Capítulo 13 #2
—Pues el banco tenía buen gusto. —Me pasó una rebanada—. Y no espera a un invitado. Espera a alguien que se quede.
—Maeve...
—No digo nada. Corto pan.
Ahora repartía cordero con el mismo cucharón con que repartía en Providence, y Eudora, a su lado, la miraba de reojo, con las gafas en la punta de la nariz.
—Es un cordero muy bueno —dijo Eudora.
—Es de mi carnicero.
—Lo he notado. La grasa está bien distribuida.
—¿Usted entiende de cordero?
—Entiendo de tejidos. Es lo mismo.
—Es lo mismo —dijo Maeve—. Usted tiene manos de coser. Se le nota en los nudillos.
—Y usted, de amasar.
—Cuarenta y ocho años.
—Cuarenta y cinco de patronaje. Contando los dos de aprendiza.
—Ay, Dios, ¡una aprendiza!
—Con una mujer que me pegaba con una regla.
—¿De verdad?
—Con una regla de madera de un metro. Todavía la guardo.
—Yo también la guardo —dijo Maeve—. La de mi madre. Para las masas.
Se miraron. Fue una mirada larga, seria, de esas que comparten dos mujeres de la misma edad que han sobrevivido a la misma escuela, y no volvieron a hablar de otra cosa que de reglas de madera durante veinte minutos.
Cormac, a mi lado, con el tenedor a medio subir, se inclinó hacia mi oreja.
—Se han unido.
—Ya lo veo.
—Es peligroso.
—Es una alianza.
—Es una alianza contra nosotros.
—Es una alianza a favor de nosotros.
—Es lo mismo.
Wendell, al otro lado de la mesa, dejó el tenedor sobre el plato y sonrió sin enseñar los dientes. Pippa, tiesa, había cogido una rodaja de limón entre dos dedos y la miraba con una devoción grave, sin atreverse a echarla en el vaso de agua.
Sonó el timbre.
Lo oí desde el fondo del piso, un sonido metálico y ceremonioso, el de un timbre que llevaba años sin sonar. Wendell se levantó.
—No espero a nadie —dije.
—Yo, sí —dijo Wendell.
—¿A quién?
—Ya lo verás.
Volvió al minuto. Detrás de él, en el umbral del comedor, con una chaqueta de tweed de los años ochenta, un bolso enorme colgado del antebrazo y un pequinés con un lazo azul en brazos, estaba Augusta Pell.
—Querida —dijo—. Me han dicho que hay cordero.
—¿Quién se lo ha dicho?
—Sultán.
—El perro.
—El perro tiene una red de contactos extraordinaria. —Recorrió con los ojos la mesa, los platos, los limones, los siete comensales, y se detuvo un segundo en la silla vacía—. Y Wendell.
—Yo la llamé a las diez —dijo Wendell, sin ninguna vergüenza—. Me pareció que faltaba una.
—Faltaba una —dijo Augusta. Se acercó. Puso una mano en el respaldo de la octava silla, la que llevaba media mañana sin nadie, y me miró con sus ojos gris pálido, tan tranquilos—. Llevo tres temporadas sentándome en la fila de detrás de una butaca vacía, Saskia. Dime que esta no.
—Esta no —dije.
—Perfecto. —Se sentó. Colocó a Sultán sobre un cojín que alguien había puesto en la silla de al lado sin decir nada—. ¿Quién es esta señora tan guapa?
—Maeve Brannigan —dijo Maeve, tendiéndole la mano.
—La del delantal.
—La del delantal.
—Encantada. Augusta Pell. La del once por ciento.
—¿Del qué?
—Es una cosa de la bolsa. No se preocupe. Dermot, ¿verdad? Ah, el de las palomas. ¿Es cierto que hay una paloma en la mesa?
—Está en el pasillo —dijo Dermot.
—Qué maravilla.
Sultán ladró. Maeve se echó a reír. Dermot pasó las lentejas.
