Solo una vez (Humor 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

El mensaje de Maeve llegó a las ocho y cuarenta y cinco de la mañana del domingo, y lo leí dos veces sin entenderlo.

Estaba sentada en la encimera de la cocina con el móvil en una mano y en la otra la entrevista de Vera Lindholm, abierta en la tablet desde las seis de la mañana.

Llevaba tres horas leyéndola en pequeñas dosis, porque trataba de mí.

Se titulaba «Un noviazgo de una página», y era, como Ilse había anunciado del suyo, un texto sin adjetivos.

Empezaba con la palabra «extorsión». Seguía con una bandeja de té.

Y terminaba, en un párrafo suelto, con una frase que nadie más habría publicado:

«Preguntada por lo que hay entre ella y el señor Brannigan, la señora Merrow contestó: "Lo que hay debajo del papel no cabe en ningún papel".

Este periódico no ha podido comprobarlo y no piensa corregirlo.

Hace un mes, esta periodista escribió que la fundadora de Merrow no sabía lo que era que alguien la esperase en casa.

El domingo pasado, la esperaba una mujer con un delantal en el porche de una casa de Providence. Aquí se rectifica».

Debajo, once mil comentarios. Encima, un titular de ayer, en otro periódico: «Bellerose convoca a su consejo por la actuación de su presidente». Y en la pantalla de mi móvil, una etiqueta que no había buscado: #ElDelantal. Dos millones de publicaciones en tres horas.

Ansel me había mandado tres mensajes entre las seis y las ocho.

El primero: «Bellerose: junta extraordinaria mañana a las ocho.

Ferdinand no responde al teléfono. Su secretaria dice que está "revisando su agenda"».

El segundo: «Lucien Marchand y Declan Brannigan salen en la portada de un diario, cogidos de la mano, delante de un bar de Bay Ridge.

Titular: "Dimitió con una bandeja"». El tercero: «Clifton pregunta si ha habido algún cambio de opinión sobre la tarta de manzana.

No sé de qué habla. He pedido ayuda a Wendell.

Wendell ha dicho: "Ya lo sé". No me ha dicho nada más».

Dejé el móvil. Lo cogí. Escribí: «Maeve, no hace falta». Lo borré. Escribí: «Estaré en la estación». Lo borré. Escribí: «¿Cuántos son?». Lo mandé.

«Dos y Doris».

Llamé a Cormac. Cogió al primer tono, con la voz de una persona que llevaba un rato mirando el teléfono.

—¿Lo sabes?

—Me ha mandado un mensaje hace diez minutos. Dice: «Nos vemos en Penn Station». Pensaba que era una broma.

—No es una broma.

—Mi madre no hace bromas con los trenes. —Se oyó un ruido, un golpe, un juramento—. ¿Dónde estás?

—En casa.

—¿Tienes algo de comer?

—Un tarro de aceitunas.

—Saskia.

—Lo sé.

—Nos vemos en tu portería en veinte minutos.

Colgué. Miré la cocina de encimeras de piedra, donde nunca se había cocinado nada; el salón blanco con el sofá que solo se había usado una vez para dejar bolsas; el pasillo largo; el comedor de ocho plazas con las sábanas otra vez sobre la mesa, porque yo las había vuelto a echar el viernes sin saber por qué. Llamé a Wendell.

—Dime.

—Vienen los Brannigan. Dos. Más una paloma. A las diez y cuarenta.

—¿Aquí?

—A mi casa.

Hubo un silencio en la línea. Después, muy despacio:

—Voy con Pippa.

—Con Pippa no.

—Voy con Pippa —repitió—. Y con Eudora. Y pasaré por un mercado. ¿Cuántas sillas tienes?

—Ocho.

—Perfecto.

Colgó.

Me quité las sábanas del comedor. No las doblé: las arrojé a un rincón.

La mesa de ocho plazas apareció con su barniz oscuro, sin un solo objeto encima.

Fui a la cocina, abrí el armario y saqué de una caja de cartón de la mudanza platos que nunca había estrenado, blancos, de porcelana fina, de los que se compran en un juego de doce sin pensar.

Dos estaban rotos. Los otros diez los coloqué sobre el mantel que no tenía, es decir, sobre la madera desnuda, con cuidado, uno por uno, y cuando terminé me di cuenta de que había puesto diez y que no cabían en ocho sillas.

Retiré dos.

A las nueve y media llegó Eudora, con las gafas sobre la frente, el abrigo sobre el hombro, un mantel de lino blanco y azul doblado bajo el brazo y una olla grande envuelta en un trapo de cocina. La dejó sobre la encimera y se quedó mirando mi casa con la cabeza inclinada.

—Es más grande de lo que decías.

—No he dicho nada.

—Por eso lo digo. —Abrió la olla. Salió un olor a lentejas con chorizo—. Las hice ayer. Para nadie. Me sobraron.

—Eudora.

—No hables. Ayúdame con el mantel.

Lo extendimos entre las dos. Llegó Wendell a las diez menos veinte con cuatro bolsas de un mercado, pan, fruta, dos botellas de vino tinto, un pollo asado que olía a tomillo y una caja de bombones que nadie había pedido, y Pippa detrás, con una bolsa de papel que agitaba delante de mí con una sonrisa insegura.

—Limones —dijo.

—¿Cuántos?

—Doce. Por si acaso.

—Por si acaso, ¿qué?

—Por si alguien pide agua con gas.

Los puse en un cuenco de cristal en el centro de la mesa, entre los platos, con una rodaja cortada de tres milímetros encima que Pippa había traído aparte en un táper con su nombre.

