
Se quedó de pie con los brazos sueltos, mirando hacia el fondo, hacia mí.
Y esperó.
No sé cuánto duró. Fue un silencio tan largo que se oyó, en el techo, el zumbido de una lámpara. Yo tenía los brazos cruzados sobre el pecho y los pies pegados al suelo.
—Tres pasos —dijo Eudora, en voz muy baja—. Solo tres.
—No.
—Tres.
Di un paso. Fue un paso corto, con la bailarina negra sobre el parquet, hacia la cinta.
Di otro. Cormac, al final, no se movió. Dio la mano abierta, con la palma hacia arriba, sin ningún gesto de consulta, sin ceja, sin nada.
Di un tercer paso, y me quedé donde estaba, con los pies sobre la cinta, a una distancia de diez metros de él, y sentí que la sala entera contenía la respiración.
—Ya está —dijo Eudora—. Ya has salido.
—He salido tres pasos.
—Son tres más que la semana pasada.
—Son tres menos de los que hacen falta.
—Son los que hay. —Sonrió—. Volvemos mañana.
Volví a mi sitio. Nadie dijo nada. Cormac bajó la mano. Me miró, con los ojos muy claros y una sonrisa a medias, y movió los labios sin voz. «Mañana».
* * *
Marguerite Hale llegó a las tres menos cinco, y no llegó con un séquito.
Lo hizo sola, con un traje de chaqueta de hombre, un maletín de cuero marrón y unas gafas de montura fina, en el ascensor de servicio, sin anunciarse en recepción.
Wendell me avisó por el interfono con una voz de nadie: «Ha llegado.
Está en la sala del catorce. Ha dicho que no quiere té».
Ni Pippa se atrevió a acercarse a ofrecerle limón.
La encontré junto a la ventana de la sala de juntas, de espaldas, mirando el Hudson, con las manos juntas sobre el maletín. Era una mujer alta y muy delgada, de cincuenta y ocho años, con el pelo gris cortado a la altura de la barbilla y una espalda tan recta que dolía mirarla. Se giró al oírme.
—Saskia.
—Marguerite.
—Nueve años. —Sonrió apenas. Fue una sonrisa exacta, sin ningún adorno—. Sigues teniendo el cuello mejor que entonces.
—Se me hizo caso.
—Ya lo sé. Estuve mirándolo desde el vestíbulo del banquete, con un vaso de agua, y pensé: esa chica hace caso. Es muy raro.
—Me dijiste que subía.
—Y subía. —Se sentó, sin esperar a que se lo pidiera, en una silla de altura normal—. Voy a ser breve. No estoy aquí por lástima ni por venganza. Estoy porque Bellerose se hunde y Merrow es lo único de esta ciudad que sube.
—Ha sido un fin de semana.
—Ha sido un año. Lo que ocurrió el viernes fue una consecuencia.
—Abrió el maletín. Sacó una carpeta gris, sin cinta, sin cuero, con una etiqueta blanca escrita a mano—.
Yo le dije a Ferdinand cinco veces que no hiciera lo del documento.
Una en enero. Otra en marzo. Otra el lunes.
Otra el jueves, cuando me contó que Vera Lindholm iba a estar en su despacho.
Y otra el viernes, por teléfono, a las cinco y media.
Me contestó que no me metiera. Que él sabía lo que hacía.
—Ya.
—Lo que sabía hacer era una sola cosa. —Puso la carpeta sobre la mesa—. Comprar. Vender. Amenazar. No dirigir. Yo llevo veintidós años haciendo las cuentas de una casa de modas que no diseña una sola prenda decente desde 2017, y una parte de esas cuentas está en esta carpeta.
—¿Qué es?
—Una propuesta.
Miré la carpeta gris. No la abrí.
—Habla.
—Una fusión. Merrow y Bellerose. Merrow-Bellerose Group.
Una sola matriz, dos marcas. —Se ajustó las gafas—.
