Solo una vez (Humor 3) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Señor Lachaise, no diga nada. Le conviene. —Me giré hacia Vera—. El documento es auténtico.

Silencio. Vera dejó de escribir. Miró a Cormac. Miró a Ferdinand, que se había quedado mudo con la boca abierta y la cara gris. Volvió a mirarme.

—¿Lo ha firmado?

—Sí.

—¿Cuándo?

—El sábado. Seis días después de que el vídeo del restaurante nos hiciera famosos. En la oficina de la agente de Cormac. Con un bolígrafo de la agente. Yo llevaba el abrigo azul.

—¿Y qué dice?

—Dice que él, durante siete semanas, se comportará en público como mi pareja. Que no cobra por ello. Que el contacto físico se limita a la mano, y al brazo por la cintura previa consulta. Y a un beso en la mejilla. En Providence.

—¿Consulta?

—Se levanta una ceja. La otra persona levanta otra. Si no la levanta, no.

Vera me miró con una expresión que no le había visto, la de una persona que ha esperado toda una carrera para escuchar una frase y la escucha en una habitación equivocada.

—¿Y por qué lo firmó?

—Porque mi empresa había perdido quinientos sesenta millones de dólares en cuatro sesiones porque una periodista, usted, escribió que no sabía lo que era que alguien me esperase en casa.

—Se lo dije sin rencor, y ella no se movió—.

Y porque los accionistas querían una cara.

Y yo tenía un modelo con el que no había cenado.

Se lo pedí con un «por favor» que me costó una muela.

—Saskia —murmuró Cormac.

—Espera. —Levanté una mano—. Vera. Le voy a contar todo lo que quiera. Los cuarenta y dos flanes. La sisa. Las palomas. Y usted lo escribe. Pero yo quiero que escriba también otra cosa.

—Dígame.

—Que el papel es cierto. Y que lo que hay debajo del papel no cabe en ningún papel.

—Eso es una frase.

—Es un dato.

—No lo es.

—Es el único que tengo. —Bajé la voz—. En el papel no pone que un domingo una mujer con un delantal me abrazó en un porche y yo me quedé con los brazos separados, como un maniquí.

No pone que su marido me dio su bufanda de los domingos.

No pone que un pastor alemán se me sienta encima de los zapatos.

No pone que hay una paloma que baja a la mano de una persona cuando esa persona le lleva una miga de bollo.

Ni que un chico de un metro noventa y uno se agachó, delante de todos, sin gritar.

Nada de eso está en las diez cláusulas. Y yo llevo tres semanas de ese papel.

—¿Y qué es lo que hay, entonces? —preguntó Vera.

—No lo sé. —Se me quebró un poco la voz, apenas—. Pero no es de mentira.

Nadie dijo nada.

Cormac se había quedado mirándome desde lo alto de la butaca de Ferdinand, con la boca ligeramente abierta y los pies colgando, con los ojos tan claros que se veían desde el suelo.

Bajó los peldaños de latón muy despacio.

Se plantó delante de mí. No dijo nada. Se le movió el labio, una sola vez, antes de que sacara una voz.

—Consulta —dijo.

—No hace falta.

—Sí hace. —Levantó una ceja. Solo una. Le salió limpia.

Levanté la mía. Fue un acto reflejo, un milímetro de piel.

Me cogió la mano, y esa vez no fue un gesto de contrato: me la sostuvo con la palma abierta y los dedos entrelazados, delante de dos periodistas y un empresario y un asistente con una cucharilla en el suelo.

—Yo también tengo cosas que añadir —dijo, mirando a Vera, sin soltarme—.

En ese papel pone que me comportaré como su pareja.

No pone que iba a ser fácil. Ni que me iba a gustar.

Ni que un jueves, en un muelle del Hudson, nos íbamos a reír tanto que nos íbamos a doblar por la cintura.

Ni que mi madre iba a hacer nueve tartas.

Y no pone... —Tragó saliva—. No pone que el día que vi a Saskia bajar de un taxi, en Providence, con un paraguas del tamaño de una embajada y cuatro postres de supermercado, me olvidé de lo que estaba pensando. Y llevo desde entonces sin acordarme.

Ferdinand Lachaise dijo algo. No lo entendí. Vera Lindholm, con la libreta abierta sobre las rodillas, no escribía. Tenía los ojos fijos en un punto entre los dos, en nuestras manos, en el hueco donde termina un papel y empieza otra cosa.

—Vera —dijo Ferdinand, con la voz sin aire—. Lo que acaban de decir es una confesión de fraude a los accionistas de Merrow. Es una noticia enorme. Es la...

—Lo que acaban de decir es una declaración de un documento auténtico y de los hechos que lo rodean —dijo Vera—. Y lo que usted ha dicho antes es una propuesta de acuerdo a cambio de silencio. Las dos cosas van a salir. Con el orden y con las palabras que corresponda.

—No puedes...

—Sí puedo. —Se levantó. Cerró la libreta—. Es lo único que sé hacer.

* * *

Lucien Marchand cruzó el despacho con una bandeja de plata en las manos.

Ferdinand no lo miraba. Estaba de pie, apoyado en la mesa de ébano, con la carpeta de piel abierta delante y la fotografía a medio salir, y hablaba muy deprisa, sin sentido, sobre las obligaciones contractuales de una empresa cotizada, la responsabilidad de los fundadores, la ética de la prensa, y la necesidad de proceder con cautela.

—Señor —dijo Lucien.

—Lucien, ahora no.

—Señor.

—¡Lucien!

—Es que le traigo más té.

—No quiero té.

