Capítulo 13 #3
Doris subió en línea recta. Sobre el cemento, sobre el cobertizo, sobre las chimeneas del edificio, y en lo alto abrió las alas, giró hacia el río, pasó sobre nosotros con un ruido de tela sacudida y trazó una curva enorme sobre Tribeca, después otra, después una tercera.
Cormac, a mi lado, con las manos abiertas a los costados y la cabeza levantada, no se movió.
No se agachó. Vi cómo le subía la nuez de la garganta, cómo se le tensaban los hombros y cómo dejaba pasar a la paloma por encima de su cabeza sin cerrar los ojos.
Al cabo de la tercera vuelta, Doris se colocó de cara al nordeste, batió las alas dos veces y se fue.
La vimos desaparecer hacia el norte, hasta que fue un punto, y después una idea de un punto, y después nada.
—Ya está —dijo Dermot.
—¿Ya está? —dije.
—Ya volará.
—¿Y si se pierde?
—No se pierde. —Se sacó el cigarro de la boca y lo miró—. Ya sabe volver a casa. Es lo único que sabe.
Maeve me cogió del brazo. Bajaron los tres por la escalera de servicio con Eudora y Augusta detrás, discutiendo sobre si la lana virgen o la merino, y nos quedamos en la azotea Cormac y yo, solos, con la ciudad abierta a los dos lados y el viento que despeinaba.
—Ha sido bonito —dijo.
—Ha sido una paloma.
—Ha sido una paloma bonita.
—Cormac.
—Dime.
—Yo tengo que preguntarte una cosa.
—Pregunta.
—¿Qué es esto?
No dijo nada. Se apoyó en el murete, de espaldas al vacío, con los codos sobre el cemento. Miró la puerta por donde habían bajado nuestros padres, las madres, los abuelos, la tribu entera, y después me miró a mí.
—El contrato dice que hasta el lunes siguiente al desfile —dijo.
—Ya lo sé.
—Pues hasta entonces.
—¿Y luego?
—No lo sé.
—Yo tampoco.
—Es un buen principio —dijo, sin sonreír—. No saberlo los dos.
—Eso no es un plan.
—Es más plan que un cordero.
—Mañana abre la Bolsa.
—Ya lo sé.
—¿Qué esperas?
—Que sigamos.
—¿Que sigamos qué?
—Todo. —Miré el río—. La empresa. El desfile. Las cuarenta y tres prendas.
—¿Y lo otro?
—¿Qué otro?
—Lo que no cabe en un papel.
Me quedé un momento callada.
—Eso no cotiza —dije.
—Ya lo sé —dijo—. Pero está en el mismo mercado.
Me eché a reír, sin querer. Él también. El viento nos movía el pelo y la bufanda, y se oía a lo lejos, muy abajo, el ruido de la ciudad con su eco de bocinas.
—Tengo un miedo —dije.
—Ya lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no has apretado el pulgar.
Miré mi mano. La tenía abierta, sobre el murete, con la palma hacia arriba, sin ninguna marca.
—Es un miedo diferente —dije.
—¿De qué?
—De no tenerlo.
Cormac estuvo un rato callado. Luego, sin decir nada, puso su mano encima de la mía. No fue un gesto de consulta, ni de cámara, ni de contrato. Fue solo una mano encima de otra, en un murete de cemento, a cuarenta metros del suelo, con una paloma que a esa hora ya sobrevolaría Connecticut.
—A mí también me pasa —dijo.
No añadimos nada más.
Bajamos. A las cuatro y media, en el recibidor, Maeve y Dermot se ponían los abrigos con la lentitud de las despedidas que nadie quiere.
Maeve me abrazó otra vez. Esta vez, cuando me sujetó el torso contra el delantal que no llevaba puesto, mis brazos hicieron una cosa que no había ordenado: se cerraron.
—Ay —dijo ella, muy bajo.
—Perdón.
—No te disculpes. —No me soltó—. Lo estás haciendo muy bien.
—No sé cómo se hace.
—Es lo que se nota.
Dermot, junto a la puerta, con las manos enormes en los bolsillos, me miró un instante. Luego se sacó de un bolsillo interior de la chaqueta un objeto pequeño y plano envuelto en un papel de periódico, y me lo puso en la mano sin decir nada.
Lo desenvolví. Era una pluma. Larga, de un gris azulado, con una banda oscura en la punta y una vaina brillante en la base.
—De Doris —dijo Dermot—. Se le cayó en el tren.
—Gracias.
—No es un regalo. —Se ajustó el cuello del abrigo—. Es para que sepas que se puede volver.
—¿Volver?
—A donde uno quiera —dijo, y salió al descansillo con la caja de mimbre ya vacía bajo el brazo.
Guardé la pluma en el bolsillo del abrigo azul. Estuvo allí, sin que nadie lo supiera, hasta la noche.
A las seis y cuarto de la tarde, cuando ya se habían ido todos menos Augusta, que se había dormido en el sofá blanco con Sultán en el regazo, me sonó el móvil. Era Fergal, desde Providence.
—Ha llegado —dijo.
—¿Quién?
—Doris. Ha aterrizado en la casita hace diez minutos. Sin un rasguño. Mi madre acaba de llamarme. Mi padre no ha dicho nada, pero se ha puesto a llorar detrás de la puerta.
—Yo no he dicho eso —se oyó la voz de Dermot al fondo—. Es alergia.
—Dos horas y diez —dijo Fergal, muy contento—. Un récord.
Colgué. Miré a Cormac, que estaba en la puerta del salón con las manos en los bolsillos y la cabeza ladeada. En el sofá blanco, Augusta Pell abrió un ojo.
—Me he quedado dormida en tu sofá —dijo—. Lo he usado más en un domingo que tú en cinco años.
—Es cierto.
—Ya lo sé. Lo noté por la tapicería. —Se incorporó, con Sultán en el regazo—. El jueves hay ópera.
—Lo sé. Tengo el abono.
—Con la butaca de al lado.
—Con la butaca de al lado.
—Voy a sentarme yo en la fila de detrás. —Se puso de pie, se alisó la chaqueta de tweed—. Pero si la ves ocupada, no me enfado. Y si la ves vacía, tampoco.
—Augusta.
—Dime, querida.
—Gracias por venir.
—Me lo ha dicho Sultán —dijo, y salió al recibidor, donde Hollis, dormido sobre la carpeta azul, con el plato vacío en las rodillas, no se enteró de nada.
Volví a mirar a Cormac.
—Ha llegado —dije.
—Ya lo he oído.
—Ya sabe volver a casa.
—Sí —dijo Cormac, y me miró, y no dijo nada más.