Solo una vez (Humor 3) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Cormac no contestó. Tenía los ojos fijos en la pantalla. Le vi mover el pulgar, hacia arriba, hacia arriba, bajando la conversación. Se le puso la cara del color de la mesa.

—El domingo —dijo—. Cuando volvimos. Después de comer, en el tren, a las diez de la noche. Fergal me escribió: «¿Es de verdad lo del contrato?». Le dije que sí. Niall escribió: «Enséñanos el papel». Y Declan: «Enséñalo, enséñalo». Y yo, con el móvil en la mano, sentado al lado de ti...

—Estaba mirando el río.

—Estabas mirando el río. Tenías el bolso en el suelo, con la carpeta fuera. Y les mandé una foto. —Se pasó la mano por la cara—. De tu copia. Solo para que vieran que era una cosa seria. Que no era un juego.

Me quedé un instante sin decir nada. Cormac dejó el móvil sobre la mesa, con la pantalla hacia arriba, entre la pizza y mi lista.

—Yo lo subí —dijo.

—A un grupo de cinco hermanos.

—Cuatro. Y a mi cuñada, que está en el grupo desde hace años para no perderse las bodas.

—Con una foto del memorándum.

—Con las veinticuatro horas.

Miré la hoja. Lista de sospechosos. Gilda. Lupe. Tú. Yo. Móviles. Una raya al lado de «móviles», que yo había hecho con mucha convicción sin darme cuenta de que la raya era la línea de mi propia firma, en la parte de abajo, al lado de la suya.

—¿Quién más está en el grupo? —dije.

—Nadie.

—Cormac.

—Fergal. Niall. Ronan. Declan. Bridie. Yo. Y mi madre, que no lo mira nunca.

—¿Mira Declan el móvil?

—Declan lo mira todo. Está pegado a él.

—¿Con quién habla Declan?

Cormac me miró. Levantó despacio la vista del móvil.

—No lo sé.

—Llámalo.

—Es tardísimo.

—Llámalo.

Lo hizo. Puso el altavoz. El teléfono sonó tres veces en el comedor vacío, y a la cuarta cogió una voz muy divertida, con ruido de fondo.

—¡Hermano! ¿Qué pasa?

—Declan. ¿Dónde estás?

—En un bar. En el de Fergal, ayudando a servir. ¿Por qué? ¿Estás con ella? ¿Está la tirana?

—Estoy aquí —dije.

—¡Saskia! ¡Qué alegría! —Se oyó el ruido de un vaso—. ¿Cómo va lo del jersey?

—Declan —dijo Cormac—. Escucha con mucha atención. ¿Le has enseñado a alguien la foto del contrato que mandé el domingo?

Hubo un silencio. En el altavoz se oía un murmullo de televisión.

—¿La foto?

—Del papel.

—Ah. La de la cláusula. —Declan carraspeó—. Solo a Lucien.

—¿A quién?

—A Lucien. Es que... —Bajó la voz—. Es que estoy saliendo con él, Cormac. Desde hace tres semanas. Nos conocimos aquí. Entró un sábado a tomarse una cerveza con una camisa muy ajustada, y me pareció... es muy simpático. Es muy, muy simpático. Trabaja en Bellerose.

—¿Lucien Marchand? —dije.

—Lucien Marchand, sí, ¿lo conoces? —Se le iluminó la voz—. Es maravilloso. Habla cuatro idiomas. Quería enseñarle el papel para que viera que lo tuyo es de verdad, que no es un montaje, que estáis muy... Y se lo enseñé anteayer. En la cama. Sin ninguna mala intención.

Cormac dejó caer la cabeza sobre la mesa. Fue un golpe suave. Yo cerré los ojos.

—Declan —dije.

—¿Sí?

—Lucien Marchand trabaja para Ferdinand Lachaise.

—Ya, pero es un trabajo. No es una ideología.

—Le has pasado un documento confidencial al asistente de mi rival.

—¡Es que no sabía que era confidencial! Se llama «memorándum de confidencialidad total»...

—Y lo sabías.