Wendell, sin que nadie se lo pidiera, cogió su tablet y la apoyó contra el cuenco de limones.
—¿Puedo?
—Depende de lo que vaya a leer —dije.
—El último párrafo de Vera.
—No.
—Sí —dijo Maeve.
Wendell leyó con voz pausada: «El domingo pasado, la esperaba una mujer con un delantal en el porche de una casa de Providence. Aquí se rectifica».
Nadie dijo nada. Maeve se quedó con el cucharón en el aire. Le temblaba muy poco el labio. Dermot, a su lado, sin mirarla, le tendió una servilleta de tela.
—Es alergia —dijo ella.
—Ya lo sé —dijo Dermot.
—Es la cebolla.
—No hay cebolla.
—Es el limón.
—Los limones los ha traído la becaria —dijo Eudora, con mucha tranquilidad, y Pippa se puso roja hasta la nuca.
Maeve se secó el ojo con la servilleta, se levantó y salió al recibidor. Volvió con una caja de cartón blanca atada con un cordel de panadería, y se la puso a Pippa delante, sobre el mantel.
—Esto es para ti.
—¿Para mí?
—Para la becaria de los limones. Me lo ha contado mi hijo. —Se sentó otra vez—. Es un pan de pasas. Y un pastelito de manzana. Y otra cosa que no sé cómo se llama.
Pippa miró la caja. Miró a Maeve. Miró la caja otra vez. Le temblaron los labios.
—Señora Brannigan, yo no...
—Maeve.
—Maeve. Yo solo...
—Eres la que más limones corta de esta casa, hija. —Le dio una palmada en el brazo—. Y eso, a mi edad, se merece un pan.
Pippa, con la caja en el regazo, rompió a llorar sin ruido. Eudora le pasó su pañuelo, un cuadrado de algodón blanco con un dobladillo perfecto. Wendell le puso en el plato una rodaja de limón de tres milímetros. Yo miré el mantel, y me quedé mirándolo un rato más largo del necesario.
Augusta levantó su copa de vino.
—Un brindis. Por las butacas ocupadas.
—Por las butacas ocupadas —dijo Maeve, con la servilleta todavía en la mano.
Brindamos con las copas, con el vaso de agua de Pippa, con el té frío de Dermot. Cormac me miró desde el otro lado, muy quieto, sin brindar. Levanté mi vaso hacia él, un centímetro. Fue una cortesía de negocios. Nadie en su sano juicio la habría interpretado de otra manera.
Sonó el timbre otra vez. Wendell se levantó, fue al recibidor, y volvió al minuto con Hollis Tate detrás, con la carpeta azul apretada al pecho y aspecto de llegar tarde a una fiesta que aún no había empezado.
—Semana cuatro —dijo Hollis, desde la puerta del comedor.
—No —dije.
—Es solo un esquema.
—Es domingo.
—Es un domingo de trabajo.
—Es un domingo de familia. —Wendell le puso un plato en las manos, con una pierna de pollo y dos rebanadas de pan—. Puedes comer en el recibidor.
—¿Solo?
—Con el perro.
Hollis miró a Sultán, que le devolvió la mirada desde el cojín.
Se fue al recibidor, con el plato y la carpeta, y a los cinco minutos se le oyó decir, en voz baja, «Vale», y al pequinés ladrar dos veces, a favor.
Eudora, al lado de Augusta, le sirvió con un gesto de maestra un poco de vino.
Y sobre la mesa, en el centro, entre los platos, la vela apagada de la tarta y el cuenco con doce limones, la luz de la ventana caía de lado sobre todo, sobre el lino azul, sobre las manos de las dos señoras, sobre el pelo blanco de Augusta, sobre el traje de Wendell, y se veía, por primera vez desde que lo había comprado, que aquel comedor tenía ocho plazas por una razón.
