Solo una vez (Humor 3) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

—En que no había nadie dentro. Solo que aún no habían abierto la puerta. —Sonrió apenas, con un lado de la boca—. Hasta el domingo.

Se fue hacia la esquina con los pasos cortos y precisos de una persona que ha terminado el trabajo más difícil de su semana.

Nos quedamos los dos en la acera, con el ruido de los coches, los faros, los paraguas de los que ya empezaban a abrirlos porque anunciaban lluvia.

Yo tenía la mano derecha en la de Cormac. Cuando quise soltarla, no pude.

—Lo que dijiste ahí arriba —dijo Cormac.

—Era para Vera.

—Ya lo sé.

—Era de negocios.

—Ya lo sé. —Bajó la vista—. Yo también dije lo de las palomas.

—Lo de las palomas es cierto.

—Y lo de que me olvidé de lo que estaba pensando.

—Eso también es cierto.

Se hizo un silencio. En la esquina, un autobús se detuvo con un soplido de frenos. Empezó a llover, muy fino, un polvo de agua que se pegaba a la bufanda de Dermot y a los hombros de la chaqueta oscura.

—Saskia.

—Dime.

—El paraguas de embajada se ha quedado en el vestíbulo.

—Ya lo sé.

—Vamos a mojarnos.

—Ya lo sé.

—¿Vamos a recogerlo?

—No. —Levanté la cara. Me caía el agua por las pestañas—. Vamos a mojarnos.

Anduvimos tres manzanas por la Sexta Avenida, con la lluvia cada vez más gorda, con la bufanda de Dermot empapada y la chaqueta de Cormac oscurecida de agua en los hombros.

Nadie nos miraba: era viernes, era la hora de salir de las oficinas, y en una ciudad donde llueve no se mira a los que se mojan.

En una esquina había un puesto ambulante con un toldo verde y una docena de paraguas colgados de una barra.

—Cinco dólares —dijo el hombre, sin levantar la vista de un periódico.

—¿Cuál es el más grande? —dije.

—Ese. —Señaló uno negro, de nailon barato, con el mango de plástico brillante y las varillas visiblemente torcidas.

—Es de los que hacen bonito —dijo Cormac.

—Es de los que no abrigan.

—Es el que nos hace falta.

—Nos lo llevamos —dije, y saqué del bolsillo un billete de veinte que el hombre miró un rato largo.

—No tengo cambio.

—Quédeselo.

—No hace falta.

—Es un regalo.

—Entonces, dos. —Sacó otro, azul, de una caja, y me lo puso en la mano—. Uno para cada uno.

—Uno para los dos —dijo Cormac, cogiendo el negro y abriéndolo con un ruido de tela tensa.

Debajo del paraguas de cinco dólares cabíamos justos.

Le rozaba el hombro con el mío. Se me pegó el ala del abrigo a su chaqueta.

Anduvimos así, sin decir nada, por una avenida llena de gente con prisa, con el agua repiqueteando sobre el nailon y una varilla torcida que nos goteaba en el mismo punto, en el pelo de él, en la bufanda de su padre, en mi cuello, y ninguno de los dos hizo nada por cambiar de sitio.

El segundo paraguas, el azul, lo dejé en una papelera. Nadie se dio cuenta.

* * *

Llegamos a Tribeca a las nueve menos diez, con el pelo pegado a la frente y los zapatos haciendo un ruido de esponja en el vestíbulo de mármol. El portero nos abrió con una mirada de lástima y un paraguas de golf que nadie le había pedido.

—Suba a secarse —dije, en el ascensor.

—No hace falta.

—Se te van a pudrir los zapatos.

—Son de doce en doce.

—Los tuyos no. Los míos.

—Ya. —Miró el reflejo de los dos en la pared de espejo del ascensor: dos personas empapadas, una con una bufanda de lana gris que pesaba dos kilos, otra con una chaqueta de un color que ya no era ninguno—. Vale. Cinco minutos.

En el pasillo de mármol le dejé una toalla grande.

Me la devolvió con el pelo revuelto y los ojos brillantes, sacudiéndose el pelo con las dos manos, y me di cuenta de que no habíamos hablado desde la calle.

Fui al dormitorio, me quité la bufanda de Dermot y el abrigo azul y los colgué en el respaldo de una silla.

Cuando volví al pasillo, Cormac estaba de pie, con la chaqueta oscura chorreando en una mano y el jersey de lana cruda pegado al torso.

—Estás calado.

—Y tú.

—El jersey pesa tres kilos.

—Lo sé. Es el cuarenta y tres. Se te va a encoger.

—No lo vas a tirar.

—Se lo digo a Eudora.