—Vale, sí, lo sabía. Pero lo he hecho con amor.

—Declan —dijo Cormac, sin levantar la cabeza—. Mañana a las diez estás en el despacho de Saskia. Con Lucien no vuelves a hablar de nada de esto.

—¿Puedo hablar con él de otras cosas?

—De lo que quieras. De cine. De salsas.

—¡Gracias! —Declan se rio, aliviado—. Por cierto, la camiseta te sienta divina, Saskia.

—No me la he puesto.

—Ya. Pues ponte la. —Se fue el ruido del bar—. Os quiero.

Colgó.

Nos quedamos los dos en silencio en el comedor con eco. Cormac levantó la cabeza. Tenía la marca de una arruga del mantel en la frente y el hoyuelo escondido en algún lugar de la cara.

—Es una noticia buena y una mala.

—¿Cuál es la buena?

—Que Ferdinand no tiene el original.

—Tiene una foto del original.

—Que no es un papel firmado. Es una foto de una copia.

—Eso es un papel firmado.

—Es un chisme de cama. —Se rio, casi sin voz—. Es el chisme más caro de la historia.

—Cormac.

—Lo sé. Es mi culpa.

—No es tu culpa.

—Sí lo es. He roto la cláusula de confidencialidad. Tengo que pagarte el doble de lo pactado.

—No has cobrado nada por fingir.

—Entonces te debo el doble de cero.

—Es una operación complicada.

—Es una operación muy sencilla. —Se le fue la risa—. Te debo una tarta.

Cogí el bolígrafo. Bajé la vista. En la hoja, debajo de las cuatro columnas, escribí una línea, lentamente, con la letra de contable que le pongo a las cosas que me importan:

«Incumplimiento de confidencialidad: una tarta de manzana. Domingo. De la panadería de su madre».

Le enseñé la hoja. La leyó dos veces. Luego levantó los ojos.

—Es la única sanción que me han puesto en la vida que me apetece cumplir.

—Es una sanción con intereses.

—¿Cuáles?

—Que te sientes en esta mesa, todos los miércoles, a comer conmigo.

Se hizo un silencio muy largo. En algún sitio del piso, un radiador soltó un chasquido.

—Consulta —dijo Cormac, muy bajo.

Yo levanté la ceja. Él levantó las dos, sin querer, y las dos se quedaron un segundo en el aire.

—Eso es sorpresa —dije.

—Es lo que me sale.

* * *

Ansel y Priyanka Deshmukh me llamaron a las ocho de la mañana del jueves, con el altavoz, desde una sala de juntas en la que Ansel comía la manzana de las ocho.

—Cuéntame el peor caso —dije.

—El peor caso —dijo Ansel— es que Vera Lindholm publique el memorándum. Íntegro. Con el título «Un noviazgo de una página».

—Sería una noticia.

—Sería una catástrofe. —Masticó—. El sentimiento neto bajaría cuarenta puntos. Clifton pediría la junta extraordinaria el lunes. Con el treinta y cuatro que tienes tú y el cuarenta y dos coma cinco que suman ellos...

—Ya sé la aritmética.

—Y con el titular de que la fundadora de Merrow ha mentido a los accionistas.

—Yo no he mentido a los accionistas —dije—. Les dije que tendrían una cara.

—Les diste una cara, sí. Con una cláusula de salida.

—Eso no es mentir.

—Es lo que se llama una interpretación creativa, Saskia —dijo Priyanka, con su voz sin adjetivos—. Y no le interesa a ningún mercado.

—¿Y el mejor caso?

—El mejor caso —dijo Priyanka— es que el señor Lachaise no tenga nada que publicar y esté tanteando. Un hombre que llama para decir «tengo un papel» no está en posición de fuerza.

—Tiene una foto.

—Una foto de una copia. Se puede negar. Se puede decir que es una falsificación. —Una pausa—. Se puede pedir que enseñe el original.

—Que no tiene.

—Que no tiene. Por eso lo tiene que pedir así.

Ansel dejó de masticar.

—No vayas —dijo.

—Voy.

—Saskia.

