Capítulo 14
Ferdinand Lachaise fue visto por última vez ese lunes a las siete y cuarenta de la mañana en la Sexta Avenida, delante de un puesto ambulante de paraguas, con un abrigo gris perla y un gesto de hombre que acaba de descubrir que no tiene cambio.
Lo supe porque me lo contó Wendell, a las nueve y diez, con la tablet en una mano y en la otra un vaso de agua con gas con un limón de tres milímetros, que puso en mi mesa con mucho cuidado.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo ha visto un conductor de taxi que se lo ha contado a otro conductor que se lo ha contado a la mujer de Lupe Cardoso, que se lo ha contado a Gilda, que me ha llamado a las ocho.
—Es una cadena de suministro.
—Es la ciudad. —Wendell dejó la tablet—. Ha comprado uno. Uno de cinco dólares. Negro. Con las varillas torcidas.
—Es un buen paraguas.
—Es el que se lleva todo el mundo.
Habían pasado dos días desde la azotea, y en dos días Hollis Tate había recuperado la voz, el cronograma y cierta dignidad de bufón triunfante, lo que en su caso significaba que llevaba una corbata amarilla y me miraba con una expresión muy expectante.
—Semana cuatro —había dicho, a las nueve, entrando sin llamar—. Ya sé lo que vas a decir.
—No.
—Es un sábado en el campo. Una casa de Long Island. Con perro.
—No hay campo.
—Hay una casa que mi cuñado tiene en Montauk y...
—Hollis. —Levanté una mano—. ¿Cuántas veces me has oído decir que no?
—Diecisiete.
—¿Y cuántas ha funcionado?
—Cuatro. —Bajó la vista—. Pero las cuatro fueron buenas.
Eran las nueve y veintidós. Ansel estaba de pie delante de la pared de las cotizaciones, con las manos a la espalda y la manzana en el bolsillo de la chaqueta, sin comerla.
Hollis, sentado en una butaca, se mordía el nudillo del pulgar.
Pippa, en la puerta, esperaba con un segundo vaso en la bandeja, por si acaso.
Habían pasado dos días desde el domingo de la azotea y una noche desde que Vera Lindholm y Bellerose habían convertido las páginas de los periódicos en una especie de mercado de segunda mano.
—Apertura —dijo Ansel.
Los cuatro miramos la pantalla.
MERROW: viernes, 96,70. Abrió a las nueve y treinta a 103,10. A las nueve y treinta y dos, 104,60.
—Seis coma seis —dijo Ansel, muy bajo.
—Ya lo veo.
—Siete coma ocho.
—Ya lo veo, Ansel.
—Nueve.
Y debajo, en una segunda línea, en rojo: BELLEROSE: viernes, 71,40. Abrió a 62,10. A las nueve y cuarenta, 58,90.
—Trece por ciento —dijo Wendell, bajito—. Trece coma cinco.
—Cállate —dijo Hollis, sin convicción.
A las diez menos veinte, un mensaje de Priyanka Deshmukh, con dos cifras y ninguna palabra: «+52».
A las diez menos diez, uno de Augusta Pell, escrito con mayúsculas y sin puntuación: «SULTÁN SE HA COMIDO EL PERIÓDICO DE LOS DOS DÍAS.
LE HA SENTADO FATAL». A las diez, el de Clifton Rusk, que decía solo: «Interesante».
—«Interesante» —repetí.
—Es el máximo elogio que ha hecho en su vida —dijo Ansel.
—¿Por qué?
—Porque Clifton Rusk es un hombre que ve algo y ya piensa en lo siguiente. Si dice «interesante», ya está pensando en lo siguiente.
—¿Qué es lo siguiente?
Ansel no contestó. Se sacó por fin la manzana del bolsillo, la miró, la volvió a guardar.
—A las diez y media hay una noticia —dijo—. De Bellerose. He hablado con un contacto que trabaja en el sexto piso. No es un contacto fiable, pero es muy insistente.
—¿Qué noticia?
—Ferdinand ha dimitido.
Miré la pantalla. La línea roja de Bellerose seguía bajando con una elegancia lenta.
—«Por motivos de salud» —añadió Ansel.
—¿Está enfermo?
—Está mojado.
Hollis soltó una risa, corta, que se tapó con la mano. Wendell no se rio. Se limitó a asentir con la cabeza, una vez.
—¿Y quién queda? —dije.
—Una señora. Marguerite Hale. Era la directora financiera. Veintidós años con él. La han nombrado presidenta interina esta mañana a las ocho y cuarto.
—No la conozco.
—Sí la conoces. —Se giró—. Es la que en una cena de la Cámara de Comercio, hace nueve años, te dijo que tenías el patrón del cuello mal.
Me acordé. Una mujer alta, delgada, con el pelo gris cortado a la altura de la barbilla, unas gafas de montura fina y un traje de hombre bien cortado, que en un rincón de un salón de banquetes me había puesto una mano en la solapa y dicho, sin mirarme a los ojos: «Te sube». Y tenía razón. Me subía.
—Es la única persona de Bellerose que me ha dicho algo verdadero —dije.
—Pues es la que va a llamarte.
—¿Cuándo?
—Hoy.
Me sonó el fijo. El rojo. El de los proveedores de Italia y mi abogado. Wendell descolgó.
—Merrow.
Escuchó. Tapó el micrófono con la palma.
—Marguerite Hale. Pregunta si tienes veinte minutos esta tarde.
Miré a Ansel. Miré a Hollis. Miré la pantalla, donde Merrow seguía subiendo y Bellerose seguía cayendo y los dos números hacían una tijera que se abría cada vez más.