A las diez y cuarenta, cuando bajé con Cormac a la portería, mi casa olía a lentejas, a pollo, a pan, a tomillo y a limón. Por primera vez desde que había firmado la hipoteca, era un sitio en el que alguien podía haber estado cinco minutos antes.

* * *

Penn Station a las diez y cuarenta de un domingo es un ruido enorme.

Estuvimos los dos de pie en el vestíbulo, junto al panel de salidas, con las manos en los bolsillos y una ansiedad idéntica, hasta que se abrió la puerta del andén y salieron primero los que van rápido, después los que van con maletas, y por último, en la cola del gentío, con una caja de cartón en cada mano, una mujer baja y redonda con un abrigo verde y un moño blanco, y a su lado un hombre alto con las manos enormes, un cigarro sin encender en la boca y una caja de mimbre con una tapa de rejilla.

—¡Cariño! —gritó Maeve, dejando caer una de las cajas sobre las manos de un desconocido.

—Mamá.

—¡Y mi hijo! —Lo abrazó, lo miró, lo soltó, me abrazó a mí sin dejarme tiempo a separar los brazos del cuerpo—. ¿Habéis leído el periódico? ¡Me han puesto en el periódico! Una mujer con un delantal. ¡Yo! Sin decirme nada. He salido a las seis de la mañana a comprar seis ejemplares.

—Seis.

—Uno para la panadería. Uno para el peluquero. Uno para tu tía Nuala. Uno para el club de las telefonistas. Uno para enmarcar. Y otro por si acaso.

—Ha traído la tarta —dijo Dermot, con la voz de una persona que ha soportado tres horas de tren de una sola idea.

—¿Cuál?

—La de manzana. La que debe el niño.

—Yo no te la debo —dijo Cormac—. La debo a ella.

—Da igual —dijo Maeve—. Yo la llevo, que la tuya la dejas quemar.

—Yo no la he hecho todavía.

—Ya lo sé. Por eso la he hecho yo.

Dermot me miró por encima de la cabeza de su mujer. Me tendió con cuidado la caja de mimbre, que pesaba muy poco y tenía dentro, detrás de la rejilla, un ruido de arrullos pequeños y de un batir de alas.

—Doris —dijo.

—¿Está bien?

—Ha venido tranquila. —Se sacó el cigarro de la boca—. Va a volar desde tu tejado.

—¿Desde mi tejado?

—Es un entrenamiento. Ciento ochenta millas. Con viento del sudoeste. —Miró el techo del vestíbulo—. ¿Tiene tejado, tu casa?

—Tiene azotea.

—Mejor.

Cormac, a mi lado, con las cejas altas, dejó escapar una respiración corta.

—¿Vas a soltar una paloma en el centro de Manhattan?

—Sí —dijo Dermot.

—¿Con permiso?

—Con Doris.

—Papá.

—Ya sabe volver a casa —dijo Dermot, y echó a andar hacia la salida con la caja en alto.

En el taxi, un coche amarillo con una pantalla parpadeante en el respaldo, Dermot se sentó delante con la caja de mimbre sobre las rodillas, y Maeve detrás, entre Cormac y yo, con la tarta sobre el regazo.

El conductor, un hombre de sesenta años con un pañuelo en la cabeza, echó un vistazo a la caja por el retrovisor.

—No animales.

—No es un animal —dijo Dermot.

—Se oye.

—Es una paloma mensajera.

—Es un animal.

—Es una paloma mensajera —repitió Maeve, inclinándose hacia delante con una mano en el respaldo— que ha volado quinientas millas desde Ohio, y que hoy volará ciento ochenta desde Manhattan, y que ha venido a conocer a la señora de la lana.

—¿Qué señora de la lana?

—La que va sentada a mi lado.

El conductor me miró por el retrovisor. Levantó las cejas.

—Ah. La del dedo.

—Sí —dijo Cormac.

—Mi mujer lo ve todos los días. Lo tiene en la tele de la cocina.

—Qué maravilla —dijo Maeve.

—No cobro suplemento por la paloma —dijo el taxista, de repente conmovido—. Pero con propina.

Le dejé cuarenta.

* * *

A las doce menos cuarto estábamos todos sentados alrededor de la mesa de ocho plazas, con el mantel azul y blanco de Eudora, los platos blancos, las lentejas, el pollo, el pan, el cordero frío que Maeve había traído en papel de aluminio y una tarta de manzana con una vela apagada en el centro.

Éramos siete. Maeve, Dermot, Cormac y yo; Eudora, con las gafas ya sobre la nariz; Wendell, con la servilleta sobre la rodilla en un ángulo geométrico; Pippa, muy tiesa, con las dos manos sobre el mantel.

Había una silla vacía, la octava, a la derecha de Eudora.

Maeve había recorrido el piso entero antes de sentarse. Había abierto los tres dormitorios y cerrado dos. Se había asomado a la bañera de mármol, había pasado el dedo por una encimera, había levantado las cejas ante un salón blanco sin un solo cuadro. Y había abierto la nevera.

—Champán —había dicho.

—Sí.

—Y aceitunas.

—Sí.

—¿Y qué más?

—Nada.

—Ay, cariño. —La había cerrado con mucha suavidad, con las dos manos—. Menos mal que hemos venido.

—¿Por qué ha venido? —le había preguntado yo, en la cocina, mientras ella cortaba pan con un cuchillo que no reconocí como mío.

—Porque hay que ver dónde vive una persona para saber cómo quererla.

—Ya me ha visto en Providence.

—En Providence eras una invitada. Aquí eres tú. —Cortó otro trozo—. Y aquí hay ocho sillas, y un armario con platos por estrenar, y una mesa tapada con sábanas. Es una casa que espera a alguien.

—Es una casa que compré con un banco.