Solo una vez (Humor 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

Ferdinand Lachaise había alargado las patas.

Lo comprendí en cuanto Lucien nos condujo hasta las dos butacas de cuero que había frente a la mesa de ébano: eran las más altas que había visto en mi vida.

Tenían el asiento a noventa centímetros del suelo y un respaldo que subía hasta la altura del hombro de una persona de pie, con una escalerilla de tres peldaños de latón a un lado, destinada a que el visitante trepase sin perder la dignidad.

Al otro lado de la mesa, en un sillón de altura normal, se sentaba Ferdinand, con las manos entrelazadas, mirando desde abajo.

Era el mismo truco que el mío, pero al revés.

Si a una visita se le corta la pata de la silla, se siente pequeña.

Si se le alarga, se siente una niña que no llega al suelo, sentada en un despacho de adultos.

Yo conocía los dos, y por primera vez en doce años vi cómo funcionaba desde el lado del asiento.

—Siéntense, por favor —dijo Ferdinand.

—Prefiero estar de pie.

—Como quieras, querida. Cormac, muchacho. ¿Tú sí?

Cormac miró la escalerilla. Miró las butacas. Subió los tres peldaños con mucha seriedad, se sentó y estiró las piernas. Las suelas de sus zapatos quedaron a diez centímetros de la alfombra persa. Se balanceó una vez, muy suavemente.

—Es muy cómoda —dijo.

—Gracias.

—Se le podían haber puesto una pata más corta a cada una. Para que quede uniforme.

—Lo tendré en cuenta —dijo Ferdinand, sin sonreír.

En la otra butaca, con las piernas cruzadas a la altura de la mesa y una libreta sobre el regazo, Vera Lindholm no se había movido.

Tenía cuarenta y cuatro años, el pelo negro recogido en un moño estricto y unas gafas de montura fina que se quitaba y se ponía sin darse cuenta.

Ya la había visto una vez, en una fotografía de una cena de gala, con un vestido oscuro.

Nunca en persona. En persona era más pequeña de lo que esperaba y no parecía cómoda en el mundo de los muebles altos.

—Señora Lindholm —dije.

—Señora Merrow.

—Me ha citado el señor Lachaise.

—Me ha citado el señor Lachaise a mí también. —Miró a Ferdinand—. Con la promesa de un documento.

—Un documento excepcional —dijo Ferdinand. Abrió un cajón, sacó una carpeta de piel marrón atada con una cinta y la puso sobre la mesa, con un gesto de camarero que presenta un plato—. Lucien, el té.

Lucien salió sin mirar a nadie. Volvió al minuto con una bandeja de plata, tres tazas de porcelana, una tetera y un platillo con limón cortado en rodajas. Dejó la bandeja sobre una mesa auxiliar. No dijo nada. Le temblaban las manos.

—Mis queridos amigos —dijo Ferdinand, cuando los tres tuvimos una taza delante—. Voy a hacer una cosa que no me gusta. Detesto los procedimientos desagradables. Pero hay momentos en la vida de una casa de moda en que la transparencia es una obligación.

—Vaya —dije.

—Hace unos días, Vera me pidió un comentario sobre la situación de Merrow.

Yo respondí con la discreción que me caracteriza.

Pero desde entonces he recibido documentación que me obliga a ir más lejos.

—Desató la cinta—. Un memorándum. Una página.

Firmado, según parece, por la señora Merrow y por el señor Brannigan.

Abrió la carpeta. Dentro, en papel grueso de fotografía, se veía una imagen de una hoja con mi firma y la de Cormac. Reconocí la letra grande y redonda de la i de Brannigan, con su puntito. Reconocí el encabezado. Reconocí el título de la cláusula quinta: «Contacto físico».

—Es una fotografía —dije.

—Es una reproducción.

—Es la fotografía de una copia impresa. La ha hecho un móvil y la ha revelado en papel de calidad. Se ve el brillo de una lámpara en la esquina de arriba.

—Es una reproducción certificada.

—¿Certificada por quién?

—Por mi abogado.

—Enséñeme la certificación.

Ferdinand parpadeó. Fue un parpadeo muy corto, pero ahí estaba.

—Se la enseñaré a quien corresponda.

—Corresponde a mí. Yo soy la firmante. —Me acerqué a la mesa y apoyé las dos manos sobre el ébano—. ¿Dónde está el original?

—En un lugar seguro.

—El original está en una caja fuerte de la calle Veintiocho Oeste, encima de una tienda de paraguas, en el despacho de Gilda Zamora.

Tiene un candado que se abre con una llave que lleva colgada del cuello desde 2011.

Usted no ha visto ese papel en su vida. Usted ha visto una foto de una copia que un chico le enseñó en un coche por la mañana, llorando.

Detrás de mí, junto a la mesa auxiliar, se oyó el ruido de una taza que se movía sobre un platillo. Lucien.

—Es una fotografía perfectamente legible —dijo Ferdinand, con una voz un poco más aguda.

—Lo es. Y es una fotografía que no debería existir, y que existe porque alguien cometió un error que ya está reparado. Pero, dígame: ¿cuál es su propuesta?

—¿Mi propuesta?

—La lleva escrita en la cara desde que entramos. Le ha costado mucho trabajo llegar hasta aquí sin decirla.

Ferdinand se recostó en el sillón. Miró a Vera. Miró a Cormac. Luego, con una sonrisa muy limpia, se levantó y fue hasta la pared de cristal.

—Es muy sencilla —dijo, de espaldas, con la ciudad detrás—.

