Capítulo 11 #3
A las doce y cuarto, Lucien Marchand estaba sentado en la misma butaca donde había estado su novio, con un traje demasiado ajustado, los ojos rojos, las manos entre las rodillas y un flan de plástico delante que no se atrevía a tocar. Le puse una cucharilla en la mano. La cogió.
—Ferdinand no tiene el original —dijo, al tercer bocado—. Tiene la foto, impresa en papel de calidad, en una carpeta de piel. Y otra carpeta con recortes de prensa y una lista.
—¿Qué lista?
—De cosas que quiere. —Miró el flan—. Quiere que Cormac firme con Bellerose. Tres años, cuatro millones, un perfume. Y quiere que usted retire la línea masculina del desfile.
—¿La línea de hombre?
—Merrow Hombre. Los cuarenta y tres looks. Los quiere fuera. Si no, publica.
—¿Publica a través de Lindholm?
—Eso no lo sé. Le mandó un mensaje el martes por la noche. No sé qué decía.
—¿Y qué hará si le decimos que no?
Lucien levantó los ojos.
—Lo hará igual —dijo, casi sin voz—. No es una negociación. Lo que quiere es verlos entrar por la puerta.
—¿Y para qué?
—Ha invitado a alguien más. No me ha dicho a quién. Pero ha pedido un té para dos y una silla extra.
Guardé la información en un lugar de la cabeza donde caben muy pocas cosas. Cormac se apartó de la ventana.
—Gracias, Lucien —dijo.
—No me lo agradezca —dijo Lucien, y dejó la cucharilla en el vaso de plástico con muchísimo cuidado—. Yo no debería estar aquí. He hecho lo peor que se puede hacer.
—Has hecho lo que hace una persona cuando le enseñan una foto que no debe ver —dije—. La vio. Luego la contó. Es un error.
—Es una traición.
—Es un error con una traición. Que es peor. Pero se puede arreglar. —Le señalé la cucharilla—. Termínatelo.
Lucien terminó el flan. Cuando se marchó, con los ojos brillantes y el pelo despeinado, Declan lo esperaba en el pasillo con los brazos abiertos. Se abrazaron delante de Wendell, de Pippa y de dos empleados de contabilidad, y nadie dijo nada.
* * *
Ferdinand Lachaise ocupa las tres últimas plantas de un edificio de cristal de la Sexta Avenida, con la palabra BELLEROSE escrita en oro en el vestíbulo de mármol negro, tres guardias de traje con auricular y un ascensor privado que sube sin detenerse a las alturas donde un hombre puede mirar a una ciudad entera por encima del hombro.
Llegamos a las cinco y cincuenta y cinco del viernes.
Cormac llevaba el jersey de cuello alto en lana cruda, prototipo cuarenta y tres, bajo una chaqueta oscura que no era mía; yo, el abrigo azul marino, la bufanda de Dermot, unos pantalones negros y los zapatos de doce en doce.
En el bolso, la copia de mi memorándum. En el bolsillo de Cormac, el móvil, con el grupo de los Brannigan silenciado, después de que Declan pasara dos horas intentando explicar en el chat que el amor es un derecho inalienable.
En el vestíbulo, junto a una escultura de bronce de un caballo sin jinete, uno de los tres guardias de traje se puso delante de mí con la mano extendida.
—El paraguas se queda aquí, señora.
—Es un paraguas de los que abrigan.
—Es una norma. Todos los paraguas se quedan en recepción.
—Es un paraguas de embajada.
—Entonces necesitaremos su pasaporte.
—Es un paraguas —dijo Cormac, con mucha amabilidad—. No un embajador.
El guardia lo miró. Miró el paraguas. Miró la cara de Cormac, que reconoció, porque los ojos se le fueron un milímetro hacia arriba, hacia el techo, hacia una valla de Times Square que estaba a veinte manzanas de allí.
—Se puede quedar —dijo.
—Gracias.
—Es usted el del vídeo.
—Sí.
—Mi mujer dice que le pega mucho la lana cruda. —Bajó la mano—. Suban.
Lo apunté mentalmente en la lista de personas a las que hay que amonestar y no se puede.
—¿Estás preparada? —dijo Cormac, en el ascensor.
—Es una reunión.
—Es una emboscada.
—Es una reunión en una emboscada. —Me alisé la bufanda—. Regla uno: yo hablo.
—Regla dos: yo sonrío.
—Regla tres: no te agachas.
—Si hay una paloma, sí.
—Si hay una paloma, tienes permiso. —Levanté la ceja—. Consulta.
La levantó. Fue una ceja sola, esta vez, muy limpia, que le salió a la primera. Nos miramos con una satisfacción absurda.
El ascensor se detuvo en la planta cuarenta y cuatro.
Las puertas se abrieron sobre una recepción de mármol y cristal, sin ningún mostrador, con un pasillo de madera clara que terminaba en dos puertas dobles, al fondo, con una placa de latón.
Un joven con auricular y un traje demasiado ajustado nos esperaba junto a la entrada.
Lucien Marchand nos miró, primero a Cormac y luego a mí, y bajó los ojos.
—Señora Merrow. Señor Brannigan. Por aquí.
—Lucien —dijo Cormac, con una amabilidad que le dolió a Lucien físicamente.
—Es un placer.
—Declan te manda recuerdos.
Lucien se puso rojo hasta la raíz del pelo.
Abrió las puertas dobles. Detrás había un despacho enorme, con una pared de cristal de suelo a techo y un atardecer de color naranja sobre el Hudson, una mesa de ébano negro con nada encima, dos butacas de cuero de visitas, altísimas, tan altas que se veía que las habían encargado a medida para compensar a los hombres pequeños, y una alfombra persa del tamaño de una pista de tenis.
Ferdinand Lachaise, en pie junto a la ventana, con las manos a la espalda, se giró despacio. Sesenta años, pelo plateado peinado hacia atrás, un traje gris perla con una corbata color mostaza y una sonrisa de barítono.
—Querida Saskia. Cormac. Qué alegría.
—Ferdinand —dije.
—Os presento a una invitada. —Extendió una mano hacia la butaca de la derecha—. Creo que ya os conocéis.
En la butaca de cuero, con las piernas cruzadas, una libreta sobre las rodillas y un bolígrafo en la mano, una mujer de cuarenta y tantos años con el pelo negro recogido en un moño y la expresión de una persona que lleva mucho tiempo esperando el momento, levantó los ojos.
—Buenas tardes, señora Merrow —dijo Vera Lindholm.