—Voy con Cormac. A las seis. —Me giré hacia la ventana—. Prefiero saber lo que quiere antes de que él decida cuándo decirlo.

—Es un error —dijo Ansel.

—Es una reunión.

—Es un error.

—¿Me lo apuntas?

—Ya lo he apuntado —dijo, y oí cómo se acababa la manzana.

* * *

Declan Brannigan llegó a las diez menos tres, con la camiseta de la espalda debajo de una chaqueta de traje de su hermano mayor, el pelo peinado con agua y la actitud de un niño al que han llamado al despacho del director.

Wendell lo hizo pasar. Se quedó de pie en la puerta, con las manos a la espalda, sin sentarse en la butaca de las patas enteras hasta que yo se lo pedí, dos veces.

Cormac, apoyado en la ventana, con los brazos cruzados, no dijo nada.

Yo tenía delante, sobre la mesa de nogal, tres hojas de papel y un vaso de agua con gas con un limón de tres milímetros.

—Señora Merrow —dijo Declan.

—Saskia.

—Saskia. Yo... lo siento muchísimo.

—Ya lo sé.

—Ha sido sin querer.

—Ya lo sé.

—Y lo hice con amor.

—Eso lo has dicho anoche. Cuéntame el resto.

Declan respiró.

—Nos conocimos hace tres semanas. Un sábado. Entró en el bar de Fergal con una camisa azul, pidió una cerveza de barril y me dijo «tiene muy buena pinta» sin decir de qué. Yo pensé que se refería a la cerveza. Se refería a mí.

—Continúa.

—Salimos. Fuimos al cine. Vimos una película francesa que no entendí, con subtítulos.

Fuimos a comer sushi, que odio. —Se pasó la mano por el pelo—.

Y cuando salió el vídeo, esa noche, yo estaba en su casa.

Y él, al verlo, me dijo: «Ese es tu hermano».

Y yo: «Sí». Y él: «Y esa es mi jefa. Bueno, la rival de mi jefe». Y nos reímos. Nos reímos mucho.

—¿Y luego?

—Luego me preguntó si era de verdad. Y yo le dije que no lo sabía.

Y el domingo, cuando Cormac mandó la foto, se la enseñé para que viera que era una cosa seria.

Que había papeles. Que no era un juego. —Bajó la vista—.

Y él la miró. Y se quedó muy callado. Y me dijo: «Esto no lo puede ver Ferdinand».

—Ya.

—Y lo vio. Porque el lunes por la mañana, cuando me despedí de él en su casa, se lo enseñó a Ferdinand en el coche. Me lo ha contado hoy. Llorando. Con un pañuelo.

—¿Lucien llora?

—Mucho. —Declan casi sonrió—. Es muy sensible.

Cormac, desde la ventana, soltó un ruido con la nariz.

—¿Dónde está Lucien ahora? —dije.

—En su casa. Sin dormir. Me ha mandado veintisiete mensajes con emojis de caras.

—Llámalo.

—¿Yo?

—Tú. Con el altavoz. Dile que me gustaría hablar con él.

Declan sacó el móvil. Marcó. En mi despacho, con las persianas a medio bajar y el olor a limón, se oyeron dos tonos, y luego una voz muy pequeña, con un timbre nasal y una sensibilidad evidente.

—¿Declan?

—Hola, cariño. Estoy con Saskia Merrow.

—¡No! —dijo Lucien Marchand—. ¡Dios mío! ¡Cuelga!

—Lucien —dije.

Hubo un silencio.

—Señora Merrow —dijo la voz, casi sin aire.

—Necesito que vengas a mi despacho a las doce. Solo.

—No puedo. Me despedirían.

—Ferdinand no lo sabrá.

—Lo sabe todo.

—Entonces que lo sepa. —Levanté la voz—. Tengo un flan.

—¿Un flan?

—De Kansas. Uno de cuarenta y dos. Lo guardé para una ocasión.

Otro silencio. Después, muy bajo:

—Es que me gusta mucho el flan.

Wendell, en la puerta, se tapó la boca con el puño.