—A las tres —dije.
* * *
Cormac llegó al atelier del once a las diez y media en punto, con una bolsa de deporte al hombro, un gorro de lana gris y el jersey cuarenta y tres bajo una cazadora, para ensayar la primera prueba completa de los cuarenta y tres looks.
Yo lo esperaba con Eudora, junto a la tarima de pruebas, con los brazos cruzados y una lista de veintiséis puntos.
Nadie más había subido a esa hora; Otis y Noor estaban en sus mesas, con las cabezas gachas, con la actitud de personas que fingen no estar esperando.
Las cuarenta y tres perchas colgaban en dos filas, una a cada lado de la sala, cubiertas de plástico transparente, con las etiquetas numeradas.
—Buenos días —dijo Cormac.
—Llegas a tu hora.
—Llego a mi hora. Es una novedad. —Se quitó el gorro—. Hola, Eudora.
—Hola, hijo. ¿Has comido?
—Dos bollos.
—Come otro.
—Ya he comido dos.
—Come otro.
Cormac, sin discutir, sacó de la bolsa de deporte una caja de cartón blanca con un cordel de panadería, la abrió y ofreció una rosquilla de canela a la sala entera. Otis se levantó como con un resorte. Noor, más despacio. Yo me quedé con los brazos cruzados.
—Los bollos son para después —dije.
—Ya lo sé. Pero mi madre dice que se come antes de trabajar.
—Tu madre no trabaja en un atelier.
—Trabaja en una panadería desde las cuatro de la mañana. Sabe más de trabajar que tú.
Eudora se tapó la boca con el dorso de la mano. Otis, con la rosquilla a medio camino, dijo «Perdón» sin saber a quién. Yo bajé la vista a mi lista de veintiséis puntos.
—Primer punto —dije—. El prototipo Número Uno.
Eudora trajo una percha. La chaqueta gris antracita, lana de Biella, sisa a un centímetro y medio más abajo, espalda con dos de más, forro en seda gris, cuello en lana cortada a mano.
Cormac se la puso delante de todos. Se abrochó un botón.
Se alisó la solapa. Levantó el brazo derecho, muy despacio, hasta que la mano le quedó por encima de la cabeza.
La chaqueta no subió.
—Otra vez —dije.
Levantó el brazo izquierdo.
—Otra.
Levantó los dos.
—Ahora, adelante.
Extendió los brazos hacia delante, como para abrazar a alguien. La espalda acompañó, sin una arruga.
—Ahora agáchate.
—¿Por qué?
—Por si se te cae una cosa.
Cormac se agachó. Se puso en cuclillas, con las rodillas abiertas y las manos en el suelo. Y la chaqueta, con una lealtad sin precedentes, fue detrás.
Noor soltó un ruido con la nariz. Otis dejó escapar el aire de golpe. Eudora, con las gafas sobre la frente, se acercó, le dio dos golpecitos en la espalda con la palma abierta y dijo, con la tranquilidad de una persona que no admite discusión:
—Está perfecta.
—Es correcta —dije.
—Está perfecta, Saskia.
—Es correcta.
—Es la mejor chaqueta de la ciudad —dijo Cormac, desde el suelo.
—Es correcta.
Se puso de pie con una sonrisa que le ocupaba toda la cara. Yo apunté algo en mi lista. No sé qué. Lo tuve que tachar después.
Pasamos las cuarenta y tres. Una por una, en tres horas.
Los abrigos de lana, con la sisa probada; los trajes, con las mangas probadas; las gabardinas, los chalecos, las camisas de seda cruda, un pantalón al que Otis dedicó veinte minutos porque el tiro le parecía dos milímetros bajo.
Cormac se cambiaba detrás de un biombo, con Noor sujetando la ropa y Otis apuntando en una libreta lo que yo dictaba, y salía cada vez con una prenda distinta, con un paso distinto, con un gesto distinto, y cada vez levantaba el brazo, y cada vez la prenda acompañaba.
Al llegar al look veintiséis, alguien empezó a silbar.
Al llegar al treinta, una de las costureras aplaudía.
Al treinta y ocho, la sala entera contaba en voz alta: «Y... ¡tres!».
Cuando llegamos al cuarenta y tres, todo el atelier se había llenado.
Habían bajado Wendell, Pippa, dos empleados de contabilidad, un guardia de seguridad con las manos en la espalda, y una señora de la limpieza con un carrito.
Sobre la tarima, con las luces de trabajo encendidas y los focos recortando el aire, Cormac Brannigan salió de detrás del biombo con el jersey de cuello alto en lana cruda, las mangas remangadas, un pantalón gris oscuro y las manos vacías.
No hizo nada. Se quedó de pie.
Es una cosa muy rara ver a una persona ponerse un jersey que ha sido pensado para ella, aunque no lo supiera quien lo dibujó.
Le caía sin ninguna arruga desde los hombros hasta la cintura.
El cuello le enmarcaba la mandíbula. Las mangas le dejaban ver las muñecas.
No parecía un modelo. Parecía un hombre que se ha levantado un sábado y ha decidido salir a por el pan.
Nadie dijo nada. Ni siquiera Otis. La señora de la limpieza, con el carrito en las manos, soltó un «Ay» muy pequeño.
—Levanta el brazo —dije.
Lo levantó. El jersey no subió.
—Es correcto —dije.
—Es el cuarenta y tres —dijo Eudora.
—Es correcto.
—Es la mejor prenda de la colección.
—Es la que no estaba.
—Es la que estaba —dijo Cormac, muy tranquilo—. Solo que la tenías tapada con un marco.