* * *
Recogí los platos con Eudora y con Pippa, que se había recuperado y llevaba la caja de pan de pasas apretada contra el pecho. Yo cargué con cuatro platos apilados y el cuenco de cristal de los limones. Al llegar al pasillo que lleva a la cocina, oí voces y me detuve, con la espalda contra la pared.
—Hijo —decía Maeve, con la voz baja de las conversaciones que se tienen frente a un fregadero—. ¿Qué es esto?
—No sé, mamá.
—Yo sí.
—¿Qué?
—Que el contrato lo firmasteis para fingir. Y lo que hacéis ahora no es fingir.
—Ya lo sé.
—¿Se lo has dicho?
—Le he dicho... —Se oyó un ruido de grifo—. No. Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque hay un papel, mamá. Un papel con firmas. Y hasta que ese papel no se acabe, cualquier cosa que le diga se va a leer como una cláusula. —Bajó la voz—. Quiero decírselo cuando ya no haya ninguna cláusula. Cuando no pueda pensar que es por contrato.
—Eso es dentro de cuatro semanas.
—Sí.
—Es mucho tiempo.
—Es lo que dura.
Hubo un silencio en la cocina. Yo tenía los cuatro platos apretados contra el pecho y el cuenco de limones en la otra mano. Un limón, de los doce, se había soltado y rodaba dentro del cuenco, con un ruido suave de cristal contra cristal.
—Eres muy tonto —dijo Maeve.
—Ya lo sé.
—Y muy Brannigan.
—Ya lo sé.
—Anda, seca.
Retrocedí por el pasillo con mucho cuidado, con los platos, con el cuenco, en silencio.
Al llegar a la puerta del comedor dejé todo sobre la mesa, sin ruido, y me senté en la silla de la cabecera, con las manos sobre el mantel, y las miré.
Estaban muy quietas. Eudora, que llegó detrás con la olla, me miró un segundo por encima de las gafas.
—¿Qué has oído? —dijo.
—Nada.
—Mientes con el labio.
—Es un tic.
—Es lo que dijo el modelo.
* * *
La azotea de mi edificio es una terraza de cemento con un murete bajo, un cobertizo de mantenimiento y una vista de Nueva York que da a Jersey por un lado y a Brooklyn por el otro.
Llevaba cinco años sin subir. Dermot la recorrió despacio, con la caja de mimbre en las manos y el cigarro en la boca, midiendo con los ojos el viento, la altura y una nube alargada que venía del río.
—Sudoeste —dijo.
—¿Es bueno?
—Es lo que hay.
Subimos detrás de él: Maeve, Cormac, yo y, un poco apartadas, Eudora y Augusta, que se habían adueñado del murete. Wendell y Pippa se habían quedado abajo, recogiendo. Sultán dormía en el brazo de Augusta.
—Yo vestí a mi madre con una chaqueta de Merrow —dijo Augusta, en el murete, a Eudora—. Con la primera colección. La de los sesenta y cuatro abrigos.
—Los sesenta y cuatro fueron míos —dijo Eudora.
—¿Suyos?
—El patrón. La que dibujaba era ella; la que los cortaba, yo.
—Y la sisa, ¿estaba bien?
—La sisa estaba perfecta.
—Ya lo sabía —dijo Augusta, satisfecha—. Mi madre, con ese abrigo, levantaba el brazo para saludar a los vecinos. Se lo llevó a la tumba.
—Es una buena manera de llevarse un abrigo.
—Es la única.
Dermot dejó la caja en el suelo. Se puso de rodillas. La abrió. Doris asomó la cabeza, con su ojo naranja sin expresión, sacudió una vez las plumas y miró el cielo.
—Da tres vueltas —dijo Dermot.
—Ya lo sé —dijo Cormac.
—Y se va.
—Ya lo sé.
—Tú no te agachas.
—No me agacho.
—Ni te cubres.
—Papá.
—Solo lo digo.
Dermot alzó la paloma con las dos manos. La sostuvo un instante contra el pecho. Después extendió los brazos hacia arriba y la soltó.