—No. Espera. —Fui hacia el armario del pasillo, subí a la balda de arriba y bajé un paquete plano envuelto en papel de periódico y atado con un cordel de panadería. Lo abrí de un tirón. Una camiseta blanca de algodón, doblada—. Toma. Es lo único seco que tengo de hombre.

Cormac la desdobló. Se quedó mirando la frase del pecho: «Estuve pensando en tu espalda».

—Es una S.

—Ya lo sé.

—Yo soy un L.

—Ya lo sé.

—Me la mandó Declan.

—Ya lo sé.

—¿La has guardado?

—En la balda de arriba. Sin abrir.

—Entonces, no es tan tuya.

—Ponte la camiseta, Cormac.

Se quitó el jersey, con cuidado, mojado y pesado, y lo dejó sobre una silla.

Se puso la camiseta por la cabeza. Le llegaba hasta media barriga, le apretaba a la altura del pecho, y las mangas cortas se le clavaban en los bíceps.

Levantó los brazos para colocársela, y con un ruido largo y seco, una costura del hombro cedió de arriba abajo.

Los dos nos quedamos quietos.

—Perdón —dijo.

—Eso son dos dólares de envío.

—Talla S.

—Ha sido la sisa.

Cormac se miró el hombro, por el hueco de la costura abierta, y luego a mí.

Yo me tapé la boca con la mano, y no me sirvió.

La risa me salió por la nariz, a golpes, la de la impresora atascada.

Él se dobló por la cintura con las manos en las rodillas, con el pecho apretado en una camiseta que tenía escrito «tu espalda», con lágrimas, con la foca fuera de control.

Estuvimos así un buen rato en el pasillo de mármol, con el eco devolviéndonos las carcajadas desde las paredes vacías.

—Dijiste «no es de mentira» —dijo, cuando pudo.

—Era para Vera.

—Ya.

—Tú dijiste que te olvidaste de lo que pensabas.

—Era para Vera.

—Ya.

—Es un método pésimo —dijo.

—Es el nuestro.

Nos quedamos callados, mirándonos, empapados, con el agua goteando de las puntas del pelo, hasta que algo en el radiador del salón soltó un chasquido y los dos, sin mirarlo, sonreímos por el mismo motivo.

Se hizo tarde sin que nos diéramos cuenta.

Cenamos, de pie, en la cocina, con los tuppers de la semana pasada que quedaban en la nevera y las aceitunas del tarro; él se comió cuatro tuppers de cordero recalentado en silencio, con el hombro al aire, y yo me senté, por primera vez, en un taburete de la encimera, sin decir nada.

A las diez y media sonó mi móvil. Y el suyo. A la vez.

Era Wendell, en un mensaje largo, con un tono que no le conocía.

«Vera ha escrito a Gilda. Publica el domingo, sin adjetivos.

Ha adelantado una línea: "Me esperaba una mujer con un delantal".

Ilse ha llamado para decir que no os llame nadie.

Hollis se ha desmayado en el atelier y Otis le ha puesto un flan en la frente.

Ansel dice que ha dormido bien por primera vez en tres semanas y que no piensa comerse ninguna manzana en su honor.

Clifton ha puesto solo un emoji. No sé cuál.

Dos manos que se juntan. Un abrazo. Estoy contento».

—Wendell está contento —dijo Cormac.

—Es la primera vez que lo dice por escrito.

—Está en la lista.

—Sale de ella.

A las once y cuarto abrí la puerta. Él se puso la chaqueta, todavía húmeda. Se guardó el jersey, todavía húmedo, en una bolsa de tela, y la camiseta rota, doblada, en el bolsillo.

—Hasta el miércoles —dijo.

—Es viernes.

—Ya lo sé. Te debo una tarta el domingo y una mesa el miércoles.

—Es una sanción con intereses.

—Es la única que quiero pagar.

Se quedó un segundo en el umbral, con la mano en el marco. Yo no me moví.

—Cormac.

—¿Sí?

—Gracias por el paraguas.

—Lo has pagado tú.

—Gracias igualmente.

Sonrió, con el hoyuelo entero. Cerré la puerta. Me quedé de pie en el pasillo de mármol, escuchando cómo se alejaban sus pasos hasta el ascensor, con las manos sueltas, sin ninguna prisa, y cuando se cerraron las puertas al fondo del rellano bajé la vista hacia mi mano izquierda.

Me miré la uña del pulgar. La raya azul de la tinta, la del bolígrafo roto en la junta, la que llevaba tres semanas sin quitarse con nada, había desaparecido.

No sé cuándo. La palma estaba limpia, sin marca, y en el sitio donde el pulgar la apretaba cuando algo dolía, solo quedaba una piel pálida, ligeramente hundida.

Cerré la mano. No apreté.