Yo tengo un documento que, si se hace público, destruye la reputación de una empresa a la que muchos aprecian y de un joven al que aprecio mucho.

Y no me hace ninguna gracia. Soy un hombre pacífico.

Así que le propongo a Merrow un acuerdo de convivencia comercial.

Cormac firma con Bellerose. Tres años. Cuatro millones. El perfume.

—Ya lo sé.

—Y Merrow retira su línea masculina del desfile de octubre. No tiene por qué desaparecer para siempre. Una temporada. Un aplazamiento.

—Retiro cuarenta y tres looks.

—Los retiras, sí. Se dice «reformular la propuesta».

—Y a cambio.

—A cambio, este documento se queda en esta carpeta. Y Vera, que es una profesional de una integridad admirable, se queda con una historia menos.

Se giró. Sonreía, con todos los dientes.

Yo no dije nada. No quería que se me notara la voz. Apreté el pulgar contra la palma de la mano. Cormac, en su butaca, con las piernas colgando y los ojos muy abiertos, se limitó a mirarme desde arriba. Nadie se movió durante unos segundos.

Me vibró el móvil en el bolsillo del abrigo. No lo miré. Volvió a vibrar. Ferdinand, detrás de su mesa, alzó una ceja con una sonrisa que era una pregunta.

—Contesta, querida —dijo—. No me importa esperar.

Saqué el móvil. Eran dos mensajes de Ansel, con una hora de diferencia entre uno y otro.

Leí el segundo. «Clifton acaba de llamarme.

Dice que Ferdinand lo llamó esta mañana para hablarle de un documento sensible.

Clifton le ha contestado: "No lo quiero ver.

Guárdelo. Y si lo publica, lo cito como prueba de coherencia".

Ha colgado. Priyanka dice: "Sin comentarios". Yo digo: sin manzana».

Levanté el móvil, con la pantalla hacia Ferdinand, y lo mantuve así, quieta, hasta que leyó.

—Vaya —dijo.

—Ya ve —dije yo.

—Clifton es un hombre con sentido del humor.

—Clifton es un accionista con criterio.

Ferdinand cerró la mano sobre el brazo del sillón. Recobró en un segundo la sonrisa de barítono y cambió de método, como hace siempre: por la puerta lateral.

—Saskia. Querida. Olvidemos el papel. Ha sido un exceso mío.

—Se inclinó hacia delante—. Mira. Te propongo otra cosa.

Compro Merrow Hombre. La línea entera. Los cuarenta y tres looks, con el jersey.

Te pago el doble de lo que has invertido.

Sin nada más. Sin el papel. Sin el modelo.

Tú te quedas con la mujer y con la marca, y yo con los hombres.

—Ha dicho «el jersey».

—Es un jersey excelente.

—Es el cuarenta y tres. Lo tejió una chica que se llama Noor con lo que quedaba de la lana de un proveedor de Biella. Y lo recuperó, sin proponérselo, este señor que está sentado en su butaca con los pies colgando.

—Lo recupero, sí —dijo Cormac.

—No se vende —dije—. Ni el jersey ni los demás.

—Todo se vende, querida.

—Todo lo que puede sustituirse. —Volví a guardar el móvil—. Y esto no.

Fue Vera la que habló.

—Señor Lachaise.

—Dime, Vera.

—Quiero comprobar que he entendido bien.

—Se había quitado las gafas y las sujetaba con dos dedos—.

Usted me ha invitado a un despacho para que vea un documento privado de dos personas.

Se lo enseña delante de ellas. Y les propone que, a cambio de que ese documento no llegue a mí, hagan dos cosas: una, que ella retire una parte de su desfile. Dos, que él firme por un rival.

—Yo no he dicho «rival».

—Ha dicho «Bellerose».

—Es una formulación.

—Ya. —Abrió la libreta. Sacó un bolígrafo. Escribió algo, sin mirar a nadie—. ¿Me está pidiendo que no publique el documento?

—Yo no le pido nada, Vera. Yo se lo he enseñado.

—Pero si ellos aceptan sus condiciones, usted se lo quedará en la carpeta.

—Yo no publico nada. Publica la prensa.

—Pero usted es quien decide a quién se lo enseña.

—Yo soy un empresario. Estoy ofreciendo una solución.

—Lo que usted está ofreciendo —dijo Vera, muy despacio— se llama extorsión.

La palabra cayó sobre la mesa de ébano como una piedra sobre agua quieta. Ferdinand dejó de sonreír. Detrás de mí, con un tintineo sordo, una cucharilla resbaló de un platillo y cayó sobre la alfombra.

—Es una palabra muy fuerte —dijo Ferdinand.

—Es la que va a salir en mi artículo.

—Vera. —Volvió al sillón. Se sentó, muy tieso—. No he dicho nada que...

—Ha dicho: «este documento se queda en esta carpeta a cambio de que Merrow retire una línea». Lo he apuntado con sus mismas palabras. —Levantó la libreta, con una calma tremenda—. Yo trabajo con los datos. Mis conclusiones a veces se equivocan. Pero mis datos, señor Lachaise, no.

* * *

—Vera —dije.

—Señora Merrow.

—Antes de que escriba nada. —Rodeé la mesa. Me acerqué a la butaca donde Cormac se balanceaba con los talones en el aire, con los dedos crispados sobre los brazos de cuero—. Quiero que sepa una cosa. Y me gustaría decirla yo.

—Saskia —dijo Ferdinand.

—Cállese.

—Saskia, no te conviene...