Tú serías la presidenta ejecutiva y la directora creativa de todo.
Yo, consejera delegada de operaciones. El accionariado se reparte con una prima del treinta y cuatro por ciento sobre el precio de cierre de hoy para los tuyos.
—Treinta y cuatro.
—Con una condición mía —dije.
—Dila.
—Eudora Petrakis se queda con su equipo, en el mismo piso, con las mismas mesas, con el mismo metro amarillo. Otis y Noor también.
—Es evidente.
—Y las butacas de las visitas se quedan enteras.
—En mi despacho las patas están enteras desde 2011 —dijo Marguerite, sin sonreír—. Es la única cosa en la que mi jefe y yo no estuvimos de acuerdo nunca.
Lo apunté mentalmente en una lista pequeña y muy corta de cosas que me gustaban de ella.
—Lo que decía —continuó—. Es lo que Clifton Rusk ha estado esperando desde hace tres semanas. Ya sé que él te lo ha insinuado. A mí me lo ha dicho a la cara. —Sonrió—. Sin adjetivos.
—¿Y qué gana Bellerose?
—Sobrevivir. Un rostro. Y un producto: tu línea masculina. Los cuarenta y tres looks. Con el jersey.
Dejé de respirar durante un segundo.
—¿Con el jersey?
—Es la prenda más pedida por los compradores. Lo sabemos por las reservas de Harlan & Moss. Cuatrocientas unidades preventa desde el lunes. —Me miró—. Es la única cosa de tu colección que Ferdinand no habría sabido diseñar, y yo tampoco.
—No la diseñé yo.
—Ya lo sé. Es un buen jefe de patronaje el que reconoce un jersey que no es suyo.
Callé.
—Hay una condición —dijo Marguerite—. Y no me gusta. Pero hay que decirla.
—Dila.
—Merrow Hombre pasaría a ser una línea de Bellerose. Con la marca, con el nombre, con el desfile. Tú seguirías dirigiendo la creación, pero el producto, la distribución, el contrato con el modelo... —Levantó la mano—. Pasaría a la matriz.
—¿El contrato con el modelo?
—El de Cormac Brannigan. Es la cara de la línea. Aparece en los estudios de mercado como el factor de venta número uno. Sin él, el jersey se vende un cuarenta por ciento menos.
—Cormac no es un factor de venta.
—Es un factor de venta. Y es un hombre. Y tiene una cuarta condición que todos hemos leído en la entrevista de Ilse. —Se recostó en la silla—. Mi propuesta le habría gustado a Ferdinand. A mí no me gusta. Pero es la que hay.
Me quedé mirando la carpeta. Detrás de la puerta cerrada de la sala se oía a lo lejos el murmullo del catorce, un teléfono, un pasillo, el ruido que hace una empresa que se ha convertido, en tres semanas, en algo que nadie sabe cómo se llama.
—¿Cuánto tiempo tengo?
—Hasta el viernes.
—¿Por qué el viernes?
—Porque el lunes siguiente al desfile Clifton Rusk ha convocado una junta general extraordinaria para nombrar un consejero delegado ajeno a la fundadora.
Lo dijo en tu sala de juntas hace tres semanas.
Y lo ha puesto en el orden del día esta mañana, con un punto añadido: «Estudio de una oferta de fusión».
—Se levantó—. Es lo único que les queda a tus accionistas para no dejarte fuera.
Si aceptas mi propuesta, no te cambian. Si no la aceptas, votarán la oferta de todos modos.
Y con la prima del treinta y cuatro, perderás.
—Con el treinta y cuatro que tengo yo.
—Con el cuarenta y dos coma cinco que suman ellos. —Guardó el maletín—. Siento ser yo la que te lo dice.
—No lo sientes.
—Sí lo siento. Es la primera vez en veintidós años que me dan a elegir entre una casa que se hunde y una persona a la que le tenía respeto. —Se puso los guantes—. El viernes a las seis. En mi despacho. Trae a quien quieras.