—Es un té especial.

Ferdinand se giró, con las manos en alto, dispuesto a soltar una réplica.

En ese momento Lucien Marchand, con una precisión perfecta que no se le conocía, tropezó con la punta de la alfombra persa.

La bandeja de plata, con la tetera llena de agua hirviendo y la taza de porcelana, y las rodajas de limón, y el platillo, y un cuenco de azúcar, voló hacia delante en un arco lento y aterrizó, entera, sobre la carpeta de piel, la fotografía, la mesa de ébano y una buena parte del traje gris perla de Ferdinand.

Hubo un grito. Un vapor. Un ruido de porcelana.

Vera Lindholm dio dos pasos atrás, con la libreta sobre el pecho.

Cormac me cogió de la muñeca y me apartó de la mesa con un tirón.

Ferdinand quedó de pie, con los brazos separados, empapado de la corbata a los zapatos, con un limón pegado a la solapa.

—¡Lucien!

—Perdón, señor.

—¡Idiota!

—No lo he hecho a propósito.

—¡La fotografía!

Se agachó sobre la carpeta. La tinta de la imagen se había corrido, y sobre el papel fotográfico donde antes se distinguían dos firmas solo se veían dos manchas de color marrón sobre un fondo de té. Ferdinand levantó la cara, con los ojos desorbitados.

—Está destruida.

—Yo ya la había leído —dijo Vera, sin ninguna emoción.

—¡Yo no!

—Es una lástima —dijo Cormac, con una seriedad exquisita—. Tan buena reproducción.

Lucien seguía de pie, con las manos vacías, mirándose los zapatos. Levantó los ojos. Le brillaban. Se enderezó, alisó con las palmas su traje demasiado ajustado, y con una voz muy clara, la primera de todo el día, dijo:

—Dimito.

—¿Qué?

—Dimito, señor Lachaise. Con efecto inmediato.

—No puedes dimitir.

—Sí puedo. Tengo un novio. —Se llevó una mano al pecho—. Se llama Declan. Es camarero. Odia el sushi. Y lo quiero.

—¡Estás despedido!

—Ya lo sé. Es lo que he dicho. —Cogió de un respaldo su chaqueta, se la puso, y se quitó el auricular, que dejó sobre la mesa de ébano, en un charco de té—. Esto sí es de la casa.

Se puso derecho. Pasó por delante de Ferdinand con la cabeza alta, por delante de Vera, por delante de nosotros, y en la puerta se giró.

—Señora Merrow. Señor Brannigan. Gracias por el flan.

Salió. La puerta doble se cerró con un chasquido suave.

Ferdinand Lachaise se quedó de pie, con la corbata mostaza empapada, y no dijo nada. Vera, junto a la pared de cristal, cerró la libreta con un golpe pequeño. Yo tenía la mano de Cormac en la mía. No se me ocurrió soltarla.

—Ferdinand —dije.

—Querida...

—Este mercado perdona casi todo. Perdona una mentira. Perdona una cláusula. Perdona un contrato de una página y un noviazgo de mentira que ya no lo es. —Me alisé el abrigo azul con la mano libre—. Lo único que no perdona es el ridículo. Y usted lleva veinte minutos en él.

—Es un montaje —dijo, con una voz de hilo—. Todo es un montaje. Ustedes no...

—Dígaselo a Vera.

—Vera...

—Ya lo ha oído todo —dijo Vera. Se puso el abrigo—. Buenas tardes, señor Lachaise. Espero que se seque.

* * *

En el vestíbulo de mármol negro, al pasar, el guardia de los paraguas se puso de pie con el paraguas de embajada en las dos manos.

—Su paraguas, señora.

—Guárdelo. Volveré a por él.

—Como usted diga.

—Y dígale a su mujer que la lana cruda es de la buena.

—Se lo diré. —Bajó la voz—. Me ha parecido oír gritos, arriba.

—Era té.

—Ya me parecía.

En la acera de la Sexta Avenida el aire olía a asfalto mojado y a tubo de escape, y las luces de los rascacielos empezaban a encenderse una a una hacia arriba. Salimos los tres a la vez. Vera se detuvo junto a un buzón. Se puso los guantes con mucha lentitud.

—Voy a escribirlo —dijo.

—Ya lo suponía.

—Sin adjetivos.

—Me parece bien.

—El domingo. —Me miró—. Voy a poner todo. Los flanes, la sisa, el papel, el chantaje, la taza de té. Y lo que dijeron, con sus palabras.

—Vera.

—Dígame.

—Usted escribió hace un mes que no sabía lo que era que alguien me esperase en casa.

—Sí.

—El domingo me esperaba una mujer con un delantal en el porche de una casa de Providence. —Se me quebró la voz de nuevo y la sujeté con un esfuerzo que se me notó en el cuello—. Póngalo.

Vera bajó la mirada. Luego, sin decir nada, sacó la libreta del bolsillo del abrigo, la abrió, escribió una línea con el bolígrafo, muy pequeña, y volvió a cerrarla.

—Lo he puesto.

—Gracias.

—No me las dé. —Se guardó la libreta—. Es un dato.

Se quedó un momento con las manos en los bolsillos.

—El párrafo once —dijo—. Lo escribí a las tres de la madrugada. Me pareció una verdad. Lo era. Pero era solo un dato, y lo puse al final para que pareciera una conclusión. —Levantó la vista—. No me disculpo por los datos. Me disculpo por el titular.

—«La casa sin nadie dentro».

—Era demasiado bueno para no escribirlo.

—Lo sé.

—Y me equivoqué en una cosa.

—¿En cuál?